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Frases de la vida

Gabriel García Márquez

 

Hay en México un dicho tan hermoso como enigmático: “El que come y canta, loco se levanta”. Siempre he tenido curiosidad de averiguar su origen, aunque pienso que es una deformación poética de otro dicho español: “Al que come y canta , un sentido le falta”. Comer cantando fue uno de los sueños de la infancia, sueño tan prohibido como tantos otros, pues siempre se nos dijo que cantar en la mesa espantaba a los duendes. Estamos llenos de frases como ésa desde el nacimiento. La costumbre de vivir con ellas, de regir por ellas nuestra conducta, se atribuye con demasiada facilidad a los abuelos, cuando en realidad es la vida toda que nos llena con ellas en cada instante. Los viejos refranes españoles fueron los primeros y tal vez los que más temprano nos despertaron el sentido de la poesía. “Culos conocidos de lejos se dan silbos” Las madres que no querían ver a sus hijas coqueteando en la calle, viendo bailes ajenos por las ventanas, tenían una manera de disuadirlas: “El buen paño, en el arca vende”. Para referirse a alguién muy atolondrado, decían : ” Es de las que confunden el culo con las témporas”. Durante muchos años lo oí decir, y nunca tuve el cuidado de averiguar qué eran las témporas, hasta hace muy poco tiempo, cuando una necesidad del oficio me obligó a preguntárselo al diccionario, y éste me contestó : “Tiempo de ayuno que prescribe la Iglesia en las cuatro estaciones”. La absoluta falta de relación entre los dos términos del refrán me hizo apreciarlo más de lo que ya lo apreciaba desde niño. No todos los refranes españoles estaban al alcance de los niños, por supuesto. Había uno bárbaro pero indiscutible: ” Más pueden dos tetas que dos carretas”. Los valencianos decían lo mismo, pero más a la valenciana : “Tira mes un pel de figa que una maroma de barco”. Para hablar de una mujer que nunca se puso ropa fina, decían :” A la que nunca llevó bragas, las costuras le hacen llagas”. Sin embargo,casi tan deslumbrantes como los refranes son las desfiguraciones que suelen hacer de los más corrientes. “Ojos que no ven, pisan mierda”, dice uno. Y otro, muy chulo, de Madrid: “Mal de muchos apidemia “. Y otro, de un realismo inclemente: “Al que a un buen árbol se arrima, si no lo ve nadie, orina”. Un escritor original tituló su libro reciente : Cría ojos. Con todo, en materia de desfiguraciones, ninguna me parecieron tan divertidas como la que hacíamos en la juventud a las obras de misericordia : visitar al desnudo, enterrar a los enfermos, dar posada a los muertos, dar de comer a los agonizantes. Las posibilidades eran enormes, y cada quién las arreglaba como mejor convenía a sus gustos. En Mexico- tierra de grandes dichos- hay uno estupendo para referirnos a algo que nos deja indiferentes: “Eso me hace lo que el viento a Juárez”. El origen, de acuerdo con un informador bien ilustrado, fue un huracán, en Oaxaca, que arrasó con toda la población pero dejo intacta, en la plaza Mayor, la estatua de don Benito Juárez. El más certero de los refranes que recuerdo es del departamento colombiano de Antioquía: “Habla más que un perdido cuando lo encuentran”. Ramón Gómez de la Serna -a quién algún día habrá que reinvindicar como uno de los grandes escritores de lengua castellana- nos llenó la adolescencia de frases hermosas con sus mejores greguerías. “El melón sabe a fresca y limpia madrugada”, dijo . Y otra : “La flauta canta por la nariz”. Y otra, entre miles: “Puso a secar tantos guantes que parecía haber recibido una ovación de aplausos”. Por la época que las greguerías estaban de moda, una generación entera de poetas colombianos dio en la flor de jugar con las palabras. Arturo Camacho Rodríguez, cuya inteligencia del idioma asombraba a todos, hizo conversaciones de frases corrientes: a la vida social la convirtió en la socia vidal, a Santa Teresita la convirtió en tanta cerecita, y al contralmirante Piedrahíta, en el almirante Contrahíta. Con esa técnica hizo la mejor: “Se botan forrones”. Al poeta Jorge Rojas se le atribuyen dos frases de aquella cosecha. Una : “La tortuga es una totumma llena de lentitud”. Y la otra: “La sirena no abre las piernas porque se quedó escamada”. La cartilla de leer había marcado la pauta con aquellas frases, que no pretendían más que aliteraciones útiles, y sin embargo, se asomaban a los límites de la poesía : “Otilia lava la tina”, “La mula va al molino” , “El adivino se dedica a la bebida”. Ya de adultos, la publicidad nos ha ido llenando la vida de frases y consignas que terminan por ser refranes de nuestro tiempo. Durante muchos años, una empresa aerea se anunció con una frase que se incorporó a nuestro hablar cotidiano: “Volar es natural en los holandeses”. La imagen del holandés errante, que tal vez nace dentro de nosotros, se hizo más vivída con esa frase, que al fin y al cabo no decía una verdad. Durante la segunda guerra mundial, una famosa marca de cigarillos se vió obligada a quitarle a su cajetilla el color verde tradicional. “El verde se fue a la guerra”, fue la explicación publicitaria. Se decía de un modo corriente que tarde o temprano su radio sería un Philips, o que había un Ford en su futuro, aunque en el fondo del corazón todos sabíamos que no era cierto. En Colombia, en cambio, una compañía de seguros contra incendios concibió la frase de la verdad: ” El fósforo tiene cabeza , pero no tiene corazón”. Los sabores, los sonidos y los olores nos han obligado siempre a forzar el idioma para describirlos. Hace muchos años, en una alcoba ajena, oí durante toda la noche a un cordero amarrado en el patio que lanzaba un bálido idéntico y de una regularidad inclemente. La dueña de la alcoba, deslumbrada por la simetría de aquel lamento, dijo en la oscuridad : “Parece un faro”. Hace menos años, en Paris, la bella y voluntariosa Tachia Quintana improvisó una tisana con cuantas hierbas secas encontró en los armarios, y cuando la probé creí encontrar la descripción exacta: ” Sabe a procesión”. Por eso entendí tan bien al Che Guevara cuando probó la primera bebida que se hizo en Cuba para sustituir la Coca–Cola , y lo dijo, sin vacilar: “Sabe a cucaracha”. Nadie, que se sepa, se ha comido una cucaracha, pero es difícil que alguién no entienda a que sabía aquel refresco nuevo. Cuántas veces hemos tomado un café que sabe a ventana, un pan que sabe a baúl, un arroz que sabe a depósito, una sopa que sabe a rincón. Un amigo probó en un restaurante de París unos esplendidos riñones al jerez, y dijo , suspirando: “Sabe a mujer”. En un ardiente verano de Roma probé una vez un helado que no me dejó la menor duda: sabía a Mozart.

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