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Juan

hombre

por Alejandro Jusim

Juan era un tipo sencillo, luminoso, nacido a la ternura y no había en su vida ni una piedra que pudiera deshojarle su gesto poderoso de pierrot de las mañanas.

Les digo que era, no porque haya muerto, sino que en una sombra descuidada de esas tantas, la sonrisa se le andaba escabullendo como gas entre las ganas, para volver, cada tanto, en un disfraz de espuma que se iba desgranando en un suspiro.

Su vida no era muy diferente a la de los otros Juanes, las madrugadas eran apenas el prólogo de una jornada áspera, donde habría de gastar la energía proletaria en rutinas de trabajo por el pan de cada día, ese bendito pan nuestro de cada día, que cada vez era más día y menos pan.
Pero así y todo, Juan tenía su secreto escondido en la esperanza, el sabia del elixir que le hacía soñar con madreselvas, aunque solo tuviera algún cardo entre las manos.

Pero acaso fue en algún abismo trasnochado, que a Juan se le cambio la mirada de rocío por un par de nubarrones de silencios, tan lejanos como ausentes de soles de praderas florecidas.

A Juan le gustaban los pájaros, el soñaba cada hora batir sus manos de poeta y sentarse en algún cielo a conversar con los gorriones, contarles de su elixir, cantarles la alegría en cada estreno de alas nuevas nacidas en el vino magistral de primavera, saber más de la palabra del hornero y amasar el barro cotidiano del amor en cada poro.

¿Será que en un disparo de locura se fue vistiendo de hosquedades y deshoras?, nada era lo suficientemente cierto, nada era claro, si hasta su elixir le sabía al agua derramada en las canillas de algún puerto vacío de veleros.

Claro que el hombre no era de esos que encerrados en un vaso miraban caminar la luz por las ventanas, él tenía en las manos su propia bendición de luces nuevas y andaba repartiendo guirnaldas de cada camino en melodía, entregando su vientre preñado de ilusiones a quien fuera portador de amaneceres.

Hoy, precisamente, alguien me pregunto por Juan, ¿por dónde andaba?, que hacía rato que en las calles nadie oía sus lunáticas pisadas. Dicen que deambula lejos, olvidado de las tardes y los robles, que navega acorazado en su barco de papel blanco de letras, que se fue una madrugada enojado de su enojo taciturno.
Yo sé que está volviendo, que mañana llegara en una sonrisa a poner el mantel sobre la mesa y en cada plato de cristales de arcoíris, dejara una flor, una alegría y así dará el festín, para su amor, para la vida.

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