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Lucas, el nombre en la masacre

Por Silvana Melo  
Miércoles, 29 de Febrero de 2012 09:00
(APe).- Hoy no hay pilares que sostengan, bendiciones ni estrategias. Cantaba Lucas, el Chimu, sospechando el mundo escaso de piedad donde le tocó empezar la vida, hace veinte años. Siete días atrás el Chimu se calzaba el buzo antes de subir al tren. Hacía un poco de frío y él silbaba para adentro la letrita con la que empezaba la vida, siempre sobre la hora, caminándose ligero la estación. Madera noble, roble es mi corazón. El año en que nació los trenes se pusieron en remate. Y fue, sin saberlo, una vida clave. Como cada vida que irrumpe exorcizando infiernos. Semilla de transformación era Lucas, como cada vez que nace un niño en la tierra incendiada. Su muerte absurda es la rebelión de los anónimos. Es la birome que tacha decretos y derrumba el discurso de los funcionarios. Es la sábana quitada de un tirón para dejar desnudo todo. La perversidad de los negocios, la complicidad de empresarios, sindicalistas y poder político, el enriquecimiento de los favoritos y la muerte fácil, brutalmente fácil de la gente sin nombre. En siete días hubo 51 muertos. Habló Juan Pablo Schiavi. Dijo que los 51 aplastados entre hierros y desidia murieron por esa cultura argentina de viajar en el primero y segundo vagón y elegir morirse en masa, por esa costumbre de viajar masivamente a trabajar en días hábiles, por ese empeño en no viajar en los feriados y morirse mucho menos. Habló –escribió- Nilda Garré. Para decir que Lucas viajaba en lugar prohibido. Como viajan todos los días centenares de miles hacinados, colgados del techo, del estribo, sentados en las ventanillas, aferrados a las puertas. Sin que a nadie se le mueva un pelo. Pero a Lucas se le antojó morirse. Y quedarse escondido dos días en el horrible desamparo de la muerte desaparecida. Alimentando la esperanza de los únicos que lo buscaban. Sus padres. Solos, desoladamente solos. Solos de la soledad aterradora a la que condena el Estado. Lucas desarmó el rascacielos de naipes. Entre el tercero y el cuarto vagón les arrancó los disfraces y los dejó ineptos, viles, insensibles. Les cantó despacito hoy no hay pilares que sostengan, bendiciones ni estrategias. Y se acabó el cuento que nos cuentan por las noches para dormir un rato y al otro día saltar a la nada. Al riesgo de la muerte sólo por buscar la vida. Un pedacito de vida en paz en alguno de estos días. Entonces la masacre tuvo un nombre. Un nombre y un rostro en medio de la sangre de los anónimos. Y vuelve a nacer y a ser, como cuando nació, veinte años atrás, camino de transformación, semilla de nueva vida. Rebeldía con rostro, con nombre, con música propia entre la muerte numerosa, pública, anónima. La inmolación para el cambio, la que suele esperar para parir este país motorizado con tracción a su propia sangre. Se tenían que morir 51 trabajadores a bordo de un tren sin frenos a 20 kilómetros por hora, vetusto, con asientos de colectivo, con empresarios enriquecidos por los subsidios del Estado sin invertir un peso en infraestructura, con un sistema ferroviario que fue desguazado en los 90 porque perdía un millón por día y ahora se los subsidia en tres por día con el agravante de que la mayor parte del país es inviable.
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Sesenta años atrás 41 mil kilómetros de vías unían la vastedad de una tierra larga de pueblos perdidos y esperanza en pie. En tres horas y media se llegaba a Rosario en extensos tramos donde se aceleraba hasta los 120 kilómetros – hora. Lo esperaban al tren como a la paloma que asoma en la galera, en los pies de la cordillera y en la planicie desierta. El tren bufaba llegando, con su malhumor ritual, acortaba distancias, unía, abrazaba. La destrucción se selló definitivamente en los 90. Como un pacto con el mismísimo demonio Carlos Menem firmó el decreto 666/89. La bestia de los mitos bíblicos. La fatalmente terrenal, la que pasó como una topadora por las estructuras vitales del país, por su pensamiento y su cultura. Como una extensión inexorable de los cimientos de la dictadura. Apenas 20.000 personas trabajan hoy en los ferrocarriles. Andan en trenes que ya no sirven, con vagones de medio siglo de antigüedad, con ventanas rotas, puertas que no se cierran, sobre vías inservibles, trasladando anónimos y desterrados. Que son los únicos que se animan –sin opción- a coquetear con la muerte día a día. El desastre nace de la corrupción, del sistema de subsidios que enriquece al capital privado que sólo busca ganar dinero, de la desinversión descarada. No del aumento sideral de usuarios como han mentido con descaro. Según la inexistente Comisión Nacional de Regulación del Transporte (CNRT), los trenes urbanos en la Argentina trasladaron durante el año 2004 a 4.488.675 usuarios. En 1989, viajaron 11.174.000 pasajeros. En la orgía de los 90 todos se embriagaron con el vino tinto de la prebenda. La Unión Ferroviaria, en la foto eterna de Pedraza y Menem, se convirtió en empresaria con la concesión del Belgrano cargas. Sus trabajadores fueron despedidos en masa como parte de los 180 mil que fueron confinados a la tristeza infinita, a la ventanita del kiosco, al remís y al futuro mutilado. Mariano Ferreyra tenía, hace un año y medio, tres más que Lucas. Cortaba una vía derruida junto a los trabajadores ninguneados por el empresario sindical que los tercerizaba con una mano y con la otra les palmeaba la espalda con el estatuto. En una coreografía perfecta, la policía federal se abrió, miró de reojo y dejó pasar a la mano de obra dura del sindicato. Un balazo en el pecho le hizo saltar el corazón a pedazos. Como un cristal en la tormenta. Como un piedra que se estrella en el entrecejo del poder. Pedraza bajó de la foto emblema de los 90. Y se subió, esposado, a la imagen de la caída de un sistema que tiembla por los pies. Al que Mariano y Lucas le espolearon los tobillos. Y lo dejaron tambaleante, borracho en su propia inequidad. Hoy no hay pilares que sostengan, bendiciones ni estrategias, canta Lucas. Y Mariano aplaude mientras se rasca la barba. A la espera de la nueva vida que viene.
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