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Los edificios “tuguriales”, otro modo de la indignidad

Reinaldo Spitaletta (Desde Medellín, Colombia)
El barrio, ese fragmento de ciudad, que para algunos es el primer contacto con la urbe, está en fuga. Ya está siendo parte de una arqueología, que podríamos, por ejemplo, pesquisar en viejos tangos, tal vez la canción que mejor describe y analiza esos lugares íntimos, entrañables, que ahora, en ciudades como Medellín, están en desbandada. Y hoy, aquello de “barriecito querido, nunca te podré olvidar”, o esto otro de “barrio plateado por la luna” pueden ser una memoria histórica, lejana, un asunto de vejeces y anacronismos. O una nostalgia de pacotilla.
El barrio, que para ciertas personas es la infancia de la ciudad, es, hoy, una pieza de museo urbano. Hacia su extinción y desbarajuste lo han conducido no solo los nuevos planeadores y constructores, sino, además, los factores de inseguridad, la “guetificación” de las ciudades, los despropósitos de los que ambicionan construir en altura edificaciones de dimensiones carcelarias, o, como también sucede, tuguriales. Quién quita. Hoy, los novísimos apartamentos, son una representación de la falta de libertad, de los hacinamientos en espacios como calabozos, que tantas veces son levantados con materiales deleznables y con ahorros de espanto para aumentar las ganancias de los constructores.
Pero, antes de meternos en los desventurados cuarenta o cincuenta metros cuadrados de los modernos apartamentos, volvamos a la barriada. Aquella de la tienda de esquina y el café de conversaciones, la de los espacios amplios físicos e imaginados, la que huele a pan fresco y a pelota callejera. En los barrios de clase media, las casas eran generosas, con uno o dos patios, abundancia interior de cielo y sol, también posibilidades para sentir de cerca la lluvia. Había corredores y adentro se podía tener un jardín. Espacio había para que los pelados, en caso de no poder salir a la calle, jugaran con pelotas de plástico o las niñas avivaran su imaginación con bulliciosas rondas internas y muñequeros.
Aquellos barrios, con criterio en la comodidad espacial, eran propicios para ejercer la conversación, la reunión familiar, la visita de vecinos y parientes. Para la solidaridad y la comunicación. El barrio era sinónimo de intercambio: de palabras, de serenatas, y de comestibles, juegos, enamoramientos y de alguna picardía. Había en ellos un sentido del otro, de su nombre y oficio, de sus circunstancias y preferencias. La señora podía admirar el vestido nuevo de su vecina y al tendero le llegaban, frescas, las noticias del sector. Un barrio era una manera del carácter, del sentido de pertenencia y, por qué no, de la identidad. La gente tenía nombre y hasta sobrenombre.
El barrio -infancia de ciudad- era la primera experiencia urbana, el contacto inicial con aceras y ladrillos, con aleros y terrazas. Había un ejercicio de la vista (a veces, claro, del olfato también): estaba hecho para ver. Unas veces, las muchachas; otras, los tejados; en una opción distinta, las maneras de poblarse la calle o quedarse sola cuando el sol hacía rato se había marchado. Era, como en algún poema de Baudelaire, una fiesta para los ojos. Había la posibilidad de mirar un antejardín con francesinos y matas de balazo, con crotos y rosales. O desde el balcón, observar el paso airoso de Teresa o Inés. Y en la calle había pregones (voceadores de prensa, el vendedor de pan, el de helados…), y movimiento de muchachos persiguiendo un balón, o el transitar voluptuoso de Lucía en una bicicleta. El barrio era una convocatoria a los asombros y también a lo común y corriente, como, por ejemplo, una charla de señoras a la entrada de una casa.
A diferencia de los centros cosmopolitas y multitudinarios, en el barrio no se perdía el alma ni la noción de individuo. Cada uno podía ser y ser reconocido, pese a los chismes y consejas. Había, incluso, posibilidades para el “voyeur”, para aquel que se escondía tras las ventanas y cortinas para observar a la señora de enfrente, que a veces se vestía como una provocación, o aquel que hacía las veces de cámara, cual si fuera un vigilante más de la cotidianidad.
Pero, en ciudades como Medellín, esa visión, ahora con un tinte cultura rupestre, o de cosas idas, como de extrañamiento, ya no es posible, o cada vez es menor. El barrio, digo, está dando sus últimos estertores.
Y aunque el significado de barrio trasciende lo catastral, la ladrillería y el cemento, es decir, lo material, hoy es una presencia menor, en medio de una ciudad que crece hacia arriba, hacia el cielo. Ni siquiera es posible pensar hoy, como alguna vez lo imaginó Le Corbusier, en la construcción de edificios, con separaciones entre sí, con espacios para el verde y lo público. No. Es un hacinamiento, en los que, además, la estética está ausente. No es asunto de buen gusto sino de economía, de especulaciones inmobiliarias. De rendimiento y rentabilidad del espacio.
No es posible crear un barrio de edificios. Sin embargo, en Medellín, desde hace algunas décadas, han proliferado las construcciones verticales. La invasión de las mismas, ha modificado, no siempre para mejorar, la visión de los barrios tradicionales. Un caso típico: Boston. Ya nada recuerda los caserones de otros días, porque los han derrumbado, y como en un tango, las casas viejas dieron paso a la máquina, al denominado progreso. Esos edificios no son propiamente el canto a la comodidad, sino, más bien, a una emergencia, a una emboscada.
Cuando comenzaron los “planeadores” a autorizar el derrumbamiento de casas para reemplazarlas por edificios, a los barrios les llegó su agonía. Pasó –sigue sucediendo- en históricos sectores como Buenos Aires y Miraflores. Los edificios (algunos los llaman esperpentos) son, además de feos, con apartamentos estrechos, más propios para aprisionar que para decir que se vive. No sólo hubo un atentado contra el paisaje (desaparecieron para muchos las montañas), sino contra la dignidad. En esas covachas no están dadas las gracias de la amplitud y aun de los espacios para la necesaria intimidad del habitante, sino maneras de la reclusión. En aquellas mazmorras modernas, suele pasar que el niño no puede ver el mundo como novedad (lo que sí pasaba en el barrio), sólo como un aprisionamiento de los sentidos.
Puede acontecer que para los nuevos habitantes de aquellas prisiones, no haya el modo del deslumbramiento por conocer, por saber de los otros, por tener una conexión con el entorno. Hay como una especie de extirpamiento de la palabra, la sumisión a un silencio entre paredes frías y ventanales que se cubren para evitar las miradas de los otros.
Con los nuevos edificios, como los que, por ejemplo, ahora erigen en barrios como La Floresta, que incluso han sido motivo de denuncia de parte de sus habitantes tradicionales, desaparecen los modos de la ensoñación que eran factibles en la calle, en las casas grandes, en la tertulia de tienda. Ya ni siquiera es posible el saludo entre vecinos, quizá solo haya un levantar de cejas para el portero.
“¡Cambia París! Mas nada se mueve en mi tristeza”, poetizaba Baudelaire en momentos en que la Ciudad Luz era arrasada en sus vejeces, en sus callejones y se levantaban palacetes y se abrían los bulevares propiciados por Haussmann, con un interés político: evitar que en los levantamientos populares se armaran (como por ejemplo en 1848 y 1871) las barricadas. En Medellín, las casas confortables se van al piso para darles paso a los “tugurios” en altura. Pero ni siquiera se trata aquí de un asunto político (de la polis). Es más de mezquindades y de vulneración de derechos. Puede que como en un cuento de Tolstoi, un hombre no requiera mucha tierra para vivir, pero sí, sobre todo en la ciudad moderna, necesita espacios interiores cómodos y desde luego una espacialidad pública de alta calidad.
Decía al principio que el tango es la canción que mejor ha descrito el desarrollo de la ciudad, sus contradicciones, sus cafés y esquinas, las desilusiones del hombre y los contextos barriales. Ya por estos lares, no hay –o quedan muy pocos- caserones de tejas ni se dan romances en los antejardines con verjas, como aquel cantado por un poeta urbano: “La casa tenía una reja, pintada con quejas y cantos de amor…”. Y en los novísimos apartamentos ni siquiera hay modos para que entre un pedacito de cielo.
Ah, bueno. Y de otro lado, los edificios “tuguriales”, que muchas veces son de estrato tres, cuatro y cinco, se han generado en los últimos años en Medellín para albergar a habitantes pobres, como los de Moravia, Niquitao y otros barrios. Los han metido en una especie de campos de concentración. No hubo para la nueva ubicación estudios culturales, de procedencia, de impacto social. Y hoy estos conjuntos residenciales (como los situados en Pajarito, La Aurora y otros) son foco de desencuentros entre sus habitantes.
La unanimidad –o casi- es que la ciudad debe crecer hacia arriba, porque ya no hay espacio. Y que los barrios tradicionales deben ser reemplazados por un amontonamiento de edificios. Una colmena. ¿Y lo ambiental? ¿Y la comunicación? ¿Y los espacios verdes, los parques, los lugares de reunión? ¿Y el derecho a tener una vivienda digna? ¿El derecho al paisaje?
A la ciudad, según van las cosas, la esperan momentos terroríficos. Como pueden ser los de las enormes soledades que se apachurran y hacinan en los carcelarios apartamentos de los nuevos edificios tuguriales.
(Escrito en Medellín mientras tumbaban un viejo caserón de mi barrio)
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