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La música moderna: ¿arte o negocio?

 

Marcelo Colussi

mmcolussi@gmail.com

 

         Una de las pocas cosas que se repite invariablemente en todas las culturas conocidas es la música. Seguramente porque, como pocas cosas, es bella.

         Todo tipo de música es bella, bonita, agradable. ¿A quién no le gusta? ¿A quién no lo conmueve? Seguramente por la materia misma que maneja –el sonido–, es una expresión humana condenada a ser forzosamente atractiva. El sonido evoca y se liga siempre con la esfera afectiva; por tanto no corre el riesgo de equivocarse, de mentir, de ser intrascendente. Distinta a otras expresiones artísticas, o si queremos decirlo de otro modo: distinta a otras expresiones culturales en sentido amplio, la combinación de la materia sonora en cualquiera de sus casi infinitas formas, no deja nunca de emocionar a quien le llega. Para alegrarse, para divertirse, para acompañar momentos solemnes, para entretener la soledad o para fomentar el vuelo espiritual, siempre la manifestación musical hace parte de nuestras vidas.

            En todo momento histórico podemos asistir a este fenómeno; la idea de la música como “arte” (actividad específica sin más función práctica que la búsqueda de la belleza por la belleza misma) es occidental, y muy reciente por cierto, del Renacimiento en adelante. Debió salir de la iglesia para pasar a lo que hoy podríamos decir “la sociedad civil”.

La música ha acompañado el curso de la historia humana desde tiempos inmemoriales, con diferentes cometidos: como parte de la adoración religiosa, de la guerra, de las distintas celebraciones, de los estados de ánimo colectivo, sean alegres o tristes, de la muerte. Sólo en la modernidad europea –al igual que las otras diversas expresiones artísticas– se vuelve “arte” en tanto arte puro, transformándose en actividad autónoma, con su espacio acotado (la cámara real o de los nobles primero –de ahí lo de “música de cámara”, el teatro luego), para masificarse posteriormente y llegar a los actuales medios de difusión. A partir de aquel momento, y siempre hablando de la producción musical europea, su historia se torna un ámbito y un código propios, donde su motor es la búsqueda de la belleza como fin en sí mismo, sin ningún otro compromiso ritual o ceremonial. Se compone música sólo para escucharla, ya no para acompañar alguna otra actividad, para la iglesia, para el conjuro, para acompañar rituales. Ahí podemos decir que la música es ya un arte autónomo.

Como expresión de la enorme variedad cultural que ha desarrollado la especie humana en su historia, igualmente enorme y variado es el abanico de posibilidades musicales que se ha creado. Si bien hay algunos patrones comunes en esa enorme producción más allá de los tiempos y las latitudes, la oferta existente es increíblemente amplia, y de ninguna manera se podría pensar en alguna forma más bella, más refinada o más profunda que otra.

Toda música, adecuada a su momento y a su contexto social, es bella. Puede haberla más elaborada. En eso, seguramente, el grado de desarrollo que logró la polifonía europea no tiene parangón; pero de ahí a ponerla como “el” modelo de perfección creativa no hace sino reafirmar la construcción eurocéntrica que sigue dominando. ¿Por qué la única obra musical considerada “patrimonio cultural de la Humanidad” por la UNESCO es, justamente, una composición de un alemán –el Himno a la Alegría, cuarto movimiento de la novena sinfonía de van Beethoven–, independientemente de su real trabajo de elaboración? ¿Por qué no pasa lo mismo con otras creaciones, con una ranchera mexicana por ejemplo, o una danza del África negra? La mayor elaboración en términos técnicos no habla forzosamente de su belleza. Y sabemos que la estética es siempre algo condicionado, puntual, construido históricamente.

El siglo XX ha acrecentado de una manera monumental procesos de cambio que se venían dando desde el XIX. En la lógica que el capitalismo inició, ninguna faceta de lo humano puede escapar a ese horizonte de producción mercantil: todo deviene bien de cambio, tiene un precio, está concebido en función de una estrategia comercial. La música, por cierto, no puede ser ajena a esta dinámica.

La pregunta que podemos abrir, sin embargo, cuestiona hasta qué punto la producción mercantil que vamos viendo acrecentarse día a día en el ámbito musical mantiene el espíritu de belleza que estaba en su base. ¿Se produce porque el autor tiene algo que decir, como desde hace un tiempo se viene entendiendo la creación artística, o simplemente se componen mercaderías para vender?

Está más que claro que los modelos de belleza son, dicho muy rápidamente, coyunturales. No hay una belleza universal a-histórica. De todos modos cabe reflexionar en torno a la producción musical que padecemos en la actualidad, donde se van universalizando gustos más allá de las diferencias culturales, y donde se busca como fin supremo la venta del producto terminado, independientemente de su calidad. Rápidamente queremos enfatizar que ninguna música es más “bonita” que otra; pero creo que pueden abrirse dudas genuinas en torno a esta globalización: ¿por qué la gran mayoría de jóvenes del mundo escucha rock, por ejemplo, o nadie deja de conocer a The Beatles, y no pasa lo mismo con una guaracha o algún grupo de joropo, por muy bueno que sea técnicamente?

Lo peligroso en este proceso en marcha es el lugar de mero consumidor pasivo en que vamos quedando las enormes mayorías, hoy día ya a escala global. Se universalizan gustos, se manipulan tendencias, se imponen consumos. Por supuesto que nadie está obligado a comprar el disco de moda que se publicita por los medios masivos, pero ¿quién y cómo puede sustraerse a esa fuerza?

La música pasó a ser, en muy buena medida, el “ruido” de fondo que estamos constreñidos a consumir, en cualquier parte del mundo, en tanto una mercadería más que hace parte de las “diversiones” que se imponen. De ahí que continuamente cambian los músicos, los productos de moda, las formas en que se presentan propuestas y mensajes –¿superficiales?– que, sin dudas al mes de producidos, son olvidados a la espera del nuevo hit.

La idea de arte musical eurocéntrica de algunos siglos atrás va quedando de lado, y la misma mercadería estandarizada surgida de lo que, quizá imprecisamente, se llama Occidente, ese producto que hace parte del llamado sin ningún pudor “industria del entretenimiento”, va tapando creaciones locales no occidentales, acorralando tradiciones a veces antiquísimas. Sin duda estas producciones, a veces con raíces milenarias, no han desaparecido (todavía al menos; quizá nunca suceda), pero la universalización de las usinas generadoras de modas (y de ganancias) las va rodeando.

La “mercadería musical” conspira contra la calidad. No queremos decir que el pop estadounidense o inglés sea más o menos bello que una raga hindú, un sheng-guan chino o una ópera italiana. Pero, como mínimo, queda la duda respecto a la profundidad creativa –por así decirlo– de estas creaciones a todas luces pasajeras, más pensadas en relación al hit parade que a su perdurabilidad como manifestación de lo espiritual.

“El mal gusto está de moda”, dijo mordaz un músico de gran calidad: el cubano Pablo Milanés. De ser cierto… ¿quién impone las modas?

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