Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

Harán latir las sienes de las estatuas

 

Sonia Arismendi

Hacía sus ejercicios matinales puntualmente pasando de visible a invisible con rapidez. Era muy metódico y pese a su depresión por la partida de su amigo, cumplía sus rutinas. El otro había desaparecido dejándole como recuerdo la habitación con todo lo que contenía. Se despidieron con cierta angustia por parte de él y con ansiedad por el cambio el otro. Había vuelto a la soledad Se impuso salir a caminar por las calles, lo cual siempre le había divertido, pero ahora lo hacía con desgano, sin regocijo. No reía en silencio como antes, no daba saltitos graciosos ejercitando su cuerpo invisible para todos los que iban  a su lado. Caminaba sin rumbo y volvía al cuarto vacío. Debo hacer algo, pensó. Empezar otra vez a disfrutar solo. Por un momento emitió destellos azules para afirmar su decisión, pero se apagaron en segundos. Irme a otro lugar. Cambiar todo. Eso, pensó, eso es lo que debo hacer. Esa noche descansó inquieto, A la mañana luego de sus ejercicios, partió. Subió a distintos vehículos , instalándose entre la gente, que de pronto se removía inquieta, por un roce inesperado. Fue cambiando para no aburrirse y luego de varias opciones, eligió el móvil conducido por un anciano que llevaba un niño a su lado. El se sentó atrás. A los pocos minutos notó que el niño lo miraba fijamente con la cabeza ladeada y un ojo azul. No me ve, se dijo. Pero el ojo azul seguía fijo en él. Se removió nervioso y pensó en retirarse, pero no quería hacerlo. De golpe el niño desapareció. Se encontró solo con el conductor que no lo miraba. Sintió una presencia a su lado. Una mano recorría su cara. No pudo reaccionar, estaba atemorizado. La mano terminó su inspección y una voz joven le preguntó hacia dónde iba. A cualquier lado, pensó. Lejos, tanto como pueda. Estaba abrumado y no reaccionaba ante la voz que surgía de la nada. Porqué lo haces, preguntó la voz interesada. Soy muy infeliz, contestó sin palabras. Puedes viajar con nosotros si quieres, dijo la voz con tono invitante. Mi abuelo y yo vivimos en el móvil. Quiénes son ustedes preguntó casi lloroso. El niño apareció de nuevo y sonrió al vacío. Somos como tú. Viajamos todo el tiempo. Adoptamos estos cuerpos porque es más fácil para moverse entre los humanos. Tu deberías tener otro cuerpo también, observó con voz clara.  Él estaba tan desconcertado que tomó su forma natural sin proponérselo. El niño lo saludó gravemente y el conductor emitió un gruñido de bienvenida sin mirarlo. Algo empezó a cambiar en él por primera vez desde que su amigo lo dejara. Estaba emocionado. El otro lo miró y por un momento pasó a su forma real. No era un niño. Era un adulto y muy agraciado. Sus colores naranja y amarillo eran cálidos. Se sonrieron mutuamente y el otro fue un niño otra vez. El conductor por un instante, fue un anciano de color azul. Lo saludó con otro gruñido y volvió a su estado anterior. Había empezado otra etapa. Se sintió reconfortado y comenzó a meditar que forma adoptaría. Una mujer pensó de golpe. Una mujer joven. Será divertido como experiencia.. Se acomodó en el asiento del móvil con una sonrisa invisible en la cara. Estaba casi feliz.
*De Sonia Arismendi. soniaris@adinet.com.uy
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