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Elogio de la impunidad

 Alfredo Grande

 

Jueves, 19 de Julio de 2012 09:30

“El que las hace, no las paga. Y el que las paga, no lo hizo. La impunidad es el alzheimer de la democracia” (aforismo implicado)
“Es difícil volver a estar parados acá, enfrentando el dolor de lo que significan “18 años después”. Paradójicamente el número 18 en hebreo se escribe JAI que significa VIDA. Es difícil pensar que la impunidad y la muerte han cumplido la mayoría de edad. Estos largos 18 años no han alcanzado para realizar una investigación judicial que aportara datos concretos y contundentes sobre los hechos y los responsables de la muerte de 85 personas. Una investigación que adoleció desde el día uno de graves irregularidades y que además de haber impedido poner luz sobre lo ocurrido, puso en serio peligro la posibilidad de que alguna vez se pueda juzgar y condenar a los responsables del atentado. Un gran agujero negro sobre cómo y porqué el atentado, un agujero negro sobre esa conexión local que necesariamente tuvo que existir, un agujero negro sobre todo lo que sucedió hasta las 9:53 del lunes 18 de julio de 1994. DISCURSO MEMORIA ACTIVA – 18 DE JULIO 2012 – A 18 AÑOS DEL ATENTADO CONTRA LA SEDE DE AMIA.”
(APe).- La impunidad es pensada como la falta del justo castigo para delitos cometidos. Borrón, cuenta nueva, lo pasado pisado, a lo hecho pecho, no hay bien que por mal no venga, con sus matices, son justificatorios refranes de la impunidad. Sin embargo, creo que la impunidad no es una resultante, sino que es una premisa. O sea: no hay impunidad porque el delito no se castiga, sino que hay delito porque hay impunidad. Es el pasaje del “roba pero hace”, al “hace para poder robar”. Establecer a la impunidad como premisa nos permite desarraigarla del espacio jurídico donde en forma convencional se la ubica. Malos jueces, pésimos abogados, códigos de procedimientos laberínticos, apelaciones ad infinitum, sentencias menos firmes que un flan ravana. Toda esa maquinaria infernal, que podría denominar “kafkiana-orwelliana”, para sostener un elemental principio del derecho burgués, ya que no de la justicia: “la ley es igual para todos, pero no todos son iguales ante la ley”. El atravesamiento clasista de la ley quizá sea el más invisible de todos. La ley no es ciega: es una luz cegadora. Con sus infinitos volúmenes, su jurisprudencia no pocas veces absolutamente imprudente, ha fabricado lo que denomino un “instituido burocratizado”. Como en los escritos de los abogados: “será justicia”. Pero casi nunca es. A pesar de la apelación a la Suprema Corte, Romina Tejerina cumplió toda la condena. Y ahora la sigue cumpliendo porque la sociedad civil, parte de ella, pero una parte suficiente, la escarnia y humilla. Violada y embarazada, doblemente violada. Y la víctima fue tantas veces revictimizada, que finalmente la transformaron en victimario. Por eso creo que la impunidad tiene un triple soporte desde donde sostenerse y eternizarse: el jurídico, el político y el cultural. Menemistas de ayer son impunes kirchneristas de hoy. Si es necesario investigar los atroces crímenes del terrorismo de estado, fusilando por traidores a la patria a sus líderes más notorios… ¿No es acaso un imperativo de la república investigar a los otros traidores a la patria que permitieron el desguace del Estado y de las Empresas del Estado y del ahorro de generaciones de trabajadores? Pero la impunidad política es en verdad una “omertá mafiosa”. No es una clase política: es una casta. La figura del nepotismo ha desaparecido de las diatribas, incluso de la oposición. Pero la cultura del hiperconsumismo que el capitalismo impone, crea otra forma de impunidad. Si consumes, contribuyes. O sea: los impuestos al consumo realizan la magia negra de unificar al orgulloso consumidor de los paseos de compras, con el humillado contribuyente de los paseos de ventas. Se vende a precio vil un 21% de nuestras compras. La productividad con su siniestra y simiesca teoría del derrame, repite los sermones monetaristas de los noventa. Hay que agrandar la torta, que ya se agrandó varias veces, para distribuir más riqueza y desparramar más pobreza. Y a esa estructura enferma y putrefacta, se la perfuma con asignaciones, planes, subsidios, cuartos de aguinaldo, etc. El cinismo del retroprogresismo nos sermonea, al igual que en los tiempos de Raúl Alfonsín: “No es el Che”. Un pequeño saltito y estamos en el reinado del “es lo que hay”; “los otros son peores”. Y como la derecha siempre tiene razón, aunque sea una razón represora, es posible que otros sean peores. Lo curioso es que cuando llegó el peor de todos, el ingeniero sin ingenio, no se lo pudo barrer a pesar de una gestión ciudadana digna de Boris Karloff. El Ejecutivo barajó tres cartas: as de basto y dos 7 bravos. Y le dejó el as de espada al fascista de consorcio. Y como la democracia inventa la impunidad cultural del voto, la gestión se valida o se deslegitima cada 4 años. La impunidad jurídica, política y cultural es, como dice Memoria Activa, un agujero negro. Absorbe todo, empezando por la memoria histórica y terminando con la dignidad de la vida cotidiana. También absorbió al acto oficial de la AMIA. Terrible destino del vencido mimetizarse con el vencedor. Por eso la cultura represora elogia la impunidad. Es su más preciado tesoro, y cuenta con ella como premisa y además, como destino. “Dios es mi pastor y nadie me imputará”, versión del evangelio según san mafioso. Pero en el concierto de los horrores, siempre habrá voces que desafinan. Aullidos, gritos, silbidos, rugidos que alguna vez, quizá pronto, desbaraten la música fúnebre de los impunes de la historia. Entonces la memoria activa será la única memoria para ser respetada.

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