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LA SALVACIÓN POR LA POESÍA

Entrevista a Alex Pausides

Roberto Massari de Utopia Rossa nos ha enviado esta joya para su publicación, la misma está publicada en Utopia Rossa.

1. La poesía de Alex Pausides ha cambiado visiblemente con el paso del tiempo, de aquellos poemas suyos iniciales, con apego a la emocional, la naturaleza, lo lírico en su estado menos contaminado, a una poesía todavía con apuestas fuertes a lo esencial lírico, pero con preocupaciones filosófica y existenciales notables. ¿Me equivoco en la apreciación?

1. La poesía de Alex Pausides ha cambiado visiblemente con el paso del tiempo, de aquellos poemas suyos iniciales, con apego a la emocional, la naturaleza, lo lírico en su estado menos contaminado, a una poesía todavía con apuestas fuertes a lo esencial lírico, pero con preocupaciones filosófica y existenciales notables. ¿Me equivoco en la apreciación?

Alex Pausides con un grupo internacional de poetas

En verdad me parece atinada esa observación. El paso del tiempo y una moderación del fervor inicial que lleva al poeta, en su idealismo y vanidad, a exagerar la importancia de su trabajo, a creer que está inventando el lenguaje, que la poesía es el centro del mundo, que el hombre tiene fuerzas cósmicas que lo echan y lo impelen y que es inmortal, y que la muerte no existe, que no lo devasta ni el tiempo; que vive en un reino con leyes propias dictadas sólo por la intensidad de la creencia y la pasión, parecieran determinar el tono y las ambiciones estéticas y ¿por qué no?, existenciales y filosóficas.

Yo recuerdo hace cuarenta años, cuando comencé a escribir y leer mis primeros escritos en Manzanillo, que Alejandro Querejeta, poeta, filólogo y periodista holguinero, se admiraba de que en mis versos no hubiera ninguna ambición filosófica explícita, ningún precepto al que lo escrito respondiera. No había una voluntad de elaborar un sistema poético, una brújula armada por conceptos y propósitos más allá de la emoción del instante –ese instante fino como un alfiler o una seda– del acto creador. Eran los años del imperio de una poesía objetiva, contingente, que poco espacio dejaba a desvaríos líricos. Yo era un inocente y vivía en la ingenuidad de la belleza y así trascurrían mis horas, y era bueno, y me bastaba. Era un idealista moral. Y era feliz.

En verdad yo pensaba en ese entonces que al poeta “le bastaban la palabras”, que ya le era suficiente estar metido hasta el eje en la realidad, que el ciudadano podía ser un activista. –yo lo he sido–.pero en su intimidad, el poeta era un pequeño dios —recuérdese con indulgencia a Huidobro–. Y nada le debía importar más allá del “horror ante la página en blanco”. Una vez en Santiago de Cuba, José Soler Puig, rebatiéndome en mis ínfulas y resabios idealistas me injuriaba casi, mientras nos tomábamos un café en el Casagranda, al discutir sobre la eternidad o la perennidad de la obra literaria.

Y me decía: si ti te dejas de toda esa bobería, de toda esa pajarería del lenguaje, vas a ser un gran poeta, vas a dejar una huella en la poesía. Pero estás equivocado. Tienes que darle la importancia que tiene el lenguaje pero no ser un junco al viento. Pero así era yo. Y ese modo de ser tenía una expresión en lo que escribía. Emoción y estremecimiento ante el pequeño capital privado de las palabras. El mundo era entonces el reino de la seguridad. Un reconocido poeta santiaguero me tildaba de un lirismo subjetivo, como si toda poesía no lo fuera.

Y sigo teniendo un posicionamiento lírico ante el lenguaje y el hecho poético. Es como si de los cantos se pasara al diálogo, a la voz baja, al susurro, a la musitación, al silencio. Es como entender que hay comunicación también en las señales de humo, en las palomas mensajeras, en los timbrazos de un teléfono, en los email de urgencia; que debemos mirar el entorno y escuchar los gritos de lo real y aprender al final del camino a leer en los labios, que allí está latiendo la comunión última y esencial, cuando afuera hay mucho ruido y se devalúan la creencia y lo soñado. Y así rumba el hombre y sus escritos, una de las pocas señales de su existencia trascendente.

2. Además de los temas que aborda un creador, que pueden transformarse con el paso de los años, con la llegada a la madurez intelectual, ¿qué es lo que jamás pierde de vista al hacer poesía?

Yo creo que, a mi pesar, es la intención comunicativa. La capacidad de asombrarse ante la maravilla que es estar vivo, respirando, compartiendo el mismo oxígeno, el mismo tiempo, el mismo espacio con criaturas maravillosas y con las obras impresionantes del genio humano. Por otra parte, nunca me gustó que quien leyera mis palabras tuviera que detenerse para ir al diccionario. Eso es una derrota de la voluntad de comunicarme. De ahí el afán de ir a la palabra precisa. Tal vez por ello mis primeros escritos estén llenos de sustantivos y verbos. Llenos del ruido, del roce gracioso de unas palabras con otras. Nada de enlaces gratuitos. Ir a la sustancia. Hay en la lengua una palabra que debe expresar lo que sufro. Debes encontrarla. Al menos buscarla. He ahí la tensa dialéctica del escritor. Ya que si como dice Goethe el poeta tiene el don de expresar lo profundo de su angustia, entonces la palabra precisa para decirlo debe estar por ahí. Y la gente de mi pueblito perdido entre el mar azul y las montañas verdes me regaló esas palabras, que son mi único tesoro. Y las usé como un trofeo.

Allí están, arcaicas y añejas muchas veces, esos lingotes que salen del habla, de la boca de la gente que me rodeó al nacer y al crecer. Esa maravilla que es tener siete años y pasarse la vida tomando prestadas a ese niño las palabras que escuchaba en su casa, en sus juegos, en sus ensoñaciones, entre los pastizales adonde llevaba los animales a perderse en la hierba. Y era como una especie de ultraísmo borgeano. Nada de adjetivos ni metáforas ni imágenes ni símiles. Era el poeta menos imaginativo entonces, el menos impostor. Estaba cavando ilusoriamente en una mentida materia de mi propiedad. Por ello tal vez no habría aún la necesidad de pensar ni conceptualizar. Soy un poeta sin imaginación.

Labro mi escritura con lo que me llega de mi relación con la gente, las cosas, los sueños y la poesía. Si eso se trasmite, entonces soy felíz y doy por cumplida mi tarea.

3. Por lo general su escritura se sostiene en una escala media, en un tono que tributa a la tradición, fundamentalmente, sin exabruptos o resistencias del lenguaje,  ¿es parte de su personalidad o tiene bien justificada esa manera de entender y hacer poesía?

Pueda que tenga que ver conmigo. No me gustan la estridencia ni la demasiada luz. Prefiero estar en mi lugar preferido. Donde me sienta cómodo. Ni muy delante ni muy detrás, para que no se den cuenta de mí. Alfa y Omega son escandalosas.

Mis maestros son diversos, pero hay un timbre humano que reclamaba Vallejo, el primero de mis poetas, al que debe propender todo artista. Hay un tono en el último diario de Martí. Hay una contención en Borges. Una honda y sencilla humanidad en Nazim y en Machado y en Eliseo y Retamar que querría cercanas, como el adagio de Albinone al final de toda cosa. Pero también, y más allá de querencias y afinidades, la pulsión interior que determina un modo de estar en el mundo, una manera de entender la vida y la poesía. Yo creo que hay necesidad de poesía –aunque digan lo contrario los gerentes del pragmatismo contemporáneo, tan arrasadores y groseramente omnipresentes, que hasta aqui, en la Cuba del socialismo, donde reinar debían siempre los ideales y el sentido de la belleza, también levantan a veces la cabeza–. El mundo necesita de una visión original para refundarse a sí mismo. El hombre en su codicia desmedida no se da cuenta de que la vida y no sus atributos, es lo esencial.

El fin mundo, tal como lo hemos conocido, ha comenzado. La poesía es un componente del combustible de esa lámpara maravillosa que debe iluminar a las mejores mentes de nuestro tiempo en cualquier parte y en cualquier circunstancia, para salvar este hermoso cielo transparente azul y el agua cristalina y las aves y los insectos maravillosos que nos acompañan en este viaje a la infinitud del espacio. Si la poesía sirve para ayudar a hacer entender eso, habrá cumplido su mejor misión desde Homero y el Eclesiatés.

Yo aspiro, de todas maneras, a que sean reales los versos de Yeats: Canta; en algún sitio, bajo alguna otra luna, // sabremos que dormir no es estar muerto // al oir cómo cambia el mundo en su armonía. Ya Goethe también nos lo había dejado dicho: La naturaleza nos ha dejado lágrimas, el grito de dolor // cuando más no puede soportar el hombre, y de todo // Me ha dejado a mí la melodía y la voz // para expresar lo profundo de mi angustia: // Y cuando el hombre en su agonía enmudece // tengo de Dios el don de expresar lo que sufro. El poeta debe volver a hablar en voz alta. Más allá del ruido ensordecedor de la vida cotidiana la tribu, en el fondo, necesita su voz otra vez. No debemos renunciar a ser escuchados.

4. Cada año organiza el Festival Internacional de Poesía de La Habana, como parte del Proyecto Cultural Sur, ¿a  cuánto cree que haya contribuido un espacio como ese, cosmopolita, expansivo, dentro de nuestro territorio de poetas?

Un proyecto es también un entretenimiento. Una manera de llenar las horas. Darle sentido y cauce a lo que sueñas. Y si eso sirve en algo a los demás es una maravilla. El festival es una acción poética plural. Es también una editorial. CubaPoesía itinerante le otorga una dimensión comunitaria. Es una presencia digital. Es un proyecto formativo que se concreta en el laboratorio de escrituras. La fundación de la red “Nuestra América” de festivales latinoamericanos en 2010, nos articula con experiencias afines en el hemisferio. Hace dos meses, junto al festival de poesía de Medellín, impulsamos la creación de un movimiento poético mundial, que junta por la poesía a más de cien festivales en todo el mundo. Es algo impresionante. Gente diversa en torno a una mesa, discutiendo qué podemos hacer los poetas por nuestros semejantes. Proyecta lo que hacemos en la “Junta mundial de poetas en defensa de la humanidad”. Que no es una ficción. Hace dos años reunimos –con la imprescindible ayuda de Medellín y del Ministerio de Cultura de Cuba–, más de 31 mil firmas en defensa de la soberanía de nuestro país. Nuestro festival junto al de Medellín en Colombia, Durban, en Sudáfrica, de Kerala en India, de Rotterdam, Jerusalem, Kiev y San Francisco, en Norteamérica, integra el comité coordinador mundial de esa movida poética. Esomda nuevas fuerzas. Alegra saber que puedes trabajar e interactuar con la brigada de poetas revolucionarios que lidera el veterano Jack Kirshmam en San Francisco, California. La voz de Cuba se alza en ese concierto de gente preocupada por el destino de la humanidad y que están buscando –más allá de diferencias de culturas, etnias, ideologías o religiones– una especie de salvación por la poesía, por el amor, llamando a los intelectuales, a los políticos y a la gente común –que es la que más tiene que perder en el umbral del desastre y a la vez la que puede ganarlo todo, porque en ello se juega la propia vida.

En el plano doméstico no estoy tan seguro. Aún el festival no tiene una visibilidad que se aprecie y haga justicia al esfuerzo. No se la hemos podido imprimir. No sólo son deseos. Es también capacidad. Eficacia. Eficiencia. Posibilidad. Fuerza. Es un proyecto que sobrevive en medio de una gran precariedad. Y en verdad no sé si el festival ha podido servir de mucho. Al menos no logra lo que querríamos que fuera. A veces dudo de su validez y de su utilidad para nuestra pequeña comunidad poética. Sabes que los poetas somos muy vanidosos. Y no estamos contentos con nada. Y, además, cuesta mucho reconocer el trabajo del otro. Si no se me ocurrió a mí una idea casi siempre lo pienso dos veces antes de involucrarme sin reservas. Tenemos una rara percepción de la originalidad y de la pertenencia. El vicio de no ser dueños de hasta el último milímetro de territorio lastima mucho. Eso es de otros. Y también, responsabilidad y trabajo de otros. Y nos acercamos tan sólo en la medida en que nos da un espacio al ego, que ente nosotros es muy grande. Muchas veces el ombligo tiene mayor dimensión que nuestros sueños. Y yo tengo ombligo también, seguramente.

Claro está que no puedo ocultar que me alegra la enorme cantidad de autores que ha invitado el festival en estos quince años. Suman más de mil ochocientos. Me congratula haber escuchado en el festival a Evtushenko, a Cardenal, a Thiago, o a Abu Sinah de Egipto, o a Adnan Al Sayeh de Irak, o a Amir Or, que tiene un proyecto en Jerusalem, donde árabes y hebreos se juntan y trabajan por la paz y la concordia a través de la poesía. O un poeta de Sri Lanka o un poeta de la nación Mapuche o de la nación Maya como Elicura Chihuailaf o Jorge Cocom Pech. Y que Arafat nos haya enviado un mensaje desde Ramalah, el último que escribió. Y los libros que hemos publicado. Más de 150 títulos. y un catálogo que enriquecen Anna Ajmatova o la Zsymborska, o Neto, Senghor, Neruda, Evtushenko, Ritsos, Darwish, Alberti… Y todo lo que hemos hecho por sacar a la poesía de los recintos, de las bibliotecas y de los libros y llevarla al encuentro con el hombre común, ese que está allí, esperando de nosotros algo más que una bella palabra. Todo ello es bueno para nosotros. Pero todo esto son apreciaciones. Que pudieran valer poco. La crítica debería ejercerse sobre los que se hace. Pero no hay mucha crítica. Nos quejamos de la falta de jerarquías pero se hace muy poco por poner orden en nuestra casi adormilada república de las letras.

Pulula más fácilmente la mediocridad que de muchas maneras fomentamos. Sacan mejor la cabeza los “asalariados dóciles que viven al amparo del presupuesto” –como decía el Che. Y el poder movilizador de la poesía sigue siendo una asignatura pendiente. Como en los buenos tiempos de la utopía saludable. No nos damos cuenta de que desde los antiguos la utopía es siempre inalcanzable pero no imposible para el reino incorruptible y formidable de la poesía. Un poema no detiene un obús pero sí alerta y puede fomentar el crecimiento de una sensibilidad planetaria que llame la atención sobre el peligro. Y el peligro es real. Si el mundo quiere sacudirse del mal y la barbarie, los poetas debemos estar allí. Nuestra América vive un momento de cambios revolucionarios. Los poetas debemos ser parte. Y no podemos quedarnos mirándonos y leyéndonos nuestras bellas páginas entre nosotros mismos.

5. ¿Cómo mantiene viva la necesidad de hacer poesía un hombre tan ocupado en tareas institucionales de primer orden, y cómo es la poesía que le interesa escribir hoy? Porque conozco que es un ejercicio que no abandona.

Lo que sucede es que uno cree en la poesía, en el poder de la poesía, a pesar de todo. Hay necesidad de poesía. La poesía es como el agua, como el aire, como el pan. La poesía es un bien de primera necesidad. Debiera ser –y en justicia su publicación lo es hace ya mucho tiempo en Cuba—subsidiada como los alimentos. Dios me oiga y eso se mantenga. Lo merece. Cuba nació a la historia de manos de la poesía. Fuimos primero una figuración en la poesía. Fuimos después una nación, una cultura. Bella como el oxigeno naciente –así decía Bretón de la poesía de Césaire.

Me interesa escribir una poesía que llame a la conciencia, además de movilizar los resortes de la emoción. Que comunique y emocione y que asuste sin es preciso, pero que no deje a sus lectores indiferentes. Nuestra poesía está bastante desligada de esas funciones. Padecemos de una autofagia perniciosa. Una política cultural expansiva ha generado paradójicamente una poesía ensimismada. Es una pena. Ya sabemos que escribir es un oficio mal pagado y peor reconocido, con unas gratificaciones monetarias ridículas; como si el aumento del costo de la vida fuera una ficción. Por ahí pueden andar las cosas y algunas causas del estado general en que se debate la escritura. Debe preocupar que estemos perdiendo parte del patrimonio literario, poniéndolo en manos de editoriales foráneas ante la irracional retribución del trabajo del escritor. Pero, por encima de todo eso, hay una dignidad en el escritor relacionada con el placer de escribir y con la eticidad consustancial a nuestra misión que tiene que salvarnos de esas contingencias ingratas que no durarán.

Todo eso está en el entorno, nutriendo o avasallando tu imaginario, cuando escribes o dejas de escribir. Pero creo que la poesía sirve y tiene tareas y misiones útiles y hermosas que cumplir. Creo –como un obstinado–en la salvación del ser por la poesía y por la belleza.

(Escrito para la revista cubana La letra del escriba)

Nella diffusione e/o ripubblicazione di questo articolo si prega di citare la fonte: www.utopiarossa.blogspot.com

Postato da E.V. su UTOPIA ROSSA il 6/13/2012 05:06:00 PM

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1 comentario

1 ARTURO CORDERO { 22 junio 2012 - 14:30 }

Alex, una persona maravillosa, con una sensibilidad especial, un poeta que ama su tierra, su gente y al referirme a su gente me refiero al gran conglomerado mundial que compartimos este planeta y que nos identificamos con una causa, con una idea, con el sentimiento de solidaridad, paz, armonia mundial y compartir lo maravilloso de este planeta y el estar vivo y ser parte activa de los cambios necesarios o mejor dicho urgentes, amigo, eres una lampara en la oscuridad de los siglos. desde la tierra de Farabundo, El Salvador, recibe un apreton de manos, con la esperanza urgente de regresar a la tierra de Marti.
Arturo Cordero.

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