Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

El señor Caos

 

 

 

Por Angélica Gorodischer

 

Tragalfar, 1979

 

 

 

—Qué sé yo —dijo Trafalgar—, estuve en tantos lugares, hice tantas cosas que me confundo. Pregúntale a Elvira, ella lo tiene todo anotado.

—El otro día estuvo Josefina —le dije— y tomamos el té aquí en el jardín y se sentó en ese mismo sillón donde estás vos y me dijo que le habías contado lo de Serprabel.

—No me hables. Me enferma acordarme de lo que le hicieron a esa pobre chica.

Con ese motivo se tomó el café y durante un rato no dijo nada. Y yo no le pregunté nada: a Trafalgar se lo puede apurar, discretamente, en medio de un cuento pero nunca antes de un cuento porque ahí empieza a hablar de cualquier otra cosa, de tangos digamos, o a tomarse el pelo a sí mismo y a sus andanzas con mujeres o en los negocios y sigue con el café y de repente se va y uno se da cuenta que se ha quedado sin saber lo que quería saber.

—Ya debe estar frío ese café —dijo.

—Te has tomado tres tazas.

—Anda, calentá lo que queda, ¿eh? Y de paso haces un poco más.

Lo dejé un rato solo en el jardín.

—Pero eso fue en el viaje anterior —me dijo cuando volví con la cafetera—, en cambio en éste no pasó nada.

—Mentís como un cafre.

—En serio. Hice muchas paradas y todas muy cortas y en lugares que ya conocía de antes menos en dos, así que todo fue muy bien y muy rápido.

—Y en esos dos que no conocías de antes qué pasó.

—Nada —abrió otro paquete de cigarrillos—. Así me gusta el café bien caliente. Aunque está un poco flojo; ¿tu marido no se queja?

—No te olvides que tuvo una úlcera y no puede tomar café fuerte.

—Pobre Goro, cómo no va a tener úlcera después de veinticinco años de matrimonio.

—Dale nomás, defendé la soltería vos. Algún día te vas a casar con una arpía que te engatuse y vas a terminar con úlcera, ciática y urticaria. ¿No encontraste ninguna candidata en este viaje?

—Más o menos como siempre.

—¿Y en esos dos mundos que no conocías?

—Nada que valiera la pena. Una rubita muy linda y más loca que una cabra en Akimaréz, pero me la saqué de encima en cuanto pude.

—Qué es eso de Akimaréz. No me acuerdo habértelo oído nombrar.

—Te debo haber dicho algo porque sabía que existía y que ahí se podía comprar grafito y caolín. Baratos los dos. Bastante lindo es, ninguna maravilla pero no está mal. Muy grande, mucha agua y siete continentes como enormes islas en medio de los océanos. Las islas tienen agua y vegetación solamente en los bordes y allí están plantadas las ciudades que decilé a Goro que son el sueño del urbanista: ciudades chicas, edificios bajos de nunca más de dos pisos, con jardines; poco tráfico, nada de ruidos ni de humo ni de olor. Además les gusta la música. Y en el medio de las islas, de los continentes, el paisaje es fantástico, blanco y negro, seco, imposible de fertilizar. Pero a ellos qué les importa. Venden el grafito negro y el caolín blanco y feldespato y granito y no sé qué cosas más y viven muy campantes tañendo la lira.

—Qué bacanes.

—Sí, pero aburridos. Ellos lo pasan bien, yo a los dos días estaba harto. Les compré y me fui.

—¿Y el otro que tampoco conocías?

—Aleicarga. Casi casi todo lo contrario: poco mar y mucho verde. Dos mares chicones en los polos y otro más grande cerca del ecuador. Llueve mucho, el resto es tierra fértil y las ciudades son un asco.

—Grandes, sucias, con humo y drogas y altoparlantes.

—No te apures. Ciudades chicas porque ellos, y no son los únicos, parecen haberse dado cuenta de lo que nosotros estamos por aprender, muy limpias, sin humo, drogas ni pensar, y altoparlantes algunos pero no molestan.

—Entonces están bastante bien. No sé por qué decís que son un asco.

—Están demasiado bien organizadas.

—Que yo sepa eso no es ningún defecto.

—Vos porque sos doña organización, pero cuando toda una ciudad y todas las ciudades y todo es como una enorme y eficiente empresa presidida por una lógica de trocha angosta donde los efectos vienen siempre después de las causas, y las causas marcan el paso de a una en fondo y los pajarones no dudan de nada ni se asombran de nada y se deslizan al lado tuyo levemente contentos, yo y cualquier tipo normal siente muchas ganas de matar a alguien o de suicidarse.

—Gracias.

—No te ofendas —y me sonrió un poco—. En Akimaréz uno se aburre pero en Aleicarga hay que andar con mucho cuidado para no caer en la trampa y no entrar en el jueguito de la sensatez. Eso es lo que pasa, que son sensatos, tanto que o te contagian o haces una barbaridad.

—Y vos qué barbaridades hiciste. —Ninguna. ¿No te digo que no pasó nada?

—¿Nada pero nada?

—Nada, mira que sos porfiada. Hice lo de siempre: vender, hablar, comer, dormir, andar por ahí para conocer un poco. Y descubrí’ un tipo interesante. Me parece que se está terminando el café.

—Te hago más si me decís quién era el tipo y por qué era interesante.

—No sé quién era, no llegué a saberle el nombre. Y era interesante porque no era sensato.

—¿No?

—No. Estaba loco. Y si no hay más cate me voy.

—Chantajista.

—Vos empezaste.

Fui a hacer café y pensé que era seguro que Trafalgar había estado macaneando cuando decía que no había pasado nada y que no había hecho nada.

—¿Y? —le pregunté desde la puerta de la cocina. Y qué.

—¿Y el loco?

—Mira, hay tanto loco por ahí que uno más a quién le importa.

—A mí me importa. Aquí viene el café.

Un lío, con la cafetera. Si la llevaba bien llena, se iba a enfriar; si llevaba poco iba a tener que hacer más. Pero como con Trafalgar hay que aprender a resignarse con eso del café, la llevé por la mitad.

—Vamos, contamé.

—Pero che, si ya te dije que no hay nada que contar. Los aleicarganos son sensatos, racionales, eficientes, medidos, discretos, y este otro era todo lo contrario así que estaba catalogado de loco.

—Pero oíme, uno puede ser todo lo contrario de eficiente y discreto y sensato y no ser loco. ¿Vos estás seguro que era loco?

—No.

—Aia.

—¿Ya empezamos?

—Si no hemos empezado nada todavía —lo miré tragar el café—. ¿No podrías ser vos más o menos eficiente y sensato y empezar de una vez por el principio?

—Ufa, bueno, llegué a Aleicarga un día de primavera a las nueve y cuarto de la mañana, bajé, cerré el cacharro, fui a la oficina de recepción, me recibieron muy bien un tipo bajito y otro un poco más alto y bastante gordo, el puerto no era muy grande pero sí muy completo, me dieron café, me arreglaron en un santiamén todo el papelerío que no era mucho, me indicaron un hotel y allá me fui en un transporte colectivo muy cómodo, en el hotel desayuné con más café.

—Te voy a estrangular.

—Subí a mi habitación, me bañé, me cambié, no me afeité porque me había afeitado antes de llegar, salí del hotel, tomé un taxi, fui al Centro de Comercio, hablé con el secretario que parecía un tero y averigüé si tenían interés en comprar caolín y grafito y me dijo que sí, fuimos a almorzar juntos.

—Ándate. Fuera de mi casa. No te quiero ver más en la vida.

—Espera, espérate un poco. Al principio pensé que todo era perfecto y no me gustó porque vos sabes que a mí las cosas perfectas me huelen mal, si tengo que elegir una copa de Murano elijo una que tenga una burbuja. Pero como además de andar sobre ruedas todo me beneficiaba, me dejé engañar, engatusar como decís vos. Che, ¿y la gata que no la veo?

—Salió a tomar una copa con el gato de al lado. Seguí.

—Claro que no soy del todo gil y tardé poco en apiolarme.

—Me gustaría que Josefina hubiera oído esa frase.

—¿Por?

—Nada. Seguí.

—Uno está acostumbrado a la palabra perfecto y la usa cuando algo salió bien y para de contar. Pero si una cosa está bien bien, sin fisuras y sin remedio, entonces es que está muy mal —fumó y tomó café y quizá miró por ahí buscando a la gata—. Algo celestial es por fuerza infernal.

Y debe haber flotado en el aire otra amenaza de despedida violenta porque se apuró:

—En Aletarga todo el mundo tiene una cara plácida y de vez en cuando sonríe pero nadie se ríe a carcajadas, nadie grita, nadie corre para alcanzar el colectivo y si lo alcanza no pelea con el colectivo y si no lo alcanza no putea, ningún chico se cachetea con otro ni llora para que le compren un chicle con figuritas —dejó la taza vacía sobre el plato—. Probablemente los chicles no traigan figuritas.

Y se sirvió más café y yo esperé porque ya. me parecía difícil que interrumpiera ahí el cuento de que no había pasado nada pero nada.

—No sé con seguridad —dijo— porque no soy de los otarios que mascan chicle. A la tarde volví al Centro con el secretario y ya tenían allí a los posibles compradores. Les pedí bastante. En fin, a vos te voy a decir que les pedí mucho, cuestión de bajar hasta cierto punto. Sonrieron, dijeron que no y se levantaron para irse. Me quedé con la boca abierta. Es como para no creerlo: no sabían regatear.

—Y qué. Supongo que hay gente que no regatea.

—No te digo que no. Pero pocos, créeme, muy pocos. Poquísimos. Quien más quien menos, todo el mundo pelea los precios. Y hay lugares en los que el regateo es un arte refinado, sublime, lugares a los que tenés que ir muy bien preparado porque si no estás frito. Yo no soy un maestro pero tengo un poco de carpeta. Y ahí’, con los tipos a punto de escapárseme, se me ocurrió que podría inventarles un cuento y decirles que venía de un lugar en el que el regateo es una forma de cortesía comercial y hacerles el gran verso, pero me di cuenta que lo mejor era agarrar al toro por los cuernos y antes que terminaran de despedirse les mostré el juego. Se desorientaron un poco pero entendieron en seguida. Todos entienden todo en seguida en ese mundo de porquería. No, no te lo lleves que todavía está tomable. Vendí todo lo que tenía en menos de medio minuto.

—No me digas que a un precio ridículamente bajo porque no te creo.

—Ridículamente bajo no, sensato, eso es lo malo, sensato, razonable. No es que no haya ganado nada, no, eso no es admisible en Aleicarga justamente porque no es razonable ni lógico. Gané, pero no tanto como si me hubieran dejado desplegar mi labia de mercachifle del zoco. Y ellos se encargaron de todo, de las facturas, los permisos, los sellados, la descarga, todo. Así que un minuto después yo ya no tenía nada que hacer y al día siguiente me iba a poder ir.

—Y por qué no te fuiste, me querés decir.

—Cómo sabes vos que no me fui.

—El loco, querido, estoy esperando que aparezca el loco.

—No me fui porque les tenía bronca. Maquiné algunas jugadas sucias como por ejemplo mezclarles el caolín de calidad más baja con el de primera, engañarlos en el peso, hacerme invitar a las casas de los tipos y seducirles a las mujeres y a las hijas.

—No te agrandes.

—No me agrando. Estaba jugando con mi bronca nomás. Y no eran tantas. Con un poco de tiempo quién te dice.

Y volvió a sonreír pero no para mí sino para las hipotéticas hijas de los compradores de caolín.

—En vez de eso. Compréndeme, no mezclé la mercadería ni arreglé el peso porque uno tiene escrúpulos. A veces. Y no traté de conocer a las hijas porque seguro que si los papas no saben regatear, las nenas no saben fintear antes de decir que sí.

—O que no. En vez de eso qué hiciste.

—O que no, tenés razón. En vez de eso le pregunté al secretario dónde había una librería.

—¿Una librería?

—No por corazonada. Cuando vayas a algún lugar del que no conoces nada ni a nadie, tenés que dedicarte a tres cosas: las librerías, los templos y los burdeles. Hay otros, claro, por si no encentras de ésos: también podes ir a los colegios, a los casinos, a los hospitales, a los cuarteles. Pero yo había visto librerías y fui a lo seguro. Le dije al tipo que quería comprar algo para leer esa noche en el hotel y me mandó a una librería chiquita donde había de todo, ¿entendés?

—No sé qué tengo que entender, no te pongas misterioso.

—Que se escribe poco en Aleicarga, muy poco. Una sola obra monumental de historia con su correspondiente compendio en un tomo, códigos, matemáticas, medicina, física, lógica, no más de media docena de novelas, nada de poesía.

—Qué brutos.

—Eso es lo que vos te crees. Y cuando vayas a la librería tenés que comprar dos cosas: historia y una novela. Me compré el compendio y una novela que se llamaba Los Ragemga.

—¿Los qué dijiste?

—Es un apellido. Era la historia de una familia. Y me leí los dos esa misma noche y casi me muero de aburrimiento. Me leí la historia primero y descubrí que nunca pasó nada. Se supone que los primeros aleicarganos vivieron en los bosques, desnudos, comiendo frutas y durmiendo bajo las enredaderas, todo muy saludable. Y que tenían instrumentos de madera y que cuando se morían no los enterraban sino que los subían a las ramas más altas de los árboles más altos y los ataban por allá arriba, a lo mejor para ahorrarles un tramo del camino pero eso lo digo yo no los historiadores de Aleicarga que no se permiten esas fantasías. Después construyeron casas de madera, claro, y sembraron, hicieron fuego, vino la rueda y después vino el alfabeto y listo.

—¿Cómo listo? ¿Para decir esa pavada escribieron tanto libro de historia?

—Esa era la parte más interesante. Cuando inventaron la escritura, y se ve que los prehistóricos que se paseaban bajo los árboles eran más interesantes que los modernos si se les ocurrió lo de la rueda y lo del abecedario, se pusieron a hacer crónicas de lo que pasaba pero lo malo es que no pasaba nada. Según los primeros escritos nadie les robó el fuego a los dioses, los espíritus del bosque no hablaban con los hombres quizá porque no había espíritus del bosque, los muertos se morían y chau, no hubo ningún héroe que se perdió buscando la inmortalidad, ninguna mujer le metió los cuernos al marido con ningún semidiós, y así por el estilo. Entonces lo que quedaba era un plomo: las cosechas, los viajes, las pestes, algún descubrimiento casual, y nada más.

—¿Leyendas? —le pregunté—. ¿Sagas? ¿Cosmogonías? ¿Mitologías? ¿Sueños?

—¿Los aleicarganos? Vamos, cómo se ve que no los conoces. Con la rueda, el fuego, la escritura, un poco de medicina empírica, otro poco de ingenie ría y arquitectura también empíricas y nada de control de la natalidad ni de catástrofes naturales ni animales peligrosos, se fueron extendiendo y desde el principio tuvieron un solo estado, un solo gobierno, bastante laburo, nada de religión ni de poesía ni de política.

—Guerras —se me ocurrió—. Habrá habido guerras, invasiones, reyes destronados, capitancitos con ambiciones imperiales, asesinatos por el poder, no me digas que no.

—Te digo que no. Los que son más aptos para gobernar, gobiernan. Los que son más aptos para operar son cirujanos. Los que son más aptos para manejar un tractor.

—Manejan un tractor, gracias, ya me doy cuenta. Pero entonces sin visionarios, sin ambiciosos ni intrigantes ni profetas ni delirantes, ¿me querés decir cómo progresaron?

—Muy despacio. Son muy viejos y tuvieron mucho tiempo.

—Son unos zoquetes.

—De acuerdo. Lo más espectacular, los grandes inventos, lo que ellos dejaron de lado porque creían que era imposible, todo eso les llegó de afuera. Todavía tenían arados de madera y carros tirados por bueyes atados del cogote y cocinas de leña cuando los alcanzaron tipos que ya viajaban por las estrellas y que les enseñaron cosas. Ahí entraron a progresar de veras porque aprenden rápido, siempre que las grandes ideas se les ocurran a los otros.

—No sé cómo no siguieron hamacándose en los árboles. Decime, ¿y la novela?

—Bastante más aburrida que el compendio de historia. Generaciones y generaciones de una familia de idiotas industriosos, en donde no había ni peleas ni adulterios ni quiebras fraudulentas ni choques entre padre e hijos ni tías locas ni incestos ni monstruos ni genios, nada, nada, nada. Me quedé dormido cuando no sé qué tipo hijo de no sé quién y casado con no sé quién construía una casa no sé dónde y ponía una fábrica de no sé qué y tenía tres hijos y una hija.

—La próxima vez no les vendas grafito, véndeles las obras completas de Shakespeare y de Balzac y los matas a todos de un infarto.

—Ni eso. Para empezar, no voy más. Y si voy y les vendo a Shakespeare y a Balzac te juego lo que quieras a que los leen, los estudian y deciden que todo eso son tonterías.

—Te felicito. Qué viaje divertido.

—Yo te dije y vos no me creíste.

—Porque uno ya te conoce.

Casi me levanté para ir a hacer más café pero me acordé de algo y empecé a desconfiar de nuevo:

—Espérate un poco. ¿Y el loco?

—Bueno, claro, el loco. Sí, el loco. Lo encontré al día siguiente, a la noche. No me decidía a irme, y seguía vagando por ahí. No podía creer acostumbrado a, vos sabes, a tantas cosas raras y absurdas y estúpidas no sólo acá sino en muchos otros mundos, no podía creer que hubiera gente tan razonable pero ya me estaba convenciendo y casi caigo conquistado por tanta tranquilidad. Me fui a caminar, salí de la ciudad y me metí por las sendas para peatones que corren junto a las rutas y que de vez en cuando se abren y te llevan al campo o a los bosques. El tipo estaba sentado en el suelo y silbaba. Cuando oí el silbido dije no, no puede ser. No tienen poetas, ¿te dije? Tampoco músicos, como no sea para bailar en fiestas o acompañar actividades físicas. De paso, tampoco pintores. Ilustradores sí, pero no pintores. Así que nadie silba, ¿no te parece razonable? ¿Para qué? No, claro, cómo van a silbar. Y yo estaba oyendo un silbido, un poco monótono pero un silbido de persona que silba porque se le da la gana, qué tanto. Me paré en seco y me pregunté si no sería yo el que silbaba. No, no era yo. Salí de la senda, enfilé para el lado del bosque y lo encontré.

Se quedó callado. Y lo peor fue que ni siquiera reclamó café.

—Trafalgar —le dije.

—¿Eh?

—Supongo que no me vas a dejar colgada ahí.

—No.

—Te hago café.

—Bueno.

Fui, calenté el agua, hice café, volví, Trafalgar se sirvió y se tomó media taza:

—Era grandote —me dijo— y rubio y tenía barba y silbaba sentado en el suelo. Le dije hola buenas noches y me contestó que las grullas.

—Que las grullas qué.

—Nada, eso, que las grullas.

Se tomó la otra media taza y se sirvió más:

—Ahí mismo y mira que yo no soy un sentimental.

—No sé.

—No soy. Ahí mismo me acordé de un juego idiota que jugábamos con mis primos cuando éramos chicos en la quinta de Moreno y vine a darme cuenta que no era un juego idiota. Alguien decía una frase y los otros tenían que contestar por turno rápidamente con frases que no tuvieran nada que ver con las anteriores. Parece fácil hasta que probas. No podes pensar nada de antemano porque no sabes qué van a decir los que hablan antes que vos, así que de repente tenés que decir algo y si te demoras o si lo que decís tiene relación con lo que ya se dijo, sonaste. Eran más las veces que pagábamos prenda que las que acertábamos. Hola buenas noches, y enseguida: que las grullas, sonaba como eso. Mira, ahí está la gata.

—Voy a prender la luz.

—Ahí tenés. Acabamos de hacer lo mismo. Ahí está la gata, voy a prender la luz. ¿Es razonable o no?

—No, pero nos entendemos, así que está bien.

—No nos entendemos, nos comprendemos y claro que está bien. Pero los aleicarganos no opinaban lo mismo y decían que el tipo era loco.

Fui a prender la luz y cuando volví Trafalgar se servía más café:

—Tuvimos una conversación muy interesante. Yo todavía no sabía quién era él ni qué era, pero a partir de las grullas y de lo que me había acordado de Moreno, seguí adelante. De haber estado jugando con mis primos hubiera tenido que pagar prenda porque me quedé callado un rato pensando en todo eso que te dije antes, pero me reí para mis adentros, me olvidé que estaba en Aleicarga, y le largué, ¿sabes qué?

Ni esperaba que yo le contestara ni me dio tiempo para decirle que no que cómo iba a saber.

—Mi prima Alicia está casada con un japonés.

En realidad la pobre Alicia Salles que es muy linda pero bastante pavota, está casada con un salteño simpático, calvo y dermatólogo.

—Y entonces, magníficamente, él me contestó que había mucho que decir de las flores de papel siempre que fueran rosadas. Y yo le dije que mi reloj de pulsera adelantaba cinco minutos. O atrasaba, no me acuerdo.

—Es que no me explico cómo te acordás de tantas cosas inconexas.

—Me acuerdo perfectamente porque no son inconexas.

—Vamos, viejo, hola, las grullas, el reloj, la retardada de Alicia, las flores de papel, el japonés imaginario, vamos.

—¿Y?

—Y qué.

—¿Me vas a decir que mi reloj no ha atrasado alguna vez cinco minutos y que mí prima Alicia no está casada y que vos no tenés flores de papel en el perchero ése y que no hay ningún japonés casado con una mujer que se llama Alicia y que no hay grullas en alguna parte?

Quise protestar pero no me dejó:

—Más todavía. ¿Me vas a decir que en algún momento tanto un japonés como Alicia y vos y yo y él no hemos visto grullas o pensado en grullas o en flores rosadas de papel y que Alicia no habrá tenido un reloj de pulsera que adelantaba y que alguna grulla no habrá pasado volando, en fin, no sé si las grullas vuelan como las cigüeñas o si caminan picoteando gusanos como las gallinas, sobre una torre que tenía un reloj que adelantaba y sobre una tienda donde vendían flores de papel?

—Sí, ya me doy cuenta —le dije.

Y me daba cuenta. Ahí en el jardín oscuro todo fue un gran fresco en el que se movía el ballet alocado y estricto de las grullas y los relojes y las Alicias y los japoneses y las flores de papel y más, muchas cosas y gentes y animales y plantas más y Trafalgar y yo y la gata, los gatos, las portadas de los libros, los collares, la sal, los guerreros, anteojos, sombreros, fotografías viejas, arañas y trenes, las botellas de Giorgio Morandi, mariposas grises, boletos de tranvía, cálamos, emperadores y pastillas para dormir, hachas, incienso y chocolate. Y más todavía. Todo, para decir la verdad.

Entonces Alicia no es una retardada.

—Tu prima Alicia no es una retardada —le dije—, por lo menos no más que el resto. ¿Por qué no hablamos todos siempre como vos y tus primos en Moreno o como el loco en Aleicarga?

—Porque tenemos miedo, me parece —dijo Trafalgar—. Y no era loco, era que por fin Aleicarga había adquirido como ningún otro mundo en el universo, en el que yo conozco, la verdadera conciencia del orden total. Por el momento lo único que puede hacer es rechazarla, claro, por eso dicen que es loco, pero no creo que eso dure mucho.

Como nosotros también girábamos cómodamente en el universo, en el que conocemos por ahora, nos habíamos olvidado del café no porque estuviéramos pensando en otra cosa sino porque teníamos presente también a todo el café posible y estaba ahí y yo podía preparar más en ese momento o tres horas o diez meses o siete años después porque el tiempo también estaba ahí.

—En otras partes —dijo Trafalgar fumando—, aquí mismo, esa conciencia está fragmentada y oculta. Tendrías que juntar por ejemplo, no sé, a un pastor de cabras, un matemático, un sabio, un chico que todavía no va a la escuela, un esquizofrénico, una mujer dando a luz, un maestro, un moribundo, un qué sé yo, no sé cuántos más, y podría ser que te acercaras de lejos al verdadero panorama. Allá lo tenían todo en nada más que dos mitades. Por un lado los aleicarganos sensatos, lógicos, racionales, eficientes, incapaces de una paradoja, un vicio, una sonata, una broma absurda, un haiku. Y por el otro el loco.

—No estaba loco.

—No, qué iba a estar loco. Ellos decían que sí porque si lo aceptaban se les movía la estantería. Pero yo decidí que no era loco. Era.

—Te voy a hacer más café —dije.

—Dale.

Y se levantó y me acompañó a la cocina.

—Era el caos primordial —dijo mientras se calentaba el agua y yo lavaba la cafetera—, veía las formas y por eso lo que decía parecía informe, vivía todos los tiempos y por eso hablaba sin orden, era tan completo que uno no podía abarcarlo todo y lo veía fragmentado, y tan normal que los aleicarganos decían que estaba loco. Creo que era lo que nosotros ya deberíamos haber llegado a ser.

Trafalgar agarró la cafetera y nos fuimos de nuevo al jardín donde la gata andaba al acecho de mariposas grises que habían venido a la luz. Se tomó una taza de café y sacó cigarrillos y me convidó pero yo no fumo negros.

—No sé cómo podes fumar esa porquería —me dijo—. Te herrumbra los pulmones.

—Ah, claro, los negros no.

—También pero menos —se sirvió más café.

—¿Fue la única vez que lo viste? —A quién.

—A él. Al Señor Caos.

—Aja. Pero y qué: una vez, dos, veinte, un millón de veces lo vi. Y estuve con él hasta que amaneció. Una noche entera hablando y hablando sin parar y sin pagar prenda para nada porque no podíamos equivocarnos nunca y volví al hotel con el sol alto pero tan fresco como si hubiera dormido diez horas.

—¿Te volviste ese día?

—A la noche. A la mañana lo busqué al secretario del Centro de Comercio y le pregunté por el Señor Caos. Le pregunté directamente quién era y qué era. El tipo se sonrió. Discretamente se sonrió, con una sonrisa tan razonable, tan sin indulgencia, sin vergüenza, sin malicia, tan sin nada, tan sonrisa y nada más que sonrisa, que no sé cómo no lo agarré del traje y no lo sacudí hasta revolverle los sesos. Me dijo que era un desdichado que había nacido así y hasta me explicó por qué pero yo preferí bajar la cortina y no oí esa parte. Me dijo que habían intentado curarlo pero sin éxito y yo pensé por suerte, y me dijo, morite, que habían pensado en eliminarlo pero que como era inofensivo le permitían vivir y la municipalidad se encargaba de vestirlo y alimentarlo. Y como yo seguí preguntando me dijo que vivía en una casa que le prestaba la. municipalidad que también pagaba al personal para que la mantuviera en condiciones. Y que él, el loco, al principio daba mucho que hacer con eso porque todos los días la casa amanecía desarreglada, con los muebles en el patio o el colchón en la bañadera o la alfombra arriba del techo o las sartenes colgando de las fallebas o cosas por el estilo hasta que habían clavado todo, las sartenes no, al piso o a las paredes y desde entonces el tipo iba poco por ahí y prefería vivir en el bosque como los salvajes, eso me dijo, como los salvajes.

—Los salvajes.

—Sí, pero no pienses en Thoreau, pensá en los salvajes.

—Claro.

—Pero me dijo algo más.

Y se quedó callado. Yo le serví café y lo esperé, lo esperé un rato largo.

—Me dijo que estaban pensando en rever la actitud benévola. Porque parece que a su manera el Señor Caos había empezado a cortejar a las chicas.

—Esas qué no saben fintear antes de decir que sí. Las hijas de los que no saben regatear.

—Esas. Confío en que alguna aprenda —dijo Trafalgar— antes que los aleicarganos tengan tiempo de rever nada. En lo que confío es en que como siempre y como en todas partes las mujeres sean en Aleicarga más curiosas, más audaces, más sabias que los hombres, que como la madre Eva se coman rápidamente la manzana mientras el calzonudo de Adán duda. No me atrevo a esperar que algunas pero una, una por lo menos, confío en que una le diga que sí.

—¿Y si lo matan?

—Puede ser que lo maten. Pero me parece que eso ya no tiene importancia.

La gata empezaba a impacientarse.

—Debe ser tarde —dijo Trafalgar.

—Eso tampoco tiene importancia —le contesté—. Le voy a dar de comer a la gata.

—Me parece —le oí decir desde la cocina— que se cansó de las mariposas grises y de las flores rosadas de papel.

 

 

 

 

 

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