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Historia de un ladrón de almas- Entrevista a Carlos Chernov

 

 

*Por Mónica López Ocón

 

Una leyenda aborigen –afirma Carlos Chernov–, dice que cuando nacen gemelos uno de ellos no tiene alma. Entonces, para evitar que se endiable, es decir, que el diablo ocupe el lugar vacío, los sacrifican a los dos.” Él reconoce en esta leyenda el germen de su novela, El desalmado. Su personaje, Ricardo, hermano gemelo de Eduardo, como no tiene alma, debe alimentarse de almas ajenas y, en su afán de apoderarse de ellas, amparado en su condición de médico, comete una serie de crímenes. Es un indio pilagá el que lo inicia en esta práctica. Además de escritor, Chernov es psicoanalista. Eso hace que resulte una tentación tratar de rastrear en su escritura la huella de su otra profesión. La tentación es más grande aun cuando se trata de un tema como el del doble, largamente tratado por el psicoanálisis. Sin embargo, lejos de “ilustrar” una idea a priori, el escritor trabaja desde la literatura misma y lo hace con una imaginación desbordante, tensando las situaciones al límite y llevando el relato al terreno de lo brutal, lo excesivo, lo que parece un signo distintivo de su escritura.

–¿El desalmado es una vuelta de tuerca sobre el tema del doble? –Sí, entre otras cosas es eso. Siempre me pareció algo raro el efecto siniestro que causa el doble. Hay muchas explicaciones para este efecto, pero a mí la que más me cierra es que no ser únicos es como un anticipo de la muerte. ¿En qué piensa uno cuando piensa en la muerte, en todos los placeres que se va a perder o en la muerte del Yo, de ese sujeto único e irrepetible que es uno mismo? Pero si ya hay otro que es uno mismo, esto es una anticipación de que no somos únicos e irrepetibles. Hay clásicos del doble, como Maupassant, Poe, Dostoievski y tantos otros. Otto Rank, por ejemplo, escribió un libro cuyo título es precisamente El doble, pero yo nunca pescaba por qué, por ejemplo, el William Wilson de Poe producía ese efecto siniestro. La relación que el doble tiene con la muerte puede ser una explicación. –En El desalmado hay una imaginación explosiva que se evidencia, por ejemplo, en el personaje del indio pilagá. ¿Cómo surgió la idea de esta novela? –Creo que surgió al enterarme de la leyenda aborigen sobre los gemelos. Eso me venía bien para darle lugar al otro tema del libro, que es el tema del alma, un relato sumamente inverosímil y destinado a consolarnos por nuestro inevitable enfrentamiento con la muerte, con la finitud. Creo que el disparador fue la reunión de esas dos cosas. Nosotros no somos aborígenes que creemos esas cosas, entonces hay que hacer como una transculturación para que el lector que no está transculturado lea eso y se lo crea. Por eso me gustó jugar la posibilidad de que el personaje estuviera loco. Pero, en realidad, si uno se pone a analizarlas, comprueba que todas las creencias humanas, todos los relatos, tienen un lado loco. –¿Qué relatos incluís en la clasificación de “locos”? –Las religiones, ciertos aspectos de la ciencia… –¿Cuáles? –La ciencia está influida por cuestiones ideológicas, no sólo políticas, sino también de género. Por ejemplo, se supone que el espermatozoide entra como una especie de ariete en el óvulo y lo fecunda, cuando parece que es al revés, que el óvulo lo atrae y lo captura. Es decir que la primera concepción, que era la que se difundía cuando yo estudiaba Medicina, estaba teñida de machismo o por lo menos trasladaba la función penetrante del pene al espermatozoide como si fuera una ecuación. Esa versión es la que se creyeron porque era la que sonaba más verosímil. Después, investigando, se ve que no es así, que la verdad no es lo que parece, que las apariencias engañan. –El tema del alma tiene una larguísima tradición filosófica. ¿Qué es el alma en tu novela? ¿Es el Yo, la identidad? –Si, de otra manera me parecía imposible representarla literariamente. Si la hubiera tomado como el soplo vital o el alma inmortal, si me hubiera remitido a Platón, Aristóteles, Plotino o las miles de concepciones que hay sobre ella no me hubiera servido para representar la metempsicosis, es decir, el traslado del alma de un cuerpo a otro. Aparte, me gusta la idea de que en el pecado está la penitencia. Ser un ladrón de almas tiene que tener un costo. Además, me interesaba descomponer la identidad en sus identificaciones porque uno tiende a pensar que es un individuo, es decir, que está indiviso, pero en realidad está formado por múltiples fragmentos, de distintos estratos, de momentos de la vida, de identificaciones. –Es decir que uno es una multiplicidad unificada por el pronombre “yo”. –Exactamente, es una especie de ficción de uno mismo, es el relato de uno. El relato del sujeto es el yo, es lo que permite decir “yo soy así”. Hay una función de síntesis del Yo porque si no, sería insoportable la angustia de verse a uno mismo como un montón de fragmentos. El Yo es un relato que nos sirve para sobrevivir y andar por la vida más o menos tranquilos. –En la novela también hay otro tema que está encarnado por Eduardo, el azar. ¿Cómo juega ese tema en la novela? –No lo sé. Siempre me interesa destacar el papel del azar. El personaje de Eduardo es una especie de soporte de eso. El azar es un poco la entropía, el Diablo o la desgracia. Este personaje se entrega al azar, no le opone resistencia, quiere tener una pérdida total del control. Y así le va, porque al final el azar siempre termina mal. De todos modos, creo que lo tomé tangencialmente, pero me interesaba mencionarlo porque es muy importante. Yo soy psicoanalista y a veces hay gente que consulta por un sentimiento de soledad. Cuando esa persona sale de su neurosis, queda en condiciones de encontrar su amor. Pero haber salido de la neurosis es una condición necesaria para encontrarlo, pero no suficiente, porque luego interviene el azar. Aunque en el concepto romántico del amor existe la media naranja, el gran amor, en realidad, cuando uno está en condiciones de tener una pareja se encuentra con diversas personas y tiene que elegir alguna y ahí se terminó la historia. El gran amor es el que te tocó. –Si uno cree que todo es obra de un plan divino, el azar no existe. Pero si uno no cree en el plan divino, entonces todo es puro azar y esta idea es tan angustiante como la de la fragmentación. –Sí, por eso resulta tan insoportable la teoría de Darwin o la de la muerte de Dios, porque al no haber plan divino, puede pasar cualquier cosa. De hecho, pasa cualquier cosa. Podríamos decir que entonces la vida no tiene sentido, que es otra manera de angustiarse. –Leyendo El desalmado recordé una película de Woody Allen, Zelig, el hombre camaleón que adoptaba diferentes personalidades de acuerdo al entorno. –Sí, Ricardo es un Zelig y aquí hay algo interesante, porque para la crítica se supone que el personaje de una novela tiene que crecer y este personaje no crece, cambia todo el tiempo, es un camaleón, tiene identidades múltiples. –En tu literatura siempre hay algo brutal. ¿Reconocés esto como una característica de tu escritura? –Sí, siempre me pareció que suavizar las cosas y usar eufemismos es mentir, entonces digo las cosas como las veo, lo cual puede ser angustiante, opresivo. Probablemente las cosas no sean así, pero así es como las veo. Creo que hay mucha brutalidad y que esta brutalidad es propia de la vida. Basta salir a la esquina para darse cuenta. Y como eso es insoportable, siempre queda un poco velado, oculto. –Antes de comenzar a publicar escribías poesía. Cuesta imaginar cómo sería la poesía de alguien tan narrativo. ¿Era una poesía narrativa? –Creo que no. Me gustaba Ernesto Cardenal, por ejemplo. Leí mucha poesía mientras escribí poesía. Los que más me gustaban eran Pound, Eliot o Wallace Stevens, generalmente yanquis que leía en traducciones. Escribí poesía entre los 18 y los 25. Terminé un libro, Movimientos en el agua, y nunca lo publiqué. Luego, a los 25 me recibí de médico, me puse a trabajar y estuve como diez años completamente apartado de la literatura. Ni siquiera leía ficción, sino sólo psiquiatría y psicoanálisis. Como así me sentía muy mal, volví a escribir y, no se por qué, empecé con narrativa. No tengo la menor idea de cómo funcionan esos mecanismos. –¿Cómo se compatibiliza la profesión de psicoanalista con el hecho de ser escritor? –Me costó muchos años poder ejercer las dos profesiones. Cuando empecé a escribir nuevamente, lo hacía sólo en las vacaciones y no por falta de tiempo, sino porque no podía compatibilizar la identidad del señor serio, psicoanalista, que gana dinero con su tiempo y la otra identidad de artista loco que anda perdiendo el tiempo haciendo apuestas en el aire sin saber si alguien le interesa lo que escribe. Llegaba marzo y dejaba de escribir. Anatomía humana, que ahora se va a reeditar, por ejemplo, lo escribí en cuatro veranos. Llegó un punto en que tardaba tanto en leer lo que había escrito el verano anterior que ya no podía escribir. Y así fue como la literatura entró también al año lectivo. Después, durante mucho tiempo, me molestaba que me atribuyeran que los libros estaban muy llenos de psicoanálisis. Creo que no es así, pero el autor es el que menos puede opinar sobre eso. Siempre valoré la novela de imaginación que me parece lo más difícil. Ahora, que estoy escribiendo una novela autobiográfica, me siento más cómodo porque sé de qué trata, conozco los lugares. En mis novelas anteriores, en cambio, me sentía más perdido porque tenía que inventar. –¿Y ahora cómo es la relación entre el psicoanalista y el escritor? –Las dos profesiones se amigaron. Por ejemplo, en la novela que estoy escribiendo ahora, hay una mujer que ha tenido un aborto. Creo que si no fuera psicoanalista, no me daría cuenta del peso traumático de un aborto. Hay ciertas cosas que te da la profesión, cosas que si fuera ingeniero no las sabría o sólo tendría la aproximación de la experiencia. En cambio, como psicoanalista he sido testigo de duelos terribles. No sólo me refiero al tema del aborto, sino a muchos otros. Hay cosas que sólo se comprenden cuando se ha escuchado a mucha gente. –¿De qué forma se da en la práctica la separación entre ambas profesiones? ¿Sos metódico y tenés un horario establecido para cada cosa? –No, no soy metódico. Al principio escribía de noche. Ahora estoy más cansado, por lo que trabajo menos y también escribo durante el día. Me acostumbré a una escritura en los intersticios. Escribo cuando se va un paciente y dejo de escribir cuando llega el siguiente. –¿Cómo es la construcción de una obra de largo aliento como una novela? –Mis novelas parten de montones de notas acumuladas, unas 300 o 400 páginas de anotaciones. Son anotaciones sueltas, escenas, características de personajes, recuerdos. Luego agrupo esas anotaciones temáticamente o por escenas del relato. Ese es el material en bruto de la novela. En una época tenía carpetas de las que se usan para guardar cheques, carpetas con muchos folios e iba distribuyendo las anotaciones en cada uno. Acumulaba material para cuatro o cinco novelas, aunque estaba escribiendo una sola. Ahora, lamentablemente, no tengo tantas novelas en estado latente, sólo una o dos. Como acumulo tanto material, en el momento de ponerme a escribir no tengo página en blanco. Lo que se me plantea entonces es qué lugar le doy a cada nota, dónde la ubico. A veces me paso cambiando de lugar las notas mucho tiempo en lugar de escribir que es mucho más difícil. –Es decir que para vos el trabajo de una novela es, sobre todo, un trabajo arquitectónico. –Sí, tiene mucho de arquitectura, pero es una arquitectura que no tiene muchas reglas establecidas. El otro día estaba leyendo sobre Milorad Pavic, el autor de Diccionario Jázaro. Él hace construcciones complicadísimas, libros con forma de crucigrama y tiene una novela policial con 100 finales distintos y que quería publicar en 100 libros diferentes. Él tiene sus propias “arquitecturas”. Lo mismo sucede con Rayuela. Se trata de construcciones particulares, con reglas propias, pero si no hay una arquitectura la novela se desmadra y no va para ningún lado. –¿Y qué pasa con el cuento? ¿Qué determina que elijas un género u otro? ¿Hay anotaciones que terminan siendo cuentos y otras que terminan siendo novelas? –Sí, pero la mayoría comienza por lo que van a terminar siendo, no sé por qué. Si es corta, va a ser un cuento porque yo no tengo la idea clásica acerca de este género, es decir, la idea de Poe, la idea del cuento como mecanismo del que hay que saber el principio y el final. Yo creo que soy más bien un novelista que a veces escribe corto y a veces escribe largo (risas). Hay quien dice que la poesía es lo más difícil, que en nivel de dificultad luego viene el cuento y que la novela es lo más fácil. Yo no creo que sea así. Como decía Mailer, me parece que es más difícil escribir bien a lo largo de 300 páginas que a lo largo de 20. Seguramente un cuentista nato diría que soy un animal. –¿Qué te reprochan exactamente cuando te dicen tus novelas son muy psicoanalíticas? –Me han dicho, por ejemplo, que los personajes son muy perversos. Pero, justamente, los perversos no van al psicoanalista. La que va es la gente común, que tiene angustia, problemas amorosos, conflictos con la pareja o con los hijos. –¿Y cómo incide tu profesión de escritor en tu ejercicio del Psicoanálisis? La gente, después de todo, va al psicoanalista a contar sus relatos y quizá no sea lo mismo contarle esos relatos a un escritor que a alguien que no lo es. –Sí, de hecho algunos de mis colegas me derivan pacientes que no andan bien con las cosas que habitualmente dicen los psicoanalistas. Seguramente dicen: “Se lo derivo a Chernov a ver si le dice algo que yo no le haya dicho.” De todos modos, el Psicoanálisis es como una payada, es algo de a dos. Hay pacientes que relatan mejor y otros, peor, algunos hacen que se te ocurran cosas maravillosas y otros, no tanto. Sí creo que incide el recorrido de lecturas. Me parece que es mejor un psicoanalista que leyó mucho a uno que leyó poco. Freud, Lacan y compañía eran enormes lectores. Me parece que Wittgenstein da en la tecla cuando dice que el psicoanálisis es una rama de la estética.

*Fuente: http://tiempo.infonews.com/2012/03/04/suplemento-cultura-69220-historia-de-un–ladron-de-almas.php

 

 

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