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Serrat y Sabina: de Madre a Patria Insumergibles

sabina y serrat

Cubadebate

Más que con sus Almodóvares y sus Gaudís, sus Dalís y sus Gades, su Escorial y su historia de conquistas, su presunción mediterránea y sus mujeres de bufanda y botín alto, a mí España me enamora con versos y guitarras.

Música y literatura. Pluma y cuerda. De tal casamiento nació un día mi admiración por esta España que, a tenor con los vientos que soplan en su Palacio de Gobierno, aún no sabe cuidarse de su propia España. Esta España que desoyó el consejo vallejiano, pero que siempre guarda, intacto, un corazón sensible para mirar al sol.

Y es que de Don Francisco de Quevedo al malogrado Camarón de la Isla, de Machado -¡qué memorables Campos de Castilla!- a la anoréxica sensualidad de Ana Belén, este país se autorretrata como un tablao gigante dentro de una infinita biblioteca.

Por lo menos así lo veo yo. Pero claro, muy poco fiable debe ser el testimonio de este adicto (por encima de todos los artistas) a los cantaescritores, esa raza en camino de extinción. Y usted sabe, en España sobreviven Sabina y Serrat. El andaluz humoso, correntón, perfumado de bragas y alcoholes, y el catalán sufriente, lírico, con cara de patriarca rasurado. Pluma y cuerda son ambos. Poesía en estado natural, desligada del rímel esnobista.

Justo ahí quería llegar. A esos “dos pájaros de un tiro” que hace poco presentaron un disco a cuatro manos. Se llama La orquesta del Titanic, tiene “once canciones locas”, y su origen -Sabina dixit- fue el siguiente:

“Yo tenía unos versos desde hace mil años de los que nunca pude hacer una canción, que era La Orquesta del Titanic, porque me gustaba la idea de que los músicos seguían tocando mientras se hundía todo. Cuando empecé con éste, Serrat, pensé que era una fantástica metáfora de la crisis que está cayendo. (…) Leo todos los días la desesperación de la gente, nosotros cantamos porque es lo único que sabemos hacer y también para que la gente tenga por lo menos una canción donde reír o llorar”.

De momento, la unión ha procreado un disco de platino en apenas la primera semana de ventas. Y de seguro el éxito se multiplicará, como es de sospechar cada vez que acontece una conjunción propicia de los astros.

Personalmente, no considero que este álbum alcance la altura de los “sabinianos” Hotel, dulce hotel o 19 días y 500 noches, por citar un par de ejemplos. Ni contiene algún texto comparable a Tu nombre me sabe a yerba o Pueblo blanco, esos temas insignes de Serrat.

Pero ello no desdora el resultado. Si total, tampoco Silvio, nuestro Silvio, ha podido emular en las últimas entregas con aquellos sus memorables fonogramas de los años setentas y ochentas, da lo mismo si hablamos de Días y flores, Mujeres o Unicornio. ¿Será acaso que cualquier tiempo pasado fue mejor?

Más allá de si hay razón o no en la sempiterna interrogante, lo cierto es que La orquesta… dispone de la capacidad de estremecer. Y digo más. Digo que, como mínimo, tres de sus canciones merecen pasaportes a la posteridad.

Una de ellas es la que le da nombre al álbum, cuyo piano nos transporta enseguida unas décadas atrás, hasta dejarnos frente por frente al barco, al iceberg, los músicos, el pánico y la muerte.

Otra es Acuérdate de mí, una balada plena que, desde el arranque, pega el primer golpe: “Acuérdate de mí cuando me olvides, que allí donde no estés iré a buscarte”. Y la restante es Cuenta conmigo, envidiable disparo a la sien que nos derrumba con su declaración de amor fanático y la delicia de unos versos como “si quisieras quererme dejaría de fumar y me haría vegetariano, si durmieras conmigo dormirían menos tristes las palmas de mis manos”.

Basta con ese trío de temas para justificar La orquesta… Sabina y Serrat han vuelto a estrechar voces, por fortuna, y ahora quieren llevar a feliz puerto su Titanic. Definitivamente, estos dos capitanes no saben de naufragios.

sabina y serrat

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