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Neruda

Por Eduardo Contreras en Radio Cooperativa

El proceso que lleva el ministro Mario Carroza para esclarecer la muerte de nuestro Premio Nobel Pablo Neruda, le moleste a quien le moleste, avanza a pesar de todo y hace posible desmentir versiones que durante décadas se tuvieron como verdades inmutables, sin ser ciertas.

La verdad verdadera parece abrirse paso porfiadamente y nunca podré entender por qué a alguien puede dolerle la búsqueda de ella. Creo, con Serrat, que“nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

Y es así que hoy puede afirmarse que es falso que Neruda haya muerto de “caquexia” a consecuencias del cáncer de próstata del que, efectivamente, padecía. Se miente en el certificado de defunción del ilustre compatriota.

No murió de cáncer, ni hubo caquexia que es una suerte de muerte en vida, de estado vegetal, en que el paciente no habla, no se mueve, que no era la situación del poeta como han declarado testigos.

¿Porqué los médicos de la clínica Santa María mintieron?

¿Qué se pretendía ocultar?

Quizás podamos dilucidarlo en el curso de las investigaciones pero ya está fuera de duda que en la clínica de marras no se dijo la verdad. Como dolorosamente sabe la familia Frei, tampoco allí se dijo la verdad a propósito de la muerte del ex presidente Eduardo Frei Montalva.

Fue este año que conocimos a don Manuel Araya, el testigo de cargo; su relato es coherente y comprobable.

Hablaba de una inyección en el abdomen denunciada por el propio poeta aquel domingo 23 de septiembre del 73 en vísperas de su viaje a un México que lo recibiría con honores para transformarse en una de las figuras principales de la denuncia al fascismo entronizado en Chile.

Tal relato, negado por algunos, es exactamente lo que dijo la propia prensa adicta a la dictadura al informar el lunes 24 de septiembre del 73 que Neruda fallece por un paro cardíaco producto del shock causado a su vez por una inyección “para calmarle dolores”.

Dice un médico del establecimiento que se trataba de metamizol sódico, la “dipirona” la que, nos informamos ahora, puede ser igualmente mortal según la condición del enfermo o la dosis que se aplique.

El tema entonces es poder determinar ¿qué le inyectaron a Neruda? ¿Por qué se ocultó ese hecho y se recurrió a una mentira en el certificado de defunción?

Sabemos hoy del clima que se creó por esos días al interior de la clínica y de los reiterados rumores entre los trabajadores de esa empresa de que “mataron al poeta”, así como la ausencia de una autopsia.

Y se comprende perfectamente que, dada la situación de terror desatada por las FFAA y Carabineros, unida al hecho que Neruda padecía esa enfermedad, nadie estuviera en condiciones de denunciar, y quizás ni siquiera de sospechar, lo que había sucedido. Para todo el mundo se instaló una versión que se asumió como sagrada.

No obstante, poco después, en declaraciones a la prensa europea, Matilde Urrutia, su viuda, trasparenta abiertamente sus dudas en textos que ya están acompañados al expediente respectivo.

Lo dicho hasta aquí evidencia la necesidad de una pericia médico legal y de la profundización de las investigaciones. Voceros de la Fundación Neruda, a la que pertenecen algunas personas dignas del mayor respeto y aprecio, han dicho que esto es “profanar” la memoria del insigne chileno; otros, enfermos de anticomunismo, acusan al PC de un intento por ganar publicidad.

No se puede ser ni tan bajos ni tan torpes. Lo que profana la memoria de Neruda es no hacer todo por saber la verdad, eso es hacerse cómplices de los que mintieron.

En cuanto al Partido Comunista – del que Pablo Neruda fue hasta su muerte miembro de su Comité Central – la vida ha demostrado que no requiere de acciones judiciales para ganarse el espacio que hoy ocupa en la sociedad chilena.

Habrá pues que seguir adelante, le pese a quien le pese. Porque al fin de cuentas Pablo Neruda no fue un escritor neutral ni menos indiferente ante la suerte de los pueblos.

Fue un poeta comprometido y combatiente, muy distinto de aquella imagen que pretenden crear algunos interesados.

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