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Historia inconclusa

Nechi Dorado

 

La pelota comenzó a girar desenfrenada, daba vueltas y vueltas y en sus giros despertaba a la sorpresa que cada día parecía ir muriendo un poco. En ese juego extraño, más parecido a un ritual en honor al inframundo, desde la panza de la inmensa pelota se abrieron las puertas de algún infierno.

 

Desde allí, un monstruo sin sangre,  se abalanzaba con ansias devoradoras sobre todo lo que emitiera latidos.
Desde las costuras del enorme balón asomaba el Centimano haciendo uso de su enorme poder, tragándose a  la humanidad con la misma táctica y estrategia con que el ajedrecista mueve las piezas del tablero, posicionando al  Rey que tiene la propiedad de avanzar en cualquier dirección.
El Centimano entró adonde quiso, hizo lo que quiso y dejó sembrado, lo que quiso. Dicen que llegará el día de su derrumbe, que está a la vuelta de la esquina, otros dicen que tardará un poquito más pero que su fin es inexorable.
No lo se, de momento sólo puedo ver que la enorme  pelota, desgajada,  fue envuelta en una nube de odio, de irracionalidad, de humo sofocante y del elemento más contaminante que pueda existir: la indiferencia que actúa en unidad con la tibieza de quienes no se animan a aprovechar el calor de la atmósfera cuando el horno se enciende.
Sin embargo y por suerte, esta historia, aún, está inconclusa…
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