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Una luz en la ventana

Por Manuel Teyper, Trujillo, La Libertad-Perú.

En esa casa, grande y señorial como casi todas las del barrio La Floresta, se encontraba una mujer sola, a punto de dormir.

Ya era pasada la media noche.

Afuera, el viento pasaba por sobre los techos silbando estrepitosamente; esa especie de gemidos lúgubres llegaban hasta ella, haciendo que un estremecimiento recorriera su cuerpo. Entonces fue a la ventana y terminó de cerrarla para que aquel ulular no se colara por la rendija.

Se tapó la cabeza con la frazada y cerró los ojos  largo rato, pero el sueño se negaba a llegar; el día había sido particularmente largo y pesado, lo que hizo que se sintiera más cansada que de costumbre; tal vez era eso lo que le impedía dormir.

Un rato más tarde, aburrida de dar vueltas en la cama, se levantó y fue a darse una ducha caliente.

Media hora después estaba de vuelta en la cama.

Flor de María Olazábal Quintero encendió la televisión, pero la apagó enseguida recordando que debía madrugar para ir a su trabajo.

Sonrió pensando que si tuviera alguien a su lado, sin duda dormiría mejor. Pero la dedicación que le prodigaba a su profesión de ingeniera electrónica, y su carácter imperioso, habían alejado a los galanes, y ahora, a sus treinta y tres años, permanecía soltera, pese a ser poseedora de una belleza exuberante y un cuerpo bien proporcionado; ‘’ya habrá tiempo para eso’’, respondía exasperada cuando sus padres tocaban el asunto.

La pobre luz del alumbrado público alcanzaba para iluminar el frontis de la casa, pero impedía ver más allá, hacia la calle, que a esa hora lucía desolada. Por la  ventana apenas entraba esa misma luz amarillenta, dándole un toque tétrico al ambiente.

Flor de María se quedó mirando fijamente la ventana, como lo hacía siempre antes de dormir… Repentinamente, para su asombro, ante sus ojos apareció una especie de luz blanca rodeada por un humo blanco también, que flotaba afuera… Y se movía.

La mujer cerró los ojos con fuerza pensando que se trataba de una ilusión óptica, o un sueño, pero cuando los abrió, allí permanecía esa cosa, como espiando hacia adentro. Entonces pensó que había sido una torpeza de su parte no haber cerrado también la cortina, pero estaba tan cansada que lo olvidó… Ahora era demasiado tarde.

Esa luz, como envuelta en algodones, continuaba allí, empecinada en quedarse… Entonces ocurrió algo que hizo empalidecer aun más su bello rostro: la nube de luz traspasó el vidrio de la ventana lentamente, y de forma imperceptible se le fue acercando poco a poco. Ella observaba con una mezcla de intriga y espanto, sin poder quitar la vista de ese objeto brillante que se aproximaba cada vez más, hasta estar al alcance de la mano… Si hubiera podido moverse, pero estaba petrificada por el terror. Trató de gritar, pero de su boca solo salió un gemido sordo; esto hizo que la desesperación empezara a revolverle el estómago. Hizo un esfuerzo por mantener la calma; ella, que no creía en espantos, estaba al borde de la locura con aquella aparición sobrenatural.

     -¡Dios, Dios, Dios!- Era la idea fija que  repetía mentalmente, en su desesperado llamado de auxilio.

Mientras el objeto de luz flotaba a pocos centímetros de su cuerpo, como si fuera un animal salvaje examinando a su presa, ella permanecía  inerte y aterrada al ver que esa cosa se le  acercaba más, hasta casi tocar su cuerpo… Leves gemidos de horror salían de su boca.

 En un momento dado, esa presencia lumínica se movió  unos centímetros, haciéndole pensar que se alejaría para no volver jamás, y así lo ansiaba  con todas sus fuerzas… Pero ante sus ojos desorbitados esa cosa se posó sobre su pecho… Y se metió a su cuerpo dando un chasquido espantoso… Eso fue lo último que soportó Flor de María, antes de perder el conocimiento.

                                II

El despertador sonó como de costumbre a las seis y quince de la mañana.

Flor de María escuchó ese timbre imperioso y se despertó. Sentía un fuerte dolor de cabeza y todo le daba vueltas, pero se incorporó. Lo que vio, pese a la penumbra, la dejó pasmada: nada de lo que la rodeaba le era conocido… Y ese perfume no era el suyo. Además… ¿Dónde estaba Roberto?, su esposo. No era posible que saliera a trabajar tan pronto. Y… ¿Dónde se había metido John?, el hijo de ambos ¿Sería posible que Roberto ya se hubiera ido a dejar al niño al colegio, dejando que ella durmiera tranquilamente, a sabiendas que tenía que ir a trabajar? Pero más sorprendente aún… ¿Dónde se encontraba? Eran las preguntas que se agolpaban en su cerebro, acrecentando su asombro.

Se levantó de la cama y fue a encender la luz para ver con mayor claridad… Un escalofrío recorrió su columna vertebral: vestía un pijama que no le pertenecía. Pero lo más extraño era que esa habitación donde se encontraba… Nunca antes en su vida la había visto… La sensación de que algo estaba terriblemente mal, le asustó tanto, que tuvo que sentarse. Sus  piernas le temblaban.

Se puso las manos sobre la cara, y cerró sus ojos tratando de acordarse dónde había estado la noche anterior, pero en su confundido cerebro no encontró respuestas. Apenas recordaba que iba en auto, acompañada de su esposo  y de su único hijo John, para dejarle en  el  colegio… Le  habían  dejado, y  enseguida   se  dirigían a sus respectivos trabajos, cuando… ¡Por Dios! Alguien rozó el auto haciendo que éste girara violentamente, y después… Después todo quedó en silencio…  Despertando  en esa alcoba que no parecía ser la de un hospital. No comprendía, o no quería comprender, que algo terrible hubiera ocurrido.

Se asomó a la ventana para pensar en otra cosa, pero  su sorpresa fue mayúscula al no reconocer el barrio en el que se encontraba. Retrocedió asustada y se sentó en el borde de la cama.

Momentos después fue al baño… El grito que dio la mujer terminó por despertar a todos los residentes de la casa.

Lo que pasó, era que se había mirado al espejo… Sin reconocer el rostro que vio reflejado en él. Poco faltó para que cayera desmayada por la impresión. Volvió a mirar incrédula, pero sus peores presentimientos se hicieron realidad: allí estaba el rostro de una mujer desconocida. Su mente, tratando de dar una explicación razonable, le hizo pensar que se trataba de un fantasma. Buscó desesperadamente otro espejo confirmando sus temores; en efecto algo  espantoso le había ocurrido.

En ese momento entró la señora Úrsula Quintero, madre de Flor de María.

     -Hija, ¿Qué  pasa?

La mujer salió corriendo al encuentro de la voz que acababa de escuchar, de cuyos labios, pensó, saldrían las respuestas que requería con urgencia.

     -¿Qué pasa Flor de María? ¿Qué son esos gritos?- Repitió la señora Úrsula.

     -Quie… ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?- Preguntó con la voz temblorosa.

     -Pero hija ¿por qué actúas de esa manera? ¿Has estado tomando algo?

     -Yo no soy su hija, señora. No entiendo qué me está pasando. Amanecí aquí sin saber quién soy… Mejor dicho sí sé quién soy, pero no comprendo por qué estoy metida en éste cuerpo… Ya sé que no me entiende. Mis padres son otros… Y están separados- Y rompió a llorar desconsoladamente. Las lágrimas también rodaban por la mejilla de la señora Úrsula, a cada palabra pronunciada por su hija.

Unos momentos después apareció el padre de Flor de María.

     -¿Qué está pasando?- Preguntó el recién llegado.

     -Flor de María amaneció completamente extraña, diciendo que no soy su madre- Contó atropelladamente la señora Úrsula a su esposo, abrazándose a él.

     -Hija ¿Quieres decirnos qué te pasa y cómo podemos ayudarte?

      -Disculpen, pero yo no soy quien creen que soy… Ni yo misma sé muy bien qué cosa me ha pasado.

Los esposos tampoco entendían nada, sólo veían con preocupación que su  hija… Había perdido la razón.

La señora Úrsula se acercó a la que creía era su hija, y le abrazó tratando de contener el llanto. La mujer dejó que lo hiciera; necesitaba refugiarse en alguien, esconderse, perder la noción de todo… Y despertar como si aquella horrible situación hubiera sido solo  una pesadilla espantosa… Pero ella seguía allí, tomando conocimiento de su desgracia.

     -Estamos aquí para ayudarte, ésta es tu casa…

     -¡Ésta no es mi casa!- Cortó con énfasis las palabras serenas que provenían del señor Antonio Olazábal.

     -Disculpe, señor. Ya no sé ni lo que digo.

     -No te preocupes… Ya se te pasará- Respondió, entristeciéndose al escuchar la palabra ‘’señor’’, de labios de su hija. Notando además  un matiz distinto en el tono de su voz, pero prefirió callar.

     -Mi nombre es Marisol Castro. Vivo en el distrito de San Miguel, en Lima… Y soy casada, pero ésta mañana desperté absurdamente en un cuerpo que no es el mío… Estoy muy asustada… -El llanto no le dejaba  hablar,  balbuceaba  por  los  nervios. A  un  lado  la pareja  permanecía perpleja al escuchar a Flor de María decir cosas que a ellos les parecía disparatadas, completamente carentes de razón.

     -Ya no digas nada más y descansa- Le pidió suavemente la señora Úrsula.

     -¿Dónde estoy?

Mientras la señora trataba de comprender la dimensión de la pregunta, las lágrimas le afloraban, como si ellas tuvieran la capacidad de limpiar toda la angustia que le embargaba.

     -Estás en el barrio La Floresta, e… en Trujillo.

     -¿En Trujillo? ¿Cómo he venido a parar aquí?

     -No sabemos qué es lo que te está afectando, pero es bueno que descanses. Duerme un poco. A lo mejor cuando despiertes estés mucho mejor.

El señor Antonio ya traía un vaso con agua y una pastilla para dormir. Ella la tomó en silencio, tratando de aferrarse a la más mínima cosa que le permitiera saber qué le estaba ocurriendo.

Unos minutos después, Flor de María… o Marisol Castro, dormía plácidamente bajo el efecto del somnífero.

Los esposos permanecieron abrazados un momento, acompañando a su hija, y luego se retiraron comprensiblemente compungidos.

                               III

A las siete  de la noche despertó la mujer. La cabeza le daba vueltas.

Cuando tomó consciencia de su situación, rompió a llorar de nuevo, pero ésta vez hizo un esfuerzo mental supremo por mantener la calma; desesperarse no le iba a conducir a ninguna parte, pensó.

Trató de sopesar todo con lucidez, pero las imágenes del espejo se volcaban  en  su  mente…  Esas  sí  con  claridad  agobiante.

Se miró las manos y luego tocó su cara… Esas facciones que conocía muy bien… Ya no estaban más. Entonces tomó la determinación de viajar a  la  ciudad  de  Lima, a  su casa. Allí   sabría,  con seguridad, qué cosa había ocurrido.

Se puso de pié un poco más tranquila, y buscó en esa cartera que pertenecía a otra persona, el dinero que necesitaba para el viaje. No demoró mucho en encontrarlo.

Se puso aquellas ropas que no reconocía como propias, y se preparó para salir sin dar aviso a las personas que le llamaban ‘’hija’’. Pero cuando estaba a punto de correr el pestillo de la puerta, apareció la señora Úrsula, con una taza de sopa.

     -¿Para dónde vas a esta hora?

     -Me voy para Lima.

     -¿Para Lima? ¿Y qué piensas hacer allá?

     -Quiero saber por qué estoy en Trujillo. Por qué ocupo un cuerpo que no es el mío… En fin, voy en busca de respuestas, si no lo hago me voy a volver loca- Dijo la mujer, mirando tristemente a la señora Úrsula.

     -Entonces me voy contigo.

     -No es necesario, gracias, este asunto lo quiero resolver yo misma.

     -Que Dios te acompañe. Pero antes toma un poco de sopa, necesitas estar fuerte para lo que Dios quiera que sea que tengas que afrontar.

La señora Úrsula se acercó y le abrazó fuertemente por un tiempo que a la mujer le pareció demasiado largo. Suavemente separó a la señora, que sollozaba.

     -La hora de llorar ya pasó, ahora sólo queda saber la verdad… Y enfrentar lo que Dios tenga para mí- Fue lo último que dijo. Tomó algo de sopa, y salió en silencio, sin despedirse de nadie más.

Flor de María… o Marisol Castro, contrariada con el enorme peso de llevar un cuerpo y una identidad que no eran los suyos, salió a la calle. El viento frío de la noche le hizo olvidar, por un momento, toda aquella angustia que apenas  podía soportar.

Tomó el primer taxi que pasó por el lugar, y dentro de él cerró los ojos.

Una vez en el terminal de transportes, se turbó cuando la chica de los boletos  preguntó  su  nombre. Automáticamente  iba  a  decir  Marisol Castro, pero algo la detuvo. Metió una mano en la cartera, y sacó un documento de identidad que decía: Flor de María Olazábal Quintero.

     -¿Hacia dónde se dirige?

     -Lima- Dijo en voz baja.

     -Disculpe, no la escuché muy bien.

      -Hacia Lima.

     -Ya, gracias. El bus sale a las once y cuarenta y cinco. Por el carril cinco.

     -Gracias- Respondió con una voz apenas audible.

Durante el viaje en bus, rumbo a la capital, aprovechó el tiempo para pensar, pero sobre todo para recapacitar. Hizo un recorrido mental de cada cosa que hizo antes de encontrarse en esta situación tan confusa y desagradable, pero cuando llegaba a la parte del accidente, su corazón pegaba un brinco, haciendo que se estremeciera en su asiento:

     -¿Estaré muerta?- Sin darse cuenta lo dijo en voz alta. Su compañero de asiento escuchó claramente la frase incongruente.

     -¿Qué fue lo que dijo, señorita?

     -Nada, no se preocupe.

El hombre a su costado estaba seguro de haber escuchado esa afirmación inquietante, pero  no dijo nada más.

Marisol Castro, ocupando un cuerpo que no era el suyo, seguía pensando: su vida había sido un cúmulo de felices experiencias, primero como estudiante, y después ejerciendo la profesión que le daba grandes satisfacciones: bióloga marina. Pero lo que más le tenía aferrada a la vida, era su familia. Con Roberto estaban criando un niño amoroso e inquieto por averiguar cada cosa, que no paraba hasta descubrir de qué estaba hecho tal o cual objeto, y cómo funcionaba. Su nombre era John y tenía nueve años de edad… Hasta que llegó el día fatídico del accidente, del que no recordaba casi nada.

     -¿Estaré muerta?- Pensó, ésta vez para sí misma- Y si es así, ¿Dónde está mi cuerpo?

Se cubrió la cara con las manos y decidió no pensar más; era mejor así, al menos por ahora. Estaba tan agotada que se durmió de inmediato.

Soñó con vuelos imposibles…  Que finalizaban abruptamente cuando su cuerpo caía pesadamente, mientras su espíritu permanecía en lo alto, como flotando, sin poder hacer nada. Soñó con su adorado hijo caminando a su lado por la floresta, tomados de las manos. También soñó con  su esposo: veía su sonrisa franca. Sentía su abrazo fuerte. Su temperamento reposado. Su capacidad para mantener la calma aun en los peores momentos… Y después lo veía alejarse mientras ella caía en un abismo insondable.

Cuando despertó, faltaban sólo algunas cuadras para llegar a Lima.

Apenas puso pié en tierra tomó un taxi y se dirigió a su casa. Era miércoles, y en su reloj marcaban las siete de la mañana.

Descendió del taxi dispuesta a enfrentarse con su destino.

Afuera de la casa había un número inusual de personas vistiendo trajes negros. Sintió un punzón en su pecho, pero siguió caminando.

Pasó al lado de unas personas que no la conocían, sólo la miraban como preguntándose quién era la recién llegada..

Entró a la casa. Pasó por un pequeño zaguán por el que caminó tantos años, y llegó a la sala sobresaltándose al ver que, en medio de ésta, y descansando sobre unos pilares… Se encontraba  un ataúd. Hacia allí se dirigió con paso decidido. Se acercó al féretro y… Lo que vio la dejó espantada: dentro de ese cajón se encontraba su cadáver… El cadáver de  Marisol Castro.

El encuentro con su propio cuerpo inerte, hizo que sus ojos se desorbitaran de espanto. Dio un grito espantoso, y retrocedió maquinalmente; sus piernas se negaban a sostenerle más. Antes de caer, ya estaban varias personas prestas a socorrerle.

Las personas que se encontraban afuera acudieron casi corriendo al lugar, luego de escuchar aquel alarido  desgarrador,  pero cuando llegaron la encontraron desmayada sobre un sofá.

 Algunos preguntaban si alguien conocía a la mujer, pero ninguno supo dar razón.

Cuando volvió en sí, una mujer sostenía una bebida caliente y trataba de hacer que la tomara.

La mujer lucía desencajada. La palidez de su rostro denotaba la abrumadora verdad que había tenido que afrontar.

Sólo había una cosa que la mantenía con cordura, impidiéndole que saliera a la calle a dar de gritos: saber qué pasó con su hijo John y su esposo Roberto.

     -¿Ya te sientes mejor? Preguntó ingenuamente alguien.

     -Sí, ya estoy bien, gracias. ¿Dónde está John y Roberto?

     -Roberto se encuentra en el Hospital. Se está recuperando de las heridas que sufrió en el accidente. Ya está fuera de peligro, gracias a Dios- Dijo una mujer mayor, que Marisol identificó de inmediato como la madre de Roberto- Y John esta en el otro cuarto. Disculpe… ¿Me puede decir quién es usted?

La mujer se turbó un momento sin saber qué responder, pero al final dijo:

     -Soy una amiga de Marisol. Me da mucha pena lo que le ha pasado. ¿Puedo ver a John?

      -¿También le conoce?

      -Marisol me habló tanto de su hijo, que casi le conozco- Tuvo que mentir.

En instantes Marisol Castro tenía ante sí a su hijo querido. Sin perder tiempo le tomó entre sus brazos. John dudó un momento, pero luego se entregó al abrazo. Sentía una fuerza poderosa que le decía, sin lugar a dudas, que esa mujer…  Ese rostro extraño que no había visto nunca… Era su madre.

Madre e hijo se pusieron a llorar; sólo ellos sabían quiénes eran y todo lo que se necesitaban. Las personas  alrededor se miraban extrañadas sin saber qué hacer.

     -Quiero que seas fuerte y acompañes a tu padre, él te necesita ahora. Yo siempre estaré a tu lado. Y te cuidaré en todo momento- Susurraba la mujer al oído del pequeño niño que sollozaba.

      -¿Por qué no te quedas conmigo?- Preguntó el niño.

      -Dios me ha llamado, no puedo negarme a sus designios. Además hay una mujer que tiene su vida y una familia que la espera… Como tú me esperaste. Sé que con el tiempo entenderás mejor las cosas que nos pasan, y aprenderás a aceptarlas.

John no tuvo que oír más para comprenderlo todo; haber podido ver a su madre… Viva, por última vez, evitó que anidara algún rencor por la prematura ausencia de su progenitora. Ausencia que no era definitiva, ya lo sabía muy bien.

     -Ahora debo irme, corazón.

     -Sí, mami, lo comprendo- Dijo John haciendo sonreír levemente a su madre.

A pocos metros apareció una extraña luz que encegueció por un instante a los presentes, y del cuerpo de Flor de  María  salió  una  nubecilla luminosa que se transformó en Marisol Castro, que brillaba como un sol resplandeciente. Marisol dio unos pasos en dirección a la luz, pero se volvió para mirar a su hijo. Luego entró en la luz, que fue perdiendo intensidad hasta desaparecer definitivamente… Llevando consigo el espíritu de la mujer, que únicamente había regresado para despedirse de su hijo.

Al rato despertó Flor de María, confundida al estar en un lugar que desconocía por completo:

     -¿Qué hago aquí? ¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde estoy?

Todos estaban asombrados con la trasformación que se había operado mágicamente en su presencia… Menos John, que permanecía mirando fijamente el lugar  donde se había ido su madre… Como si ella todavía estuviera allí.

 Comentarios a: mteyper@hotmail.com

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