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El extraño caso de la niña del vestido azul

Inspirado en un hecho real:  Manuel Teyper

I
Al hombre, sentado en el confortable sillón de su oficina, le pareció escuchar algo en el piso inferior, pero no le prestó mucha atención.
Se encontraba en su lugar de trabajo: la central de la línea telefónica de una empresa estatal Española.
Miró su reloj de pulsera: eran las dos y treinta y tres de la madrugada del viernes 16 de septiembre de 2011.
Dos minutos después escuchó el mismo ruido, pero ahora con mayor claridad. Entonces se incorporó. Bajó por la escalera, sin hacer ninguna estridencia, para sorprender al animal que hubiera podido meterse entre los miles de cables y aparatos que componen la estación, pero luego de mirar cuidadosamente por todas partes, no encontró nada.
Regresó a su oficina, y se concentró en el libro que estaba leyendo.
Lo que más preocupaba al técnico, era que algún roedor pudiera interferir en los aparatos, dañándolos, y perjudicando la señal. Su trabajo consistía precisamente en evitar que ocurriese algún percance que pusiera en peligro las operaciones, y mantener todo el sistema refrigerado.
El operario, de nombre Sebastián Maldonado Gaitán, llevaba cuatro años trabajando para la empresa, pero a ésa estación hacía sólo tres meses que lo habían designado.
Sebastián es un hombre corpulento. Su cabello falta a la altura de la frente, cosa que lo tiene sin cuidado. Sus ojos son negros, pequeños y vivaces. A la fecha tiene 37 años de edad, es casado y espera su tercer hijo. Una de sus aficiones es la lectura, a la que se entrega completamente. Por ésa razón aceptó gustoso el horario nocturno que le permitía leer a placer.
Su trabajo era de diez de la noche a siete de la mañana. Cada media hora sonaba un timbre recordándole la tarea de revisar los equipos, cosa que le tomaba únicamente cinco minutos, salvo que algo anormal se presentara.
Mientras se entretenía con la lectura de ‘’Narraciones extraordinarias’’, del gran escritor estadounidense Edgar Allan Poe, escuchó por tercera vez el mismo sonido: una especie de ruido como el que produce el ulular del viento; imposible, dado lo hermético de la edificación.
Se sobresaltó pero mantuvo la calma: no es hombre de asustarse fácilmente.
A medida que iba descendiendo por las escalinatas, el ruido se hacía más fuerte. Llegó hasta las instalaciones, pero como en la ocasión anterior, no encontró nada. El ruido cesó apenas hubo pisado el último escalón.
Subió una vez más a su oficina dispuesto a no dejarse intimidar por el extraño ruido, y continuó con la lectura.
Apenas amaneció Sebastián fue a darle un último chequeo a las máquinas, pero quedó sorprendido al notar una mancha gris sobre el tablero que indica la temperatura. Buscó presuroso un trapo para limpiar lo que a simple vista le pareció una salpicadura de grasa, y tres minutos después estaba con el paño en la mano dispuesto a limpiar el tablero… pero inexplicablemente la mancha había desaparecido.

II
Sebastián ocupó todo ese fin de semana para estar con su familia. Disfrutaba cada momento con sus hijos, y revelaba al oído de su esposa el temor que sentía que sus hijos crecieran tan rápidamente, que ya no pudieran estar con él. En esas ocasiones su esposa Esperanza lo abrazaba y le reconvenía tiernamente.
Llegó el lunes.
Sebastián se alistó, y salió para su trabajo.
Alberto Gonzales, el operario que trabajaba de día, ya lo esperaba.
-¿Y, compadre? ¿Cómo estás? ¿Listo para comenzar?
-Hola, Alberto, sin problemas. ¿Cómo ha estado funcionando todo?- Preguntó Sebastián. Quería saber si su compañero había escuchado las mismas cosas que él.
-Muy bien, ¿por qué?
-No sé, pero el viernes me pareció escuchar un ruido.
-¿Qué? ¡No me vayas a decir que ahora estas escuchando cosas raras!- Respondió Alberto dando una risotada.
-¡Ya! No bromees. Sólo te preguntaba- Dijo irritado Sebastián.
-Bueno hermano, disculpa, no es para que te molestes. No escuché nada pero te avisaré si ocurre algo. Ahora debo irme. Cuídate- Dijo finalmente Alberto.
-Igualmente. Nos vemos mañana.
Cuando Alberto salió, Sebastián empezó a revisar el cableado, y a dar el mantenimiento presupuesto que manejaba con presteza.
Todo funcionaba normalmente… Hasta que el reloj de pared anunció las doce de la noche.
Mientras tomaba un café, escuchó con nitidez el mismo sonido sordo que escuchara el último viernes. Se levantó de un salto y se dirigió al sitio de donde provenía el sonido, pero éste se apagó súbitamente. Estaba a punto de regresar, pero algo le obligó voltear la cabeza… Lo que vio le hizo erizar los vellos de su cuerpo… Una sombra se perdía por una esquina del salón. Se quedó petrificado un momento. Un choque eléctrico pasó por su columna vertebral.
Poco tiempo después, recuperado del susto, retornó a su sillón. Las piernas todavía le temblaban.
Hizo una llamada telefónica al primer número que encontró en su agenda, con el fin de disipar un poco la tensión nerviosa, pero colgó de inmediato al recordar que no era de buen gusto telefonear a alguien a esa hora… Sin una buena razón. Se sentó de nuevo y retomó la lectura de Poe, cuyos cuentos tratan, coincidentemente, temas de terror.
Cerró el libro un instante, y tomó la indeclinable decisión de enfrentarse a cualquier cosa que le impidiera trabajar con normalidad. Nada le contaría a su compañero de trabajo; ya había notado la ligereza con la que tomaba cualquier cosa, y no iba a permitirle ser objeto de sus burlas.
Ese lunes, y parte del martes en la mañana, transcurrió sin ninguna otra novedad. Pero el martes a la noche, mientras monitoreaba la temperatura, le pareció que alguien lo miraba. Volvió la vista y observó, al otro lado del salón… La misma sombra pequeña, de no más de metro treinta de estatura… Que no parecía tener intenciones de moverse. De inmediato se dio cuenta que los ruidos que aquel ente producía… Eran para llamar su atención, ¡y vaya que lo había conseguido!
Sebastián, sudando frío y con la voz entrecortada preguntó:
-Que… ¿Quién eres?- No hubo respuesta.
-No tengas miedo. Mi nombre es Sebastián- Una especie de sonido gutural comenzó a salir de aquella sombra, lo que provocó en el hombre un impulso desenfrenado de salir corriendo del lugar, pero se sobrepuso valientemente a él, y haciendo un esfuerzo pudo escuchar:
-Mi nombre es Sofía. Tenía doce años cuando… – No pudo decir nada más. Gemía, como si estuviera a punto de llorar, cosa que no escapó a la aguda observación de Sebastián, quién sintió que aquella alma o lo que fuera, sufría intensamente… Y quería saber por qué.
-Puedes confiar en mí. Dime si necesitas algo.
-Estoy… Muerta… Enterrada en el sótano de este edificio… Nadie sabe que estoy ahí…
Sebastián miró el suelo instintivamente.
Un llanto sobrecogedor inundó la estancia.
-¿Qué cosa quieres que haga?- Preguntó, tratando que no se notara el gran susto que sentía.
-Quiero que vayas a ver a mi madre. Dile que estoy aquí. Que sufro mucho. Que la oscuridad me atormenta… Que a veces vienen a molestarme…
-Bien, muy bien, le diré… ¿Me puedes decir cómo has fallecido?- El espectro guardó silencio, pero un instante después habló, siempre en voz baja, como si tuviera miedo que alguien más le escuchara:
-Un señor… Me hizo mucho daño… Era un hombre alto, muy malo, que trabajaba aquí. Yo venía del colegio… Pasaba por la calle… De repente me jaló con mucha fuerza y me tapó la boca… Recuerdo sus manos… – Rompió de nuevo a llorar. Cuando se calmó pudo continuar:
-Su nombre es Augusto Cárdenas. Me lo dijo. Es posible que siga haciendo daño a otras niñas- Dicho esto la sombra se movió, y Sebastián pudo ver un vestido azul, con pliegues, un cinturón del mismo color… Y el delicado rostro de la niña bañado en lágrimas.
-Mi madre se llama Emma Durán, vive en la avenida Canevaro, número 8… en el distrito de Lince. Dile que ella siempre me llamó cariñosamente Sofi. Que aún conservo el anillo que me regaló para mi cumpleaños. Que no sufra más. Que voy a estar bien… Pero que venga… Que la necesito mucho… – Esto fue todo lo que pudo decir aquella alma en pena, antes de desaparecer.
Sebastián estaba perplejo. No podía creer que hubiese hablado con un… ¡Espíritu! El susto que sintió en un primer momento, había pasado. Se puso a pensar en lo que haría para complacer los deseos de la niña… Y para castigar al energúmeno que le había ocasionado la muerte. Con estas consideraciones se sirvió un nuevo café. Sus manos todavía temblaban, pero ahora no de miedo… Sino de indignación.

III
-Buenas tardes, ¿puedo hablar con la señora Emma?- Preguntó Sebastián al joven que le abrió la puerta.
-Sí, ¿De parte de quién?
-Mi nombre es Sebastián, me trae un asunto urgente.
-Un momento.
Un instante después salió la señora. Tenía 38 años de edad, pero su rostro afligido le hacía aparentar algunos más. Vestía una falda larga de colores. Sus facciones le recordaron inmediatamente a las de la niña.
-Buenas tardes, ¿Es usted la señora Emma?
-Sí, ¿Qué desea?
-¿Puedo hablar con usted en privado?- Al ver la cara de interrogación de la señora Emma, Sebastián le dijo:
-Tiene qué ver con su hija Sofía.
Al escuchar ese nombre, el rostro de la dama cambió completamente. Lucía desencajado. Hizo pasar a Sebastián. Su corazón le anunciaba que algo malo, muy malo saldría de aquella entrevista.
Una vez instalados en la sala, Sebastián comenzó:
-Tal vez no me va a creer lo que tengo que decirle…
-¡Hable de una vez, por favor!- Le interrumpió la señora Emma ásperamente- Disculpe, es que la desaparición de mi hija me tiene al borde de la locura. ¿Es usted policía?
-No, soy un técnico de telefonía.
Sebastián buscaba las palabras precisas para informarle todo sutilmente; la madre de la niña había soportado ya mucho dolor, como para aumentarle el sufrimiento. Por eso comenzó a decir:
-He hablado con su hija…
-¡Entonces está viva! ¿Sabe usted dónde está?
La pobre mujer, con los ojos desorbitados, tenía la clara intención de abalanzarse sobre aquel desconocido para arrancarle las palabras que le sacaran de una vez por todas de la incertidumbre.
-Lo siento mucho- Y esto lo dijo con voz apenas audible- su hija me habló… Su espíritu… -La señora no podía creer que le estuvieran diciendo eso. Sollozaba. No deseaba llorar ante un desconocido, pero eso poco le importaba ahora. Quería saber toda la verdad.
-Me dijo que usted suele llamarla Sofi… Que conserva el anillo que usted le regaló… Que le diga que está bien -mintió- Que necesita su presencia…
La señora Emma no podía hablar por la emoción y el llanto. Su hijo Carlos le abrazaba tratando de calmarla. Al final pudo balbucear:
-¿Dónde está?
-Tenemos que ir antes con la policía.
-Vayamos inmediatamente- Pidió la señora Emma.
Un rato después estaban a la puerta de la comisaría.
-Buenas tardes. ¿Podemos hablar con el comandante?- Preguntó Sebastián al policía que custodiaba la puerta.
-¿Qué cosa desean hablar?- Dijo con aspereza un policía.
-Necesitamos tratar un asunto urgente -Respondió Sebastián, tratando de guardar la compostura.
-Al fondo, a la izquierda, pregunten por el coronel García.
-Gracias.
Un momento después estaban frente al oficial, un hombre alto, enérgico pero de buenos modales, quien recibió a la señora Emma, a su hijo Carlos, y a Sebastián.
-Bueno, ¿qué les trae por acá?
-Mi hija desapareció hace unos días. Ya puse la denuncia correspondiente… Aquí, en ésta comisaría.
-¿Cual es el nombre de su hija?
-Sofía Morales Durán.
-Sofía Morales Durán- Repitió para sí mismo el policía, mientras buscaba unos papeles. Cuando los encontró anunció: -efectivamente. Aquí está la denuncia. Me disculpará, pero…
-Ya la encontramos –interrumpió la señora Emma, y continuó- Mejor dicho él parece haberla encontrado… -Explíquese mejor, señora. No entiendo nada.
-Yo le voy a explicar. Mi nombre es Sebastián. Trabajo en una estación de telefonía. Hace un par de días ‘’alguien’’ me dijo que tenía indicios de haber ocurrido un crimen en dicha estación… En contra de la niña Sofía. Me dijeron que había sido enterrada en el sótano.
-¿Quién se lo dijo?
-Por ahora no puedo decírselo. Disculpe. Lo importante ahora es agarrar al malhechor. Yo conozco la dirección del sujeto.
-Entonces no puedo hacer nada ¡Yo no puedo ir a tomar preso a alguien sólo porque usted me lo pide! ¿Con qué motivo? Además debe haber una denuncia.
-¡Entonces yo presento la denuncia!- Respondió decidido Sebastián.
-¿Sabe en lo que se está metiendo? ¡Si la acusación resulta falsa usted puede ir preso!
-No importa. Asumo todas las consecuencias de mis actos.
-Está bien. ¡No diga después que no lo puse sobre aviso!
Todos se dirigieron hasta la casa del sospechoso, pero no lo encontraron. El comisario dispuso la presencia de dos policías en el lugar, mientras se realizaban las correspondientes gestiones ante la fiscalía; de ser cierta toda la historia, su presencia era imprescindible en el lugar de los hechos.
Al día siguiente la señora Emma, su hijo Carlos y Sebastián, llegaron a la comisaría. Ya los esperaba el comisario y el fiscal de turno, don Luis Eduardo Centeno Días, y la policía ya había arrestado al obrero Augusto Cárdenas, quien vociferaba por su aprehensión. Nadie le había dicho la causa de su arresto.
Cuando llegaron al edificio donde se presumía estaba enterrado el cuerpo de la niña, Augusto empezó a comprenderlo todo, pero no entendía cómo pudieron saberlo… ¡Tan pronto! Y menos quien lo había delatado. Sin embargo guardó silencio bajo la atenta mirada del comisario, presto a cualquier indicio que le indicara la culpabilidad del sospechoso.
-¿Usted trabaja aquí? –Preguntó el comisario al detenido.
-Trabajaba- Respondió molesto Augusto.
-¿Sabe por qué lo hemos traído hasta aquí?
-No, señor, eso mismo quisiera saber yo.
-¡Ya pronto lo sabrá!- Respondió el comisario.
El comisario García miró de reojo a Sebastián. Si la cosa resultaba un fiasco, sería el hazmerreir de toda la comisaría. Pero sus largos años en el oficio le indicaban que debía esperar con paciencia.
La gran puerta del edificio se abrió de par en par. Todos los presentes entraron al sótano en silencio. Cada uno con sus propios pensamientos y tribulaciones.
Repentinamente el comisario agarró con fuerza al sospechoso de la solapa, y le llevó hasta una de las paredes.
-¡Será mejor que confieses! ¡No tienes escapatoria! ¡Dime dónde has enterrado a la niña!- Se lo dijo en voz baja pero con tal determinación, que el hombre comenzó a derrumbarse. Las piernas le flaqueaban. Intentó gritar su inocencia, pero se sintió atrapado. No sabía cómo se habían enterado. Nadie le había visto agarrar a la niña. Había puesto atención a todo para no levantar sospechas… Pero ahora, bajo el peso de las circunstancias, se veía perdido.
-Nooo… ¡Suélteme¡… Yo no quise… ¡Suélteme! ¡Quiero un abogado!
-¡¿Un abogado para qué?! ¡Mejor confiese dónde la enterró!
Los ojos del hombre querían apartarse del lugar, pero algo le hacía mirar fijamente el suelo. Ya no le importaba nada; su corazón latía furiosamente acusándolo.
-Ahí… Sobre ese montículo de tierra… ¡Pero sáquenme de aquí!… ¡No quiero mirar!… ¡No quiero!… -Gritaba el hombre derrumbado por completo. Los dos policías que lo custodiaban apenas lograban mantenerlo en vilo.
-¡Vas a mirar tu obra! ¡Aunque no quieras!- Le repetía el comisario en la cara.
Varios policías, armados con picos y palas, cavaban enérgicamente. Pronto apareció un raido vestido de color…Azul. Y el cuerpo de la pequeña Sofía.
La señora Emma se abrazaba con fuerza a su hijo. El llanto les impedía decir o hacer algo. Ya no les importaba el asesino. En sus corazones no había lugar para la venganza…Sólo para el dolor infinito.
Sebastián miraba condolido toda la escena. El comisario se acercó a él para estrecharle la mano, y no quiso preguntarle quien fue la persona que le informó sobre el triste suceso.
Desde el lugar donde se encontraba, Sebastián pudo observar, al otro lado de la galería, una tenue luz que ascendía, dentro de la cual apareció el rostro de la niña Sofía, quien tenía una sonrisa apenas perceptible, dedicada sin duda… A Sebastián.

Comentarios a: mteyper@hotmail.com

Las lineas sobre mí, y mi labor con las letras, puedo resumirlo asi:
Nací en Bogotá, Colombia, pero desde los trece años de edad comencé a viajar por Colombia y luego por suramérica, financiando el viaje con la venta de poemas de mi autoría. Cuando regresaba a mi país conocí a Rosa Linda Ruiz, en Lima, y llevo veinte años viviendo en el Perú con ella. Hace unos siete años comencé a escribir cuentos y relatos, y espero la oportunidad para publicarlos.
Mi nombre es Jaime Aldana, pero firmo mis cuentos con el seudónimo de Manuel Teyper.

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4 comentarios

1 alba mendez { 22 Febrero 2012 - 12:50 }

de verdad esta historia, me encanto LA NIÑA DEL VESTIDO AZUL…me fascinan las historia donde el misterio y lo místico se conjugan y por supuesto hay alguien que lo sabe plasmar en lineas, por que nos es fácil emocionar con letras, esto es un arte espectacular….felicitaciones y vuelve a escribir de esta manera que lo haces muy bien!!!

2 Manuel Teyper { 4 Abril 2012 - 18:55 }

Agradezco tus palabras, estimada amiga Alba.
Escribir es para mí una necesidad. Siempre plasmo, aunque no me de cuenta, mi forma de ver el mundo y las cosas que nos ocurren. Si me escribes a: mteyper@hotmai.com, con gusto te enviaré más de mis cuentos y relatos.

3 lisbeth { 2 Abril 2013 - 02:17 }

este cuento es muy desagradable pues; narra la historia de una pequeña niña que fue atropellada por un anciano decrepito; al largo de muchos años el anciano tuvo muchos nietos, su pequeño nieto, un día de curioso, se fue al ático y encontró el baúl lo abrió y entonces horrorizado corrió muy rápidamente entonces en el baúl había fotos de su abuelo que decían “Que había atropellado una niña de vestido azul” el niño muy asustado fue a ver a su abuelo y de repente el abuelo lo atropelló.

Al ver el cadáver de su nieto ahí tirado, y al costado la niñita sonriéndole, se asusto tanto que se suicidó ….

4 Manuel Teyper { 6 Noviembre 2014 - 19:09 }

Leelo con cuidado, Lisbeth, para que te des cuenta que no es nada de lo que dices.
Respetuosamente:
Manuel.

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