Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

No somos Cali

 

Por Alfredo Grande  
 

“todos somos iguales ante la ley. Pero la ley no es igual para todos” (aforismo implicado)
“SOY CALI: Después de volver de mis vacaciones y a la “normalidad” de la ciudad, me reencontré con los mismos problemas con que me había ido. Pero esta vez fue raro, nunca me había sentido tan desamparado como el 29 de julio. Juan Carlos Saravia , EL CALI, es uno de mis alumnos de la escuela Toba, cursa sexto grado aguantándome como maestro estoicamente. Lo torturo con materias como lengua y sociales y creo que comprende mis locuras y nos respetamos y queremos como dos buenos amigos. Hace unos meses, EL CALI, tuvo un altercado con un policía que le pateó la cara con el borcego y le provocó una rotura de mandíbula. Por supuesto que ante mi insistencia de denunciarlo, la familia me dijo_ y adonde nos escondemos después? por lo cual desistí de insistir. Lo comenté en la escuela, a los directivos y… A la noche del sábado me avisan que lo encontraron en muy mal estado de salud tirado en la vereda en una convulsión. Muerte natural dice el certificado de defunción a pesar de que le vi serios golpes en la nuca y frente. ¿Quién lo mató? yo casi estoy seguro que soy parte de los que miraron para otro lado, de la desidia, del desinterés, total era uno más, otro caso de droga, un numero más. YO NO QUIERO ENTERRAR MAS ALUMNOS. Tenemos que reaccionar, tenemos que tomar el toro por las astas y hacerlo recular. Sabemos lo que pasa en el barrio. ¿HASTA CUANDO VAMOS A ESPERAR? Queridos amigos hoy no soy uno más. HOY SOY CALI. CALI SOY.  3 de agosto  Eduardo Daniel Caballero Nonis. Maestro”
(APe).- No sé cuantos leerán esta nota. Pero sé de una persona que no podrá leerla. Ni ninguna otra nota. No tendrá ni siquiera la posibilidad de rechazarla y de optar por lecturas más atractivas. El deseo, ese purismo cultural de la necesidad, se alejó por toda la eternidad del cuerpo que por años, no demasiados, le dio sostén y abrigo. Aunque los deseos, cuando están aguijoneados por las necesidades, cuando están acorralados por la desesperación, también pierden su alegría y su piedad. Si de la necesidad siempre se dijo que tenía cara de hereje, el deseo no siempre tiene la mejor cara para mostrar. Los pobres no merecen tener deseos. Y menos, satisfacerlos. En la cultura represora, solamente se les permite, y no siempre, no siempre, estrategias de supervivencia. Cuando un pobre se divierte, o se alegra, o se ríe, siempre es mirado con la desconfianza y el recelo porque seguramente de alguna picardía, o varias, se esté acordando. No hay beneficio de la duda para el pobre. Tendrá demostrar que no es vago, que no está mal entretenido, que no llegó a estas tierras para robar, lo que de alguna manera siempre le robaron; que no llegó a estas tierras para matar, aunque arrastre la memoria de tantos asesinados. El pobre es más pobre cuando se lo acusa, se le reprocha, se le burlan de su condición de pobre. Ser pobre es un castigo porque obviamente, algo no habrá hecho para seguir siendo pobre. La cultura del trabajo y del esfuerzo, también se burla del pobre. Es evidente que el pobre desea ser pobre. Y vivir como viven los pobres. Cómo habiendo tantas oportunidades, tantos subsidios, tantos funcionarios ocupados en la pobreza, que cuando cruza una delgada línea negra pasa a ser indigencia, se puede seguir siendo pobres. ¿No será genética la pobreza? ¿No será otro de los castigos que la divinidad ejerce contra los pobres espíritus de los pobres, mantenerlos pobres? Campañas y campañas y más campañas para ayudar a los pobres. ¿No será que no se dejan ayudar? Quizá alguien insinúa que se los ayuda tanto que han perdido la cultura del trabajo. ¿Hay acaso una cultura que no se haya construido con cientos de generaciones trabajando, trabajando y trabajando, mientras que los privilegiados de siempre se apropiaban de lo mucho y dejaban de lo poco como las sobras que sobraban de tantos banquetes? Hay pobres en democracia, no importa si cada vez más, pero importa que nunca dejará de haber pobres. Si la democracia va por más, que vaya por mejor, porque un solo pobre interpela a toda la república y cientos miles de pobres perforan el discurso de la institucionalidad renga. ¿Por qué no decirlo? Los pobres no son peligrosos: están en peligro. Peligro de extinción no en su condición de pobres, porque morirán tan o más pobres que como vivieron. Y tendrán recuerdos pobres, entierro pobre y pobres palabras que tamizarán la pobreza de su existencia. Si los alcohólicos que quieren recuperarse son anónimos, nada más anónimo que la pobreza. Que además no tiene recuperación. Porque la pobreza en un viaje de ida y sus regresos tienen la señal del camino y la vida sin salida. Quizá la salida más miserable de la pobreza sea el pacto perverso con los diferentes dueños y gerentes de la riqueza. Entonces los pobres lucharán contra los pobres, treparán usando de escalones las cabezas, y apenas estén más alto de lo que conviene, o se acepte como el techo del ascenso social, serán arrojados al circo romano del mercado, donde los leones empresariales los despedazarán a dentelladas de un consumo demencial y suicida. Los estigmas de la pobreza lo llevan los pobres durante toda su pobre vida. Espejismos, alucinaciones, delirios laicos o religiosos, le pasarán pintura a la pared agrietada. Pintura que no llega a la próxima votación, y que repite como eco aburrido, zonzo y cruel, la misma catequesis de la urna que seduce pero no resuelve. Y hacia allá van, los pobres de esperanzas, los pobres de certezas, detrás de zanahorias que se ponen por delante o por detrás, y que a veces hasta alcanzan la indigna hipocresía de los planes contra la pobreza. Pero sigue habiendo pobres, porque el microterrorismo que la democracia construye, es mucho más ladino, sabe por diablo y sabe por asesino, y usa armas de destrucción masiva que nunca podrán encontrarse, porque nadie es ministro de un ministerio del hambre, ni nadie es secretario de una comisión del frío, ni nadie administra una dirección de la mugre y del cartón arrastrado y empujado en las caravanas de la noche y la tristeza. A lo mejor por eso, un maestro no quiere que sigan matando a sus alumnos. A sus pobres alumnos que tienen la riqueza de un maestro que les habla y los escucha y les enseña que no hay otro mundo posible, sin que haya otra vida para ellos. Y también por eso, cuando el sistema de la vida cotidiana remarca que de todos es todo, los pobres saben que no llegan al reparto de ese todo, y que si llegan ya no queda nada, porque las vacas siguen siendo ajenas, y no está Atahualpa para que lo cante. No somos todos Cali. Si lo fuéramos, Cali estaría, no tengo dudas, también leyendo.

 

Agencia Pelota de Trapo – Argentina-

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