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Terrorismo: definiciones, imágenes e historias desde Venezuela

Yldefonso Finol, Militante bolivariano, Venezuela

I

Terrorismo en las acepciones más comunes, es “dominación por el terror y/o sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”, en los que (según Ossorio y Florit) se derivan delitos específicos contra las personas, la libertad, la propiedad, la tranquilidad ciudadana, la seguridad común, los poderes públicos y el orden constitucional.

Carlos Tupac (Terrorismo y civilización, tomos I y II) critica que la definición del diccionario de la Academia deje por fuera del concepto de terrorismo a muchas situaciones opresoras y violentas, que benefician al poder establecido.

En el marco más global del Derecho Internacional y las convenciones de la ONU, lo más cercano a una definición de terrorismo se logró en 2005 en el informe del Secretario General titulado “Un concepto más amplio de la libertad: desarrollo, seguridad y derechos humanos para todos”. En ese documento, se hizo un llamamiento para que se adoptara con urgencia una definición en la que se especifique que por “ningún motivo o agravio puede justificar o legitimar que se ataque o dé muerte deliberadamente a civiles y no combatientes” y que “toda acción cuyo objetivo sea causar la muerte o graves daños físicos a civiles o no combatientes, cuando dicha acción tenga, por su índole o contexto, el propósito de intimidar a la población u obligar a un gobierno o una organización internacional a hacer o no hacer algo, no puede justificarse por ningún motivo y constituye un acto de terrorismo”.

Antes hubo varias referencias interesantes en diversas Resoluciones, como en diciembre de 1996 (Res 51/210), aunque sin definir claramente aún el concepto de terrorismo: en la Resolución 51/210 se “Reitera que los actos criminales con fines políticos concebidos o planeados para provocar un estado de terror en la población en general, en un grupo de personas o en personas determinadas son injustificables en todas las circunstancias, cualesquiera sean las consideraciones políticas, filosóficas, ideológicas, raciales, étnicas, religiosas o de cualquier otra índole que se hagan valer para justificarlos”.

Tomemos estas citas de Hendrik Vaneeckhaute, donde se plasma la preocupación que ya había en Naciones Unidas por el terrorismo de Estado: “Diciembre de 1984, la Asamblea General: “1. Condena energéticamente las políticas y prácticas de terrorismo en las relaciones entre Estados como método para tratar con otros Estados y pueblos. 2. Exige a todos los Estados que no emprendan acción alguna encaminada a la intervención militar y la ocupación, a forzar cambios en el sistema sociopolítico de otros Estados o a socavarlo, o a desestabilizar y derrocar a sus gobiernos y, en particular, que no inicien bajo ningún pretexto acciones militares con ese fin y pongan término de inmediato a toda acción ya iniciada; 3. Insta a todos los Estados a que, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas, respeten y observen estrictamente la soberanía y la independencia política de los Estados, el derecho de los pueblos a la libre determinación y su derecho a elegir libremente, sin injerencia o intervención exterior, su sistema sociopolítico y a realizar su desarrollo político, económico, social y cultural.”

Para el caso venezolano, además de los Estados Unidos, otra docena de gobiernos han violado flagrantemente estas normas fundacionales del Derecho Internacional y la existencia misma de la ONU, al organizar y financiar grupos opositores violentos, aupando exigencias que exceden el marco constitucional como ese cacareado reclamo de “elecciones generales”. (Voceros opositores apoyados por EEUU y el secretario de la OEA han insistido en usar este término “elecciones generales” no previstas en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y contrarias al carácter federal descentralizado del Estado de Derecho y de Justicia que impone la Carta Magna)

Vale la pena recordar unos pocos ítems del Informe del Grupo Asesor sobre las Naciones Unidas y el Terrorismo: “En la mayoría de los casos, el terrorismo es esencialmente un acto político. Su finalidad es infligir daños dramáticos y mortales a civiles, y crear una atmósfera de temor, generalmente con fines políticos o ideológicos. El terrorismo es un acto delictivo, pero se trata de algo más que simple delincuencia. Para superar el problema del terrorismo es necesario comprender su carácter político y también su carácter básicamente criminal y su psicología… La falta de esperanza de justicia es caldo de cultivo para el terrorismo… La protección y promoción de los derechos humanos en un régimen de derecho es esencial para prevenir el terrorismo…”

La impunidad es un incentivo criminal a la reincidencia y aumento del terrorismo.

II

El acto más grande y perverso de terrorismo a escala planetaria lo cometió Estados Unidos al lanzar dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, donde centenares de miles de civiles (no combatientes) de todas las edades, condiciones físicas y creencias murieron inmediatamente o posteriormente por efectos del desastroso crimen.

El fascismo italiano, como el nazismo alemán, se caracterizaron por imponerse a la fuerza, con el terror obtuvieron y se sostuvieron en el poder.

La Operación Cóndor fue una cartelización del terrorismo de Estado, diseñado y promovido por USA, para intentar desaparecer la opción socialista que se le oponía en todo el continente como respuesta a su odiosa hegemonía nacida del cadáver putrefacto de la Colonia.

Terrorismo aplicaron Bélgica en Congo, Francia en Argelia y EEUU en Vietnam. Y lo practicó a diario desde sus inicios, como política esencial de su modo de ser, el sionismo aupado por los imperialismos: el primer acto terrorista en Palestina fue la explosión en mercado popular de Yafa en 1938 donde los vecinos indefensos compraban frutas y verduras frescas, la autoría fue del Irgun, grupo terrorista judío que propugnaba la creación del Estado de Israel.

Históricamente el concepto de terrorismo lo manejaron a su antojo las clases dominantes y sus instituciones, particularmente los medios de información y la industria cultural-ideológica; así lograron convertir en criminales a luchadores por un mundo más justo desde Espartaco a Carlos Ilich Ramírez.

Sobre este último, a quien recientemente juzgan en Paris con la guillotina mediática sobre sus blanquecinas sienes, debo decir, por elemental honestidad intelectual y consecuencia revolucionaria, que las nuevas generaciones deben valorarlo como un héroe del internacionalismo bolivariano, digno heredero de la estirpe de Antonio José de Sucre, Rafael Urdaneta, Carlos Aponte Salazar y Ali Gómez García.

Porque no es terrorismo oponerse a un opresor extranjero y luchar por la autodeterminación de los pueblos.

III

Los apologistas de la Corona de Castilla que invadió los territorios de Abya Yala desde finales del siglo XV, se inventaron la leyenda de unos indios caníbales que se comían a los cristianos que venías amorosamente a catequizarlos.

Para eso mal usaron la palabra “caribe” como tergiversaron casi todos nuestros idiomas. Llamaban “caribes” a unos supuestos antropófagos, bichos sin alma ni entendimiento que se negaban a aceptar de entrada al dios de los invasores y su madre virginal.

Lo cierto es que el primer acto de antropofagia registrado documentalmente en el “Nuevo Mundo” fue cometido por el grupo de castellanos que traían el cargamento de oro que el gobernador de Venezuela Ambrosio Alfinger había ido saqueando desde Maracaibo al Catatumbo, cuando –muy carnívoros ellos- hastiados de rumiar hierbas y tubérculos, decidieron matar y comerse a unos indígenas que les ayudaban a llevar la carga.

Tal cual el terrorismo de hoy crea sus mitos y los transmite sin vergüenza en los papeles, filmes, y noticieros de la ignominia.

El lanzamiento del súper proyectil GBU-43/B, la bomba no nuclear más potente que posee Estados Unidos, sobre un complejo de túneles en la provincia de Nangarhar, al este de Afganistán, así como el bombardeo desde un portaviones contra la destrozada Siria, constituyen dos patéticos actos de terrorismo imperialista que el concierto de naciones soberanas debe detener si es que queda algo de humanidad en tan desprestigiada estirpe.

IV

El 11 de septiembre de 2001 borró toda la historia del terrorismo opresor de las clases dominantes y se inventó el modelo que al complejo militar-industrial gringo le conviene que prevalezca en las mentes de un mundo controlado por el capital transnacional.

Los terroristas que colocan bombas en hoteles de La Habana (en 1997 fuimos desalojados de uno donde había un explosivo en la recepción) son llamados “combatientes por la libertad”, mientras que los patriotas que defienden la soberanía de su ocupada patria Palestina son estigmatizados por la mil millonaria puesta en escena del negocio comunicacional.

Los beneficiarios del derribo de las Torres Gemelas, impusieron su discurso represor a nivel global, se autorizaron para espiar al universo entero e intervenir militar y policialmente en cualquier país que se les antoje. Se legitimaron la tortura, el intervencionismo, las restricciones a la libertad individual, pero más aún, se propició el ocultamiento de las responsabilidades insoslayables del imperialismo en las hambrunas y destrucción del ecosistema que pasaron a un plano casi imperceptible.

Aquellos países que resultaron invadidos por EEUU unilateralmente o con la complicidad de la OTAN, Afganistán, Irak, Libia, y que para combatir el “terrorismo”, se terminaron convirtiendo en sociedades atomizadas, con sus territorios descuartizados y sus pueblos martirizados. Un desastre caótico donde el imperialismo justifica todas sus maniobras tenebrosas para imponer la hegemonía geopolítica.

En ese teatro de operaciones crearon engendros tipo Al Qaeda y Estado Islámico, con un archipiélago de tentáculos que rayan en el fanatismo pero al dios dólar.

Tal cosa es el terrorismo, la paranoia de un imperio decadente que se niega al elemental saber ancestral de que los seres humanos somos iguales y tenemos los mismos derechos y deberes. El modelo de dominación universal que se basa en la supremacía racial y económica, hoy encarnado en ese patán copete amarillo que preside Estados Unidos, es la causa del terrorismo, y son ellos los principales terroristas que amenazan acabar con la vida en el planeta.

La clase política que sirve a esos intereses en cualquier parte del mundo, y aquí en Venezuela en particular, juega al terrorismo y como tal debe ser tratada por el Estado de Derecho.

 Sólo la verdad histórica forma pueblos libres.*

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