Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

María Lucila

Urbano Powel

“Cubre la memoria de tu cara con la  máscara de la que serás y asusta a la niña que  fuiste”
Alejandra Pizarnik. -Caminos del  espejo-

El hombre con el que me encuentro en el bar se llama Emilio,  se entero de mi interés por escribir sobre la estación María Lucila del Midland.  Dice que va a contarme algo de su historia personal que sin dudas tiene relación  con la antigua estación de trenes. Le aviso que no logro escribir razonablemente  bien y que más aún, tengo la sensación de que mi escritura empeora con el  tiempo.
-No importa, vengo a contarle esto porque necesito que alguien lo  escriba. -me dice con tono de suplica.
-Y porque a mi me duele tanto el  pasado que necesito contarlo a quien tenga un rato para escuchar.
Lo que  sigue es el relato del hombre, dos horas y media sentados, con tres cafés  cortados de por medio que quiso invitarme si o si. -Me ofende si no me permite  pagar a mi- dijo para terminar con mi resistencia.
En la estación María  Lucila trabajaba su abuelo. Su madre nació allí y la llamaron María Lucila para  homenajear a la estación que además de darle trabajo a su abuelo era su  vivienda.
Pasó en el pequeño pueblo sus primeros años, luego de la  nacionalización cuando el Midland paso a ser parte del ferrocarril Belgrano, al  abuelo lo trasladaron un par de veces de estación hasta que se jubilo.
Lo  cierto es que su madre pasó su adolescencia y juventud radicada en  Avellaneda.
Se hizo amiga de la Alejandra Pizarnik, cuando era una  chiquilina tímida y tartamuda. Y al menos una vez se fueron en tren a conocer el  pueblo que lleva el nombre de mi madre.
El hombre me muestra una foto con  dos jóvenes que posan para la cámara haciendo equilibrio sobre el riel, más allá  se observa una estación típica del Midland pero es posible ver el lugar donde se  colocaba el cartel con el nombre. Atrás de la foto puede leerse “con florita  Pizarnik, María Lucila, enero del ’53.
Mamá era una mujer hermosa -dice  el hombre. Igualita a las chicas que dibujaba Divito.
Por alguna cuestión  que desconozco lo único perenne en ella, lo que había echado raíces profundas  era la angustia. Su verdad era una cuna de angustias de la que nadie había  logrado sacarla.
(….)
Se equivocaron ella y mi padre en casarse.  Mi padre era psiquiatra y mi madre su paciente, se enamoraron o se tuvieron  lástima -vaya uno a saber- , o quisieron dar vuelta la historia de cada cual que  los había llevado en ese punto de encuentro o desencuentro.
Usted sabe  que todo, absolutamente todo en el universo se acerca o se aleja, pero nosotros  nos ingeniamos para negar esas percepciones incomodas.
Creo que mi padre  pensó que la iba a cambiar, no hay héroe más fallido que el que quiere cambiar  una persona.
Llego a decírmelo una vez: -lo que no se da espontáneamente  bien entre una mujer y un hombre no se lograra jamás. Nadie puede cambiar al  otro -ni a sí mismo, según parece.
La angustia de mi madre le impedía  conectarse plenamente con los otros, estar presente y atravesar los  acontecimientos que te van marcando en la vida.
Se fue cuando mi hermano  tenía 5 y yo 3 años. Dejo una carta.
Mi padre después de leerla ni  intento buscarla, entro en un profundo silencio que le duro meses.
Un día  nos presento a su nueva mujer: Ella es Natalia, vivirá con nosotros -nos  dijo.
Natalia nos crío y malcrío lo mejor que pudo.
Mi hermano  creció, estudio ingeniería electrónica y se fue a vivir a Estados Unidos. Vive  en Nueva Orleans, tiene mujer e hijos americanos. Un auto y  vacaciones.
Mi padre tenia 70 años cuando falleció, era 8 años mayor que  mi madre. Yo no había cumplido los 21.
Antes de enfermar, me invito a  charlar en un bar.
Sin que se lo pidiera me dejo su consejo: -A los 20  años un joven debe elegir si en su vida será un hombre o un marido. Yo te  recomiendo que seas un hombre…
Creo que le he fallado, no logre ni ser  un marido eficiente ni un hombre en el sentido que creo que le daba a esa  palabra mi padre con un tono cercano a lo sagrado.
***
De mi  madre, quedaron casi todas las preguntas sin respuesta. Nunca sabre si volvió  a ver a su amiga Alejandra “la florita” como la llamaban los abuelos. Hay un  abismo de treinta años de silencio.
La tía Eugenia -hermana menor de mi  madre- logró encontrarla unos meses antes de su muerte. Tuvo una corazonada y  la siguió. Volvió a María Lucila 20 años después de que cerraron el ramal los  militares y se llevaron las vías. Y allí estaba mamá viviendo en la estación.  Sin luz eléctrica, sin vecinos cercanos. Salvo una escuela pública ubicada  enfrente de la estación no había nadie a Km. Allí vivía mi madre. ya  envejecida prematuramente. Sacando agua con una bomba manual, cultivando  vegetales en unos pocos metros de quinta. Rodeada de pájaros -tenia muchos en  jaulas- y otros que venían a visitarla a los que agasajaba regando la tierra con  alpiste, o mijo o arroz según lo que tuviera. No sabía nada del mundo, ni  siquiera quien era el presidente de turno, no tenia radio ni  televisión. ¿Sabe cual era una de sus costumbres? Sentarse con una silla a la  hora de salida de la escuela y ver el rostro de los niños. Estudiarlos con  detenimiento y luego verlos alejarse por el camino de tierra hasta que eran  manchas blancas.
(….)
Sabía del suicidio de Alejandra y le dolía  como si hubiera pasado apenas unos días atrás:
“Pobre Florita, repetía.  Tan lúcida y tan frágil. Pobres todas las personas sensibles del mundo porque no  tienen cabida”. Eso es lo que me dijo mucho después la tía, a la que hizo jurar  que no le diría a nadie donde estaba y como vivía.
*
Esto es lo  que la tía Eugenia rescato: unas fotos, unos libros de Pizarnik con anotaciones  de mi madre. Una historia clínica que le dieron en el hospital donde se observa  que en los últimos años sufrió demasiado. Muy poco para un enigma de más de  30 años. El hombre vuelve a abrir el libro que le dejo su madre y me lee otra  frase de Pizarnik remarcada con birome azul:
“Como una niña de tiza  rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia”
Así  me siento, así me sentí siempre, -escribe al costado mamá- y espero que quienes  esperaban algo distinto de mí puedan perdonar esta soledad en la que he hundido  mis días. Emilio derramó lágrimas. Arrugó con rabia una servilleta de papel  después de secarse para evitar que sus lágrimas de sal caigan sobre el pocillo  de café. Al rato nos despedimos con un abrazo. Mientras caminaba por la  avenida me di cuenta que ninguna historia de las que he podido contar son  historias de vida de gente feliz.
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