Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

¡Qué bueno sería…!

Alvaro Lopera

Qué bueno sería saber de un sitio donde pudiésemos encontrarnos y oler las flores que llevamos en la solapa. Qué bello que existiera una plaza, un teatro, una iglesia donde las reminiscencias hicieran su presentación y los pañuelos corrieran presurosos a ayudarnos con el caudal de agua que de seguro saldría de nuestros ojos.

Hermoso reencontrarnos al pie de una pileta y llorar por nuestros muertos y después leer un bello poema de Neruda, de Vallejo, de Alfonsina, acompañados de esa memorable canción de Serrat derivada del poema “Elegía”, de ese otro poeta, Miguel el pastor, el mismo que tenía una papa en la cara. Sueño con un parque lleno de bancas largas al pie de frondosos árboles y multitudes en torno de ellos hablando simplemente de la vida, del mundo, de los derechos humanos, de la música, del arte, de la pintura de Picasso, recitando poemas de Baudelaire y de todos los poetas del mundo; quejándose de sus mujeres y de sus hombres, ah, y por supuesto, del gobierno. Cantando o simplemente pintando el piso con esas palomas que ya no las ponen a volar por la paz la cual ya no es tan urgente, pues estamos en guerra y del establo del Argos geopolítico se desprende un olor nauseabundo.

Qué bueno sería contar con una comparsa de payasos, y reír simplemente por reír, así sin razón, y después, con las notas más bajas del pentagrama, pronunciar un lindo discurso que rememore el legado de los hijos de Abya Yala. Y qué bueno sería que saltara a la palestra un maestro de escuela de un país en donde la educación estuviera construyendo hombres nuevos, y nos contara en qué consiste y cuánto cuesta hacer de la materia de los sueños un ser útil al mundo. Y también que se atizara la controversia y le respondiera el profesor de un país en donde la educación se encontrara amarrada al yunque financiero. Y concluyeran, o simplemente, uno con sus mejillas pálidas se sentara, y el otro, compasivo, se acomodara a su lado y con su pañuelo, limpiara sus gemidos derramados; y todos estuviéramos escuchando, algunos sollozando y quizás otros danzando.

Si camináramos un poco, en actitud de carnaval y nos desplazáramos por una ciudad de calles estrechas, donde apenas quepa una persona con su contertulio y estuviera prohibido el paso vehicular y la fría marcha del asesino; si pudiéramos hacerlo en un verano caliente en donde las estrellas alumbraran más que la luna y allí en cualquier punto de la calle, con esa luz ardiente, pudiéramos leer el poema XX de Neruda y una guitarra gitana nos acompañara para no caer en una depresión más allá de lo necesario, de seguro, la felicidad se sentaría a nuestro lado, así sea por un instante, resquicio de esa variable einsteniana llamada tiempo, tan extraña a la poesía y al amor, pero tan real para los amantes que envejecen sin parar y con esa permanente agua salobre en sus ojos al ver morir día a día el pedacito escaso de ese corazón que alimenta afinidades, metas, algazaras interminables del espíritu.

¡Ah! y si pudiéramos escuchar el canto de miles de artistas que hayan copiado fielmente alguno de los versos de ese infinito himno de la naturaleza, como por ejemplo, el sonido agudo que esparcen en el aire cuando saltan juguetones los delfines, enjundiosos, cerca de la proa de un barco como invitándolo a ser partícipe de sus proezas, y de esta manera, literalmente, nos transportaran a esos espacios prohibidos, a esas playas donde habitan las sirenas que quisieron robarse al mítico Ulises. Y si a ello se le sumara el ulular de una soprano que sorprendiera a la nota más alta del divino Stradivarius, descansaría reventando de alegría, y más si tus ojos estuvieran puestos sobre los míos. De seguro pensaría que esa es una mejor vida.

Si nos diéramos las manos y nos abrazáramos interminablemente y nos dijéramos cuánto amamos lo que tenemos y hemos construido en nuestra neuronas y en nuestro corazón; y si en ese momento interrumpiera un historiador y nos reinterpretara la Ilíada, y el descenso de Dante al infierno, y el descubrimiento del motor de vapor, y la guerra de los cien años; y nos explicara la muerte millonaria de nuestros pueblos hijos de Abya Yala, y aclarara los millones de muertos en las inútiles guerras y por qué se hacen tantos retruécanos con los derechos humanos, torciéndolos a cada paso, no me enojaría sino que invitaría a todos a tomar asiento y a escucharlo, mientras aquel violín interpreta Czardas y mis lágrimas caen en mis rotos zapatos, tragándolas como su mejor alimento.

Después de un rato de tan alto jolgorio, buscaríamos una sombra, una sombra cuya temperatura sea un milagro como lo logran a cada momento las sombras hijas de los árboles. Miraríamos una hoja y construiríamos un discurso no propiamente newtoniano sino rubendaríano; hablaríamos de la bella disposición de todas sus partes y de cómo tan pequeño cuerpo emprende el camino de la fotosíntesis para alimentarnos, para evitar que el mundo se devore a sí mismo, para hacer del follaje nuestro mejor paisaje. Y claro, cómo evita que las gotas que provienen de las altas nubes golpeen el abdomen del planeta dejándolo despoblado, rubicundo de necesidades. Ah, reconozco la sombra milagrosa que prodigan, sin pretender por ello convertir el milagro en alabanza agorera.

De allí entraríamos en el misterioso cauce de un río, miraríamos todo lo que contiene en su vientre y lo que llevó a Demócrito a vislumbrar una de las leyes del devenir, o mejor, de la dialéctica de la vida: nada se conserva, nada es perenne hasta la eternidad, lo único que no cambia es el cambio mismo. Lo imagino mirando con sus grises ojos el transparente tramo que no cesa de correr, que alcanza a alimentar a los metálicos animales del río y al hombre mismo, al cual cruza por su organismo para después regresar al cauce natural del remolino y la caída. Nos desnudaríamos, y entraríamos en ese frío y acogedor reino, y probaríamos la tesis de mi maestro que siempre con sus añejas palabras, iluminando viejos caminos, afirmaba que bien valía la pena venir al mundo por el sólo hecho de sentir, de ver, de palpar con las entrañas, la extraña sustancia que soporta tres estados a la misma presión de esa atmósfera terráquea que aplasta, sin pensarlo, pequeñas voluntades.

¡Oh princesa de la vida!, diría el primer párrafo que entre todos cantaríamos, después de haberle construido un brillante palacio con las mejores coplas que haya escrito jamás poeta alguno y que se merece como la más linda princesa entre todas las princesas. Y aprovecharíamos ese pequeño espacio que Momo nos prodiga para hacer un sacrificio: traeríamos todo el oro del planeta para que la gran guardia indígena lo sepulte en el abisal hídrico, bajo sus blancas y anchas alas, donde nadie nunca pudiera de nuevo encontrarlo.

Después partiríamos para la montaña más alta, que para entonces estaría tan sola como sólo el hombre la podría dejar, y desde allí miraríamos el mundo y descubriríamos lo ricos que somos. Nuestra madre montaña nos hablaría, en un instante, de los millones de años que anidan en su memoria y nos narraría los hundimientos y surgimientos de mares, los nacimientos y muertes de seres que ya no están con nosotros; sus labios amorosos balbucearán oscuras palabras que evocarán la sangre de color mustio que anida o yacía en ella y que fue tan vilmente expulsada de su seno para enrarecer nuestro cielo, y nos señalaría éste, horadado hasta la saciedad por esa extraña criatura que ahora la visita. Pediríamos perdón por los pecados de nuestros arrogantes antepasados, la besaríamos y le leeríamos los poemas de “Hojas de Hierba” de Walt Whitman, el memorable hombre con barba de mariposas. Y de seguro nos perdonaría. Y todos seríamos uno. Alzaríamos la mirada hasta que, acuciosos, encontremos a Marte y su roja capa, a Venus y su rutilante atmósfera y volveríamos a nuestra florida sede cuando hayamos descubierto a Saturno haciéndole galas a su mujer y jurándole no abandonarla nunca por otra más joven.

Cuando hayamos regresado, ya habrá sucedido lo que tiene que suceder sin nosotros en esta Tierra de serias decisiones, de riqueza atávica, de muerte sin avaricia, pues nosotros simplemente, para entonces, y desde mucho antes, habremos renegado de nuestra condición prehumana para, de esa manera, hablar hasta reventarnos, cantar hasta que cese nuestra voz y besarnos hasta que se borren nuestros labios.

Y buscaríamos denodadamente ese parque, aquel que no naufragó en la hecatombe de la guerra, y leeríamos hasta reventar, y dialogaríamos hasta quedarnos dormidos, y beberíamos el último trozo de esa agua que se atrevió a viajar con nosotros. Mientras tanto, seguirá ardiendo el pedazo de tierra que se quedó en manos de esa extraña criatura que sólo sabía restar y sumar a sus intereses.

Allí de seguro, en ese parque que sería tan grande como un país, como un mundo, estarían millones de refugiados, de desplazados de su tierra, y los invitaríamos a bailar sobre sus letras de dolor con sus mejores atavíos. Levantaríamos en su honor un escenario con luces multicolores, en donde el rojo prime, el azul despierte las ansias de libertad y el blanco nos convoque a darnos la mano y poner el corazón en la boca. Invitaríamos a sus despojadores, a sus perseguidores, a sus asesinos, para que de una vez y por siempre y hasta nunca nos expliquen la razón del desalojo, de los brazos partidos, de la cabeza cual carpa de circo, de los ojos rojos aullantes, de las entrañas en el río. Que nos expliquen mil años de dolor, y que no pidan excusas, que nadie en el mundo se las dará, pues todos podíamos vivir así simplemente, sin empujar al otro, sin correrlo de su casa; arando el jardín y la granja para vivir con los colores y los mejores olores cerca al lecho y para comer, para simplemente trasegar el mundo como una alondra más.

No podremos excusar el robo del río, el zarpazo a las nubes, al arroz primigenio, a las semillas. No podremos aceptar el cambio a esos frutos extraños que traen en su seno genes animales, como si no bastara el reino animal y tuviésemos que invadir el vegetal con historias extrañas de cuerpos animados. En ese parque miraríamos la vieja historia, la llevaríamos a grandes anaqueles y la expondríamos para que las generaciones que llegan con lágrimas en los ojos y ahítas de sangre, no la olviden, y no la vuelvan a repetir.

Los presentes, de seguro, jurarían sobre el sufrimiento, prometerían que nunca jamás se renovará dicha tragedia: que ni la griega, ni la romana, ni la europea ni la norteamericana volverán a trasegar por las fronteras, las mismas que desaparecerían para dar paso a un solo mundo. En ese parque juraremos lealtad a la vida en todas sus formas, al futuro y a la libertad. Y después de que todo haya terminado, esos hombres, ahora sí, hombres, retornarán a la tierra, a los estambres del conocimiento, al viento y al mar.

Ya, cuando todo esté calmo, vibrante, hermoso; cuando hayan restañado las heridas, cuando el hombre sea otra vez hermano del hombre, qué bueno sería una nueva reunión en donde el murmullo sea el canto, la palabra sea la reina del convite y tú, amada mía, seas la invitada de honor. Allí, yo, con mis ojos casi cerrados, con la boca reseca de tanto hablar, con los oídos plenos de nuevas y lindas sensaciones, moriré de cara al sol, y cuando arribe allí, a ese dios de nuestros padres, dejaré caer sobre aquellos que creyeron en el amor, las alas de libertad, las cuales serán guardadas en el mejor de los cofres y expuestas con la mejor de las luces. Y cada año habría una peregrinación para mirarlas, para sentirlas, para palparlas, para no dejar que alguien las rapte, evitando así el reinicio de ese cruel mundo que abandonamos y que quedó atrás, muy atrás.

A todas esas, mi corazón estará en lo alto, divisando el universo, floreciendo en ese parque que de nuevo se habrá llenado con risas multicolores y ojos de hombres buenos…

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