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El privilegio de tener una madre así

Percy Francisco Alvarado Godoy

La  evocación hacia mi madre es permanente en mí, pues ella vive en mi corazón como  una llama siempre viva y ardiente; sostenida en las añoranzas y bellos pasajes  de ternura, en los que repatió dentro de los míos dos cosas  definitorias  en nuestras vidas: primero, su intenso amor a Cuba y, segundo, su  antimperialismo militante, expuesto en cada minuto de su vida en las trincheras  más sencillas del avatar de un revolucionario.

Comparto hoy con mis  lectores estas evocaciones sobre quien fue, además de uno de los seres humanos  que más nutrió a  mi vida, la anónima agente Gladys de la Seguridad del  Estado de Cuba.

Son, en realidad, algunos pasajes de mi libro  “Confesiones de Fraile” donde hago un recuento de momentos dolorosos para mí,  aunque muestran la estatura moral de esa noble mujer curtida por una vida de  amarguras, las que no pudieron matar su invencible optimismo.

●  El  primero ocurrió el 26 de junio de 1954. Ese día las tropas mercenarias casi  llegaban a la capital. El ejército había traicionado al pueblo negándole las  armas. Mi padre intentó detenerlos en Chiquimula con unos pocos hombres, pero su  esfuerzo fue en vano. Los invasores dejaban destrucción y muerte tras su paso.  Con  indolencia masacraron a mucha gente humilde que sólo quiso amasar un  sueño puro por primera vez en su vida. Nada se pudo hacer para evitarlo. Tal vez  sólo morirse en el empeño por impedirlo.

Llegó el momento, pues, en que  mi padre supo que sólo le quedaba una cosa por hacer: ir a buscar a su mujer y a  sus cuatro hijos pequeños y salvarlos de la amenaza enemiga. Cuando logró  hacerlo, la huida fue difícil. En un pequeño camión de volteo nos metió a  todos y tomó el rumbo a Ciudad Guatemala. Un avión enemigo, piloteado quizá por  un norteamericano, comenzó a disparar sus ametralladoras contra el vehículo  en fuga. No les quedó a mis padres otra opción que detener el camión y  escondernos debajo de unos equipos pesados ubicados a un lado de la carretera.  El piloto, entonces, se ensañó con mi familia.
Disparó sus balas sin piedad  sobre quienes permanecíamos ocultos entre las moles de hierro y la tierra  húmeda. Los niños llorábamos de miedo, aterrados ante la muerte y el peligro. Mi  madre no pudo contener la rabia que le estallaba dentro del pecho. Demasiado  odio contra el invasor le inundó el corazón e, imitando a una fiera acorralada  con sus cachorros, tomó en sus brazos a mi hermana más pequeña —de apenas cuatro  días de nacida—, y corrió hacia el camino desprotegido. No le importó la muerte  que nos acechaba, ni los desesperados gritos de mi padre ordenándole que se  ocultara. Con lágrimas en los ojos, lágrimas de puro rencor, la vi alzar su  crispado puño hacia el cielo y la escuché gritar desesperada:

—¡Yanquis  hijos de puta! ¡No nos rendiremos!

No sé si fue ese gesto heroico  de mi madre el que impactó al piloto invasor o se hartó de tanta muerte que ya  había provocado. Lo cierto es que desistió en su empeño de asesinarnos y regresó  a la base tripulando su máquina de muerte.

Entonces todos salimos al  camino y nos abrazamos a mi madre. En los ojos de papá alcancé a percibir tanta  desolación y tristeza que ese instante marcó mi vida para siempre. A papá nunca  lo había visto así, adolorido y taciturno, abrumado por la impotencia como lo vi  ese día. Se le habían derrumbado, de repente, los sueños acariciados desde la  misma infancia de miserias y platos vacíos. De pronto, la frustración le  carcomió el alma, cual un gusano voraz e insaciable. Era como si la propia vida  amamantara —para mi viejo— sólo malas jugadas.

Siempre admiré a mi madre,  desde el minuto mismo en que no le importaron las balas criminales impactando al  lado de sus hijos indefensos y la vi lanzarse ante el peligro con el dolor  temblándole en cada milímetro de su fogosa sangre. En su pecho de mujer se había  acrecentado el odio a la injusticia y, sobre todo, un  naciente  antimperialismo que marcaría para siempre al resto de mi familia. Con ese fuego  nos alimentamos diariamente a partir de ese día aciago para Guatemala. Con  esa amarga pero estimulante pasión justiciera sobrevivimos, desde entonces,  convirtiéndola en brújula de nuestros actos del futuro.

●   Varios  años después, el 15 de abril de 1961, se repitió la misma historia. El  imperialismo norteamericano atacó a Cuba, otro pueblo de nuestro continente. En  la pequeña isla caribeña estaban esas mismas personas y, paradójicamente, todos  peleando en la misma trinchera de combate. Las circunstancias, sin embargo, eran  diferentes: esta vez no había miedo en nosotros, sólo seguridad en el futuro.  Tampoco había frustración en la mirada de mi padre; sólo optimismo descarnado  y genuino. Ni siquiera el dolor provocado por la traición y la indiferencia. En  este luminoso presente la solidaridad les latía en el pecho como sostén del  porvenir y todos ellos, mis familiares, estaban dispuestos a no dejarse  arrebatar la victoria. Esta vez, no.

Durante los días de Girón mi madre  se enfrentó, de nuevo, a los aviones enemigos que atacaban a Ciudad Libertad. En  esta oportunidad le tocó otra vez defender a sus hijos de la muerte y a los  hijos de la tierra cubana que nos acogió como a hermanos. Con un pequeño  revólver calibre 38, enardecida por la misma rabia de antes, mamá disparó a esos  aviones sin temor a morir. De su garganta salieron unas pocas palabras que  resonaron cual una premonición:

—¡Gringos, hijos de puta, aquí no harán  lo que nos hicieron en Guatemala!

●  Junto a la brisa que me  regalaban el mar y la noche cual una caricia, también me abrazó la memoria el  recuerdo de la amada y lejana Argentina, erguida poderosamente en mi  sensibilidad a fuerza de añoranzas y sinsabores. Las frías madrugadas  porteñas regresaron para helarme el corazón, lanzándome a aquellos lejanos  recodos del dolor como si yo estuviera más desarmado y malherido que ayer. De  nuevo un bandoneón me lloraba en el alma con su música cruel y lastimera,  hablándome de aquellos duros tiempos que yo quería olvidar definitivamente. Debo  reconocer que en el Buenos Aires de los años 50, empecé a amar cada cosa  sencilla de la vida.

En Buenos Aires también conocí la muerte más cerca  que nunca antes. La muerte nos deja siempre un amargo sabor en los labios y nos  desertifica poco a poco hasta el alma. Ahora, pues, me asaltó la memoria el  recuerdo de Érico con sus cuatro años rotos para siempre, golpeándome su  ausencia mortalmente.

Todo ocurrió una fría madrugada de Burzaco, pequeño  pueblo situado en las afueras de la capital. Allí nos concentrábamos gran parte  de los guatemaltecos que llegamos asilados a la Argentina. Las familias  apenas alcanzaban a sobrevivir hacinadas en enormes galpones, grandes  cobertizos de madera desprovistos de puertas y ventanas. Mientras los niños  dormíamos en catres, nuestros padres lo hacían de pie, más bien recostados sobre  láminas de zinc dispuestos a obstaculizar el frío nocturno, empeñado en colarse  en el lugar. Unas sábanas suspendidas de finos cordeles establecían fronteras  entre cada grupo, delimitando el espacio propio de cada uno y resguardando  frágilmente nuestra intimidad. En uno de esos tristes y helados territorios  familiares comenzó la tragedia. Érico, incapaz de soportar la glacial invasión  de la noche, se levantó y trató de arrastrar una pequeña calefacción de keroseno  que había en un extremo del galpón. No fue suficiente su fuerza para lograr este  propósito y el pequeño, asustado, no pudo evitar que el aparato le cayera  encima.
El pobre niño, convertido en hoguera, corrió desesperado por el  lugar. Sus gritos aterradores y las llamas que devoraban las sábanas  fronterizas, despertaron a los ocupantes del lugar. Todos trataron de salvarse  del voraz fuego de la mejor forma posible. Corrieron hacia la oscuridad  exterior. Y todos se salvaron, menos cuatro niños.

Un rato después,  cuando la claridad del nuevo día flotó indiferente sobre nuestra pena, los  cuatro niños carbonizados fueron conducidos en brazos de los hombres y mujeres  al hospital Rawson. Toda la distancia se hizo a pie. Vencimos los kilómetros  del camino con las piernas empapadas por el rocío de la madrugada. Mi madre  llevaba en sus brazos a una pequeña de dos años, envuelta en una sábana manchada  de sangre y cenizas. Nunca olvidaré ese instante. La buena mujer dejaba  escapar sobre sus mejillas lágrimas desesperadas. Se sentía martirizada con saña  e indolencia. Llevaba consigo a la pequeña que apenas ayer corrió entre nosotros  y quiso ser la alegre compañera de nuestros juegos infantiles. Su rubio pelo  había desaparecido. El breve latir de su corazón habíase apagado para siempre.  Ahora, de seguro, ella flotaba en aquel mundo feliz que todos, casi sin  excepción, imaginábamos lejos, muy lejos de Burzaco. No olvido a mi madre  aquella mañana, caminando estremecida de dolor y con la temprana muerte  sostenida entre sus brazos; dolida con creces; lacerada en su  alma.

●  Al principio no alcancé a prever que las cosas serían así,  de manera tan extraña. No lo concebía. Pero, a la larga, tuve que esconder el  amor a mis convicciones en el rincón más olvidado y anónimo de mi corazón.
Y  en un lento, amargo y costoso deterioro, mi vida dejó de ser mi propia vida y  comenzó a crecer una leyenda, la del otro Percy, la vida del hombre que había  cambiado, traicionando la causa de sus padres y amigos.

Mis  padres

Lo más triste es que tuve la completa certeza de  que jamás llegaría a conocerse la verdad de mi vida y que nunca cambiaría  aquella mirada de sostenido reproche que nació en los ojos de mis padres desde  que comencé a defraudarlos. Tal vez para mi madre nunca existiría ya otra  oportunidad de mirarme de forma diferente, orgullosa de mí, alegrándole en algo  la dulce mirada llena de profundo cansancio en sus últimos años de vida. Mamá,  la pobre, murió el 1 de agosto de 1981 sin poder conocer la verdad. La acompañó,  como único vínculo de su hijo con la Seguridad del Estado, una corona cuya  esquela decía escuetamente: “Para Marta, de los compañeros de su  hijo”.

Hoy la recuerdo con dolor. Era pequeña y frágil. Adornaban su  rostro dos hermosos ojos color esmeralda. Le encantaba vestir de completo  uniforme verde olivo. Más de una vez la vi marchar oronda a su guardia de  auxiliar de la Policía Nacional Revolucionaria. Fue presidenta de su Comité de  Defensa de la Revolución y le imprimió dignidad revolucionaria a cada pedazo de  mi calle. Por ser guatemalteca y latinoamericana, se mostró muy activa en la  solidaridad con Cuba. Era de esas mujeres que hacen historia de la forma más  sencilla. Para ella la lucha diaria y cotidiana, casi inadvertida, nunca dejó de  ser la mejor manera de ayudar a esta tierra tan querida para nosotros. No  sólo porque nos dio refugio tras nuestro incansable deambular, sino porque nos  enseñó a apropiarnos de cada pedazo del horizonte ofrecido a nuestros  ojos.

Un buen día mi madre se nos fue de repente. Pero, no lo hizo  callada y sin lucha. Ni la propia muerte pudo arrebatarle la fe que siempre  tuvo.

Con mi madre y mis       hermanos. Yo, sentado, con mi hijo en brazos.

Ya  moribunda exclamó: “¡Gracias, Fidel, por dejarme morir en tu tierra! ¡Che,  siento no poder morir como vos moriste!” Así era mamá. Y así fue hasta los  últimos instantes de su vida. Lo sorprendente en ella, en su silencioso y  sencillo proceder, sin pedirle méritos ni reconocimientos a la vida y a las  gentes, es que jamás nadie le escuchó revelar su condición de agente de la  Seguridad del Estado cubano, durante veintiún años, con Gladys como nombre de  guerra.

Esa fue mi madre, simplemente así. Común como cualquier mujer  cubana. Indestructible en sus convicciones como una incanzable luchadora  latinoamericana. Fidel fue una de sus más grandes inspiraciones. Aún recuerdo  haberla visto sentada junto a él, en privada conversación, en la acera frente a  mi casa, conversando. Ella, emocionada y risueña miraba a Fidel como si con sus  ojos miraba con optimismo el triunfo de su terco batallar por la vida y la  justicia.

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