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El horror que espera a los niños pobres como su destino inexorable

Emilio Romero Ele (Desde Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Sin entender nada de cómo funciona el sistema social, el niño es probable que vea como su única salida el crimen y todas las formas de la delincuencia. Sus únicos modelos a ser imitados son los traficantes, los matones del sector, esos que imponen el terror en su favela.
En este momento pienso en el horror que espera y se impone como destino inexorable para los millones de niños que viven en las favelas de este país, y de los otros. Pienso no tanto en su miseria material, que ya es horrible, mas en la privación de todos los bienes que una criatura pequeña merece.
Será criado por una madre sufrida, constantemente irritada, sufriendo el desespero de no poder atender a las necesidades básicas de sus hijos. Será privado de una educación básica que le enseñe el respeto, la buena voluntad, la confianza en sí mismo y en el próximo.
Tendrá como maestros a ser imitados la violencia, la grosería, la crueldad gratuita de los mayores, el escarnio de los habitantes de los sectores más acomodados. Nunca llegará a comprender la importancia de saber leer, escribir y pensar de acuerdo con principios universales válidos. Vivirá envuelto entre los deseos que le propone la TV y su impotencia para realizarlos.
Vivirá en la permanente frustración de no obtener nada de lo que esas imágenes le proponen como los supremos bienes. Sentirá que hay una injusticia atroz que lo condena a la humillación, al desprecio, a la violencia.
Ese niño entenderá que sólo tiene un camino, el camino del odio y de la destrucción, de la ley del más fuerte, aunque su fortaleza apenas revela su impotencia e su debilidad. Sin entender nada de cómo funciona el sistema social, verá que su única salida será el crimen y todas las formas de la delincuencia. Aprenderá por los modelos que imponen los traficantes en las favelas que la única ley imperante en el mundo de los ricos y de los pobres es la fuerza y la violencia implacables.
Algunos de esos niños escaparán de ese destino, ciertamente. No todos, mas la inmensa mayoría de ellos está condenado a ejercer los oficios peor pagados y más duros, recibiendo un salario apenas suficiente para atender sus necesidades vegetativas.
Por compensaciones tendrá un par de cervezas en el boliche de la esquina, una mujer en la cual descarga sus deseos y su furia cada vez que se presenta la ocasión y un grupo de colegas con quien habla sobre fútbol y de lo bueno que sería acostarse con una chica que acaba de pasar bamboleando las caderas. Terminarán como operarios sin calificación suficiente como para prosperar en el mercado y en el sistema de valores dominantes en la sociedad capitalista. Serán esclavos del sistema, aunque tendrán la libertad limitada de escoger entre las modestas propuestas que le ofrece su condición de ciudadanos de Sexta categoría y la búsqueda de las mil formas de pillerías que se imponen en todos los círculos sociales.
¿Ganarán el reino de los cielos alguna vez?
Sólo si fuesen santos, mas sus condiciones de existencia no les permite la pureza de alma propia de la santidad; tampoco aceptan su condición con humildad: la viven con una mezcla avinagrada de rabia, rebelión, conformismo, brutalidad.
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