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El tango llegó a la Argentina desde Andalucía (y cuánto contradiga eso es probable)

Eduardo Pérsico, Argentina. El origen del tango se ha prestado —y se presta— a discusiones. Una idea difundida sobre el origen del tango sostiene que nació sin letras por 1880, que deviene rítmicamente de la habanera cubana y que luego, al recibir ‘letrillas procaces y prostibularias’, se iría transformando con giros a veces enriquecedores y otras transitorios y olvidables.

Así sintetizado, los primeros tangos de difusión popular fueron expresiones bailables, sin canto, y que entre 1890 y 1900 fue incorporando letras picarescas y lunfardas de las que se guardan aún registros.

Tal vez esto no sea muy incierto pero el concepto pertenece a una línea que por décadas ignoró un aporte ciertamente esencial; la raíz andaluza mostrada en los primeros tangos; tan evidentes en los de Angel Villoldo, autor fundacional de esa música y cuya obra más destacada se diera a inicios del siglo veinte.

Aquel razonamiento inicial, también, creyó inseparable al tango del lunfardo, esa jerga o código entre dos para que no se entere un tercero, que al fin resultaran dos expresiones culturales independientes; más bien dos absolutos perfiles argentinos potables y libres de la colonia, que bien entrado ya el siglo veintiuno sostienen cierta identidad de nuestro pueblo.

El influjo del tanguillo andaluz, la habanera y el aporte sentimental del fado portugués —poco considerado pero evident—- son ineludibles para interpretar el origen del tango; una expresión incorporada al modo de generaciones de argentinos y que persiste.

Pese a no ser de origen un género cantable, ya por el año 1811 aparece una copla entonada por los combatientes de Cádiz ante la invasión napoleónica: “con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones”, a propósito de las bombas francesas que no estallaban.

Refiere el especialista Roberto Selles que la milonga siempre fue “una especie musical surgida del canto, como su antecesora, la guajira flamenca”, en cuanto milonga es una voz del Quimbunda, un lenguaje de los negros del sur de Brasil que significa muchas palabras, palabrerío.

Y hoy decir déjese de tanta milonga expresa un rotundo por favor, no hable de más. Otro dato que enlaza a las primeras guajiras acriolladas entonadas por los porteños eran letrillas andaluzas de mala intención o de carnadura prostibularia, y en 1857 en el Teatro de la Victoria de Buenos Aires se cantò Tomá mate, che, del español Santiago Ramos, y aludía al hábito criollo de tomar mate diciendo “me dijo un moza al verme, este porteño me mata. Tomá mate, che, tomá mate, que en el Río de la Plata no se estila el chocolate”.

Más adelante, 1868, aparece el primer tango en Argentina, El negro Schicoba, de José María Palanzuelo, un organista de la Catedral de Buenos Aires con letra de Germán McKey, un actor panameño; en verdad una canción andaluza con aire juguetón que decía “un tango cara cun tango, un tango cara cun té, dame un besito mi negra ahora que nadie nos ve”.

Luego José Manuel Caballero Bonald, en su obra Danzas clásicas españolas de la escuela antigua, habla entre otras del bartolo o bartolillo, y los versos resaltaban “Bartolo tenía una flauta con un agujero sólo y su madre le decía, tocá la flauta Bartolo”. Que en Uruguay se adaptó a la milonga y en Argentina se cantó como tango: “Bartolo dejó una mina, yo no la quiero dejar, porque me calza me viste y me da para morfar”.

Anteriores ya existían tangos andaluces que se acriollaran marcados con el ritmo de la habanera cubana, como El Queco, sinónimo de quilombo, que cantarían las tropas del general Arredondo por 1875, antes de la batalla del Quebracho: “Queco vení pal hueco, Queco, te tengo que hablar”, prolongado en su primera memoria como una expresión de tango compadrito.

Por 1881, en Colección de Cantes Flamencos, de Antonio Machado y Alvarez, se menciona El tango de la casera, que los porteños convirtieron en Tango del recoletero aludiendo a quienes participaban de las romerías de la Recoleta o del Pilar; reuniones de familia dl día que por la noche era concurrido por algunos bailarines de tango.

El ya mencionado Angel Villoldo —el primer autor profesional de tangos con rigor musical— tomó de base al tango andaluz y al cuplé y La Morocha, su tango más renombrado que compusiera en 1905 sobre música del pianista Enrique Saborido, es un cuplé concebido para ser cantado por la española Lola Candales quien junto a Saborido actuaban en un cafetín de la calle Reconquista en Buenos Aires.

Por 1906 Villoldo compone Cuidado con los Cincuenta, otro tema ingenioso por su construcción y luego grabado por orquestas modernas ya pasado casi un siglo. Ese tema de Angel Villodo, por argumento y el estilo era un indudable tango andaluz: “una ordenanza sobre la moral decretó la autoridad policial, y por la que hombre se debe abstener decir palabras dulces a una mujer. Chitón, que al que se propase cincuenta le harán pagar”.

Además del reconocido Cuidado con los Cincuenta quedan otros rastros del género chico español en los compadritos de Villoldo: “aquí tienen al torito, el criollo más compadrito que pisó la población”, hoy mismo suena divertido y zarzuelero.

Y sin ánimo crítico se nos ocurre que este mismo autor ni tendría noticias de la opinión que Domingo Faustino Sarmiento en su libro Facundo, Civilización y Barbarie, diría por 1845 “en Buenos Aires sobre todo, todavía está muy vivo el tipo popular español, el majo… todos los movimientos del compadrito revelan al majo; el movimiento de los hombros, los ademanes, la colocación del sombrero y hasta la manera de escupir entre los colmillos, todo es de un andaluz genuino”. Una muy aguda observación de un Sarmiento no muy concurrido, suponemos, en el ámbito de la tanguería.

Durante más de cien años de existencia el tango tuvo notorias transformaciones rítmicas, sus letras influenciaron la literatura de los argentinos. Hoy los escasos nuevos tangos cantables sostienen su argumentación de lo personal a lo social, y aunque su construcción musical tiende más a ser música de cámara con más elaboración armónica propio para solistas muy aptos, sostiene el sabor inherente a su origen.

Así como la dificultad de interpretación que quitó su carácter al tango, Jorge Luis Borges por 1930 ya había advertido sobre la calidad literaria de sus letras: “de valor desigual porque proceden de plumas heterogéneas, las letras de tango que la inspiración o la industria han elaborado, integran un inextrincable ‘corpus poeticum’, que los historiadores algún día vindicarán.

“Es verosímil que hacia 1990 surja la sospecha de que la verdadera poesía de nuestro tiempo no está en La urna, de Enrique Banchs ni en Luz de provincia de Carlos Mastronardi, sino en las piezas imperfectas que se atesoran en El alma que canta”. Y se refería Borges a una popular publicación semanal que difundía letras de nuevos y viejos tangos, agregando “esta suposición melancólica o una culpable negligencia, me ha vedado el estudio de ese repertorio caótico”.

Una irónica reflexión de un indudable argentino como él, sobre nuestra canción identificatoria… Pero no solamente a propósito del tango hubieran merecido un debate mayor entre nosotros; hubo otras serias expresiones culturales que los argentinos nunca encaramos, acaso por esa perpetuidad en mantener vigentes las contradicciones.

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