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Un día amanecerá

Silvana Melo (APE)
Hay un país que no aparece. Empujado a las sombras, acorralado en el mosaico de tierra que le dejaron, donde no se alcanza a apoyar el pie. En ese país -en un rinconcito de Formosa- el hijo del qom Félix Díaz fue atacado dos veces en sesenta días. La primera vez, con su niño. Tiene pavor de denunciarlo. Es que sabe que todos son el mismo. Que el monstruo tiene mil caras pero es el mismo monstruo.
Hay un país escondido, solo, apaleado, hambreado, corrido a balazos de la visibilidad de la ruta, destronado de su reinado mínimo ancestral y sereno, matado y muerto, saqueado y seco, flaco de hambre y ajado de sed. Un país reivindicado en los libros y en los discursos pero abandonado en los hechos, embretado entre las topadoras y la voracidad del agroempresariado avalado y legitimado por poderes políticos subsidiarios del mayor. Un país campesino pobre en Santiago, de tierra sembrada para la vida, de Cristian Ferreyra asesinado por los sicarios, un país originario de qoms perseguidos en Formosa, de muertos, de golpeados como escarmiento, de chozas quemadas, un país asesinado y victimizado que no aparece. Ni en los medios que fundan la agenda ni en los escritorios oficiales ni en los diarios del monopolio ni en la prensa anuente ni en la tapa de Caras ni en los noticieros que imponen una muerte sobre otra, bajo la ley de la truculencia y la arbitrariedad.
Félix Díaz es el representante de la comunidad qom La Primavera, de Formosa. Fue el que se plantó en huelga de hambre en el centro de la 9 de Julio, en el despacho donde atiende dios, después del ataque feroz del 23 de noviembre de 2010. Cuando el país los vio, cortando la ruta 86 para pedir por sus tierras. Suyas, desde siglos atrás. Suyas ab origine. Tierras en las que resisten y resistirán. Aunque vengan a ponerles el pie encima. Y a toparles los ranchos con máquinas. A incendiárselos con sus cositas adentro. Y a matarlos como a Roberto López, de un balazo. O como al pilagá Mario López, al otro día del 23, cuando iba para la tierra a sumarse y lo atropelló un auto en Estanislao del Campo. Y dicen que no fue un accidente.
Félix Díaz vive en Formosa. Una de las provincias más pobres del país agroalimentario. Del país que da de comer a 400 millones de personas pero a muchas de las suyas le quita la tierra donde sembrar su maíz, amasar su pan y cazar su carpincho. Donde vivir, con la dignidad de compartir lo que hay y lo que no. La carne asada y el hambre. Para todos.
Es el representante de la comunidad qom, elegido por la comunidad qom. Cuando decidió no comer, en medio de la 9 de Julio, erizó las pieles del poder. Le plantaron otro cacique para neutralizarlo. Pero en las elecciones de la comunidad la comunidad lo volvió a elegir. Lo combatieron por todas las esquinas. Gildo Insfran les mandó la policía brava. Y los sicarios de los sojeros apalean a su hijo y a su nieto.
En sus terrenos sobrevivientes hace mil grados de calor y ya no hay agua. Sus casitas se queman de nada, los médicos no llegan, nadie habla su lengua y están solos. Solos. Yael, hijo de Roberto López, relataba a APe en marzo, en medio del ruido de la ciudad voraz: “En La Primavera no somos muy inteligentes, pocos pueden ir a la escuela: las primeras veces, en que iba porque mi papá me mandaba, yo volvía y le decía `no quiero ir más. No sé lo que hablan allí`”.
Poco tiempo después fueron desalojados por la policía y miembros de La Cámpora, en un episodio presentado en las vidrieras sociales con oropeles y moños de negociación democrática. Aun sin ley antiterrorista, más de 30 aborígenes qom están procesados por cortar la ruta, convertidos en victimarios en medio de sus muertos, de sus chozas quemadas, de sus hombres y mujeres con los brazos rotos y la dignidad plagada de hematomas.
El Estado despliega todo su aparato represivo y segregatorio para desconocerlos, desnudarlos de sus derechos y cerrarles la Constitución en la cara surcada por saqueos atávicos.
Como en Jujuy, cuando cuatro murieron por quince hectáreas que el Ingenio también se llevó, como en Santiago del Estero, cuando Cristian Ferreyra regó de sangre su parcelita de Monte Quemado, a La Primavera le quieren fumigar las mariposas donde viven sus ancestros y plantarles el sojerío brutal que agotará la tierra y los dejará al borde de algún camino, en la soledad del que no es. Sin nombre, ni pueblo, ni tierra donde afirmar los pies y ponerse a morir cuando llegue la hora.
Nadie oyó el pedido que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) le hizo al Estado argentino. Le exigió garantizarles la vida “contra posibles amenazas, agresiones y hostigamientos por parte de la policía, la fuerza pública y otros agentes”.
Pero Gildo Insfran gobernará Formosa por cuatro años más y es soldado presidencial en el país empobrecido donde el Estado emplea, cesantea, reprime, alimenta, destierra, hace pobres y los hace clientes.
Desde setiembre se huele el peligro más fuerte. Cuando uno de los nietos de Díaz se salvó del fuego que ardió en su casa. Dos meses después el hijo de Félix Díaz, de 17 años, y su nieto de 11 se pegaron a la tierra cuando sintieron la balacera. A la tierra ya ocupada por la familia de un terrateniente pero que les pertenece.
El 7 de enero, ayer no más, el hijo menor de Díaz fue atacado, cortado y golpeado. No quería ir al Hospital. Cree que los monstruos están en todos lados. Que son todos el mismo monstruo. Que lo buscarán donde esté. Y le sacarán la tierra. Es decir, la vida.

En el medio de la noche, que parece para siempre, siguen colgando como estrellas las palabras de Gabino Zambrano a APe, aquella tarde de marzo en el ombligo urgente de la ciudad. “Las cosas van a cambiar. Es el mandato de la naturaleza. Como que hay una noche y un día. Como que mañana saldrá el sol. Así el mundo indígena pisoteado va a amanecer”.

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