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La ciudad envuelta en llamas

Ahmad Yacoud

A las siete y media de la mañana del pasado miércoles se anunció el alto el fuego que entraría en vigor una hora y media después. Así, simplemente, a las nueve, se pondría fin a la catastrófica tragedia que duró ocho días y puso las ciudades de Gaza bajo las llamas. Al día siguiente se hablaba de tregua, pero también se intensificaban los bombardeos. Y yo lamentaba las últimas víctimas que caerían en ambas orillas del fuego en el último segundo antes de que dieran las nueve.

Quien inventó el termino de alto el fuego acertó con la palabra. Bajo fuego casi constante he vivido esta semana con mi esposa, mis tres hijos y el millón setecientos mil habitantes que residen aquí. Gaza (la Franja de Gaza) no es un país como tal: no tiene ejército, ni aviones, ni submarinos, ni baterías antiaéreas o antimisiles.

Gaza no tiene ni un solo refugio entre cuyos muros proteger a los niños, las mujeres, los ancianos y los enfermos. Gaza no tiene ni una sirena de alarma para avisar de los ataques. Pero sí tiene una herencia grande de dolor, angustia, heridas y fuego, mucho fuego, que lleva años ardiendo dentro, desde las leyendas cananeas, judías, cristianas y musulmanas hasta nuestros días. Bombardeos, explosiones, movimientos sísmicos, alarmas de ambulancias y de bomberos, gritos de vecinos, ladridos histéricos de los perros sueltos en las calles de Gaza, la Gaza envuelta en llamas. Y mucha sangre y lágrimas inocentes vertidas.

Por suerte o por desgracia vivo en el undécimo piso de un edificio de 12 apartamentos, situado en un vecindario junto al mar que ha sido muy castigado por los ataques israelíes. Mi esposa fue operada una semana antes de los bombardeos y no puede moverse bien, así que duerme sola, mientras nuestros tres hijos y yo descansamos sobre colchones en el suelo. El más pequeño reposa sobre mi brazo derecho, Linda sobre el izquierdo y Adonis un poco más lejos.

Estos días yo no cerraba los ojos, acuciado por los pensamientos: «¿Qué hago si bombardean el apartamento?», repetía mirando con angustia las caras de mis ángeles dormidos, esperando sólo que acabásemos salvándonos. Una noche escuché el zumbido de un drone (un avión no tripulado estaba muy, muy cerca. Al mismo tiempo oí a los perros que ladraban por el estruendo, y luego el murmullo del viento. La puerta de la habitación se entreabrió. De repente estalló un relámpago y después un trueno. El edificio tembló como un péndulo. Mis tres hijos son Adonis, de ocho años, Linda, de seis, y Nadim, que cumplirá dos dentro de un mes. Cuando caen las bombas se ponen amarillos, corren sin dirección, son incapaces de llorar y me miran a los ojos, haciéndome sentir impotente por ser incapaz de protegerles. Para intentar aliviar la presión que sufren les digo que griten, que canten las canciones infantiles que les gustan. Ha sido muy difícil afrontar esta situación con mis pequeños y actuar con equilibrio y serenidad, intentando ocultar la tragedia que me estallaba por dentro.

Durante ocho días no pude dormir hasta las cinco de la madrugada a causa del estruendo de las bombas. Todas las ventanas de la casa estaban abiertas para disminuir la presión de las explosiones, todas acabaron rompiéndose. Durante ocho noches mi sirena de alarma fue el ladrar de los perros, el movimiento de la puerta, el viento que producía el caza F-16 con su velocidad ultrasónica. Yo sentía que estaba recibiendo un mensaje, que estaba siendo golpeado con medidas de castigo colectivo y tenía que estar aterrorizado. Debía obedecer, rendirme, porque ellos me consideran un retrasado mental, y en vez del electro choque estaban utilizando el fuego-choque para planchar mi conciencia, para que deje de hablar de emancipación, de justicia social, de auto determinación e independencia.

A las nueve de la noche, cuando el alto el fuego entró en vigor, toda Gaza salió a las calles gritando, bailando, disparando balas al aire, festejando un carnaval de amor a la vida, tal vez diciendo que todos queremos vivir. Pero el alto al fuego, la tregua y los acuerdos temporales no van a durar mucho. Serán violados por el simple hecho de que no se ha hallado una solución justa y duradera para el crónico conflicto que asola esta tierra desde hace 60 años.

Ahmad Yacoub es escritor palestino residente en Gaza.

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