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La grieta en las cavernas de la crueldad

Por Claudia Rafael  
(APe).- Hubo un tiempo en el que todo el peligro provenía del afuera. Bajo el cobijo de la tribu, en cambio, todo estaba regido por hábitos y vivencias que se repetían atávicamente. Era posible el abrazo. Que, además, era concebido como imprescindible. El enojo de la naturaleza, el ataque exterior o la guerra eran los piedrazos sobre la mansedumbre. Ahí estaría el germen del conflicto. De la mano del sedentarismo llegarían otro tipo de organizaciones basadas en las jerarquías y en un orden piramidal que tendería –sistémica y humanamente- a la permanencia.
El contrato social debía entonces mutar severamente. Hasta la semilla de un Estado cada vez más potente a la hora de monopolizar la ley. Un Estado que “se erige y asume el carácter de control institucional y no institucional, irrumpe en contra de la persona humana a la que ultraja en su dignidad y arroja a situaciones escabrosas”, definió Elías Neuman. ¿De qué manera? Simple: expropia el ojo por ojo, diente por diente y lleva su aplicación a límites impensables. Si es necesario, más allá de la vida.
La historia de la humanidad ha aportado generosamente a esas prácticas la materia prima sembrada y criada en sus propios márgenes. Ha recortado derechos. Y ha tronchado sueños y utopías. Pero a la vez, con los siglos, ha perfeccionado sus herramientas con un rigor digno de admiración.
En los viejos tiempos de la esclavitud persistía para la víctima, del otro lado del túnel, una luz que representaba al embrión de la libertad. Que prometía revoluciones y anunciaba arcoiris emancipatorios. El sistema entonces debió aceitar sus engranajes y corrigió levemente esa condición. Era peligrosa la luz del otro lado de las cavernas. Y amasó amorosamente los barros de la humanidad hasta parir la exclusión. Los excluidos son los marginados. Los que están del otro lado de los límites férreos de las instituciones. Constituyen un más allá que no ofrece retorno. Son los sin trabajo, sin identidad, sin techo, sin sueños, sin futuro. Por lo tanto, constituyen el objeto más preciado de la violencia institucional y estatal. Porque componen a los olvidados del progreso, categoría necesaria a la vez para que los incluidos tengan a la mano un espejo claro en el que no querrían reflejarse jamás. Espejos que tienen nombres, historias, amores y una entera vida que un mal día dejó de ser. Pero que están más allá de todo territorio.
***
“Un 23 de marzo ingresa F.V. a un Instituto de máxima seguridad Menores de La Plata. Tiene 17 años. Lo traen esposado con las manos atrás, lleva una capucha negra en la cabeza, va en silla de ruedas. El grupo Halcón que lo viene trasladando desde el conurbano se mueve de a diez, con armas largas y en dos autos. Cuando lo bajan, lo hacen pararse recto. Para moverlo F.V. siente que una turba de pies le patea los tobillos recién operados, hasta que pasa la puerta del Instituto, donde le sacan la capucha pero lo ingresan solo a una celda”. F.V. no surgió de la dilatada imaginación del defensor oficial Julián Axat. F.V. es. Siente. Respira. Y cuando Axat le preguntó por “curiosidad” “si sabe qué pasó hace 36 años” F.V. “me dice que no lo sabe. Trato de explicarle, pero no sé si me entiende”.
F.V. se parece a tantos. Ezra Pound dijo alguna vez que “es difícil escribir un paraíso cuando todas las indicaciones superficiales hacen pensar que debe describirse un apocalipsis”. F.V. nació y creció en las aguas de un apocalipsis de las que difícilmente logrará escapar.
Marcos tiene también 17 años. Vive en María Susana, un pueblito de apenas 3000 habitantes, en Santa Fe. Lo golpearon brutalmente dentro de una comisaría. Trompadas, rodillazos hasta perforarle los intestinos. Lo arrancaron de la entrada de un pub y se lo llevaron. Pasaron a disponibilidad a dos suboficiales y trasladaron al comisario y a dos sargentos.
El ministro de Seguridad provincial, Leandro Corti, dijo luego que “si bien todavía no hay algún grado de precisión y claridad de cómo sucedieron los hechos, sí nos preocupa la manifestación que se dio en esta localidad por este conjunto de vecinos”. La pueblada de más de 200 vecinos alzaba su grito contra los apremios. El ministro puso las cosas en su lugar.
Las geografías del apocalipsis de Pound se multiplican. “Doña Claudia, vaya que al Diego le han pegado feo”, le dijo el amigo de su hijo. Golpeado y torturado en la comisaría séptima de Catamarca, Diego fue llevado al hospital en coma irreversible. Murió dos días más tarde. En la misma Catamarca en la que en septiembre murieron devorados por el fuego cuatro chicos en la Alcaidía de Menores: Franco Sosa, Franco Nieva, Nelson Molas y Nelson Fernández –de 16 y 17 años- ardieron en las llamas de la crueldad.
La gobernadora Lucía Corpacci pasó a disponibilidad a 14 policías. Y dijo que “quiero que sepan que este gobierno no va a tolerar de ninguna manera que hechos como éstos vuelvan a pasar. Una policía que golpea no es la policía-institución que este gobierno quiere”.
Algunas horas más tarde, un joven de 25 años denunciaba haber sido víctima de apremios ilegales en la comisaría sexta de Catamarca.
Son los harapos que sobreviven o mueren en la crueldad. Las hilachas que emergen del carbón y del fango. Huraños de vida, asoman desde las puertas maltratadas de la historia y constituyen el objeto privilegiado de la perversidad. Hay una sola grieta, decididamente profunda, decía Benedetti. Y es la que media entre la maravilla del hombre y los desmaravilladores. Señoras y señores, a elegir de qué lado ponen el pie.
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