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Sobrevivir hasta el solsticio de verano

Silvana Melo

APe).- ¿Y será al fin la revolución? Esa marea dulce que arrastre en alud a los monstruos y a los domesticadores, ¿será al fin? Dice Bolivia que el 21 de diciembre expirará el capitalismo, cuando estalle el solsticio de verano. Se acabará la Coca Cola y empezará el mocochinche. Y se escribirán, con manuscrita, “el tiempo del amor y la cultura de la vida”.
Ese día, dijo el canciller Choquehuanca, en el final del calendario maya, originarios de todos los mundos se juntarán en la Isla del Sol, bañada por el Titicaca. Y allí, dicen, se encenderá el nuevo fuego.  Donde se quemarán los papeles del contrato social –leonino como fue, injusto y legitimador de todas las dominaciones- y se demolerá la lógica de todas las desigualdades. Para que el hambre sea criminal y la pobreza un insulto, desnuda a las revelaciones del sol.
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Hasta que llegue diciembre, habrá que buscar abrigo. Tal vez sean los últimos bombardeos del viejo tiempo que, dice Bolivia, fenecerá en cenizas el 21 de diciembre en la América Latina. Pero la injusticia es una dama de hierro en el invierno de los pies del mundo.
Que lo diga Herminia de la Fuente, muerta a los 85 años en Pinchas cuando se le vino encima el techo de barro y caña de su casita riojana.
O el bebé que llegó sin hálito al hospital de Concordia. Helado de frío. Su padre y su madre hacen magia con palos y pelotitas en los semáforos.  El senador Enrique Cresto (FPV) exculpó al Estado y revoleó responsabilidades con tanta presteza como las pelotitas de los malabaristas. “En mi casa tengo pileta. Si dejo la puerta abierta y mi hijo va y se ahoga, no voy a hacer cargo al Estado de una responsabilidad mía”. El Estado es un acuerdo entre fuerzas dominantes para asegurarse la supremacía. Ni Herminia ni el niño malabar forman parte de sus engranajes. La culpa es de la mala vida de los pobres –que son culpables de su desgracia elegida-; de los padres de la criatura helada y de la familia de Mercedes –borrachos todos, como bramó en su exculpación propia la senadora Beatriz Alperovich-, que la dejó jugar y morir en la vereda de Villa Muñecas en Tucumán.
Es el invierno el que patentiza el filoso corte de la desigualdad en la América Latina. Que, dice Bolivia, será arrasada por el amor el 21 de diciembre. Es ahora cuando se hacen visibles los que viven en las calles. A las puertas de los edificios que pinchan el cielo con la nariz, poblados de los ojos saltones del aire acondicionado. Es ahora cuando descubren que existen y se arman operativos de barrido para que no terminen de morirse cuando la escarcha de la madrugada hace nido en la espalda. Pero que después vuelvan a su lugar cuando sale el sol. Porque la desigualdad es natural y ellos son los responsables de no ser exitosos y de haber optado por la miserabilidad en un mundo que ofrece tantas, pero tantas posibilidades en las pantallas y las gigantografías.
Como en Santiago de Chile, donde colapsaron los albergues para indigentes. Pero murieron 14, es decir que la selección natural funciona. El gobierno anunció un Plan de Invierno con veinte albergues más para los 12 mil que duermen en veredas y plazas en el largo y delgado país.
O como en Montevideo, donde Pepe Mujica amenazó con abrir el Palacio presidencial de El Prado para abrigar a los pobres callejeros. Como el rey que abre un ratito el sótano para los parias hasta que pase lo peor. Y después vuelven, cada pobre a su pobreza y cada paria a su pariedad. Pero la revolución, esa marea dulce, consiste en que los pobres no sean pobres. Los parias no sean parias. Y por las calles se camine y salude. No se duerma.
Que le pregunten a Enzo Frías, el sereno sanjuanino de 23 años que se encerró en la casa sin terminar con dos baldes de albañil con carbones encendidos. Y murió del veneno y del frío. O el rosarino congelado en la obra en construcción. O el hombre que vivía en las calles de Rosario, muerto mientras dormía con un bolso bajo la cabeza. Donde llevaba un blíster de pastillas para la presión. O Miguel Chaparro, el sereno chaqueño de 52 años que no soportó los tres grados bajo cero de Resistencia. O el otro sereno, el de 22, que murió asfixiado en un obrador en Santiago del Estero, en una riña contra el frío que lo encontró en franca derrota.
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“El 21 de diciembre de 2012 es el fin de egoísmo, de la división. El 21 diciembre tiene que ser el fin de la Coca Cola, y el comienzo del mocochinche”, dijo Choquehuanca junto a Evo Morales en Copabana. A la ribera del Titicaca. Ese día “los planetas se alinean después de 26.000 años”, y será el “fin del odio y el comienzo del amor”. Los pobres y los parias, los cesanteados y los desterrados, intentarán sobrevivir al invierno del confín del mundo. Si lo logran, se realinearán con los planetas. En otro orden, más justo y exculpado, cuando estalle el solsticio de verano. Y entonces será, al fin, la revolución.
Y la profética maravilla de los collas.

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