Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

Vias argentinas: Ensayo sobre el ferrocarril

Partes de guerra de la imaginación técnica argentina

*Christian Ferrer

UNO

En mi escritorio y ante mi vista hay tres medallas conmemorativas forjadas en bronce. Fueron emitidas por el Estado Argentino entre 1908 y 1911 con el fin de celebrar la inauguración de diferentes obras públicas. En las medallas conmemorativas están congelados los relieves ideológicos de una época, y en su espejada sucesión se despliegan las etapas de la evolución del imaginario tecnológico de un país. Son además, sellos oficiales, picas clavadas en territorio virgen, la yerra con que el Estado se encumbra sobre sus obras. No es posible contemplar estas medallas sin ánimo melancólico: ya no se emiten, ni tampoco se inician este tipo de esfuerzos hercúleos. Quizás podría haber recurrido a otras medallas que marcaran límites geográficos, pero hubiera llegado al mismo lugar. Una de ellas anuncia el comienzo de las obras de la vía férrea que llevaría carga y pasajeros desde San Antonio, en el Golfo de San Matías, hasta Nahuel Huapi, en el sur de la Provincia de Neuquén. La concesión de la trocha estaba a nombre de los Ferro Carriles Patagónicos. El motivo de la medalla muestra una figura femenina “art nouveau” coronada por un gorro frigio -emblema de la república-iluminando con una antorcha el camino de un largo tren. La locomotora lanza una clásica ristra de humo que se pierde a la vera de la Cordillera de Los Andes.
Es marzo de 1910, el presidente era José Figueroa Alcorta, el Ministro de Obras Públicas Ezequiel Ramos Mexia y el ingeniero en jefe del proyecto, Guido Jacobacci. Una segunda medalla, emitida en junio de 1911, muestra un barco a vapor navegando el Río Bermejo, límite fronterizo natural entre las actuales provincias de Chaco y Formosa, entonces un territorio no del todo explorado y
en el cual los indígenas matacos aún organizaban esporádicas rebeliones. La medalla celebra la ampliación de obras facilitadoras de la navegación, y en su motivo grabado se observa que en ambas orillas por donde el vapor hiende el río la vegetación tropical prospera. El presidente era Roque Sáenz Peña y el Ministro de Obras Públicas seguía siendo Ramos Mexia. La tercera medalla está fechada el 15 de noviembre de 1908, día de la colocación de la piedra fundamental del “Asilo Colonia Nacional de Retardados”, en la ciudad de Luján, a cien kilómetros de Buenos Aires. El motivo de la medalla expone una construcción
hospitalaria, un establecimiento “modelo” y amable dispuesto a albergar personas afectadas por anormalidades de tipo mental. Muy cerca, en el pueblo de Open Door, ya existía desde 1899 la Colonia Psiquiátrica Dr. Cabred, y asimismo, desde 1915, en Torres, a pocos kilómetros, la Colonia Montes de Oca.

Apenas un cuarto de siglo había transcurrido desde la finalización de la Campaña al Desierto. En 1879, cuando las tropas al mando del General Julio Argentino Roca llegaron al Río Negro (nombre actual de la provincia donde está emplazado el puerto de San Antonio), parte de la Patagonia era aún poco conocida, al igual que la selva chaqueña, una de cuyas porciones era llamada “El Impenetrable”. Entre 1899 y 1904 se rubricaron los acuerdos que fijarían límites provisorios al territorio nacional, todos ellos arbitrados por distintos presidentes de los Estados Unidos y por el Rey de Inglaterra. Se diría que las tres medallas señalan hitos
fronterizos tanto como puntos cardinales. Si el Estado trazaba un “camino de hierro” en el desierto patagónico y deslizaba muelles de madera en el Río Bermejo para que fueran embarcados los frutos del país, superponiendo en norte y sur marcas tecnológicas a las huellas militares de la ocupación, con el Asilo para Retardados de Luján también afirmaba su disposición y poder para hacerse
cargo de los hijos no-adelantados de la nación: los enfermos de la mente, los que ya nunca entrarían en razón. No se trataba de argentinos o extranjeros dotados de mala voluntad, pero la magnitud positivista y progresista con la que el Estado Argentino medía y desplegaba sus límites no era capaz de asimilarlos.
La escolarización obligatoria podía hacer de un ignorante un argentino, según un anagrama posible; pero los locos eran ininvertibles. Luján, Torres y Open Door señalaban el punto cardinal cero, el vértice de un triángulo positivista destinado a condensar y aislar la locura estadística de la nación. Una utopía, la otra frontera a la que llegaba Argentina.

DOS

Juan Bautista Alberdi escribió en el siglo pasado: “el ferrocarril, que es la supresión del espacio, obra este portento mejor que todos los potentados de la tierra; el ferrocarril innova, reforma y cambia las cosas más difíciles. Ellos son a la vida local de nuestros territorios interiores lo que las grandes arterias a los extremos del cuerpo humano: manantial de vida”. Domingo Faustino Sarmiento escribió en el siglo pasado: “el caballo ha ejercido la más destructora influencia en el atraso y barbarie que todavía nos alcanza. En el país de las distancias despobladas, en la democracia de los jinetes, el poder, el prestigio, la influencia, pertenecieron al más de a caballo. Y bien señores; el ferrocarril viene a poner término al reinado de los caballos, suprimiendo las distancias que le dieron su preponderancia; uniendo las poblaciones entre sí, por medios tan civilizadores como rápidos, y extendiendo la influencia de las grandes ciudades, con sus gustos refinados, con sus artes y sus hábitos de cultura, haciendo de la
campaña suburbios hasta donde llegue una línea de riego, o se alcance a oír el rugido alegre de la locomotora, este caballo de la ciencia, del comercio, de las artes, del progreso y de la libertad. Los ferrocarriles han hecho más por el adelanto de los pueblos que las más profundas revoluciones políticas. El ferrocarril acabará por abolir las fronteras como ha concluido ya con el pasaporte y tantas otras trabas puestas al libre movimiento de los hombres. El vagón de ferrocarril es el nivelador de las diversas clases sociales”.

TRES

Al norte de la línea San Antonio-Nahuel Huapi solía haber otra trocha, la del Ferrocarril del Sud, que se dirigía desde Bahía Blanca a la ciudad de Neuquén. Algunos documentos de la época referidos a esta línea férrea ofrecen un atisbo a la imagen que la clase dirigente de entonces quería para la Argentina. En octubre de 1896, el miembro informante de la Comisión de Obras Públicas de la Cámara de Diputados de la Nación defiende la incorporación de los futuros quinientos kilómetros de ferrocarril al acopio de miles de durmientes y rieles ya cicatrizados sobre el territorio. Decía el diputado Cantón: “Este ferrocarril incorporará varios miles de leguas a la gran causa de la civilización, abandonadas hoy a la más lamentable esterilidad” (…) “Este ferrocarril colonizador permitirá que en las solitarias y fértiles cuencas del Neuquén y el Limay, donde hasta ayer tan solo se oía el alarido estridente del salvaje, repercutan las armoniosas vibraciones del vapor” (…)  “Por doquiera se extiendan líneas férreas, surgen en el acto, como por una especie de generación espontánea, numerosos centros de población con las múltiples manifestaciones de la actividad humana, cual si al depositarse los rieles en esta fecunda tierra argentina se convirtieran en maravillosas simientes, propias de la edad de hierro, que al germinar producen villas, pueblos y ciudades”.

Tres años más tarde, el 1º de junio de 1899, el Presidente Julio Argentino Roca viajó hacia el pueblo que llevaba su nombre, Fuerte General Roca, a fin de inaugurar la línea férrea del sud. Una semana antes del evento se enviaron víveres destinados a satisfacer a los invitados, debidamente acondicionados en vagones frigoríficos. Se incluyó champagne y cigarros, y un servicio de mozos, uno cada cinco personas. En el tren especial viajaban Roca y algunos funcionarios y diputados, y también Guillermo White, presidente de la comisión local del FCS, y los señores Wibberley, Krabbé, Allen, Thurburn, Runciman, Munro, Cook, Drysdale, Galeay, Paton, Partridge y Loveday. Pero el tren jamás llegó a destino: el Río Negro se había desbordado, forzando a Roca a leer su discurso ante los invitados en medio del “desierto”, en un paraje llamado Chimpay. Allí, el General Roca
rememoró su antigua epopeya: “Para llegar a la confluencia del Limay con el Neuquén, la división a mis ordenes empleó cuarenta días de marcha continua, atravesando territorios de los cuales se tenían vagas nociones y que la imaginación popular poblaba de innumerables tribus guerreras y de pavorosos misterios” (…)  “Justo es recordar en este gran día al soldado argentino que vivió en constante lucha con el salvaje y ha sido como el “pioneer” de nuestros progresos, en el espacio inmenso y cercado por la barbarie” (…) “En tales circunstancias el directorio del F.C.S. tendió los rieles de Bahía Blanca al Neuquén, con una celeridad sin ejemplo entre nosotros. Este es un nuevo y hermoso testimonio de los beneficios que debe el país al capital y al genio emprendedor de los ingleses”.

El encadenamiento de las palabras señaladas en itálica arrastra un protocolo de operaciones, el preámbulo ideológico de la imaginación técnica argentina. Si el desierto era vértigo natural, desperdicio en manos salvajes y rival político, el hierro empalmado a la fe en el progreso clausuraría sus misterios. Luego, ya no habría indios sino enormes estancias; tampoco barbarie: “pioneers” inseminarían a la virgen. Medio siglo después, los ferrocarriles serían nacionalizados y estatizados. Y más tarde aún serían nuevamente privatizados. Y clausurados. También efecto tardío del darwinismo social que en medio del desierto fuera celebrado por Roca y sus invitados ingleses. Ya no hay trenes, hay redes informáticas; pero es lo mismo, el impulso y el discurso poco han cambiado. El imaginario tecnológico actual de las elites dirigentes argentinas, de sus castas intelectuales, de sus gremios periodísticos y de sus opositores “al modelo” no se nutre tanto de la aspiración legítima a un mayor confort sino de la obsesión moral que ya hace mucho tiempo viene orientando a la autoestima local: la modernidad a toda costa, conseguida por las buenas, si es posible, y siguiendo un atajo de ser necesario. La generación del ’80, Yrigoyen, la Década Infame, Perón, Frondizi,
Videla, Alfonsín y Menem han sido sucesivos abanderados que velaron junto a la epica que la modernidad tecnológica clavó en el Río de la Plata. Y los ramales por donde se desplegaron sus metas fueron hilados desde la plaza fuerte que es, además, el artefacto que mejor representa la idiosincrasia argentino-moderna:
la Ciudad de Buenos Aires, fantasía eréctil, órgano eyaculatorio. Aquellas palabras oficiales en itálica están sexuadas, son seminales, machas, y revelan que en las fantasías eróticas del Estado argentino prospera el sadismo. Y el racismo. La violación, el ultraje, la inseminación artificial. La marca a hierro. Una cadena oculta vincula esta pasión por el doblegamiento del otro con
el Penal de Ushuaia, y a éste con la Escuela de Mecánica de la Armada, donde carne argentina era tirada a la parrilla.

Una pastoral tecnológica.

CUATRO

En 1939 se publica un ensayo de interpretación de la realidad argentina que es, sin duda, uno de los más perdurables e incisivos. Ezequiel Martínez Estrada lo tituló La cabeza de Goliat. A lo largo de sus muchas páginas, sólo en una ocasión se incluyen
palabras en idioma inglés. En el capítulo dedicado a la influencia de la radio sobre la escucha de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, Martínez Estrada menciona a los speakers without voice appeal. Tan rara excepción atrae al ojo lector. “Speakers”, y no locutores, título profesional ahora habitual entre nosotros. En 1939, no había aún palabra castellana para un oficio
novedoso, nacido apenas quince años antes y de procedencia extranjera. En la época, a los periodistas aún se los llamaba “reporters”, a los programas radiofónicos “broadcastings”, y al conductor del tranvía “motorman”. Tres décadas antes, el sindicato de conductores de vehículos se llamaba “de Chauffeurs”. En Brasil, para recurrir a un ejemplo equivalente, se editaba en los años ‘30 el periódico gremial O Trabalhador da Light, órgano de la Uniao dos Trabalhadores da Light. La empresa que proveía de electricidad a San Pablo se llamaba “Light”, y los propios obreros reconocían a la “razón social” -la “marca” de la empresa- como astilla de una jerga técnica ajena al portugués hablado.

En aquella década, como por arte de alquimia verbal y en el horno de la oralidad, el engarce popular aprisionaba y asimilaba a la incrustación lingüística en su propio círculo dúctil. Losejemplos abundan, pero basta uno sólo: la marca de los aparatos rociadores matamoscas, de consumo popular, se llamaba “Fly”. Los rociadores matapolillas eran de marca “Flit”. Pronto comenzaría a aludirse a la imperiosidad de deshacerse de una persona molesta con la frase “echale flit”. El chauffeur se
transformó en “chofer”, y los tranways rápidamente en “tranvías”. Cuando apareció el trolleybus por las calles de Buenos Aires, pronto se lo conoció por “trolebús”. Aún más, y a través de un derrape lingüístico despectivo, en el uso popular la palabra “trolebús” fue adosada a la figura del homosexual, aludiéndose a la obligación de subir y bajar por la puerta trasera del
vehículo, de lo cual queda aún entre nosotros y ya desvaneciéndose, una suerte de derivación apocopada: la voz “trolo”. La introducción de una tecnología trae aparejado el uso de un neolenguaje que se corresponde al idioma técnico de
procedencia y que es desconocido antes en la frontera a la que ha llegado su irradiación. Luego, este lenguaje se “localiza”, e incluso se argotiza. La fuerza de un lenguaje reside en su capacidad de apropiarse del lenguaje técnico ajeno y en transformarlo en metáfora, remate de proverbio, torsión de la forma original, licuación lingüística. El bilingüismo actual, propio de la época de la “globalización”, estaba entonces muy lejos de ser considerado un fenómeno geopolítico “natural”. Por caso, el lunfardo, el argot del hampa o el cocolicheeran frutos naturales de la mezcla antropológica, de la conversación en bares, de los rumores y algarabías propias de la calle, de la inmigración, o de actividades de secta. La argentina de los años ‘30 y ‘40 estaba siendo conmovida por metales calientes, fruto de una colada cultural en la que se licuaban los flujos inmigratorios, las creaciones culturales plebeyas, la cruza matrimonial de identidades diversas, la inmigración interior, la experiencia política de los obreros anarquistas y socialistas y también la modernización de los ámbitos laborales, domésticos, tecnológicos y culturales. Ello no le restó fuerza al “lenguaje argentino”, más bien lo energetizó. El uso del inglés es en la Argentina actual, en cambio, un efecto de la presión lingüística del orden político y económico del mundo. En especial, de su presión técnica.

Light. Tranways. La empresa que comercializaba la electricidad en San Pablo ya no existe. Tampoco los tranvías en las calles de Buenos Aires. Otras combinaciones de capital las han sustituido, otras tecnologías circulatorias las han superado. Pero la
introducción de una técnica no es inocente ni gratuita. La primera experiencia con luz eléctrica en Argentina ocurrió en la ciudad de Buenos Aires, y en particular, en el rectángulo de la Plaza de Mayo, centro de gravedad del poder estatal. Pero en Brasil no fue la capital de entonces, Río de Janeiro, la beneficiada, sino Manaos, de donde fluía el caucho, sustancia que lubricaba una zona entera de la economía mundial. Sin embargo, cuando se descubrieron otras fuentes de caucho más baratas, en Indonesia, las industrias extranjeras migraron, y Manaos, que llegó a ser una ciudad rica y orlada con un teatro fastuoso, languideció sin disfrutar, de allí en adelante, de la electricidad.
Las marcas que deja la técnica son dolorosas, y a veces, imperceptiblemente imperecederas. Señales obligadas para compatriotas del futuro. Sucede cuando las instalaciones son demasiado costosas como para cambiarlas de signo: la “mano” de la circulación vial se invirtió en este país el 10 de junio de 1945 y desde entonces los automóviles tienen el volante al revés que en Inglaterra. Pero la dirección de tránsito en los ferrocarriles y los subterráneos continúa siendo por izquierda. Al igual que en las Islas Malvinas.

CINCO

El 17 de agosto de 1859 Domingo Faustino Sarmiento, quien sería Embajador en los Estados Unidos y Presidente de la Nación, inaugura las obras preparatorias del Ferrocarril que iría de Buenos Aires al entonces pueblo de San Fernando, cercano al delta del Tigre. En esa ocasión Sarmiento menciona al Río Bermejo, medio siglo antes de que fuera emitida la medalla conmemorativa: “No ha muchos días que se anunció la aparición a la altura de Corrientes de una angada de madera de cedro, la primera que desciende las aguas del Bermejo. Esa angada partida de Orán, será la precursora de millares que le sucederán, con sólo desmontar las orillas del río, desde que se encuentren puertos de fácil arribo a Buenos Aires, y esto solo se obtiene con la habilitación del de San Fernando, por medio de un ferrocarril que las traiga a las puertas de Buenos Aires; y estos resultados que parecen remotos, son de actual valor en cuanto a los productos del Paraguay, Corrientes, Santa Fe, y las costas fluviales de nuestro propio Estado, sin excluir las islas del Paraná, esa Venecia Rural que será para Buenos Aires, lo que Egipto para los pueblos antiguos, desde que su fertilidad, su belleza y su industria naciente, puedan por un ferrocarril, salvar la distancia que las separa del mercado, y ostentar sus encantos a los ojos de la población de Buenos Aires”.

SEIS

Los argentinos suelen evocar la historia de los últimos cincuenta años de un modo nostálgico aunque preciso, como si contemplaran un álbum de familia o revieran el video de casamiento. Pero la historia, incluso la experimentada por quienes aún están vivos, es laberíntica y opaca. Y el recuerdo es, demasiadas veces, interesado, o más bien, adaptable a las condiciones políticas y anímicas del presente rememorante. De tantos trayectos posibles del laberinto de los años ‘60, los argentinos que están ingresando al siglo XXI han congelado esa época en una postal cuyas actividades y personajes están coloreados en tono pastel. Tono que se degradará rápidamente en la siguiente y violenta década. En el retablo suele incluirse la epifanía cultural de la clase media, la experimentación en cuestiones de costumbres, el boom de la literatura latinoamericana, la creciente emancipación de los jóvenes de la tutela conservadora de sus familias, la alianza entre la teología de la liberación y el socialismo, el nuevo periodismo, la resistencia peronista, el despertar político de la clase media a la nueva izquierda en general y al castrismo en particular, los vanguardismos del Instituto Di Tella, el creciente desplazamiento del peronismo hacia su costado tercermundista, la construcción de la universidad moderna, el “Cordobazo”.

Todo verdadero. Y también falso.

Los ‘60 fueron también años de modernización del aparataje tecnológico en los hogares de clase media, de aparición de oficios y profesiones encastrables a las nuevas facetas del mercado capitalista en este país (investigación de mercado, encuestas, personal
técnico empapado de economicismo desarrollista, publicitarios, ejecutivos), de incipiente e impactante presencia en el espacio público de moda y modelos tanto como de canciones cantadas en idioma inglés, de emergencia de un vedette-system gestado en la programación televisiva, en fin, de emergencia de nuevos consumos culturales que irían preparando lentamente el actual acople de las actuales generaciones a la “cultura de la globalización”. También, y por primera vez, se publican en los diarios avisos clasificados de orden laboral con el sonsonete imperativo: “se requiere idioma inglés”, o bien “inglés imprescindible”. De hecho, en 1962 se funda la primera empresa argentina de selección de personal gerencial especializado: “Executives”.

SIETE

Aire acondicionado, oficinas modernas, secretarias ejecutivas, coiffeurs, estereocombinados, computadoras, melenudos, automóviles poderosos, vida de club, grupos de rock nacional, snack bars, “beautiful people”, decoración en acrílico, tarjetas de crédito, posters, piletas vinílicas, poufs, pistas de baile, conjuntos “beat”, sociología científica, happenings, viajes psicodélicos, viajes al exterior, viajes a la luna.

Gran parte de la imaginación técnica argentina contemporánea fue irradiada desde un semanario seminal de los años ‘60. La revista Primera Plana estaba dotada del discurso “modernizador” más influyente de la década, dirigido a hacer mella en ambientes económicos, culturales y políticos. De hecho, el periodismo argentino actual, en gran medida, aún se nutre de las innovaciones formales y culturales promocionadas por esa revista. Buena parte de los Jefes de Redacción de los principales diarios y revistas argentinas se iniciaron profesionalmente en ese semanario centrado en la política y la cultura, del cual se “tiraban” 60.000 ejemplares, y que impuso un nuevo estilo periodístico para nuevos lectores (cultos, “modernos”, informados o “enterados”, “inteligentes”), estilo que supuso una transformación del lenguaje periodístico, en complicidad con el lector. La revista buscaba esa complicidad, entre otras cosas, a través de ironías, jerga propia, juegos de palabras, terminología psicoanalítica y sociológica. La revista es impensable sin su creador, Jacobo Timmerman, quien había trabajado en la revista Qué, de ideología “desarrollista”. La característica profesional de Timmerman era la audacia. La revista tenía una amplia capacidad para generar tendencias, modas y estilos de vida y de ese modo devino vocera de una nueva opinión pública, “moderna”. Sus lectores abarcaban la nueva estructura gerencial del país, los estudiantes universitarios, los sectores de la cultura, en definitiva, un tipo de lector producto de la epifanía de la clase media porteña.

La palabra “modernización” era el conjuro mágico del momento, una obsesión de la época tanto para las ideologías tradicionales de la argentina como para las estructuras académicas, los artistas de vanguardia y los partidos de izquierda. En los ‘60 se renovó el personal y las funciones de numerosos organismos estatales tanto como las modalidades de la “Investigación de Mercado” y la contratación de personal gerencial. No debería sorprender la numerosa publicidad de que disponía la revista. Había publicidades de Sony, Pentax, Paidós, Fiat, Ginebra Bols, Siam Di Tella, Pirelli, Kodak, IBM, ESSO y de muchísimas empresas argentinas y
extranjeras. La revista se hizo famosa, o in-famosa, a posteriori, por apoyar el golpe de estado del general Onganía o, más bien, por preparar el ambiente psicológico que condujo hacia el golpe. Retrospectivamente, Jacobo Timmerman meditaba sobre lo hecho de esta manera: “Decir que yo apoyé un golpe, es cierto. Con todo, he cometido ese error. Pero en un contexto. Uno de los golpes era para derrocar a Illia, pero tampoco era solo para derrocar a Illia. Era también para que los azules, la generación joven del ejército, trajeran un proyecto de modernización del país que parecía probable, mientras que Illia tenía al país inmovilizado y paralizado (…). Yo no apoyé el golpe contra Illia, no tenía nada contra él, nada a favor ni en contra. Yo apoyé que los azules, que habían dado una batalla contra la derecha del Ejército, para que esos jóvenes coroneles, brillantes, inteligentes, cultos, que tenían un proyecto moderno, pudieran sacar a este país del pantano en que lo tenía Illia” (entrevista a Jacobo Timmerman en revista La Maga, 10 de junio de 1992). ¿Era la “modernización” un valor superior a la democracia en los años 60? Lectores cultos, incluso izquierdistas, podían absorber los relieves ideológicos de la modernización “técnica” pero no sus supuestos democráticos, menos aún el exigente fondo ético de raigambre socialista que es previo a cualquier consideración técnica o eficaz en política.

OCHO

El 10 de abril de 1930 dos gobernantes inauguran la conexión telefónica entre Argentina y Estados Unidos. El presidente norteamericano, Herbert Hoover, saluda primero y luego Hipólito Irigoyen lee en su discurso estas palabras: “acentúo mi convencimiento de que la uniformidad del pensar y el sentir humanos no ha de afianzarse tanto en los adelantos de las ciencias exactas y positivas, sino en los conceptos que, como inspiraciones celestiales, deben constituir la realidad de la vida. Los hombres
deben de ser sagrados para los hombres y los pueblos sagrados para los pueblos, y en común concierto reconstruir la labor de los siglos sobre la base de una cultura y de una civilización más ideal, de más sólida confraternidad y más en armonía con los mandatos de la Divina Providencia”.

El desierto y la barbarie habían sido domeñados y mensurados hacia varias décadas. La ciudad proponía urgencias al pensamiento. Y si el Chaco o la Patagonia son impensables sin el ingeniero de caminos o de vías férreas y sin el pionero, la ciudad requiere de centralitas telefónicas, subterráneos, entretenimientos y símbolos del confort que acondicionen los cientos de miles de estuches domésticos a fin de resistir la presión del trabajo y la angustia metafísica de la urbe. Ya no eran el positivismo y el progreso las doctrinas movilizadoras de la nueva conformación étnico-espiritual de la Argentina, sino ontologías y políticas que no se evidenciaban aún por completo y que pronto se licuarían en poderosas modalidades de la imaginación y la protesta plebeyas. En el discurso de Irigoyen late una advertencia. También un peligro.

NUEVE

Estas meditaciones no dejan de ser un poco inútiles en este país, cuyo impulso actual lo hace acoplar a cualquier slogan globalizador y cuyos lenguajes ya hace tiempo que están siendo formateados por el pánico económico. Hasta tanto no se acepte a la palabra técnica como una de las más complejas de la cultura humana, tan compleja como las palabras Justicia, Verdad, Dios, Música, Fiesta, Juego, Bien y Mal, poco avanzaremos en el conocimiento de nuestra actualidad. De allí que simples criterios de saber parezcan osadías en un terreno “tomado” por publicitarios de la técnica. Primero, las tecnologías no son equivalentes a la técnica -una fuerza que nos constriñe a aceptar el moldeado tecnológico del mundo-. Las tecnologías que habitan nuestro entorno son numerosas: grabadores, hornos a microondas, automóviles, computadoras. Pero la fácil accesibilidad a ellas no quiere decir que su significado lo sea. Todo objeto tecnológico nos está proponiendo una pedagogía, instrucciones de uso, modos de acoplarnos a su sistema de engranajes con el que ordenan el mundo. Y también suponen una erótica. Una herramienta solía ser poco más que una extensión del brazo, en cambio un reloj es un autómata que funciona según su propia temporalidad: nosotros “bailamos” al son de su bastoneo. Segundo, es preciso historizar a los acontecimientos. En las ciencias de la comunicación, expuestas como ningunas al impacto constante de la actualidad centrípeta, las fuerzas deshistorizantes actúan con potencia inusitada. La historia ayuda a combatir el terrorismo de la actualidad y nos conecta con la memoria social, los dramas históricos de una nación y con los ecos etimológico-sonoros que todo lenguaje arrastra. La historización de los acontecimientos técnicos no tiene como función acumular datos sobre su genealogía. La operación va mucho más allá de la “genealogía de los inventos”, a la que son tan afectos los teóricos postpositivistas de la ciencia y la técnica. La historia enseña, asimismo, a problematizar el futuro.
La nuestra es la primera generación humana que le está legando al futuro problemas de los que no sabemos si los hombres posteriores van a estar en condiciones, no ya de resolverlos sino siquiera de si va a haber alguien allí para hacerse cargo de ellos: los “residuos atómicos”, cuya vida “útil” supera los siete mil años, constituye un ejemplo clásico. La polución de los mares, efecto, por primera vez, de la Revolución Industrial, es otro. Y al fin, es preciso desnaturalizar los productos de la organización técnica del mundo. Las tecnologías se nos presentan como naturales, como si fueran útiles, lógicas, como si nada hubiera que criticar en ellas. Pero no solamente tienen una historia, sino que en cada una de ellas está impresa la historia de luchas sociales cuyos desenlaces momentáneos han forjado éste, nuestro mundo. Para decirlo sencillamente: no se le puede creer a un discurso aquello que dice de sí mismo; no se puede describir la realidad con las categorías con que la “realidad” ha elegido justificarse a sí misma. Por otra parte, “desnaturalizar” supone situarnos en condición de asombro ante el acontecer del mundo y el obrar
de los seres humanos.

Es imprescindible hacer una autopsia de la época, en especial de las facetas asociadas a lo que queremos llamar “modernidad tecnológica”. Cuando se hace una autopsia de una época nada de lo que se muestra es agradable: encontramos el esqueleto de la dominación, las vísceras de la historia ocultada y los secretos de la “familia política” y de Estado que pasaron desapercibidos. Toda autopsia (y la etimología de la palabra significa “mirar con los propios ojos”) y toda tarea de interpretación histórica es una tarea, en buena medida, ingrata. Se revela que lo “real” podría ser de otra manera, y lo que solemos considerar como “pasado” quizás haya sido distinto. Adorno y Horkheimer escribieron que “el conocimiento no consiste sólo en la percepción, en la clasificación y en el cálculo sino justamente en la negación de lo que es inmediato”. De modo que la dilucidación
de los secretos y las facetas que se ocultan tras la palabra “técnica” es quizás una de las tareas teórico-críticas más complejas de la actualidad, no solo porque la técnica se nos aparece como un núcleo duro de las sociedades contemporáneas que no parecen requerir otra cosa más que la celebración, sino también porque todos los artefactos sociales se pretenden ahistóricos y
necesarios. En cambio, cuando no las celebramos queda en evidencia un acuciante problema ético-político: el  inmenso poder que está a cargo de personas que combinan destrezas tecnológicas muy sofisticadas con principios religiosos y morales pobrísimos. De allí que sea imprescindible analizar el proceso moderno de racionalización de la vida, que ha supuesto tres operaciones reductivas: de los muchos modos de ser en el mundo a uno solo, la racionalidad técnica; de la razón como capacidad cognitiva y
conversacional a las meras funciones del cálculo y la manipulación; y al fin de la voluntad ética y política de la población a las relaciones de dominio escamoteadas a la conciencia. En el caso argentino, estas tres operaciones se encastran a una situación política riesgosa: en los últimos treinta años las elites dirigentes en casi todos los órdenes institucionales del país (empresas
privadas, estado, academia, sindicatos, microemprendimientos asociados a nuevas tecnologías comunicacionales, responsables de los grandes medios masivos de comunicación), especialmente si se trata de camadas jóvenes, carecen de escrúpulos morales, disponen de escasa o ninguna adherencia a las tradicionesculturales o intelectuales nacionales, y sólo confían en criterios técnicos de decisión y en comportamientos “eficaces”.

¿Qué sabemos acerca de la influencia cotidiana de los objetos técnicos? Poco y nada, más allá de la descripción de su uso y de sus organigramas operativos. Pensemos, por ejemplo, en un artefacto habitual como el teléfono. El primer abonado argentino a la telefonía fue el Ministro de Relaciones Exteriores, que ahora es una calle: Bernardo de Irigoyen. El segundo abonado, hoy una avenida, se llamaba General Julio Argentino Roca. Pensemos en un teléfono celular. Cualquiera celebra, evidentemente, la libertad proxémica que él habilita. Pero al mismo tiempo no solemos pensar que nuestras relaciones sociales cada vez más dependen del conmutador telefónico. Pensemos en los raudos movimientos de un cuerpo cuando atiende un teléfono, en los micromovimientos de las manos, de los dedos. Pensemos en sus gestos faciales: de agrado, desagrado, aburrimiento, impaciencia; en las estrategias lingüísticas que se usarán según el interlocutor de turno: jefe, familiar, persona molesta o amigo que hace mucho del que no se escucha su voz. Pensemos en las estrategias matinales, cuando se revisa la agenda, en la cantidad de microactividades que una persona es capaz de hacer al mismo tiempo que habla por teléfono. Pensemos en los servicios de control de llamada que nos indican si la persona que está llamando amerita ser atendida o no, en los garabatos que se dibujan mientras se habla en blocks de notas colocados ad hoc, en las estrategias que elige una persona para grabar un mensaje en el contestador. Pensemos en los problemas jurídicos que le puede traer a una persona el uso del teléfono. Es sólo porque colocamos el aparato en el altar del confort que no nos resulta extraña nuestra conducta fisiológica–perceptual en relación al teléfono, tecnología que ya tiene ciento veinte años de existencia.

La ideología del confort (versión materializada, especialmente en el espacio hogareño, de los ideales del progreso) se transformó en el espacio de comprensión de la tecnología y opera como un pase mágico. Esta asunción es propia de la subjetividad burguesa, para la cual la casa un “estuche” protector, resguardo frente a las inclemencias causadas por el espacio industrial. Como pliegue personal, la casa protege o acomoda al hombre moderno a lo largo de la “lucha por la existencia”. En ese espacio, la tecnología deviene la puerta de acceso al esparcimiento y garantía de una vida confortable. Es un “acolchador” del sufrimiento. Por eso mismo, un objeto tan habitual como un teléfono opera como artefacto “psicofísico”, como superficie somática que evidencia nuestra condición humana a la vez que reorganiza nuestra experiencia sensorial, psíquica y antropológica. ¿Qué significa la palabra “acolchamiento”? Arthur Schopenhauer suponía que la existencia es, básicamente, sufrimiento, y que el sufrimiento es inmutable, ineliminable de la vida. Esto no supone que la vida no sea también alegría, placer y serenidad, sino solo que la densidad de sufrimiento es parte constitutiva de ella misma. Las utopías sociales del siglo XIX se propusieron eliminar en lo posible el dolor. Así, la ciencia se propuso reducir el poder de la naturaleza sobre la vida humana. El ejemplo más banal lo encontramos en el pronóstico del tiempo que consultamos diariamente. Por otro lado, la ciencia social también se propuso reducir el sufrimiento generado por el orden laboral. Entonces, dos ambiciones utópicas: reducción del poder del azar, reducción del rango de la injusticia social. En nuestra época histórica, “sentimental” -como la llamó Ernst Jünger- se huye del dolor, pero no se pertrecha al alma para que esté preparada para ese contacto. ¿Por qué razón? Porque en la modernidad no hay diferencia entre alma y cuerpo: lo único valorado es el cuerpo, sea como fuerza de trabajo en al ámbito laboral o como apariencia en el mundo de las relaciones sociales, ya sea como mercancía carnal o como cuerpo performativo. El cuerpo carece de defensas auténticas cuando entra en contacto con el sufrimiento: recibe el impacto en toda la línea. De allí la importancia del confort, que tiene como función resguardarnos de las inclemencias de la vida industrial y urbana moderna, en la que el sufrimiento opera como una suerte de “arma arrojadiza”, como amenaza indiscriminada. Pues el dolor ya “no culpa a nadie”, por ejemplo, a los “ricos”, la “oligarquía” o al “imperialismo”. Entonces, la lucha por la existencia, ideología propia del “darwinismo social”, regula la existencia en la época sentimental. Y solo el refugio de la intimidad permite eludir momentáneamente a los mandatos despiadados de los procesos laborales o de la soledad urbana o del tedio u aburrimiento modernos o bien del juego de relaciones sociales en los que hay que venderse como “apariencia”. La tecnología ofrece confort a este hombre asediado y le concede esparcimiento en un mundo inclemente: nos anestesia contra el dolor. Ella asume la función del discurso y las prácticas consolatorias propias de una época anterior en la que la religión apaciguaba el dolor, ofreciéndole un sentido. Como la modernidad técnica supone un tipo de vida que somete al ser humano a las mismas exigencias que se le hacen a una máquina, fue necesario definir y construir un tipo caracterológico de ser humano a fin de poner en marcha la máquina de la sociedad tecnificada. En el siglo pasado todavía se podía hablar de “individuos singulares”, de entes liberales, pero el siglo XX insertó a los individuos en organismos de rango estadístico, sean sindicatos, empresas de seguros de vida, tarjetas de crédito, jubilación garantizada por el Estado, la industria farmacéutica que trata con los síntomas depresivos, las terapias intensivas que prolongan artificialmente la vida o la hipoteca bancaria sobre el propio futuro. Al dejar de ser el cuerpo la coraza protectora del alma, solo los “acolchonadores artificiales” nos permiten sostener la relación con el dolor.

DIEZ

¿Nostalgia por épocas mejores?
Ninguna. No hay épocas felices atrás nuestro, nunca las hubo. A veces conviene retroceder y recurrir a una época pasada para que sirva de contraluz a fin de hacer visible algo poco aprehensible. Cada época ha tenido sus propios problemas. Nosotros tenemos los nuestros y seguramente el futuro encontrará los suyos. La nostalgia es una operación sentimental conservadora y reaccionaria. Otra cosa muy diferente es la mirada melancólica, que nos ayuda a humanizar las cosas: un despliegue del ánimo. Y tampoco el futuro está dado de antemano, como parecen creer demasiadas personas en Argentina. Los giros políticos y ontológicos ante la actual situación histórica suceden únicamente cuando las dosis habituales de ilusión ceden su espacio emocional y espiritual a la esperanza.

ONCE

Los cientos de mecanismos y artificios electrónicos que gobiernan sobre nuestros actos cotidianos nos suelen pasar desapercibidos. Pero en un proceso técnico, como en un simple botón o control remoto, hay algo más que confort o función: en ellos anida una metafísica. Sea a partir del patentamiento de la cerradura Yale en 1844 como en la adquisición de una bandeja giradiscos Wincofon a mediados de los ‘60 o del programa Word for Windows en la actualidad. Son los imperceptibles engranajes, palancas y poleas que permiten a la ciudad comenzar su función. Pero los actores que son parte de su elenco estable poco se imaginan que están siendo reclutados para un teatro de operaciones diferente. Pues un engranaje, un electrodoméstico o una computadora son piedra de toque y no despliegan únicamente una pedagogía, también una erótica. Luego, y de acuerdo a troquel, los objetos se aparean unos con otros, en especial las redes telefónicas, las informáticas y las televisivas. Las variaciones en la programación televisivo-informática se constituyen en las variadas provincias de un país imaginario donde nunca se pone el sol, y cuyas fronteras comienzan y terminan en el control remoto o en el mouse. En esa programación, y en las franjas comerciales de la ciudad, se muestra una suerte de “cubismo publicitario” cuyo poder sobre las membranas libidinales de la población ya había vislumbrado el arte pop. Así, los ubicuos teléfonos públicos de los ‘60 contribuyeron imperceptiblemente a la aceptación del correo electrónico y de las “autopistas” informáticas, y la aparición entonces de la tarjeta de crédito internacional y los cajeros automáticos potenciaron una mayor abstractización del dinero tanto como despotenciaron los símbolos locales. Del mismo modo, la abundancia de espejos a mediados del siglo pasado y la iluminación artificial y la gráfica mural a fines del mismo abrieron cauces al cine y a la detrascendentalización de la visión. Y así también los satélites internacionales de comunicación, los simuladores de vuelo, los viajes lunares y las técnicas de espionaje electrónico orientaron la imaginación colectiva hacia Internet y hacia el bluff político de la “guerra de las galaxias”. Los aparatos emiten mensajes que son captados por las antenas del futuro.

Comparte esta entrada:
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • del.icio.us
  • Digg
  • StumbleUpon
  • Twitter
  • LinkedIn
  • Add to favorites
  • email
  • PDF
  • Print

ningún comentario

Aun no hay comentarios...

Llene el siguiente formulario.

Deje su comentario