Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

Entre nosotros

 

                                                                                                      Marcelo Colussi
–¿Fuma compadre?–
–Le acepto uno–.
–¿Y tiene para mucho aquí?–
–Veinticinco años–.
–¡Puta! Es mucho–.
–Sí …. pero nunca se sabe. Si tengo que estar todo ese tiempo… No, ni pensarlo–.
–¿Se va a fugar entonces?–
–No sé–.
–Yo, si todo va bien, en un año estoy afuera–.
–Lo felicito–.
–Che, ¿y por qué no nos tuteamos?–
–Bueno, tutiémonos. ¿Cómo me dijiste que te llamás?–
–Enrique. Enrique Cabrera–.
–Ah–.

–Y vos… ¿Tadeo… qué?–
–Wrotlzinsky–.
–¡Puta, qué difícil!–
–Decime “polaco” nomás–.
–¿Y por qué estás aquí, polaco?–
–Por vender flores, no. Te lo aseguro–.
–Me imagino. ¿Vendías droga entonces?–
–No…. nada que ver–.
–¿Entonces?–
–Me jodieron, me traicionaron–.
–¿Quién?–
–Peces gordos–.
–No te entiendo–.
–Sos muy tiernito vos. ¿Conocés algo de política? ¿Por qué estás aquí?–
–Robé un banco. Bueno, ayudé a robar. Yo era campana, ¿viste? Y a mí también me jodieron, me traicionaron. Por eso, mientras los hijos de puta esos se quedaron con todo, a mi me mandaron a morir. Me agarraron, pero como no pudieron comprobarme casi nada, me dieron dos años y medio. Por lo menos la saqué barata–.
–¿Pero te comiste ya más de un año adentro entonces?–
–Sí–.
–¿Y cómo aguantaste?–
–Uno se acostumbra a todo. A esta porquería también–.
–Yo no pibe, a esto no me acostumbro. Yo, que en mis buenas épocas era brazo derecho del general Cutuli, yo no me voy a podrir acá adentro. No sé cómo, pero de aquí me voy, che–.
–Pero entonces, ¿por qué entraste?–
–Como te decía, me traicionaron. ¿Escuchaste hablar del general Cutuli, no?–
–Sí, claro. El que fue ministro no sé de qué–.
–De la Defensa–.
–Sí, ése–.
–Bueno, yo era del grupo de tareas que él manejaba. Catorce hombres a mi cargo llegué a tener. ¡Catorce! Y no sabés la cantidad de guita que manejábamos–.
–¿Y qué hacían, polaco?–
–¡Vendíamos flores, boludo!–
–Dale, ¿cómo van a vender flores? ¿Qué hacían, polaco? Dale, contame–.
–¿Y para qué querés saber?–
–No sé, como empezamos a hablar. La verdad que me gustaría saber cómo un tipo bien relacionado como vos tiene que comerse veinticinco pirulos de cárcel. ¿Qué pasó, polaco?–
–Yo no me los voy a comer, te lo aseguro–.
–Bueno, si vos lo decís. ¿Pero por qué te abandonaron entonces?–
–Uh, es tan difícil saberlo…. Porque yo no soy de la crema, como ellos–.
–No te entiendo–.
–Mirá, pibe. En política, como en todo, o estás arriba –que son los menos– o estás abajo. Y si estás abajo, estás para sufrir, para joderte. Para trabajar como animal nomás, mientras los de arriba se llevan todo–.
–¿Y no lo sabías?–
–¡¿Qué?! ¿Ahora me vas a venir a enseñar?–
–Es que… me parece tan lógico eso, polaco. ¿No me digas que recién ahora que te jodieron vas a descubrir eso?–
–¿Y vos qué hacías antes que te agarraran?–
–¿Pero no me ibas a contar cómo llegaste acá?–
–Sí, tenés razón. Es que hablar de esto me pone mal, ¿viste? ¡Es tanta la bronca!–
–Bueno, por mí no hay problema, che. Total, ya vi tantas veces cómo los de arriba te joden siempre…. Una vez, cuando estaba más pibe, hasta casi me meto con un grupo de esos que estaban a favor de cambiar esas cosas, de que los ricos repartieran la riqueza y todo eso–.
–¿Comunista?–
–¡No! Después vi cómo era la cosa; eran de la guerrilla, y me cagué todo–.
–¿Pero qué pensás de eso que te decían? –
–Bueno…. yo me crié en una villa miseria, ¿sabés? ¡Vos no te imaginás cómo nos cagábamos de hambre con mi familia! Mi viejo murió cuando yo era chiquito. Y mi viejita trabajaba como un animal; lavaba ropa me acuerdo. ¡Pobrecita! Todavía tengo presente cuando vino a verme por primera vez aquí. No podía creer que me hubiera metido en estas mierdas. Es que lo hice para ganarme algún centavo, ¿viste? Yo la veía a ella, con los siete hijos que éramos, siempre endeudada, sin tener qué comer, muertos de frío. ¡Qué mierda! …. ¿Vos viviste alguna vez en una villa miseria?–
–No–.
–Entonces no sabés lo que es la pobreza, viejo–.
–¿Y vos sí?–
–¡Sí ….. lamentablemente! ¿Sabés quién vivía en la villa miseria donde yo me crié?–
–¿Quién?–
–Maradona–.
–No digás, che–.
–Sí. Era buen tipo. Después zafó, ¿viste? Pero no todos podemos hacer igual. Yo también jugaba fútbol. Y te puedo asegurar que no era malo. Y había uno –el “Sapo” le decíamos– que era fenomenal. Mejor que Maradona, creéme. Pero viste cómo son las cosas –vos recién lo decías–: si estás abajo, estás para sufrir, para joderte, y muy poquitos, poquitísimos pueden zafar. El “Pelusa” tuvo suerte; pero ¿cuántos seguimos en la villa miseria? Todos. El “Sapo” creo que después andaba de basurero. Y chupaba. Ahora hace mucho que no lo veo. Y era mejor que Maradona, creéme. Pero todo el circo está bien armado, ¿viste?–
–¿Entonces vos sos medio comunista?–
–Eh, no. ¡Pará viejo! ¿Qué me querés decir?–
–Y, digo nomás…. ¿De dónde sacás eso que es todo un circo, y que los de arriba siempre joden a los de abajo?–
–Padre: lo dijiste vos eso–.
–…… Tenés razón–.
–¿Y vos sos medio comunista?–
–¡Que te parió! ¿De dónde? Si yo siempre me dediqué a reventar comunistas–.
–¿Eso hacían entonces en el grupo de tareas con el tal general Cutuli?–
–¡Sí! ¿Y qué? ¿Te parece mal?–
–¿Y por qué los reventaban?–
–Puta, ¡cómo jodés con tus preguntas vos!–
–Tranquilo, polaco. Dale: convidame otro cigarro y sigamos hablando tranquilos, che. ¿Y cómo es eso que reventaban comunistas?–
–¿Y no viste que el país estaba en guerra?–
–Si, claro–.
–Bueno, o estabas con unos o con otros, ¿no?–
–Claro–.
–Yo estaba con los que reventábamos comunistas. Porque estos tipos son una mierda, te lo aseguro. Son ateos, y lo único que quieren es crear el caos–.
–¿Y para qué?–
–Eehh….. bueno, porque son así–.
–¿Y para qué quieren crear el casos … ¿cómo se dice? Caos. ¿Para qué, polaco?–
–¡Y qué se yo! Eso me dijeron siempre, ¿viste?–
–Ah–.
–Quieren expropiar todo–.
–¿Y qué es eso?–
–Quiere decir que le van a sacar a los que tienen plata–.
–¿Van a repartir? ¿Entonces mi viejita va a poder zafar y pagar todas las putas deudas que tiene?
–No, no. Le van a quitar a todos, quiero decir–.
–¿Y a mí qué me van a poder quitar? ¿A los de la villa miseria mía qué les van a quitar?–
–No, no es así. A todos los van a joder. Porque los comunistas son mala gente, te van a hacer trabajar a la fuerza–.
–¡Ojalá tenga trabajo, polaco! Vos sabés que hace cuatro años que no puedo conseguir un puto trabajito decente. Me la rebuscaba lavando autos, cuando podía. Ojalá me dieran trabajo, ¡qué bueno!–
–Sí, pero después te tenés que afiliar al partido comunista–.
–¿Y eso es malo?–
–Esteeee, sí. Claro, es malísimo. Y después terminás siendo vos también comunista–.
–¿Pero los comunistas no son los que quieren que se termine la pobreza?–
–Mirá: eso no sé. Pero lo que a mí me enseñaron es que te obligan a repartir las cosas, y si no estás con ellos te revientan–.
–Como ese general Cutuli–.
–Sí. Digo: ¡no! ¿Qué querés decir?–
–¿Pero no es que ese Cutuli está acusado de asesino?–
–Eso dicen los mierditas esos de los derechos humanos–.
–¿Pero es asesino o no el fulano?–
–Bueno, el nunca hacía los trabajitos sucios. Para eso estaba yo, ¿viste?, y mis muchachos–.
–¿Y a vos te gustaba hacer eso?–
–Si no sé hacer otra cosa, hermano ….–
–¿Vos sos milico?–
–No. Bueno, quiero decir: yo no estudié para militar. Yo trabajaba con ellos. Es que … yo era guardaespaldas antes, y después me ofrecieron trabajar con el grupo ése. Y ahí fue entonces que nos dieron unos cursos–.
–¿Qué cursos?–
–¡Qué sé yo cómo se llamaban! Nos hablaban del comunismo, de política, de dios. Y nos enseñaban cosas militares, ¿entendés? Armas, defensa personal, primeros auxilios. A mi me gustaba el polígono de tiro. Siempre tuve buena puntería. Tiraba mejor que Cutuli, con eso te digo todo–.
–Entonces, polaco: ¿por qué reventaban comunistas?–
–Y bueno…. pagaban bien. Además teníamos el visto bueno de los oficiales: cada vez que hacíamos un operativo en una casa, cuando nos llevábamos al tipo, teníamos autorización para agarrar lo que uno quisiera. Así me hice algunos centavos, ¿sabés? Entre nosotros: como yo era el encargado del grupo, y era de confianza del general Cutuli, me quedaba con casi todo, y nadie me podía decir nada–.
–¿Robaban entonces?–
–Y sí, boludo. ¿Era guerra, no? En la guerra vale todo. Así nos enseñaban siempre en los cursos–.
–Pero el tal Cutuli: ¿era o no asesino?–
–¡Cómo jodés siempre con lo mismo! En guerra nadie es asesino, viejo. Si los comunistas querían tomarse el país, había que impedirlo. Ellos son los que empezaron. Desde Moscú los dirigían. Bueno, si ellos empezaron, había que defenderse, ¿no? Y eso no es ser asesino. Matar en defensa propia no es ser asesino, que yo sepa–.
–¿Y a vos, polaco, qué te habían hecho los comunistas?–
–¿Cómo qué me habían hecho?–
–Sí, a vos, a vos en persona: ¿qué te hicieron?–
–Esteeee….. es que …. son como un cáncer. Una vez que se meten en un país, no se los puede sacar así nomás, si no se usa la fuerza. Es como sacar un tumor, ¿entendés?–
–La verdad que no te entiendo ni jota. ¿Todas esas cosas les enseñaban en los cursos?–
–Bueno, entre nosotros: yo tampoco entendía mucho todo eso. Pero eran todos tipos que sabían mucho. Hasta yanquis había. Me acuerdo uno, todo un macho el hijo de la gran puta, que había estado en Vietnam. Nos contaba de una vez que él solo se enfrentó a cuatro chinos. Ese no hablaba muy bien español, pero se hacía entender. Y él siempre nos decía que el comunismo es como una enfermedad, que si no lo curás cuando empieza, después es imposible. Ah…. y por supuesto él solito hizo cagar a los cuatro chinos–.
–Ah–.
–¿Y vos qué pensás de todo esto?–
–Mirá, la verdad polaco que yo no sé mucho de todo esto. Yo vengo de una villa miseria, ¿viste? Toda mi vida fui pobre, y sigo pobre. Veo, como dijiste vos hace un rato, que el que está arriba vive jodiendo al que está abajo; y cuando el pobrerío protesta, le dan palos. Yo casi me convenzo de eso que decían estos tipos, cuando me explicaban que no hay derecho para que un gordo coma cinco veces más de lo que como yo, solamente porque le sobra la plata. Y no hay derecho a que mi viejita tenga que seguir deslomándose como una mula para apenas comer cualquier porquería. Te voy a decir algo, entre nosotros, polaco: no me metí con los de la guerrilla…. porque no me dieron los huevos. Me asusté–.
–¿De qué?–
–Que después me agarraran tipos como vos–.
–Es que si te metés en esas mierdas, te lo buscás vos mismo–.
–Pero polaco, pensalo bien: ¿no te parece que es injusto que los pibes se mueran de hambre mientras hay fulanos que no saben en qué gastar tanta guita? Al final, vos y yo somos unos pinches, unos piojosos: ¿a quién carajo estás defendiendo vos, si al final también te jodieron, porque no sos de la crema, como dijiste?–
–Es la ley de la vida, pibe–.
–Sí, pero se puede cambiar, ¿no?–
–¿Y quién lo va cambiar? ¿Vos?–
–Y qué sé yo. Tal vez. Bruto como soy, a veces me pongo a pensar y digo: ¿por qué tanta injusticia? ¿Por qué los que estamos abajo no abrimos los ojos alguna vez, y empezamos a hacer algo? Porque….. zafar como Maradona no podemos todos. Y eso no es justo–.
–¡Qué sé yo!–
–Y al final, polaco: ¿cómo es que te jodieron?–
–Mirá, prefiero no hablar de eso–.
–Seguro que fue el tal Cutuli–.
–¿Y cómo sabés?–
–Se intuye–.
–¿Cómo que se intuye?–
–No sé. Me parece que desde empezaste a hablar se te sentía el remordimiento. Se te notaba en la cara–.
–Tenés razón. A los piojos como nosotros nos viven cagando. Pero los comunistas son peores–.
–Tal vez. Pero este general parece que no es lo mejor del mundo, que se diga–.
–Lo hizo para defenderse–.
–¿Cómo?–
–Es que los maricones esos de los derechos humanos ahora lo andan persiguiendo con acusaciones, juicios y no sé cuántas boludeces–.
–Pero tienen razón, ¿no?–
–No sé. La cuestión que Cutuli se hizo el loco, y me mandó a morir a mí. Y claro: ¿a mi quién me va a defender?–
–¿Y cómo es que te agarraron?–
–Bueno…. empezaron a revisar todos los expedientes, todas las denuncias. Yo aparezco como en cincuenta, con el grupo que tenía a cargo. Que a su vez dependía de Cutuli–.
–Aha. ¿Entonces?–
–Este Cutuli, cuando se empezaron a destapar todos los casos dijo que no sabía nada, que si había habido ejecuciones extrajudiciales y esas cosas, él no tenía nada que ver, que él no había dado ninguna orden–.
–¿Y es cierto?–
–¡Por favor! Yo todo lo que hacía, lo hacía porque él me lo ordenaba. Yo era su hombre de confianza, che–.
–¿Y por qué te abandonó?–
–Para salvarse él–.
–Se ve que cuando uno está en el poder pasa siempre lo mismo: se cree dios, se olvida de los que lo ayudaron a uno a llegar, piensa sólo en uno–.
–Parece, ¿no?–
–Me imagino que debés tener un odio bárbaro–.
–Sí–.
–¿Y qué pensás hacer?–
–…… ¡Qué sé yo!–
El polaco cumplió su promesa: no pasó los veinticinco años en esa prisión. Tres días después de la conversación con Enrique apareció desangrado en su celda, habiéndose cortado las arterias de su muñeca izquierda. Parece ser que utilizó una hoja de afeitar que, no se sabe cómo, logró agenciarse.
Enrique, en el tiempo establecido, salió en libertad. Ahora vende helados en el parque Lezama. Y está por finalizar la primaria en una escuela nocturna. Un poema que acaba de terminar: “Traiciones”, se lo dedicó a Tadeo.
Tomado del libro “Nosotros, los mediocres”. Guatemala, 1004
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