Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

El desafío de educar por una cora* el minuto

Christian Zarate. Proyecto Cultural Sur. Estados Unidos, New York. Orientarles desde la distancia es un proceso complejo y doloroso, pero posible. Las familias ya no tienen por qué compartir el mismo techo. Educar a los niños desde una cabina de teléfono es una alternativa con mucho valor sentimental, aunque por ella haya que pagar un precio.
En las cabinas telefónicas caben miles de kilómetros en avión o en tierra y todos los sentimientos en un auricular. Esto lo saben bien las madres que las usan para comunicarse con sus hijos que han quedado al cuidado de otros en sus países de origen.
Cada vez son más, las mujeres que emprenden el camino de la migración sin su descendencia, con el firme propósito de construir en la distancia un mejor futuro para sus familias.  El precio a pagar es no ver crecer a los suyos (hijos). Sólo oírlos. Criarlos desde un teléfono en mano, a pocas coras el minuto.
La Salvadoreña Margarita Castellano, de 35 años, cuya imagen antecede a estas líneas, es una de estas madres. Entre risas, se define como una “viciosa de las cabinas telefónicas”. Acude a ella casi todos los días para hablar con Maximiliano (15 años) y Adela  (12 años), los niños cuyos retratos contempla.
Entre ambas fotografías median seis años y una tragedia superada. Al poco de estar en New York  a su hijo le detectaron una grave enfermedad. “Me quedé vacía por dentro, me costaba hasta respirar”, recuerda emocionada. No regresó a El Salvador  porque no tenía papeles y porque el tratamiento de su hijo era caro. “Sólamente con el sueldo de mi esposo no hubiéramos podido pagarlo. Si volvía era para verlo morir. Decidimos luchar por su recuperación así que me quedé, derrumbada por completo, pero trabajando sin parar”.
Si a Margarita le tocó afrontar desde lejos una grave enfermedad, otras mamás deben, mediante el teléfono o Internet,  lidiar con las malas notas, combatir la tristeza de los menores o encauzar la rebeldía de la adolescencia.
Las encargadas de una cabina de teléfono en el Alto Manhattan lo ratifican:”Los fines de semana tenemos más clientes, pero las mamás vienen a diario, no pueden esperar mucho sin comunicarse con su tierra”.
Aunque hechas de acero, capaces de soportar intensas jornadas laborales y de sobrevivir, como explican muchas, “con el cuerpo aquí y la mente allá”, estas mujeres (con el doble rol de proveedoras y educadoras) tienen un pesar incurable. La separación les pasa factura.
Nolbia es hondureña y ha dejado hace dos años a un adolescente al cuidado de sus padres.  A los cinco minutos de hablar con ella para que relate su experiencia, se echa a llorar. También lo hace Mariana, mexicana, cuando recuerda el tiempo que estuvo separada de sus cuatro  hijos y de su marido. Los tiene a todos ya en NY, pero la herida no termina de sanar.
Dos celulares de 150 dólares cada uno fueron a parar a sus hijos. “les envíe el dinero, pero a cambio negociamos otras cosas, como que aprendieran a administrar la plata sin gastársela toda en caprichos o que no pidieran más cosas hasta Navidad”, dice Margarita. “Mis padres me recomienda que les enseñe a valorar el dinero, pero ellos no comprende que eso suplanta la lejanía que yo tengo hacia ellos”,  admite la salvadoreña.
La situación de irregularidades de las madres inmigrantes, la carencia de recursos para viajar, o la demora en los procesos de regularización pueden dilatar el reencuentro familiar.
Sin ir más lejos, Mariana recuerda que, tras muchos años de separación, el rencuentro con sus hijos en el aeropuerto fue “mortal”. “No sabían cómo expresarse. Me abrazaban, sí, pero como si yo fuera una tía, no como se abraza a una madre. Margarita sabe que va haber un día en que las mujeres descubran su fortaleza interior y entenderán que se puede ser tan buena madre en la cercanía como en la distancia. Y las cabinas de los teléfonos presenciarán este hallazgo.

* Cora, nombre españolizado del nombre que en inglés se la da a la moneda de 25 centavos de dolar.

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