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Sonata de mariposas en fuga

José Juan Cantúa *

VIOLONCHELO EN LA NIEVE.- Esta tarde es fría para una mariposa de “madeira”, murmuré al oído del crepúsculo para que la neblina de mi aliento le empañara la línea violeta de su frente, ahí donde los pájaros guardaban un sile…ncio azul marino, como invisibles notas de una partitura extraviada, una melodía de alas imperturbables… ¿acaso no hay armonía en un témpano? Esta tarde es fría para una mariposa de “madeira” susurra alguien en mi tímpano y la frase cae como una piedra sin retorno, a fuerza de un aliento impredecible y mientras rueda la piedra incomprensible, rueda rauda, rueda piedra parlante, danzando su destino, y ese alguien repite tímpano, témpano, tímpano… Es fría la tarde para esta mariposa de “madeira” que revolotea alrededor de su crisálida como un acorde que duele en el deleite, herido de ritmo, ululante y translúcido, fugaz y absorto… Un arco roza los cuatro puntos cardinales como un fulgor, una llama que la llama, un eco que huye de un hueco, un sonido que me delinea el ombligo con su sutil caricia de reverberancia, un latido arde en el centro del témpano. La mariposa de “madeira” es un pedazo de armonía que siempre se deshace, el delirio de un violonchelo que yace en la nieve como una lágrima olvidada… –¿Por qué son tan tristes los violonchelos? –Bueno, no tanto ni tampoco –susurra un aleteo. –¿Acaso son tímidos? –A veces balbucean desde el sótano, más solos que la lámpara desnuda, indiferente, con su mirada indolente como una prostituta enferma. –No te creas –susurra la mariposa de “madeira”– los violonchelos hablan como los recuerdos que ya no son nuestros, aquellos que arrojamos a la fosa de otros. La mariposa de “madeira” se posa en mi hombro izquierdo como una mano de mujer que deshizo los días, una mano con su palma sin líneas, una mano que es un aleteo, un vértigo, una crisálida oscura que canta en mi ombligo en fa sostenido. Un alfiler de palabras atraviesa el centro de la mariposa de “madeira” contra la tarde fría. Así será mía para siempre… ¡La necesito para este corazón de témpano, para este abismo sin tímpano! Además, ustedes saben, un violonchelo no es cosa de todas las tardes, como ésta, tantamente fría.

PIANO EN RINCÓN.- Otra mariposa con su ala blanca, con su ala negra, oscila su sombra sobre la madera oscura, su sombra de sonidos sobre el piano mudo, oculto éste tras su propia máscara de frío silencio y deseo frío, la máscara que a nadie intriga porque nada entraña: detrás de ella no se oculta ningún rostro, salvo el leve aire que hace revolotear la sombra de la mariposa con sus alas de tablero de ajedrez, como una pieza de joyería falsa que alguien dejó olvidada en el hueco más íntimo de ese piano donde sólo se puede guardar una lágrima la tan sola que de pronto le nacieron alas en defensa propia, por pura metamorfosis de la sal, esa que nuestra lengua recuerda desde el útero. ¿Un rincón es también un destino para hablar a solas con nadie, ese dios pusilánime que somos cada día? Un piano en un rincón es un altar vacío. La mariposa es una bendición perfectamente inútil. Me alejo entonces del piano como de un abismo sólo para tropezar con otro rincón. A veces también soy ese piano. La mariposa con su ala negra, con su ala blanca, me susurra: –A veces también soy ese abismo. Regreso al rincón original y tiemblo ¡tiemblo como piano recién nacido! mientras me oculto tras la máscara de frío deseo y silencio frío. –Recuerda, me advierte la mariposa, que el temblor es mío: fui antes una lágrima que alguien vertió en un altar vacío. Percibo que un rincón es un destino para hablar a solas con nadie, conmigo.

FLAUTA CENIZA.- Las mariposas aparecen desecadas tras las vitrinas de los días con sus alas desprendibles como hojas de calendario. Oculto soy en la penumbra de una esquina, agazapado, escrutando el vaivén del aire, husmeando cualquier aleteo, una idea me clava en la frente su aguijón de luz: cada quien padece la cursilería que se merece. Desde aquí observo a un taxidermista encorvado de ansiedad, guiñando sus ojos como semáforo averiado tratando de capturar su dosis de alas y colores, los más inverosímiles, los casi extintos, los irremediables. Lleva consigo una flauta enmohecida como antes los leprosos la campana infinita. De su costado sube/baja un zíper: el hueco donde oculta mariposas impávidas entre pedazos de realidad y diarios viejos. La costura de esa herida le supura como si goteara un arco iris. La flauta enciende la tarde con una melodía inconsolable. Mariposas en trance acuden a ese aullido sordo de ballenato varado. Observo seducido también ese ritual, despeinado por el viento inesperado de la memoria mientras trato de encender el último cigarro para aspirar esta tarde como si fuera todas las tardes. Un taxidermista sin flauta enmohecida es como una boca sin labios. Incomprensible ese deseo, su placer me intriga. Así, exhalo una bocanada de mariposas que desafían con sus giros la matemática de la ciudad gris. Como ven, yo tengo su placer, él tiene mi deseo. Exhalo de nuevo y una mariposa es llama, lentamente se extingue mientras ese deseo se convierte en un pozo sin fondo y su vacío me golpea el bajo vientre y todo es una galaxia de hielo que arde más allá del principio. La mariposa susurra: “El fuego es el recuerdo de nadie y nadie es un recuerdo que culmina con su propio aliento: un espejo frente a otro espejo”. Abro los ojos desde el fondo del pozo y ya no está el taxidermista; sin embargo, la melodía de la flauta se desliza como el tajo de una herida abierta para siempre detrás de mi frente.

*José Juan Cantúa Del poemario “La cicatriz del silencio”, 2005

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