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Traumas persiguen a inmigrantes salvadoreños

Traumas persiguen a inmigrantes salvadoreños

María y su esposo aseguran que huyeron de El Salvador porque eran amenazados por pandilleros. La pareja acaba de vivir su primera Navidad en el Norte de Texas, luego de pasar semanas en centros de detención, pero aún lidia con las secuelas emocionales de la violencia y el desarraigo.

Ana E. Azpurua, tomado de Aldíatx.com

María y su esposo aseguran que huyeron de El Salvador porque eran amenazados por pandilleros. La pareja acaba de vivir su primera Navidad en el Norte de Texas, luego de pasar semanas en centros de detención, pero aún lidia con las secuelas emocionales de la violencia y el desarraigo.

Hace un año, María y su esposo vendieron sus automóviles, el local de venta de materiales de construcción que tenían y le pagaron cerca de $14,000 a un coyote para que los llevara de El Salvador a Estados Unidos.

La pareja sostiene que hacía más de un año que los extorsionaban pandilleros. El hombre pasaba las noches en vela, a veces María lo escuchaba llorar. Cuando se enteró de las amenazas, ella dejó de ir a la iglesia todos los días, como solía hacerlo, por temor a que la agredieran.

“Decían que ellos no juegan, que ellos sí lo van a matar a uno”, señala María.

Ellos vivían en uno de las provincias consideradas por la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) como de los más violentos de El Salvador, con un alto índice de criminales deportados de Estados Unidos y México, que luego nutren las filas de los maras.

La pareja, que ahora reside en el Norte de Texas, accedió a hablar con Al Día bajo la condición de que no se usarán sus nombres completos por temor a represalias.

A meses de haber llegado a Texas, el hombre todavía prefería quedarse en la casa, y cualquier situación que le recordara lo vivido en El Salvador lo paralizaba, incluso toparse con un vecino que tiene un tatuaje.

“Al ver a los manchados estos, todos manchados, me da miedo”, dice el hombre.

“Me cayó depresión… no me daba hambre, solo era de querer llorar y llorar por la situación que estábamos viviendo, y decía ‘ay Dios, ¿por qué nos está pasando esto, qué hemos hecho, qué hicimos mal?'”, cuenta la mujer. “Eso sí nos ha venido afectando a los dos porque hasta hoy yo siento aquella tristeza, aquella aflicción”.

Mientras narran su experiencia, sus cuerpos tensos contrastan con la paz de una tarde despejada, en la que los vecinos pasean a sus perros y el atardecer pinta de rosado la hilera de casas.

Aunque no mantienen cifras específicas de estos casos, profesionales de salud mental entrevistados por Al Día atestiguan de inmigrantes latinoamericanos para quienes los traumas vividos por la criminalidad en sus países se combinan con los peligros del viaje al norte y las angustias propias de la transplantación de patria. Esto contribuye a niveles elevados de estrés, ataques de pánico, síntomas de ansiedad, depresión o en casos extremos estrés postraumático (PTSD).

También mencionan que el miedo, la preocupación por sobrevivir económicamente y el estigma desalientan o retrasan la búsqueda de ayuda profesional, manteniendo su vía crucis en las sombras.

En centros consultados con un alto porcentaje de clientes hispanos, la violencia doméstica es la amenaza más común a la salud mental. Sin embargo, la criminalidad es una sombra sobre la tranquilidad de las familias que atienden, tanto de Centroamérica y México como de otras zonas candentes de América Latina.

“La mayoría de mis clientes tiene miedo por algún familiar que está allá, de que vaya a ser agredido o está amenazada por el agresor”, dijo Claudia Ospina, psicoterapeuta bilingüe de Mosaic Family Services, que brinda servicios a víctimas de violencia. “Encima de que vienen con el trauma de lo que han vivido allá, vienen aquí y experimentan más trauma”.

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