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Pájaros sin luz

Claudia Rafael

(APe).- Berreó sin más en el torno. Tocaron la campanilla. Desde el interior, un empleado gris y aséptico hizo lo que era costumbre: mover el armazón giratorio de madera y apareció él. A alguien se le ocurrió llamarlo Manuel Juan, el sin apellido. El niño puesto afuera. Desde el anonimato más profundo. Ex-positus. Así de simple. Compartiendo identidad con cientos, con miles que año tras año pasaron por esa vieja casona. Manuel protagonizó una fuga tras otra. Vio morir a tantos iguales a él. Escapó de la familia sustituta que le impusieron. Y creció. Y creció. Y escapó. Y trabajó en una panadería, en el ferry, fue aprendiz de pastelero. Y se hizo poeta. Y más tarde director de teatro. Y entre medio, anarquista y soñador. Parió dos bellos hijos junto a “Lucha” como se la conocía a Rafaela del Giúdice Cafaro. Que le cantarían después toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado, eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz.
***

A.D tiene 13 años. Sigue perdido. Anónimo. A los ocho se fue por primera vez y lo encontraron nueve meses más tarde. Hundido -como tantas veces estaría en el futuro- en las drogas que lo sacaban por segundos, por minutos a veces, del cepo de una vida de ferocidades. “No sabía lo que era la droga hasta que me explicaron lo que le había pasado a mi hijo. Pero la verdad es que no lo podía entender. Desde ese momento empecé a pedir ayuda para que fuera asistido, tanto en el juzgado como en la comisaría, pero nunca nadie me brindó una solución”, denuncia Romina, la mamá. “Por momentos es dulce, me abraza y me pide que no lo deje solo. Después se vuelve agresivo con sus hermanos y regresa a la calle”, relata la mujer.

Entró y salió de las estructuras del Estado miles de veces. “Lo encontraban en la calle con sobredosis de drogas y hasta desnudo. Tengo miedo de que un día aparezca muerto o lastime a alguien”, le contó Romina a Julián Axat, defensor oficial de La Plata. La última de tantas internaciones lo encontraron aislado y con mucho frío en una habitación de Ferromed, una clínica del gremio ferroviario en Junín. Silvio Echarri, defensor oficial de esa ciudad, contó que estaba en “una habitación de aislamiento, sin poder salir de allí excepto para recibir la alimentación junto a otros jóvenes alojados, sin contar con baño propio y pasando mucho frío por las noches, solicitando se lo traslade a las habitaciones junto con los otros chicos (…) Se trata de un lugar en pésimas condiciones de habitabilidad, limpieza o higiene, iluminación, calefacción y ventilación, sin baño propio, y lugar adecuado para descansar. Dado el actual período invernal, no cuenta con calefacción, es más, en la parte superior de la pared que da hacia el exterior posee un ventiluz totalmente abierto, sin vidrio o cerramiento alguno…”

El Estado presente hasta la médula está terminando de forjar a A.D. De doblegarlo ante esa indómita libertad de la calle en la que las drogas lo buscan, lo seducen, lo interpelan todo el tiempo. El Estado sigue presente en A.D. Lo trasladaron a la sala de infectología del Hospital de Niños de La Plata del que “A.D. hizo abandono de tratamiento unilateral, de ninguna manera se puede hablar de una fuga ni mucho menos de abandono de persona”, se defendió la Secretaría de Niñez desde un discurso falaz y en las antípodas de la ternura y el abrigo.
A.D. sigue perdido. Hundido en las brumas del sistema. Ensombrecido y muerto de miedo.
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“Juan es una fotografía de la injusticia social (y su distribución inequitativa), de la injusticia procesal penal (de los hechos y actos que nunca se investigaron y que jamás se investigarán), de la injusticia penal (y de la perinola con la que condena) y de la corresponsabilidad estatal en cada una de estas injusticias. Si Juan fuera un asesino, a ese asesino lo criamos nosotros en el Hogar Sarciat, se lo sacamos a los padres porque nosotros lo íbamos a criar mejor. De la corresponsabilidad del Estado en estos ´productos´, nadie habla y nadie se hace cargo de eso a la hora de juzgar y condenar”, dijo la trabajadora social. Juan conoció las calles de Olavarría como nadie. El barro. El abandono. La carga de aprender a sobrevivir como fuera, él y sus hermanos más chicos. El Estado se hizo cargo. Dijo cobijarlo. Abrazarlo. Darle valores. Salvarlo y regenerarlo. El Estado prefiguró –dicen Julio Ríos y Ana María Talak- esa “alternativa altruista que lo mantuviera alejado del `exterior`”. Juan fue condenado a perpetua por un crimen que quizás cometió; tal vez, no, pero en donde el Estado no puede gritar a los cuatro vientos inocencia alguna.
El Estado fue crucial en la historia de Juan. Como en la de A.D. Como en la de Manuel Juan. “Las condiciones económicas tienen sobre las morales una influencia determinante en sumo grado y así en las familias pobres, donde la fecundidad parece estar en razón inversa a los recursos, la educación de un crecido número de hijos se dificulta en forma tal que el abandono de los menores resulta un hecho dolorosamente lógico”, describía con patetismo el historiador Vicente Sierra.
El mismo teórico que escribió que las familias en las que los niños que terminaron derivados a reformatorios u orfanatos constituían “un foco de delincuencia” que ante “la falta de dirección moral” terminaba pervirtiendo “al menor”.
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Manuel Juan se apellidó Expósito, como tantos niños crecidos en esa vieja casona. Huir una y otra vez del Estado y de las herencias que le cargó el Estado le terminó salvando su vida, construida entre las semillas de utopía. Esos dos bellos muchachos poetas que trajo a la vida junto a su “Lucha”, Virgilio y Homero, heredaron ese apellido surgido del abandono y escribieron con escasos 17 y 20 años cómo en esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida y se marchó…
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El 14 de julio de 1779 el virrey Juan José de Vertiz y Salcedo firmó la creación de la Casa de Niños Expósitos. Cientos y cientos de mujeres fueron violadas por alguno de los 9000 soldados enviados por Carlos III a custodiar una Buenos Aires de apenas 28.000 habitantes. Huérfanos y expósitos eran abandonados sistemáticamente en el torno desde el anonimato más profundo. Bastardos e ilegítimos. Unos y otros crecían bajo “la norma” de las estructuras de beneficencia.
La institucionalización de la infancia se fue perfeccionando ferozmente según los tiempos. “Filogenéticamente consideradas las tendencias criminosas le son naturales como eran naturales en el hombre primitivo. El niño no nace un dechado de bondades, por el contrario, la germinación delictuosa es mucho más activa y variada que en el adulto”, escribió Víctor Mercante en sus notas sobre criminología infantil (1902).

estos tiempos de diferenciarse fuertemente de la filosofía del patronato, las contradicciones saltan a la luz. Desnudan cómo A.D. visitó una, dos, diez veces instituciones variadas de la sociedad actual sin que ninguna logre mirarlo a los ojos como el cachorro humano que es. Desnudan cómo Juan aprendió el costado más duro de la humanidad y reaccionó ante él.
Desnudan cómo se torna imprescindible acorralar a esa infancia indómita o vencida. Cercarla en los barrios y dejarla inerme ante un presente de ferocidades. Humillarla y arrinconarla. Quitarle alas. Convertirla cruelmente en ni-ni.

“El país que olvida a la niñez y que no busca solucionar sus necesidades, lo que hace es renunciar al porvenir”, dijo Eva Perón el 1 de agosto de 1948. “En un país lleno de riquezas, en un país de hombres que se llenaban la boca con las palabras más sonoras, barajando los conceptos de justicia, solidaridad, patriotismo, fraternidad y ayuda… allí estaban los necesitados, olvidados y escarnecidos, esperando inútilmente que los señores de la política quisieran preocuparse por los que tenían que fundamentar el porvenir de la Nación”.

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