Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

El extraño hombre del pijama azul

Manuel Teyper

Sábado, 18 de agosto de 2012

En algún lugar de Lima: un viento frío, muy frío, se coló a través de una ventana abierta, y golpeó suavemente el rostro de un hombre que parecía dormir; eso hizo que abriera los ojos con cierto fastidio.

La barba hirsuta, que crecía de cualquier forma desde hacía algunas semanas atrás, y el cabello entrecano, ensortijado y revuelto, completaba el cuadro de alguien que de lejos mostraba haber envejecido antes de tiempo; debía tener unos cincuenta años de edad, pero aparentaba sesenta.

El hombre se despabiló por completo, y pasó sus manos por su cara, preguntándose instintivamente dónde se encontraba; su rostro y sus manos daban la impresión de pertenecer a diferentes personas, pues mientras su rostro mostraba los estragos que le ocasionaron muchos años de exposición al sol, sus manos lucían tersas.

Gruesas frazadas cubrían su cuerpo dificultándole cualquier movimiento. De súbito comprobó que tenían un espeso olor a moho tan desagradable, que las hacía irrespirables; eso hizo que las alejara de sí instintivamente.

Apenas se levantó, notó que vestía un pijama azul oscuro a rayas que no recordaba haber tenido nunca.

Miró el cuarto, y le pareció del todo extravagante; sobre un ventanal colgaban unos viejos cortinajes oscuros, de los que no se podía distinguir su color; el piso era de madera, y crujía como si fuera a colapsar con cada paso, y sobre las paredes, rasgados en diversas partes, aparecía mal pegado el papel que las recubría.

Se puso aquellas ropas que vio sobre un viejo sofá, y se sorprendió al ver que encajaba perfectamente en ellas, a pesar de ser tan ajenas a sus gustos… Todo eso le daba la terrible sensación de estar viviendo una existencia que no era la suya.

Examinó sobre una mesa lateral algunas revistas viejas y otras cosas, pero ninguno de esos objetos le transmitió un signo de pertenencia; estaba obnubilado, como perdido; se encontraba en un lugar al que no recordaba haber llegado nunca.

Tomó una de esas revistas para comprobar la fecha, y se alarmó al ver que decía: 12 de enero de 1889, lo que le hizo pensar que alguien le estaba jugando una broma pesada y de mal gusto.

Se dirigió a la ventana, y observó a través de ella un panorama impresionante; en vez de autos modernos, le pareció ver carretas jaladas por caballos, y se fijó que la gente vestía ropas extrañas… ¡Como las que llevaba encima! Un leve temblor en sus piernas lo obligó a sentarse en el borde de la cama; no era posible que estuviera pasándole, justo a él, semejante suceso. Si al menos supiera cómo, o en qué condiciones llegó a ese lugar –pensó-, ya tendría algo a qué asirse, como un punto de referencia que le permitiera ver las cosas con algo de normalidad. Una idea súbita le vino a la cabeza:

-¿Habré enloquecido? -Se preguntó- pero eso no tiene sentido: Razono; signo inequívoco de cordura. Sin embargo puedo tener una rara forma de locura que me permite razonar por momentos… ¿Habré perdido la memoria?

Trató de recordar las últimas cosas que hizo antes de caer en esa especia de abismo en el que se encontraba. Intentaba evocar cada cosa que hubiera tenido significado en su vida, pero era en vano; a lo mejor todo se debía a una pesadilla infernal, como cuando se sueña que se cae al vacío y justo en el momento de estrellarse contra el suelo se despierta en sobresalto… Solo que él parecía seguir cayendo sin poder despertar.

Estas y otras ideas le venían a borbotones. Ni siquiera se atrevía a imaginarse preguntándole a un transeúnte algo que tuviera sentido; cualquier cosa que le diera una respuesta cabal a la que agarrarse para no enloquecer… Pero loco, lo llamarían loco. Sin duda. Y lo llevarían a un manicomio donde terminaría por perder la razón y moriría en la más completa desesperación.

Estaba a punto de salir a la calle para saber al menos donde se encontraba, pero alguien llamó a la puerta. Eso le hizo saltar de la cama donde estaba sentado; un miedo incomprensible se apoderó de él sin que pudiera evitarlo.

-¿Vendrán a botarme a la calle?- Pensó. No tenía la menor idea de a dónde ir, en caso se viera obligado a abandonar el recinto que ahora ocupaba inexplicablemente.

Volvieron a tocar. Esta vez con la palma de la mano, de modo que se vio obligado a entreabrir la puerta y asomar tímidamente la cabeza.

Una señora de edad avanzada, pero que conservaba una energía asombrosa, con el cabello alborotado y vestida como al desgaire con una raída bata negra, y a la que se le pegaba perturbadoramente la piel a los huesos, más que hablar con una voz que alguna vez fue diáfana y fuerte -y que ahora lucía áspera y chillona-, dejó escapar un torrente irritante de palabras inconexas, luego de lo cual preguntó:

-Señor González, ¿Piensa quedarse hoy también, o no?

El hombre no salía de su asombro.

-¿¡Tengo que repetirle la pregunta!?

-No, señora. Sí, me quedo.

-Entonces págueme.

El hombre buscó con desesperación entre los bolsillos de su pantalón el dinero, preocupado de no tener con qué pagar, pero su mano se encontró con un bolso de cuero. Lo abrió, y extrajo de él un billete, pasándoselo a la señora.

-Con esto alcanza para pagar una semana de alquiler- Anunció la señora con la amabilidad que le produjo el billete entre sus manos- enseguida le traigo el desayuno.

El hombre solo atinó a mover levemente la cabeza negativamente, y a continuación le informó que él bajaría a desayunar. Cuando se fue la casera, cerró la puerta un poco aliviado vaya a saber por qué, de no ser echado de aquel lugar que ahora representaba su único refugio.

Después de sopesar este episodio que no le daba mayores luces sobre su situación, reparó que la clave de su identidad -porque aún de esto dudaba- podría estar en sus bolsillos.

Tiró su contenido sobre la cama y observó, aunque no se lo esperaba por el trastorno en el que se encontraba, que efectivamente en esos documentos se hallaba su rostro y su nombre, pero extrañamente algo hacía que no se identificara de ningún modo con ellos.

Pero… ¿Por qué? ¿Qué arte maquiavélico había obrado para que se sintiera así?… ¡Tan extraviado!

Las preguntas se agolpaban en su cerebro haciéndole perder el control por momentos.

Quiso salir de aquella tétrica habitación, pero se contuvo. No quería salir a ver personas que caminaban como autómatas de aquí para allá sin rumbo fijo… Además no tenía a donde ir.

Un rato después bajó por las escalinatas de aquella casona vieja que a cada paso crujía y retumbaba como expresando una queja de dolor.

Después de tomar el desayuno, pidió no ser molestado por ningún motivo.

Mientras subía las escalinatas crujientes, se preguntó instintivamente cómo pudo ir a parar a un lugar como ese. Pensó, con preocupación, que de no encontrar pronto respuestas, su trastorno podría acrecentarse hasta niveles de locura.

De repente se detuvo, y tomó la decisión de salir de la casa.

Bajó las escaleras, salió a la calle, y caminó sin cesar por la ciudad nubosa, oscura siempre aún a medio día; sucia y bulliciosa.

A cada paso observaba obnubilado una masa informe de personas y edificaciones que parecían moverse al unísono de aquí para allá, como al compás de un vertiginoso huracán.

Los transeúntes -que no miran nunca de frente, como temerosos de que alguien logre conocer a través de sus ojos sus más íntimos secretos-, pasaban presurosos a su lado.

Almorzó con la mano temblorosa. El fuerte choque con esta nueva y apabullante situación, no se apaciguó ni siquiera después de la media botella de ron que le sirvió un muchacho callado pero servicial que lo atendió como a un viejo cliente.

Regresó cual sonámbulo a la ruinosa casa de huéspedes. Subió los crujientes escalones y se dedicó a escribir una carta, más que para mandársela a alguien, para tratar de sacar algo en claro rememorando su pasado.

La carta literalmente decía así:

Mi vida ha sido un cúmulo intermitente de sucesos irracionales.

Para ganarme el sustento, he tenido que hacer muchas cosas triviales que ocuparon mi tiempo, pese a estar convencido que trabajar es como dormir; tiempo perdido; no sé cómo he desperdiciado tantos años de mi vida haciendo cosas infructuosas.

Me he dedicado a sobrevivir así… Llevando una existencia precaria y superficial; siempre en busca del sentido de la vida… Hasta que me di cuenta que no tenía sentido; siempre en busca de esa hipotética importante misión que me hizo llegar al mundo, tal vez de una lejana galaxia, o de la oscuridad, a donde iré sin remedio.

Recuerdo, como una nebulosa, haber dejado la casa de mis padres, en busca de algo que nunca supe qué fue, y que sigo ignorando todavía.

La familia se transformó en una sombra que me persigue todavía, tal vez porque nunca tuve realmente una familia; era un fantasma en mi propia casa… Eso hizo que quisiera escapar… Escapar en busca de la libertad que no encontré nunca, ya que si antes estaba preso de los recuerdos… Ahora estoy preso del olvido.

Después comencé a viajar, y me gustó la incertidumbre de no saber a qué lugar iba a llegar. A quienes conocería. Dónde dormiría esa noche. Qué paisajes llenarían mis ojos de alegría –los mismos que me llenan ahora de nostalgia-. Pero todo eso me dejó sin amigos, con esta insondable soledad de huérfano, y con la sensación de haber perdido mi tiempo y la oportunidad de lograr ser una persona como cualquier otra; sin las interrogantes que nunca pude responderme.

Quise alejarme de la monotonía, pero después esos viajes se convirtieron en una irremediable sucesión de lugares que no pertenecían a ninguna parte… Y me quedé sin un sitio a donde ir; salí escapando de la familia, solo para regresar a la soledad y a la desesperanza… Y terminé envejeciendo con una idea vaga de lo que sería mi futuro… Futuro que llegó cuando menos lo esperaba; tal vez por eso acabé aquí: Metido en estas cuatro descascaradas paredes sin saber quién soy ni para donde ir. Sin familia, porque la mujer que conocí esperó de mí lo que nunca pude darle: Estabilidad.

A partir de ése momento la amargura camina a mi lado; sigo siendo un ermitaño entre la multitud que se agolpa por doquier; las personas y su necesidad de andar siempre acompañadas. Como que no son ellas si no tienen una presencia a su lado que las haga sentir que son necesarias… Y queridas; tal vez sea eso lo que me está ocurriendo: He estado tan solo, que para mí es lo mismo estar en un lugar o en otro, sin tener a nadie a quien contarle mis tristezas, mis sueños o alegrías que, como el amor, también se acaban pronto.

Me acostumbré a ir por el mundo solo, sin tener que pensar en el regreso; por eso corté los lazos que me ataban; por eso nunca tuve algo realmente mío, como las cosas que uno sabe que a diario puede disponer.

Tal vez no lo sepa con certeza y haya recuperado momentáneamente la cordura… Como aquel que recupera el dominio de sí mismo después de treinta años de encontrarse sumido en las garras de las drogas, y yo, como él, tenga todo por pensar y poco por vivir; por eso será que me siento como en medio de una pesadilla que no tiene fin.

Tal vez solo me quede seguir siendo el anónimo que siempre fui, y no pueda tomar la rienda de la poca vida que me quede en mis manos. Y tenga que escapar una vez más de las responsabilidades, y de mí. Y siga oculto en una identidad que no siento mía. Y continúe dando tumbos una y otra vez por los caminos. Y termine en otra parte. Y me derrumbe. O muera quizás aquí mismo, sin saber a donde ir o a donde no decidí ir, putrefacto y olvidado como la muerte… Que solo muerte es.

La misiva terminaba ahí no más, sin que hubiese puesto su firma en ella.

Martes, 21 de agosto de 2012

El martes, después del medio día, la señora de cabello alborotado, vestida como al desgaire con una raída bata negra, y a la que se le pegaba perturbadoramente la piel a los huesos, llamó a la policía después de haber gritado y golpeado repetida y fuertemente la puerta.

Nadie pudo dar una explicación satisfactoria al hecho de haber encontrado aquella carta, cuya tinta –según comprobaron los expertos- estaba fresca… Muy fresca, como si hubiese sido escrita hacía sólo unos momentos antes, sobre todo si se tiene en cuenta que aquel extraño hombre del pijama azul… Llevaba muerto tres días.

mteyper@hotmail.com

Comparte esta entrada:
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • del.icio.us
  • Digg
  • StumbleUpon
  • Twitter
  • LinkedIn
  • Add to favorites
  • email
  • PDF
  • Print

ningún comentario

Aun no hay comentarios...

Llene el siguiente formulario.

Deje su comentario