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Hacer otro arte y pensar otra estética

Alberto Quiñónez, tomado de Rebelión Hacer y pensar el arte han sido dos instancias de la estética en los que tradicionalmente se ha mantenido al margen al receptor, al público o consumidor del valor del uso de la obra artística. En el momento actual, el mantenimiento de una estética que siga ignorando el papel activo del receptor resulta congruente con la consolidación del carácter mercantil del arte y con la tendencia antidemocrática, cada vez más palpable, de las industrias culturales.

Es hasta la segunda mitad del siglo XX, de la mano de teóricos como Robert Jauss y Wolfgang Iser, que cobra cuerpo una estética de la recepción, que reivindica el papel del receptor como una instancia imprescindible del acontecimiento estético propiamente dicho. El momento de la recepción de la obra de arte es, para esta estética, un momento preñado de una sustancial actividad hermenéutica, a partir de la cual el receptor dialoga con el productor.

Adolfo Sánchez Vázquez1, filósofo marxista, criticará esta estética de la recepción por asignar al receptor un papel activo sólo en el plano de la interpretación de la obra artística y no sobre el proceso material de creación. La calidad de agencia del receptor está limitada a la incidencia sobre el producto artístico terminado y no sobre su proceso mismo de producción. Es decir, el receptor es rebasado por la actividad material del productor, del artista.

En consonancia con la impronta vital de cambiar un orden vigente, caracterizado por un elitismo artístico, social, político y económico, una nueva estética –como praxis y como reflexión- se vuelve necesaria. Es precisamente Adolfo Sánchez Vázquez quien propondrá, frente a las limitaciones de la ya mencionada estética de la recepción2, una práctica estética en la que el receptor sea a su vez partícipe, hacedor de la obra de arte, artista, desplegando así sus cualidades creadoras.

El arte contemporáneo, por sus características técnicas, sobre todo en el performance, el land art y las intervenciones, es quizá donde mayores posibilidades existen de llevar a cabo prácticas artísticas orientadas a la recuperación del hacer colectivo y participativo. Igual potencialidad permiten los elementos ideológicos que están detrás del quiebre con el arte moderno de vanguardias: desmaterialización de la obra, dilución del autor, intersección técnica, preeminencia de lo conceptual, negación del contenido estético, entre otros3.

Pero la recuperación de las prácticas artísticas colectivas y participantes, en el plano del arte contemporáneo, también implica resistir a la tendencia hacia la mercantilización que en esta manifestación artística ha sido muy fuerte. No cabe duda que un bastión tanto del ímpetu mercantil del capitalismo como de planteamientos filosóficos distópicos, propios del posmodernismo menos radical y más mediático, ha sido y lo es aún en gran escala, casi de forma inconsciente, el arte contemporáneo.

Abriendo al antiguo receptor el ámbito de la producción material –o inmaterial- de la obra de arte, se propicia una nueva forma de concebir el producto artístico no sólo como medio de identificación, empatía o convergencia, sino como objetivación de la capacidad creadora del propio receptor, siendo ya éste creador. Tal estética no es ya una estética de la contemplación o de la recepción, sino una estética de la participación e incluso de la colaboración.

En este sentido, puede hablarse de una socialización del arte, es decir, de una relación dialógica entre el creador y el receptor –conceptos que serían ya cuestionables- donde ambos son asimismo su contrario. Este diálogo no debería implicar una actitud pasiva por ninguna de ambas partes, sino una actitud activa esencial que sea la realización del acontecimiento estético, como manifestación particular de la praxis, y, más fundamentalmente aún, la ejecución de un encuentro eminentemente humano.

La socialización del arte, que va más allá de la pura masificación del espectáculo artístico y, también, más allá de la mera intervención colectiva en la producción de la obra, tiene hoy grandes oportunidades gracias a la generalización de las nuevas tecnologías de la comunicación; pero, valga la paradoja, es ahí donde encuentra también sus principales amenazas. La infravaloración de las técnicas tradicionales del arte puede hacer de la socialización más bien una chata vulgarización.

Para salvar este riesgo, un arte con tales características debe tener claro que la sola intervención o el hacer colectivo no son garantes de una participación verdadera. La relación que debe existir entre el creador y el receptor deben ser mutuamente nutricias, dialógicas, es decir, debe establecerse una colaboración horizontal en la que ambas partes puedan hacer de la obra un medio de su propia realización, es decir, una forma de plasmación de sí mismos.

Ciertamente, un proyecto con tal sentido es complejo y posee de forma innata muchas dificultades, pues se enfrenta no sólo al embate de las instituciones culturales –tradicionales y contemporáneas- sino también a la conciencia enajenada de las masas receptoras. Pero eso no significa que un proyecto así no sea sólo deseable, sino también posible. En el plano artístico, ésta es una exigencia de los tiempos y representa un compromiso que deberían asumir los movimientos emancipatorios.

Una socialización del arte en sentido emancipatorio debe, por tanto, partir de una estética que reconozca la importancia del receptor y que reafirme la participación de éste en el proceso de creación artística. No se trata de difundir masivamente el arte o de sólo criticar las industrias culturales, sino de que el ser humano explotado, marginado y humillado, aporte, desde las trincheras de la praxis artística, a la construcción de una nueva –y mejor- sociedad.

Notas:

1 Sánchez Vázquez, A. De la estética de la recepción a una estética de la participación. UNAM. México D. F., 2005.

2 Ibíd.

3 Massota, O. “Después del pop nosotros desmaterializamos”. Extractos de conferencias. 1967. Cfr.: Lissitsky, E. El futuro del libro. New left review. 1967.

Alberto Quiñónez. Miembro del Colectivo de Estudios de Pensamiento Crítico (CEPC).

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