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Los monstruos de Chubut

Por Silvana Melo  
(APe).- “Esta impunidad, claramente, da vía libre a la policía del Chubut para potenciar sus prácticas de asesinatos, violaciones, desapariciones y golpes a nuestros jóvenes y toda nuestra sociedad. Esta impunidad es parte del acuerdo entre la policía, la justicia y el poder político del Chubut, que funcionan cada vez más como corporaciones que se encubren mutuamente”. César Antillanca habló así minutos después del fallo judicial que consagró al de su hijo Julián como un crimen sin culpables. Un asesinato donde la testigo que dijo ver cómo lo tiraban desde un patrullero fue “poco creíble”. Y las manchas de sangre de Julián en el tapizado del patrullero, también. Todos sospechan que fue la policía, con nombres y apellidos. Menos la Justicia. Que asegura que Julián murió a golpes. Pero nadie se los asestó. Pero sí, para la Justicia, los mismos nueve policías vejaron a los hermanos Aballay, en la misma comisaría cuarta de Trelew, en la misma noche del 5 de setiembre de 2010. No sabía César Antillanca que apenas una semana después su amargo vaticinio se corporizaría en la silueta de Bruno Rodríguez, entrando exánime a su casa, llamando con mínima voz a su madre, cayendo desvanecido con el cuero desecho y la vida escapándose ligera por las tres heridas. Bruno tenía 24 años y había caído acusado de robo en una celda de la comisaría segunda de Trelew. Esa noche vio lo que después dijo y que le dejaría la vida colgando de un hilo. Cortado a filo de hojas en la madrugada del 26 de marzo. Esa noche también había otra celda ocupada. Un chico de 16 años que se atrevió a denunciar, muerto de miedo, que nueve policías lo habían violado como metodología apremiante, entre golpes y burlas. Bruno vio. Dijo que vio. Fue testigo y lo asumió. Amenazas, llamadas de pésame a su familia, una moto que lo persiguió y lo tiró a la calle con mensajes de advertencia: el terror le siguió los pasos con la misma pertinacia que a su compañero de naufragio en aquella noche fatal en la segunda de Trelew. Como “testigo protegido” la Justicia y el poder político lo sacaron de Chubut. Mientras tanto, los datos que aportó serían comprobados uno a uno por las pericias. Desde enero estaba lejos. Había comenzado otra vida. La puerta laboral se le abría pero necesitaba el DNI. Lo había perdido, como perdió tantas veces su propia identidad entre los escombros de una vida que pudo haber sido gloriosa. Cuidado, dicen, protegido, aseguran, volvió a Chubut por un día para hacer el trámite. Al final de ese día lo asesinaron. Estaba cuidado, dicen. Protegido por las instituciones. Su muerte fue clavada en la conciencia social como el cuerpo del terror. Una advertencia colectiva. Un alien que se alimenta de impunidad. La Justicia y el poder político comienzan, entonces, el camino de refugiar al pibe de 16, al que vejaron, al que tuvo el coraje y el alma bien puestos para denunciarlo, a su familia. Todos fuera de Chubut hasta el momento del juicio. Y los testigos, también. Así los monstruos tienen más territorio libre. Para eso está el cuerpo del terror. Para eso está la muerte de Bruno.
******César Antillanca era “feliz”. “Todo lo que puede serlo un obrero con dos hijos hermosos”, le dijo ayer a APe. Hasta que el 5 de setiembre de 2010 le devolvieron a Julián muerto. Los nueve policías que según la Justicia no mataron a Julián sí golpearon brutalmente a los hermanos Aballay la misma noche. La Justicia fue salomónica: partió en dos el niño, como amenazó aquel rey. Y dejó un tendal de amargura sembrado por las calles. Esa acidez con que la impunidad quema la garganta. Bruno ensangrentado, llamando a su madre y desvaneciéndose a sus pies es el más brutal fruto de la impunidad. César Antillanca lo sabe y amasa cada día una gigantesca desconfianza en las instituciones. La terrible certidumbre del hijo muerto lo hizo otro. Lo transformó y lo engrandeció en el dolor. “Profundicé tanto que quedó desnuda la policía y la impunidad de los tres poderes”, dijo minutos antes de un encuentro donde se resolvería cómo reaccionar ante un golpe tan artero. Las pruebas y los testimonios que apuntaban directamente a la policía por el crimen de su hijo “fueron desestimadas”. Una testigo que vio, la sangre en el patrullero –las pericias en los laboratorios de la Corte determinaron que era de Julián-, “todo lo iban destrozando sin analizarlo y eran datos fundamentales para la acusación”. Los policías Martín Solís, Jorge Abraham, Laura Córdoba y Paula Morales estaban acusados de homicidio agravado. Fueron absueltos. Carlos Sandoval, Analía Di Gregorio, Mario Bascuñán y Valeria Zabala y Gabriela Bidera (civil) estaban acusados de encubrimiento agravado. Fueron absueltos. El oficial Diego Rey estaba acusado de privación ilegal de la libertad, entre otros cargos. Fue absuelto. “Fue un fallo netamente político”, dice Antillanca. Y extiende la responsabilidad a todo el territorio institucional, desde Mario Das Neves en adelante. “Hay un acuerdo entre la policía, la justicia y el poder político de Chubut que funcionan corporativamente y se protegen todo el tiempo”, repite. Sabe que no será fácil lo que viene. El cuerpo de Bruno funcionará como la llave del terror. El testigo protegido murió de la manera más cruel. El muchacho vulnerable que con su palabra podía resquebrajar las instituciones se acabó con tres puntazos en el pecho. La testigo que vio a un patrullero tirando en la calle a Julián, ya sin un hilito de vida, fue señalada de “poco creíble”. El miedo es un monstruo alimentado con sangre. “Uno de los mejores neutralizadores del miedo –dijo Antillanca a APe- es la visualización del caso. Mostrarlo, viajar por la provincia, contar lo que pasó”. El carpintero y pintor de obra, el hombre anónimo como tantos que viven y mueren en este sur del mundo, se resignificó y se hizo otro. A golpes y a dolor. En una tierra donde se muere muy joven. Donde Julián desnudó la cara siniestra de las instituciones en complicidad. Y Bruno quitó la sábana a los más atroces fantasmas. Ninguno de los dos tenía sueños de cambiar el mundo. Pero sus muertes pueden transformar la parcela en la que vivieron.

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