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La dura tarea de escribir y quedarse en el limbo de la no publicación

Tito Alvarado

En un pequeño mundo de siete mil millones de seres humanos o al menos con apariencia de ser seres humanos, hay de todo lo que la mente humana pueda imaginar: buenos hijos que matan a sus padres, políticos y burócratas que entran en las redes de la corrupción, seres dedicados a los calvarios del alma, le arruinan la vida a sus clientes, asesinos en serie que reciben el premio Nobel de la Paz. Como no todo es negro ni todo es blanco, también se dan esos personajes que iluminan el espacio que ocupan o mueven fibras de humanidad en la gente, son los menos, pero son los más necesarios.

Si se nos ocurriera, en los márgenes de la cantidad de siete mil millones de gentes, mirar el mundo en cifras, pudiéramos decir que en este mismo momento hay más de diez millones de parejas haciendo el amor, fácilmente una cifra situada en los cien millones está aplastando a otros muchos, sea como atraco a mano armada, como pelea callejera, como arranque de furia y como algo más perverso y es la sistemática manera de aplastarte en el trabajo con los golpes bajos de hacerte producir a un ritmo animal por una paga de sobre vivencia. Podemos seguir enumerando posibilidades, en un cuento de nunca acabar, y con seguridad tendríamos varios cientos de miles haciendo lo mismo. Entre tanta gente que hay, algunas personas estarán haciendo aquello que rompe la capacidad de imaginar.

Entre los diez mil escritores desconocidos que se requieren para que uno tenga fama y viva de su trabajo, como mínimo habrá mil que están en la tarea de publicar su último libro y si lo extrapolamos a los siete mil escritores y escritoras que triunfan hay setenta millones en el más absoluto anonimato, siete millones de ellos en este preciso instante están buscando un editor o inventando la forma de hacer llegar su trabajo a un lector, invento que la más de las veces se queda en sueño apachurrado por la cruda realidad

Publicar un libro requiere la coincidencia mágica de tres vectores que casi siempre transcurren paralelos: el haber escrito un libro con una cierta calidad literaria, tener, el autor, los contactos necesarios con una editorial o mejor aún, tener un agente literario y que el libro escrito sea publicable según la discutible opinión del editor. El primer vector resulta casi como arañar un vidrio, si es verdad que en literatura no hay nada escrito, también debiera ser verdad que en la viña del señor hay de todo. De los cientos de miles de libros que se publican, una mayoría es prescindible, tal o cual libro fue publicado por una apuesta al futuro, donde el saber no es más que una creencia, un gusto, efímero parecer subjetivo, pues eso tan recurrido de la calidad literaria es un terreno de arenas movedizas, donde se empantanan los mejores lectores. El segundo vector nos indica que si cuentas con el pedigrí de la cuna o te haces a las patadas un espacio y entras al limbo o te sacas la lotería de encontrar un agente que se ocupe de aceitar la máquina a cambio de una comisión, lograrás que una editorial te lea y eso te acerca un milímetro más a la ansiada publicación. El tercer vector, tiene una relación con el primero en lo referente a eso ambiguo llamado calidad literaria o criterio del editor, la más pura subjetividad para definir quien entra al limbo o quien queda en el infierno del rechazo. Ha ocurrido que autores hoy famosos fueron rechazados no en una sino en varias editoriales, pero peor aún también ocurre que se publican obras que ni de cerca ni de lejos tienen la aureola bendita de la calidad literaria. La más de las veces el futuro libro vale más o vale menos por asuntos externos al valor literario intrínseco en la obra. Un editor no es más que un ser humano con un cierto conocimiento y unos ciertos gustos, lo cual significa que puede acertar o equivocarse como cualquier lector frente a una copa de vino.

Si nos guiamos por los principios de la mecánica cuántica, hay tantas probabilidades de que una pelota atraviese una muralla como de que un escritor publique su obra a la primera tentativa. Y sin embargo la pelota atravesó el muro, pudiera decirse, pues a veces ocurre lo que a todas luces parecía imposible.

El peor de todos los escenarios es haber escrito un libro, de calidad, y no tener editor ni saber si el libro merece ser publicado. En esto de merecer nos encontramos frente a las leyes del mercado, pues editar libros es un negocio y para que lo sea debe el rentista-editor asegurar que su inversión tendrá réditos. De los cientos de miles de libros que se publican cada mes, hay una cuota superior escritos pero que nunca tendrán la forma de libros ni llegarán a ese ansiado y mítico público. Esto no significaría nada si no pudiéramos imaginar la Biblioteca de Alejandría ardiendo, setecientos mil pergaminos consumidos por el fuego, cientos y hasta miles de años de conocimiento perdidos bajo las llamas. Un libro que no se publica es una posibilidad perdida, un libro que arde antes de ser libro. ¿cuántas Bibliotecas de Alejandría arden cada año?

En mi calidad de lector he tenido la fortuna de leer muchos libros posibles, que jamás vieron ojos de editor. Digamos, por ejemplo, el libro La segunda venida de Cristo, su autor fue C. Inostroza, más considerado loco que escritor. El libro merecía la gracia de ser publicado, antes el autor debía revisarlo y pulirlo, sacándole los ripios del mal gusto y la fijación sórdida por el sexo, consejo que Inostroza se empecinaba en no escuchar, grave error de ego. El tema era reflejo de una imaginación tan portentosa como enferma. La segunda vez que Cristo venía a la tierra era mujer y negra y llegaba a una villa miseria en algún punto indefinido del Buenos Aires que Inostroza tenía en su cabeza. El resto es una trama de hechos sorprendentes sacados de la realidad. Mi conclusión es que los lectores hubieran disfrutado un libro de aventuras y cuestionamientos de lo establecido por los poderes y a la vez hubieran proyectado en su mente visiones diversas del terror que significa vivir al margen de la vida.

Otro libro inconcluso, que llegó a mis ojos y leí con placer mientras disfrutaba una pizza en uno de los tantos restaurantes de la calle Corrientes, relataba una historia en una Guatemala acosada por los sátrapas que allí hacen su agosto cada día del año. Su autor, G. Ardila, era un señor que jugaba a ser humilde y hacía pesado el tratar con él. Su novela inédita tenía indudables méritos y los defectos de quien no tiene seguridad en lo suyo. Son los ripios de palabras puestas en lugar equivocado, repetidas o faltas menores que se pudieran arreglar si el autor se atreviera a considerarse escritor. Me pidió, entre remilgos y pesadeces de quien posa de humilde, que leyera su novela. Me entregó dos que tenía foliadas en un solo paquete. La portada era la invitación perfecta a no leer, debí armarme de infinita paciencia y omitir la desagradable sensación de tocar grasa cuando puse mis manos en ese plástico delgado y transparente que servía de protección y acumulador, para mayor mal, había algunas páginas al revés. Francamente un desastre, en cambio la narrativa tenía fuerza y la trama era verosímil. Los lectores de este libro hubieran sufrido siguiendo la tragedia de sus personajes y aquilatado la conducta de los mismos como un ejemplo de lo que se pudiera imitar y lo que se debiera combatir, aún cuando su autor no estaba situado en las lides sociales, la trama de su novela no escapaba a la tragedia de su país natal.

Lamentable que estos escritores de talento no hayan aprendido que en esto de la literatura no hay nada escrito ni se les haya cruzado por su cabeza que los pobres, sean trabajadores a sueldo fijo o escritores en el sueño de ser publicados, no tienen ninguna puerta abierta. Ante la puerta cerrada no queda otra alternativa que la fuerza de la unión con los otros, en un amplio río que riegue los valles de la mente y le abra ventanas a la vida. Ellos vivieron los trabajos de poner en papel su imaginación, sintieron aquel deleite de soñar con su publicación, pero no lograron abrir a costa de insistencia, contactos, agentes o patadas, la puerta de alguna editorial. Quizá nunca supieron de las cifras del desprecio ni se enteraron de las leyes que rigen el mercado del libro. Sufrieron en silencio la última descarga, la de la desilusión y tiraron su obra al pozo del olvido.

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