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La búsqueda del diablo

Paul Fortis

Autor salvadoreño

               La Búsqueda del Diablo.

 

 

    A mi me dieron señor,  la orden que lo matara, que me deshiciera del sujeto en cualquier circunstancia y lo mas pronto posible;  pero que mi deber primordial era mantener mi vida ya que yo había sido el fundador de las escuadras “Caza Perros”.

 

  Eso de que le bajen una misión así es algo delicado. Cada vez que se supiera de la ubicación del objetivo tenia que seguir los pasos de toda misión: Apreciado de la situación, estudio del terreno, estudio de las fuerzas enemigas, tiempo atmosférico, topografía del terreno, puntos de contacto y re contacto, retirada, medios disponibles, tiempo, etc.; etc.; y todos los pasos que se siguen en una operación militar especial. Sabia bien que era una operación supe importante para nuestra lucha y que por lo tanto la dedicación y la mística eran cosas que estaban por sobrentendido.

 

  El enemigo era nada mas uno; pero a ese uno había que aumentarle todos los dígitos habidos y por haber. Al perro aquel lo cuidaban hasta cuando iba a cagar, tenia fuerzas especiales para que lo guardaran cuando dormía y siempre salía, según el informe, con traje completo antibalas, era así como un robot blindado y el mas criminal que pudo haber parido la lava hasta aquel entonces.

 

  Decidí hacer un estudio profundamente inquisitorio y de esa manera comencé  acercarme a su pasado.  Para dicha operación tenia que usar diferentes coberturas, disfraces y paciencia. Sabía bien que correr en un espinero sin zapatos es doloroso; pero muchas veces habría que hacerle cara fuerte al dolor aun cuando se te frunza el trasero y bueno el que se mete a Cristo no debe extrañarse de que exista una infinidad de cabrones que deseen crucificarte.  El viejo de mierda aquel no se daba ninguna publicidad, la única que se conocía era que era el jefe de los torturadores y que así había llegado al grado de general y que al mismo tiempo le decían “El Hombre del Machete,” porque no gastaba balas en los prisioneros aduciendo que había que ahorrarle al erario nacional y que por otro lado no le gustaba salir de las barracas del cuartel,  que cuando salía lo hacia bien disfrazado y en carro blindado o en tanqueta, entonces no era nada fácil caerle a dicho animal luciado. Pero todo fiera tiene su cazador  -me decía a mi mismo-, una vez le encontremos su pastadero no habrá que luciarlo de nuevo, en la misma oscuridad le daré su lechuga.

 

   Panchita era la segunda en mando de la escuadra, cinco hombres y dos compañeritas que eran las más preciosas joyas que alguien puede encontrar en el inmenso océano de la lucha. Habíamos quedado de reunirnos en el punto “X” exactamente a determinada hora. Ahí estábamos todos, chequeados y contra chequeados y con la cobertura de encuestadores del gobierno los unos y encuestados los otros. Para nosotros siempre fue necesario tener una historia en cada momento de encuentro y una historia mas en el caso de que fuéramos entrevistados por las autoridades lo cual por suerte y cuidado hasta hoy nunca nos ha sucedido, sabíamos como religión que el chequeo y contra chequeo eran partes de nuestra vida y que lo mejor siempre fue tratar de aparentar lo que no éramos. El primer punto de discusión fue analizar los medios disponibles y decidir cuales eran posible usar. Julio expreso que no podíamos tomar decisiones sobre los mismos sin antes saber el paradero de tal hijo de la gran puta; sin embargo -exclamo Bombocho- debemos saber con que contamos, antes de comenzar la operación. Sabiendo la clase de sabandija que era dicho cabrόn, el mando nos había autorizado: un RP-G2, una Uzi, un par de Galiles, tres Papagayos y nuestras armas personales que no bajaban de .45 y 3. 57 Magnum, además de los explosivos de fábrica y caseros que siempre teníamos a nuestra disposición. Terminamos la reunión repartiéndonos las tareas las cuales más que todo consistieron en recopilación y procesamiento de datos y la nueva reunión el día “tal” en el punto “A”. El día llego como todos, ni la jefatura, ni los “Cazaperros” teníamos la mínima idea del paradero del futuro difunto. Solo sabíamos que moriría del mal del olvido (se lo olvidaría respirar después de nueve cuetazos en la frente). Un día me fue entregado un papel por alguien que no conocía personalmente; pero a quien había visto en algún rincón universitario. Comunique al mando la información y ellos ordenaron chequear el lugar. Sabíamos que en las cercanías de dicho lugar había una cancha de basketball, dado a ello dos compañeras y yo nos encalzonetamos y partimos en nuestro carrito “gorrioncillo pecho amarillo” que habíamos recuperado y cambiado de color y placa como un ano antes. Llegamos a la cancha como a las dos de la tarde y observamos la casa: una casa blanca con túmulos militares, con una sola calle de llegada y al menos en ese momento no sabíamos si atrás de la residencia habían otras calles. Gastamos esa tarde; pero no vimos ningún movimiento. Nos retiramos, dimos el informe y se nos ordeno mantener la vigilancia.  No regresaríamos como deportistas, eso sería como ir vestidos de basquetbolistas a la tumba. Inventamos una nueva forma y decidimos ir a vender la “Atalaya”. Esta vez tomamos el bus y solo íbamos Panchita y yo. Ella vestida de blanco y sandalias amarilla y yo con pantalón gris y camisa blanca manga larga abotonada hasta el cuello. Algunas gentes de las cercanías nos la compraron ya que nuestra forma era vender al “Señor” contra los comunistas que tanto mal hacían a la nación y tanto mal habían hecho a la humanidad. Decíamos que Hitler había sido comunista y que era nuestro deber propagar la paz en el mundo en el nombre de “Jehová” nuestro Dios. Así pudimos llegar hasta “La Casa Blanca”;  pero de mala suerte, por obra del Señor  solo una secretaria saliό para decirnos que apreciaba lo que hacíamos; pero que los patrones no estaban, que andaban de viaje (por la lava), pensé. De regreso pasamos por una tienda que estaba como a cincuenta metros de dicha casa y nos pusimos a platicar con la muchacha que vendía. Nos tomamos una gaseosa y le preguntamos que quienes eran la gente con las que podríamos platicar sobre organizar la Iglesia Cristiana de la comunidad y ella nos contesto que bien podría ser, que la gente en la comunidad estaba harta de la iglesia católica comunista. Después de haber platicado por largo rato le preguntamos que quienes eran los extranjeros que vivían en la casona blanca ya que podríamos comprarla para el templo, ella contesto que no eran extranjeros sino que era casa de reuniones del Partido de Gobierno y que difícilmente la venderían; pero que había otras casas que a buen precio podrían ser adquiridas. Nos dio su teléfono y le dimos el nuestro y el de Los EE. UU., por lo cual quedo muy agradecida. Después de ello regresamos a rendir el informe. De nuevo se nos ordeno mantener la vigilancia lo cual tomando las precauciones necesarias lo hacíamos llegando a la tienda a vender nuestra “Atalaya”. Esta vez tuvimos suerte, pudimos ver y secretamente tomar algunas fotos de los movimientos de entrada y salida de la mansión. Con ello regresamos de nuevo y cuando revelamos los negativos pudimos ver que nuestro objetivo había tomado parte de la reunión de ese día. Algo nuevo sucedió. Bombocho al ver las fotos nos dijo que había visto a dicho sujeto llegar a determinada casa de la colonia tal. Al informar,  la jefatura nos ordeno alejarnos de la casona y establecer vigilancia continua en el segundo punto. Durante la noche lo vimos llegar y por la mañana vimos a las vendedoras locales tocar la puerta y ofrecer ventas a la señora de la casa, supuestamente la querida del hombre del machete, salir embatada y comprar algunas verduras. Informamos de nuevo y se nos ordeno la acción. Esta vez nos reunimos en un convento local a planificar. Bendita seas iglesia que al fin sirves a algo útil exclama Panchita. El plan fue el siguiente: las dos compañeritas irían vestidas de vendedoras con canastillas y algunas verduras, debajo de las mantas en las canastas llevarían sus armas. Bombocho estaría con la Uzi y en caso que el viejo no saliera entrarían los tres a la casa y lo ejecutarían donde lo encontraran,  Julio se quedaría en el carro, Luis haría vigilancia en la esquina y Mario y yo cubriríamos la retirada. Llegamos a reconocer el lugar la noche anterior y durante nuestra observación de cuatro horas lo vimos llegar. El viejo se había disfrazado de viejita,  lo vimos bajar de un carro viejo que luego se retiro, chequeamos bien el terreno y pudimos ver que no había perros ladrando por ningún lugar. Nos retiramos a nuestra casa de seguridad, cenamos y después revisamos e hicimos un simulacro de nuestra acción. Las armas estaban bien limpias y aceitadas en espera de ser usadas.

 

   Era viernes13. Alas cinco de la mañana habíamos ocupado cada uno los respectivos lugares. La acción seria a las seis y treinta y las muchachas caminarían desde el carro unas dos cuadras hacia el lugar del golpe. Los minutos se hacían horas. Veía el reloj a cada instante. A las seis y media recorrí de nuevo nuestras posiciones y vi como Panchita y Julia se bajaba del carro con sus canastitos de vendedoras. Bombocho detrás de un almendro esperaba a que las muchachas tocaran el timbre. Al doblar la esquina las muchachas comenzaron a gritar: cuajaditas, aguacates, fruta fresca…cuajaditas, queso fresco, mantequilla. Al llegar a la puerta tocaron el timbre y se retiraron unos cuatros pasos, no va a querer cuajaditas, aguacates, queso fresco. La puerta se abrió y vimos salir al viejo en bata a pedir que le enseñaran las cuajaditas. Aquí las tenemos le dijeron las cipotas y cuando el viejo se agacho a ver los canastos una ráfaga lo hizo trepidar y caer de bruces casi encima de una de las cipotas. La Panchita sacó su browning y lo termino de persignar. La acción duro menos de medio minuto y cubriendo nuestra posición las vi pasar hechas liebres acompañadas por Bombocho y seguidas por nosotros hacia el carro.

 

   Las luces de la colonia aun estaban encendidas. No eran todavía las siete de la mañana de aquel viernes 13.


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