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La hermana república: país normal, relaciones normales

Enviado por Nigale Añú, Venezuela. A la memoria de Legier Rojas, brillante joven venezolano que estudiaba dos carreras en la Universidad de Salamanca, filosofía y periodismo audiovisual, que trabajaba en dos lugares para mantenerse, de noche como mozo y bongosero en el centro cultural El Savor, y en las mañanas sirviendo café en la Plaza Mayor; durante un paseo con su hermano que lo visitó en vacaciones, fueron atacados a puñaladas por cuatro colombianos vinculados al tráfico de drogas. Nuestro amigo Legier murió en el acto, su hermano se salvó milagrosamente.

I

Mi pueblo natal se llama Moján (de Mohán, espíritu de las aguas en añúnnuku, lengua de raíz arahuaca, palabra que servía para designar a los sabios de las comunidades y que en Colombia la tradición católica demonizó). Allí, a finales de los sesenta e inicios de los setenta, todos nos conocíamos. El 90% de las familias llevábamos varios siglos establecidos en esta orilla deltaica del río Limón, antes nombrado Macomite o Macomiti por los ancestros originarios.

Algunos pocos eran recién llegados: andinos que vinieron cuando las dictaduras gochas, un médico alemán y su esposa enfermera huidos de las guerras, un viejo electricista inglés, unos cuatro o cinco italianos, un puñado de árabes que rodearon la plaza Bolívar con tiendas y dos panaderos portugueses. Guajiros (indígenas wayúu) no habían, salvo el maestro Ramón Paz y su hermana Aura, más un par de muchachos adoptados; colombianos teníamos dos que habían constituido familia con señoras mohanenses.

En aquél pueblito con menos de treinta calles no existía el robo, ni las drogas, ni la extorsión y los sicariatos.

Pero si llegaron a pasar cosas extrañas, como aquella vez que por las calles amanecieron deambulando una decena de hombres oscuros y andrajosos que nadie sabía de donde habían salido. Eran unos pobres enfermos mentales, sucios y hambrientos que un camión trajo desde la frontera con Colombia y los dejó tirados en las cercanas veredas rurales conocidas como “trochas”. Hubo hogares que entraron en pánico y pasaron días sin abrir sus casas ni enviar sus niños al colegio. Sentían la presencia de esos desdichados como una invasión. A otros, como mi grupo de amigos, nos asaltó la curiosidad, y hasta la compasión, cuando logramos entrevistar a uno de los “visitantes”, y su única respuesta fue un alarido desesperado: “tengo hambre”.

Confieso que ese grito lo seguí escuchando hacia mis adentros por muchos días con una mezcla de espanto y tristeza.

Las autoridades recogieron a los que pudieron y los llevaron al manicomio Los Manguitos en el municipio Lossada, mientras que el resto se dispersó por distintos caminos, incluida la Troncal Caribe, donde la generosidad natural los alimentó y hasta la jocosidad criolla los convirtió en personajes famosos.

Sólo años después, cuando aparecieron nuevas “delegaciones” similares, descubrimos que era una práctica institucional del vecino país echar para este lado a las desventuradas criaturas.

Y les puedo afirmar con absoluta certeza que hoy, al instante de escribir estas líneas, en el Hospital Psiquiátrico de Maracaibo un tercio de los pacientes son colombianos, como también lo son varios de cursantes del postgrado gratuito en psiquiatría, que ya por cierto hasta sacaron el Carnet de la Patria y les llega el CLAP.

II

Un estudio del impacto demográfico del llamado boom petrolero en Venezuela debería comenzar sin ninguna duda en Maracaibo, como aquí empezó en nuestras aguas del Golfo de Venezuela el levantamiento cartográfico el coronel Agustín Codazzi por instrucciones del Congreso de la República en 1834, sin mal no recuerdo.

Cuando en 1979 ingresé a estudiar economía en La Universidad del Zulia, conocí estudiantes colombianos en todas las facultades, la mayoría provenientes de humildes familias que en Colombia no hubieran podido estudiar más que un bachillerato o técnico medio elemental. Estudiaron gratuitamente y hasta gozaron de becas, se graduaron, algunos volvieron a Colombia a servirle a su país de origen, también los hubo que emigraron al norte e hicieron fortuna con la profesión que Venezuela les facilitó. Fueron miles.

En los últimos años de la década de los sesenta todavía la mayoría de la etnia wayúu vivía en Colombia, en un poco más de diez años la relación se invirtió y los wayúu colombianos vinieron a dar a Maracaibo junto a centenares de miles de afrodescendientes, mulatos y mestizos provenientes de toda la cuenca norte del río Magdalena y la costa caribeña donde se descarga.

Esa multitud inesperada, pobló un noroeste y oeste maracaibero que aún hoy parecen la traslación de una pobreza sempiterna y un caos urbano que ni la bonanza petrolera pudo terminar de maquillar.

El alto volumen del vallenato no nos dejaba escuchar el sonido de la historia que arrastraban estos expatriados, que preferían el pragmatismo de la sobrevivencia a la formal tertulia de presentación con los anfitriones.

En los productivos campos desde Mara al Catatumbo, pasando por la fértil falda perijanera, la peonada largaba sudores por una paga para mi injusta, pero para ellos tan bendita, que hasta les alcanzaba para enviar remesas a la familia allende la frontera. No sabían leer ni escribir, su firma era una equis mal trazada. Tuve el honor de compartir con esos campesinos por excelencia, a un grupo de ellos allá por el Socuy les leí en tres tandas, durante un descanso de Semana Santa en 1982, la novela Cien Años de Soledad; ellos me enseñaron los nombres de algunos árboles silvestres y me agasajaron con una sopa de rodilla de vaca y yuca asada con concha entre la leña.

Ese mismo año, al este de Caracas, varios cerros del sistema montañoso Guaraira Repano (mal llamado Ávila) habían sido deforestados e invadidos por miles de pobres venidos de toda la trágica geografía humana de Colombia. Petare fue siempre un bucólico pueblo en las afueras de la capital. Billo Frómeta le cantaba con su orquesta sabrosa. Alí Primera relató esa nueva realidad. Ahí el otro Petare, pistola y champeta.

III

A mediados de 1979, el recién invadido barrio Catatumbo, en el noroeste de Maracaibo, era una ranchería al estilo de las que levantaban los wayúu en los suburbios de Riohacha. Allí, bajo la sombra de un cují, la maestra Ana Clara Cohen, de Maicao, contaba a los niños la leyenda de Jepunschi, mientras la majayura Arelis Pocaterra enseñaba a hacer wayúu’ko, las muñequitas de barro; todos bajo la celosa supervisión de Nohelí, a quien acompañé en la organización del Primer Encuentro Nacional Indígena de Venezuela, que se realizaría en octubre de aquel año en Toro Sentao, un local de eventos en Paraguaipoa.

En pocos días la experimental escuelita Tepichi Palájana tuvo que recibir a una creciente nómina de niñas y niños no wayúu, la gran mayoría de familias colombianas afrodescendientes y mestizas que se multiplicaban a diario en el sector. Esa quizá haya sido la primera experiencia intercultural bilingüe en la ciudad.

Terrenos municipales, baldíos, particulares y hasta de la Universidad del Zulia fueron tomados por un fenómeno migratorio inusitado, al cual las autoridades de la época no prestaron la debida atención y que se convirtió en una forma de vida cuasi delictual para organizaciones binacionales bautizadas como “gánsteres del rancho”. Allí están esos conglomerados suburbanos como negación de todo urbanismo planificado y digno.

Mostramos esta cara de la moneda para invitar a pensar en la otra, la que dio origen a la diáspora de la pobreza que llegó para quedarse.

IV

La clase política y la burguesía colombiana nunca reconocieron este fenómeno de migración masiva hacia Venezuela. Los negaron, los invisibilizaron sistemáticamente. ¿Por qué?

En las páginas oficiales del Estado colombiano aparecían como destinos de su emigración Estados Unidos, España, Reino Unido, incluso México, antes que Venezuela. ¿Por qué ese algoritmo surrealista?

Una vez en un conversatorio en La Habana, con un selecto grupo de creadores y militantes latinoamericanos, Gabriel García Márquez nos confesó que él no era el creador del Realismo Mágico, lo hizo con insistente y tercamente hermosa humildad, como era todo su ser. El Gabo dijo que ese género literario lo habían inventado los campesinos colombianos en la época de la violencia conservadora, cuando a los sobrevivientes de una masacre los entrevistaron sobre el hecho y uno de ellos respondió: “Los muertos fuimos cinco”.

Pues los muertos fueron más de doscientos de miles, seis decenas de miles los desaparecidos, siete millones los desplazados internos, nueve millones los expatriados, de los cuales en situación de refugiados pasan del medio millón en por lo menos 30 países. La catástrofe humanitaria más atroz del continente. Para eso crearon el paramilitarismo, las masacres, fosas comunes, hornos crematorios clandestinos, la técnica del descuartizamiento de personas vivas, los “falsos positivos”; claro que con una ayuda de sus amigos gringos e israelitas.

La violencia oligárquica-imperialista es esencialmente inmanente al sistema impuesto en Colombia desde los tiempos de Santander. Y en el siglo XX y lo que va del XXI, esa oligarquía cínica y cruel, se anotó el récord más tenebroso que la historia continental haya conocido: aplicaron el terrorismo de Estado en forma depravada, mientras aparentaron ante el mundo ser un modelo de democracia representativa.

Elite bien formada en la academia burguesa nacional y extranjera, con una diplomacia profesionalizada, institucional, coherente y sostenedora del establishment, una fuerza armada clara en los intereses de clase que defiende y una concepción geopolítica apegada a la Doctrina Monroe, versus un pueblo acorralado por la propaganda sistémica, tras el triunfo del terror oficial de los patrones, con sus mejores hijos liquidados o desterrados, sin medios de comunicación populares o alternativos, con cientos de sindicalistas, periodistas honestos, dirigentes sociales asesinados con la participación directa o la cómplice omisión de agentes estatales. Ese si es un país normal, con perfecta separación de poderes: un grupito de familias que todo lo puede y todo un pueblo que puede nada. Ya lo cantó Hernando Marín.

V

No estoy acusando a la honorable señora Holguín, Ministra de Exterior colombiana, de ninguna de las atrocidades comentadas up supra. Pero como somos contemporáneos, no está de más recordar situaciones vividas en esa nada normal relación binacional. Fíjese que ya van apareciendo coincidencias.

Hacia el año 1996, siendo diputado a la Asamblea Legislativa del Zulia, asistí como delegado venezolano a una sesión de la Asamblea Regional Fronteriza del Parlamento Andino que se realizó en Riohacha, capital del departamento Guajira, que junto al del Cesar, formábamos el organismo consultivo del Pacto Andino. La reunión fue un fracaso estrepitoso por la insolente intentona de algunos abogados de proponer un adefesio de ordenanza “borrón y cuenta nueva” que “legalizaba” la circulación de autos robados en Venezuela, que de hecho circulaban en todo el territorio colombiano con la placa original, especialmente en estos departamentos fronterizos.

Por supuesto protesté enfáticamente la afrenta y casi salí linchado del debate. Las calles de Riohacha eran un espectáculo insólito de la capacidad de ilícito a que puede llegar una sociedad sin el menor estupor. Me tocó increpar a uno de los caudillos guajiros que ostentaba una flamante camioneta Toyota Samurái negra último modelo cuyo robo días atrás dejó a una familia enlutada en Maracaibo.

Algún caso similar ocurrió recientemente donde aparece de beneficiario un alcalde de esa misma zona.

Las estimaciones de carros robados en Venezuela en las décadas de los setenta, ochenta y noventa, que fueron a parar al mercado de aguantadores de Colombia, gran beneficiaria de nuestro desangramiento, arrojaron la gigantesca cantidad de entre sesenta y ochenta mil vehículos; incluso la mafia que allá manejaba el negocio llegó a reexportar ediciones de lujo a lejanías insospechadas como Lima o Guayaquil, amén de abastecer las informales ventas de repuestos de todos los caminos desde la Costa Atlántica hasta el Meta.

Hace unos días entre los noticieros pasaron un video musical sobre una bicicleta donde me pareció ver una de aquellas camionetas Ford que aquí el gobierno importaba para los ganaderos, no pude dejar de recordar a las miles de víctimas del robo de autos en Venezuela, porque esa era una de las marcas preferidas de los que allá las pedían por encargo.

Por entonces se desarrolló la pericia para la guerra comercial y monetaria que en los últimos cinco años nos aplicaron tan bárbaramente desde la hermana república. No entro en detalles porque ya he escrito mucho sobre el tema y estoy cansado del caradurismo y la ingratitud.

VI

Ustedes la oligarquía colombiana está tan acostumbrada a abusar, que están convencidos que lo normal es que los demás les aguanten sus abusos. Ustedes bombardean con sorpresa, saña y nocturnidad a un país vecino violando su soberanía territorial y mancillando su dignidad; ustedes fomentan el militarismo en la región como peones del imperialismo al dejar instalar bases gringas que ya sabemos para lo que sirven; ustedes con ese crónico complejo de ¿superioridad? que padecen desde el virreinato se arrastran a la OTAN para que les deje entrar al club así sea como limpiabotas; ustedes infiltraron miles de paramilitares en Venezuela para desatar la violencia criminal como arma de desestabilización psicopolítica en nuestra población; ustedes envían parte de su producto nacional emblemático, la cocaína, a través de Venezuela a propósito, para corromper funcionarios, aumentar el crimen y estigmatizarnos como país de tránsito del narcotráfico; ustedes nos han amenazado en la voz directa de un senador y ex presidente con mucha influencia en el sector militar y paramilitar con una agresión armada; ustedes se prestaron y se beneficiaron del saqueo de nuestra gasolina, alimentos, medicamentos, y todo tipo de bienes robados a Venezuela a través del “bachaqueo”, y atacaron desleal e ilícitamente nuestra moneda para quebrar la economía y hacer caer al gobierno bolivariano; ustedes han entrenado y financiado al fascismo opositor que siembra de perturbación la vida nacional.

Ustedes han sido la sede operativa principal de toda la conspiración transnacional contra la Revolución Bolivariana desde el 6 de diciembre de 1998 y un poco antes, inclusive. Pasado el carnaval de la OEA ya las máscaras están de sobra.

Con el debido respeto,

Yldefonso Finol

Militante bolivariano

P.D. Me preguntaba si eso de las “relaciones normales”, son algo así como las de los militares y los guardaespaldas gringos con alguien allá, o de la justicia de allá con unos coroneles israelíes entrenadores de sádicos descuartizadores, o la singular relación del país que normalmente es el principal narcotraficante del mundo, con el adalid de la lucha antidrogas, normalmente el mayor consumidor…no sé, ilústreme distinguida Canciller.

Sólo la verdad histórica forma pueblos libres.

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