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Las palabras, los números y los días

Julio César Londoño

Por: Julio César Londoño
Amo la gramática. O la palabra gramática. Ya no sé. Es un vocablo que sugiere espacios limpios, claros, civilizados. Al escucharlo me invade una serenidad y una gratitud semejantes a la que sentí al tocar por primera vez el alto y negro monolito en el que está grabado el primer código de derecho de la especie, el de Hammurabi. Por desgracia, mis alumnos no piensan lo mismo. La “dramática”, la llaman. Prefieren otras materias más terrenas, menos espirituales, más sedosas. Encuentran contrahecho el pluscuamperfecto y las partes de sus condiscípulas les parecen más interesantes que las partes de la oración. Está bien, les digo, dense el gustico, pero ¿no podéis ocuparos del participio entre beso y copa, entre mohín y arrumaco? No. No pueden. Yo también tengo algunos problemas con ella, no lo voy a negar. Por ejemplo, con el verbo haber. No concibo que sea incorrecto decir habemos. Es una conjugación natural y corre a los labios como la interjección al dolor. Pero la Academia no cede. “El verbo haber no admite el plural en los tiempos simples. Se dice `Hay una niña’, `Hay niñas'”. El inglés es más lógico. There is a girl o There are girls. Simple. El latín también. Es puella, Sunt puellae. La Academia advierte que no debemos decir “Habemos aquí ocho personas”, sino: “Somos (o estamos) aquí ocho personas”. Está bien, pero ¿qué hacer con la frase “Habemos personas honradas”? Es obvio que los verbos ser y estar no tienen cabida en este caso. No sirve “Estamos aquí personas honradas”, porque la frase inicial alude a la existencia, no a la presencia, de esos raros especímenes. “Somos personas honradas” apunta a un grupo específico; no tiene la amplia vaguedad del irreemplazable “habemos”… La sugerencia de la Academia, “Hay conmigo personas honradas”, es desastrosa. No sabe uno si habla el líder de los honestos o un pillo infiltrado en la noble asamblea. Tampoco creo que el grupo vocálico ui sea siempre diptongo (fui es un diptongo; huí, hiato) y me exasperan sus “reglas” ortográficas: “Todas las palabras terminadas en -cion se escriben con c… excepto estas 48 que van con s”. No hay derecho. Pero tal vez sea ingenuo exigirles a las lenguas una lógica rigurosa. Sería olvidar que son acuñadas por los siglos, las generaciones y el azar, no por una juiciosa asamblea de académicos. De aquí su desorden. De aquí su riqueza y su poder. Las lenguas deben ser lógicas porque son un instrumento de comunicación; pero ellas también quieren impresionar y conmover; por eso entonan canciones, asestan ironías, esgrimen conjuros, arrojan injurias, emprenden elipsis, acuñan refranes, se adornan con tropos, legalizan caprichos, otorgan licencias —operaciones que desbordan la lógica e infringen con frecuencia los más sanos preceptos de la sintaxis. La matemática puede darse el lujo de ser ordenada y rigurosa porque es una estructura vertical, una nomenclatura arbitraria y axiomática para cifrar, con un económico puñado de símbolos, la cantidad, el espacio y sus relaciones. Por eso la matemática es universal y atemporal y casi exenta de ambigüedades; a + b es igual a b + a aquí y en la China, ahora y dentro de mil años. Las lenguas, en cambio, se reinventan de manera horizontal y reflejan la manera como los pueblos sienten la realidad y nombran sus sueños. Por esto es que cada lengua contiene el espíritu de su pueblo. En las ásperas lenguas de los nómadas, demos por caso, había muy pocos vocablos para designar la tierra; ninguno para la ciudad. La tierra era esa cosa vertiginosa que pasaba bajo los cascos de sus caballos, y la ciudad un corral de piedra lleno de gente medrosa. Tenían en cambio decenas de términos para la caza, el caballo, las armas, las estrellas.

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