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Mi padre, mi tío y el rock

Fernando Dorado

Dedicada a Ingrid, Paula Andrea y Ana María, mis hijas.

Mi padre es un hombre serio. Siempre cumplidor y riguroso. El orden y la observancia de normas y reglas son sus postulados de fe. Viste muy “cachaco”, vestido completo siempre oscuro, chaleco, corbata y camisa de color claro, para el contraste. Solo los fines de semana pareciera relajarse un poco, se coloca ropa deportiva, pero mantiene su férrea disciplina en cuanto a horarios y detalles minuciosos. En el manejo de los elementos que utiliza, ya sea para hacer deporte o para realizar trabajos en el hogar, se observa su rigidez. Si alguien rompe esas reglas obtiene de inmediato una levantada de cejas o una desaprobación inflexible. Aunque no es amargado se podría decir que es adusto y un poco huraño. No trasmite emociones y para una joven como yo, eso es terrible.

Mi tío es completamente diferente. Es irreverente, festivo, nunca lo he visto con corbata, anda suelto, fresco y sin afanes, pareciera no tener compromisos de ninguna naturaleza. Hasta este momento de nuestras vidas nunca lo he visto malgeniado o siquiera preocupado por algo. Es fácil conversar de cualquier tema con él. Por ello alguna vez lo interrogué sobre la principal cualidad que él valoraba en una persona. Nunca se me pasó por la mente plantearle ese tipo de preguntas a mi padre porque de antemano ya sabía su respuesta.

Pablo es el tío que todos queremos tener. No me dijo cual era la cualidad que más admiraba. Me relató dos situaciones, que tenían un gran significado para él. A pesar que habían sucedido en momentos separados por treinta años de distancia, decía mientras me contaba, estaban relacionadas. Me las narró llamándome a reflexionar y a sacar mis propias conclusiones. Ese era su estilo, nunca imponía nada, ni a sus hijos ni a sus familiares y conocidos. Esas dos cortas historias de alguna manera marcaron un momento de mi vida y me ayudaron a tomar definiciones trascendentales. Por ello las recuerdo con el detalle que se merecen.

La primera le ocurrió siendo él muy joven. Asistía a un concierto de “Los Speakers”, una banda bogotana pionera del rock en Colombia fundada por Humberto Monroy, el mismo músico que creó el conjunto musical “Génesis”. Bajo la dirección de este músico el grupo hizo una fusión novedosa y avanzada para su tiempo, combinando el sonido de rondadores, tiples y quenas con teclados, bajos y baterías modernas. Era un verdadero creativo triunfador. Pablo recordaba que la presentación se realizó en la sala del Teatro Popular de Bogotá que estaba ubicada en la avenida Jiménez de Quesada con carrera cuarta. Asistían al concierto jóvenes de clase media y media alta, la mayoría influidos por la onda hippie de los años 60 y 70. Contaba mi tío que él tenía algunos amigos “corridos”. No eran bien recibidos en su casa pero al fin y al cabo eran sus mejores amigos y él los defendía. Compartían la música moderna de los “biros” (The Beatles) y otros conjuntos por entonces famosos. “Yo era zanahorio” me decía, o sea, no metía marihuana, pero era rebelde y contestatario. Por eso esquivaba a los jóvenes “chapados a la antigua”, como decían las viejas matronas bogotanas, porque eran aburridores, no les sentía ninguna clase de riesgo y esa relación no me generaba emoción. Había aceptado ir a la presentación porque además de Los Speakers se presentaba otro conjunto de Medellín que imitaba a la banda de Santana o por lo menos trataba de hacer lo mejor posible. La música del chicano era la que más le gustaba por su toque latino y algo salsero. Por eso fue al concierto.

La presentación de los paisas fue apenas aplaudida, según contó. El plato de mayor sabor era el conjunto bogotano. Todos los músicos tenían entre 25 y 30 años, a excepción de uno un poco mayor. O eso dice mi tío que le pareció, que era de más edad. El “duro” de la banda, Monroy, al igual que los demás músicos estaba vestido en forma estrafalaria, pantalones de “bota campana”, correa gruesa con adornos de colores, chaquetas con correíllas sueltas y fleques, uno de ellos tenía un sombrero similar al de los brujos europeos, y todos tenían el pelo largo, bigotes y barba desaliñada. Sólo uno, el de mayor edad, tenía una “facha” diferente. Iba vestido con bluyines normales, camisa de cuadros de manga larga, usaba un sombrero pero muy normal, pero la verdad, según remarcaba mi tío, parecía no corresponder al círculo. “Parecía mosco en leche” decía Pablo con cierta sorna. Además era el que tocaba la trompeta, instrumento que casi no aparecía durante la interpretación de las canciones. La mayoría de los asistentes ni lo notaban, parecía que no lo vieran. O, eso era lo que le habían comentado después sus amigos. En cambio él si se fijó desde un principio en el

trompetista, porque al igual que él, Pablo no iba disfrazado, término que utilizó para describir la vestimenta que portaban tanto los cantantes como la gran mayoría de espectadores, entre ellos sus compañeros.

El concierto se desarrollaba en medio del humo de la marihuana, el fervor de los jóvenes de ambos sexos que estaban muy satisfechos por las canciones que el grupo interpretaba. La mayoría de ellas eran compuestas por el líder de la banda y las demás eran canciones de conjuntos internacionalmente famosos. Cada salida era celebrada con gritos y jolgorio. El concierto llegaba a tres cuartas partes de lo programado y entraba a la recta final. Una de las canciones era esperada con mucha expectativa porque era considerada, y aún lo es, como una de las mejores obras del rock. Se denomina “Stairway to heaven” que traduce “Escalera al cielo”, escrita por el guitarrista Jimmy Page e interpretada por el cantante Robert Plant de la banda inglesa Led Zeppelin. Está considerada por muchos como uno de los puntos culminantes de la historia del rock. En esa faena los rockeros utilizaban la forma interpretativa llamada “solo”, que consiste en que cada uno de los integrantes del grupo, ya fuera el guitarrista, el bajo, el clarinetista, el pianista, o el mismo baterista, interpretan la música ellos solos, con su instrumento por separado, y eran acompañados en forma rítmica y acompasada únicamente por el baterista.

Sucedió entonces que a medida que iba avanzando el número y que se iban turnando cada uno de ellos, se fue formando la expectativa de si el señor de la trompeta iba también a presentar su “solo” o no. La mayoría de asistentes sólo hasta ese instante se fijaron en su presencia. Pero contaba mi tío que él percibía una expectativa más bien negativa. Me imagino ahora, año dos mil nueve, que esta situación fue muy similar a la que ocurrió recientemente con la señora inglesa Susan Boyle. Su presentación personal dejaba mucho que desear al público, había un ambiente de descalificación basado en la apariencia de ella, y los espectadores sólo la aceptaron, y de qué manera, cuando le escucharon su exuberante y bella voz.

Siguiendo con nuestro relato, Pablo me contó que cuando le tocaba el turno al señor trompetista se hizo un tremendo silencio. El músico arrancó su solo muy suave, se alcanzaron a escuchar algunos silbidos, decía mi tío, cuando… ¡oh, cosa maravillosa!, tremenda sorpresa nos llevamos todos. El hombre se “solló”. Fue un solo maravilloso, lleno de ritmo, de figurines sonoros, de bajos y altos combinados y armonizados, parecía embrujando una serpiente, que éramos todos los concurrentes. Fue una verdadera comunión. Cuando el hombre terminó era como si hubiera sucedido un orgasmo colectivo. Con ese “solo” del señor de la trompeta, se llegó al clímax musical de esa noche. Todo el mundo aplaudió de pie durante más de cinco minutos. Fue memorable. Mi tío dice que se sintió reivindicado e identificado con el músico. Se reconoció de alguna manera en él. Se propuso aprender de esa experiencia y sacarle el mayor provecho. “Ese concierto me enseñó muchos valores”, me dijo finalmente. Saca tu conclusión.

El otro hecho sucedió veintitrés años después. Pablo cuenta que en el año mil novecientos noventa y cuatro vivía en Manizales. Una ciudad muy conservadora. Se celebraba por esos días los 25 años del festival de música y arte de Woodstock, que se llevó a cabo en una granja de Bethel, Nueva York, durante los días 15, 16 y 17 de agosto de 1969. Como una forma de conmemoración se presentaba en uno de los teatros de esa ciudad una película de dos horas y media con los mejores momentos de ese gran espectáculo musical. La cinta recogía los mejores momentos y las intervenciones más famosas de cantantes como Joan Báez, Santana, Janis Joplin, Joe Cocker, Jimmy Hendrix, y otra gran cantidad de bandas como The Years After, The Band, Jefferson Airplane, The Who, y muchas más. Pablo invitó a sus hijos, que para ese momento ya estaban influidos por música metálica y demás ritmos modernos, para que conocieran sus gustos de joven, e identificaran los músicos que en esos tiempos “mandaban la parada”.

Se ubicó con su esposa y sus tres hijos, una mujer y dos varones, en la parte central del teatro para observar con mayor panorámica. Delante de ellos quedaban unas treinta filas de asientos que estaban todos llenos de espectadores al igual que todo el teatro. Empezó la película que realmente era un verdadero concierto, era pura música frenética y cualquier persona podría sentirse participando del festival. De un momento a otro empezó a sentirse el olor a marihuana que salía de varios sitios del teatro pero en especial de la parte delantera con respecto a donde estaba Pablo con su familia. Con el avance del concierto, o sea de la película, alguien de la primera fila mostraba ser el más entusiasta, movía rítmicamente la cabeza, levantaba por momentos los brazos y no dejaba de cantar. Lo hacía suavemente, seguramente para no incomodar, pero se

alcanzaba a escuchar su voz dado que eran muy pocos los que coreaban las canciones. La absoluta mayoría era gente joven y muy pocos se sabían las letras. Además, el tipo no cantaba mal y se las sabía todas. Así transcurrió durante toda la película. Los hijos de Pablo – aunque hacían buenos comentarios -, no era que estuvieran muy impresionados. Y se fue presentando un fenómeno especial en el ambiente del teatro. Tanto mis primos como la mayoría del público asistente a la función se empezaron a interesar por el personaje que estaba haciendo su propio espectáculo en la primera fila, recordaba Pablo.

Cuando terminó la película muy pocos se pararon de sus sillas. Por lo general, los espectadores van buscando la salida con cierta anticipación para evitar el tumulto. En esta ocasión no ocurrió así. La gente se quedó esperando a que encendieran las luces. Cuando hubo claridad todos miraron hacia adelante para identificar al “loco ese” que se había “robado el show”. Vieron levantarse de su asiento a un hombre bastante mayor, desgarbado, medio calvo pero con el pelo largo y canoso. No tenía aspecto de vago sino por el contrario de alguien respetable. Cuando se dio vuelta y se sintió frente a todo el público, no ocultó su emoción, alzó los brazos y saludó, e inmediatamente sacó una trompeta de una tula que llevaba consigo y se puso a tocar. Interpretó la misma canción que tantos años atrás mi tío había escuchado en el teatro del TPB. ¡Era el mismo tipo, el señor de la trompeta! Empezó a tocar muy rápido y lo acompañaba una jovencita haciendo sonar rítmicamente el respaldar del asiento. Ella parecía ser su hija. Al finalizar su canción, la ovación del público, quien se había sentado nuevamente, fue igual o superior a la de aquel lejano día de la juventud de Pablo. Se le aguaron los ojos contándome aquel momento, al recordar que sus hijos lo vieron llorar de la emoción y además, relataba con entusiasmo, que ellos no sólo aplaudían al trompetista sino que lo vitoreaban a él. Después sus hijos le agradecerían por haberlos llevado a vivir un momento tan conmovedor. Era claro que los asistentes no habían ovacionado la película pero casi se revientan las manos y gritaban a rabiar, aclamando a ese viejo sollado, quién les hizo sentir en vivo, en carne y hueso, lo que había sido el espíritu maravilloso de aquella época de rebeldía, revolución, búsqueda de nuevos horizontes, de amor y paz.

Todavía pienso sobre los valores que quiso mi tío que descubriera con esta historia. Y esa reflexión me ha acompañado toda mi vida. Aunque también debo decir que adoro a mi padre, que comparto su orden y mantengo la disciplina que me enseñó desde niña. Si no fuera por ello, no habría tomado atenta nota de esta narración, seguramente la habría olvidado, y no fuera quien soy ahora. Nunca le he planteado a mi tío una discusión sobre los detalles precisos de la respuesta que yo buscaba, aunque he estado tentada de hacerlo. Sin embargo no he querido romper la magia que significó para mí que él me hubiera contado esos dos momentos de su vida. Siempre se lo he agradecido.

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1 comentario

1 Raul Rock { 19 junio 2012 - 22:57 }

Wow Muy Buena anecdota!! Me recordó a mi padre en la epoca loca!!

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