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La mariposa pisoteada

Al caballero que  siempre dice “ni”, un cuento sin “nis” por su cumpleaños  40. El otro lado del tapiz. Las cosas que  nadie  mira…

“El oro de los tigres” Jorge  Luis  Borges

Insertó el DVD virgen que había dejado al  lado del portalápices, para grabar la discografía de Amy Winehouse, y comenzó a  ver a desfilar en la pantalla el menú para elegir escenas de “Los inmortales”. ¡Imposible! El día anterior había comprado esa película y le había salido  defectuosa, la tenía en la cartera para devolverla, al ir a guardarla recordaba  haber sacado el disco virgen, que dejó en su buró…. Fue a su cartera y encontró  en su lugar el DVD virgen, aún envuelto en el celofán de la compra. Volvió a la  computadora, ahí estaba la caja de “Los inmortales”. La vez anterior  había sido un exergo tomado de El Libro de las Mutaciones, que al reabrir el  documento al día siguiente se había transmutado en una frase de Borges.  Recordaba haber dudado, como es lógico, pero al final la había dominado la  certeza, como ahora con los discos, de haber escogido la frase del I Ching y  salvado antes de cerrar el archivo… Después los amigos le preguntaban por qué no  elegía una pareja para compartir su vida, por qué no tenía hijos, por qué huía  del concepto “echar raíces”… ¿Cómo explicarles estos fenómenos, apenas  perceptibles, casi en el rango de “detalles sin importancia”? La asaltó  nuevamente el terror de despertar cada día en un hogar ajeno, al lado de un  extraño, de no cuidar de sus seres queridos, sino los de alguien muy semejante.  Imaginó a sus hijos (los salidos de su vientre) siendo educados por una extraña  con su rostro y sus manías, que nunca sería “ella”, aunque tal vez, como ella,  se percatase del irremediable equívoco y – si eran copias de un mismo archivo  cósmico, les suponía emociones similares – se resignaría a comportarse del modo  más adecuado posible, interpretando el personaje que le había sido asignado en  la cambiante comedia de la vida… Un eterno viaje entre las grietas de la  aparente realidad, siempre a un ambiente similar, salvo por esas pequeñas  diferencias que iban desde la barba crecida de un amigo que había visto afeitado  el día anterior, un tiesto con jazmines donde hubo violetas, la dedicatoria de  un libro que decía “amor” donde antes leyó “amistad”, hasta el color de una  casa, saltando de verde a rojo en una noche.  Pensó en los seres  de la Creación, constantemente intercambiados, cual piezas de un juego de  abalorios fuera de su alcance, del poder de su voluntad y de su comprensión,  alternándose de una realidad a otra por mero placer o experimento de una entidad  superior. Tantos, sin percatarse de estas “naderías” que pasan inadvertidas, o  son tomadas por lapsos mentales, descuidos perdonables que van a engrosar los  archivos del olvido… ¿Por qué le había sido otorgada la capacidad de  advertirlos, memorizarlos y hasta de intentar encontrarles  explicación? Sintiendo la ansiedad de la mariposa pisoteada que aún con  medio cuerpo pegado al pavimento, intenta mover las alas para recobrar el vuelo;  guardó la película en su caja, fue en busca del DVD en blanco y se resignó, como  cada mañana, a ser un pasatiempo de los  dioses.
*De Marié Rojas  Tamayo. La Habana.  Cuba
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