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Mirtha, condenada, tucumana y mujer

Silvana Melo, APE, tomado de Argenpress

Cuando Mirtha parió en el monte tucumano y dejó a su niña solita, a merced de las enramadas y el bicherío, no entendía en el cuerpo la tensión entre el amor y la propiedad. Entre el amor y el poder. Entre el amor éste y aquél, cuando le quebraron la infancia como un cristalito. En tierras donde el amor posee y mata, donde el amor destruye, golpea y destituye la dignidad, es difícil timonear la vida hacia adelante.

En Tucumán –o en Misiones o en Catamarca o en Corrientes- se obliga a parir a niñas de diez años y se saluda en los diarios el nacimiento. Se condena a las madres marcadas a fuego por el desamor y el abandono con las herramientas del Estado. Que primero abandona y después condena. O se las mata brutalmente con la bala o el punzón o el fuego del poder patriarcal que baja, desde las estructuras institucionales, la propiedad escriturada de la vida de mujeres y niños. Mía o de la muerte. Y la muerte tantas veces incluye a criaturas en el vientre o ya en la vida plena.

Mirtha nació en Taco Ralo, un pueblo rural de Tucumán. Cuando supo de su embarazo, tenía 19 años. Lo ocultó durante nueve meses. A su novio le había dicho que tendrían un hijo. Y él, otra criatura asustada y culturalmente formada para la huida, la dejó sola. Ella cargaba en su historia con el abandono de su padre y con el abuso sexual por parte de su abuelo –con quien la obligaban a compartir habitación junto con su hermana- durante toda su infancia. Este capítulo clave de su vida sólo asomó a partir de la terapia dentro de la cárcel. Ni ella ni su hermana habían sido escuchadas nunca cuando pidieron ayuda.

El amor le fue esquivo o falaz. Si era eso, el amor, había que escaparle. Cuando sintió que su niña venía se fue al monte. Parió muerta de miedo. Se separó de ella como pudo. Y huyó. Sucia y envuelta en su terror constitutivo inventó una violación. Pero en su cuerpo vieron huellas de un parto reciente. Decidió volver a buscar a su beba, sintiendo que el mundo entero se iba cayendo sobre sus hombros y en los centímetros que quedaban libres, la policía, la justicia, la medicina y la acción social le colgaban el sambenito de la culpa. Su criatura había sobrevivido a medio día desguarnecida en el monte. Pero después murió. La acusaron de que fue por abandono. Pero en los papeles decía “ruptura hepática traumática”, posiblemente un traumatismo –un golpe en el hígado- por las maniobras de reanimación posteriores a su rescate.

Dos años presa en una comisaría estuvo Mirtha. Y la condenaron a ocho años de prisión. El juicio fue una pintura feroz de esas instituciones de patria patriarca y propietaria contra la figura herética de quien, aun con su minusvalía y su carácter maldito, se despliega como divinidad capaz de la creación. La patria es masculina y poderosa. Pero depende para su continuidad de la diosencia en desgracia, de la mujer, única capaz del gesto robado prometeicamente a dios: parir.

Por eso tal vez el Tribunal consideró “relaciones incestuosas” el abuso al que durante años la sometió el abuelo a ella y a su hermana durante la infancia rural. Por eso tal vez la fiscal negó rotundamente que una mujer pudiera parir en el monte. Por “la incapacidad de la condición humana para reproducirse en condiciones naturales. Sólo se puede parir en un sanatorio, con ayuda médica y con un marido que te sostenga la mano” gritó en su alegato. Así, cree la fiscal, han debido parir las mujeres abandonadas, las mujeres en las tierras alambradas de Santiago del Estero, las mujeres en soledad. Así debieron parir las mujeres en los campos de exterminio de la dictadura. Y sin embargo casi todos sus niños están vivos. Colgados de sus madres o de sus memorias.

A ocho años la condenaron a Mirtha acaso por su propia historia, por el abandono de los demás hacia ella, por el amor falaz, el que le disfrazaron de violento y apoderante, por su bebé, a la que dejó y volvió a buscar con el mismo miedo de la infancia en Taco Ralo.

En agosto la Corte tucumana revocó el fallo. Y ordenó un nuevo juicio. Su abogada, Carolina Epelbaum, tiene esperanzas de que la absuelva un tribunal que posiblemente sea otro. Pero volverá a clavarle los puñales de su historia una y otra vez, en un deja vu interminable. Acaso otra vez la fiscal Marta Jerez de Rivadeneira vuelva a pedirle 15 años de pena –la misma cantidad de años que pidió para el “Gardelito” que mató a su ex pareja de un tiro en la cabeza cuando salía de su trabajo- y a violentarla guardando la memoria “del abuelito que está muerto y ya no puede defenderse”.

Carolina Epelbaum dijo a APe que “la experiencia de hija abandonada, niña abusada, novia rechazada, lo traumático de un embarazo y parto en total soledad, el estigma de la sociedad tucumana y los dos años de cárcel son suficiente muestra de que el caso representa a todas las mujeres” del norte feudal argentino. La condición de mujer y de pobre es un plato fácil para la criminalización. María Ovando estuvo casi dos años presa porque se le murió en brazos su niña desnutrida, en el medio de la nada misionera. El Estado nunca se enteró de su existencia. Sólo cuando decidió castigarla. Por pobre, analfabeta y mujer.

Ni la Justicia ni la policía ni el hospital ni la acción social les reconoce la divinidad. Y el amor que le venden como auténtico es violento, autoritario, asesino. Un amor falso, un amor fallado.

De vez en cuando aparece el amor genuino, el verdadero. Magullado y mal vestido. Pero asoma y engaña a los guardianes.

Entonces las cosas cambian. Y las mujeres y sus niños y todas las mirthas y marías de las tierras olvidadas pueden subir a los naranjos y robarse las frutas maduras. Sin que acechen los monstruos y la justicia feroz.

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