Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

¿Cultura y Revolución, Revolución y Cultura o Revolución cultural?

Tito Alvarado, Morin Heights.

Los términos Cultura y Revolución se prestan para falsos dilemas, no son términos que siempre vayan de la mano, por más que algunas veces tengan ciertos acercamientos, ni se prestan a la buena interpretación pues sirven para definir cosas muy alejadas unas de otras. En todo lo que a diario leo, no he visto un análisis de estas dos formas de accionar en su posible y necesaria unidad, lo más que abunda es un acercamiento a ellas de manera separada y muchas veces desde una perspectiva estrecha y parcial. Pudiera decir que es casi un fatalismo.

La ciencia y la técnica han avanzado tanto que asistimos a una aceleración en la diversificación de las especialidades, esta especialización se ve también en la crítica, junto a que quienes, en una proporción alarmante, se atreven a poner en discusión un tema, lo hacen con cierto grado de ego, es decir desde un desafortunado: yo tengo la razón, nos detallan el problema, sin atreverse a proponer soluciones.

Cientos de analistas se esmeran en intentar hacernos ver el mundo como si su campo, y por supuesto su punto de mira, fuese lo fundamental, nos muestran una parte del problema dejando muchos otros aspectos fuera del análisis.

Cada idioma con sus particularidades contiene elementos de confusión, las palabras no poseen el mismo significado para todos, para mayor marasmo una palabra puede registrar varias acepciones como también un significado se puede expresar con distintas palabras. Esto nos remite a un segundo aspecto, ¿qué es lo que determina el significado? algunos dirán que es el uso de los términos, sin considerar que estos tienen uso puesto en boga u obsolescencia por los hablantes. Con la globalización y las tecnologías modernas, podemos decir que los idiomas ya no son regionales, siguen estando insertos en una cultura, pero estas sufren una constante transformación tendiente a la universalización, por otra parte, las diferentes especializaciones le dan su propio giro a los términos en uso, universalizándolos, solo en el medio de la especialidad. Así, perfectamente el habla, junto con servir de puente entre alguien que expresa unos objetivos de significación y otro que interpreta estos significados acorde a sus propios medios: nivel de conocimientos, características intelectuales propias, familiaridad de uso de estos significados etc. sirve de elemento de confusión o ambigüedad, dejando al margen de su correcta interpretación a quienes no están al mismo nivel de especialidad, conocimiento o apertura intelectual.

Pudiera decirse que estamos hablando en un idioma desconocido, tratándose del significado que le damos a las palabras, la verdad es siempre un sí y un no. Primero está el uso de las palabras, luego puede darse el análisis, que se manifiesta con palabras, no siempre de uso común. De esta manera tenemos que lo emitido por alguien rara vez es lo mismo para un interlocutor dado.

El tema a exponer aquí es Cultura y Revolución, expresado de esta forma pudiera predisponernos a darle un falso sentido, como si ambos temas corrieran por sendas paralelas, la realidad indica que no es así, dicho de la segunda forma (revolución y cultura), predispone a entender que hay una dependencia de la cultura en relación a la revolución. Este último término se asocia a cambio violento, cuando en verdad quiere significar cambio radical, la realidad también indica que cualquier cambio social radical no se puede lograr sin una cuota de violencia, sea esta ejercida por quienes se oponen a los cambios o como respuesta de quienes propician esos cambios. Mi propuesta es que asumamos la misión de propiciar una Revolución cultural, un cambio radical de cultura.

Para entendernos en estos significantes, en esta intención de dar un significado que sea compartido por cientos de millones de personas, debemos partir por intentar un acuerdo del significado que le demos a los términos, cultura y revolución.

El término cultura antes del VI Congreso Sur realizado en Ciudad de México (2014) resistía 42 significados (todos ellos escritos por especialistas o funcionarios), allí Proyecto Cultural SUR acordó su propia definición de cultura, pero como en todo lo humano, primero ocurren los hechos, luego los intelectualizamos y más tarde se producen los cambios, con el agravante de que siempre hay nuevos actores que aportan su cuota a los hechos y a las ideas. Así los términos nunca tienen significados estáticos, como también hay personas que se quedan en otro tiempo cultural, con significantes y significados desfasados.

En aquel memorable Congreso definíamos la Cultura de la siguiente manera:

Cultura es lo que identifica a un grupo humano determinado y a la vez es lo que lo diferencia de otros: es el conjunto de saberes, creencias, pautas de conducta, formas de ser, prácticas sociales, medios materiales en uso, formas de relacionarse, modo de resolver sus necesidades, grado de desarrollo artístico, científico e industrial, en una época y/o grupo social, que son aprendidos, compartidos y transmitidos de una generación a otra por los miembros de una comunidad de intereses, por tanto, es un factor que determina, regula y moldea la conducta humana.

La cultura es práctica y es símbolo, es unidad y diversidad, es lo espiritual y lo material humano identificatorio, es el ser como identidad y el hacer como resultado de esa identidad, es lo determinante a la hora de definir lo que somos: seres pensantes con capacidad para modificar nuestra conducta y el medio en que nos movemos. A través de la cultura el ser humano se expresa como tal, adquiere conciencia de sí mismo, el individuo se reconoce en el grupo de pertenencia, ve sus falencias, sus necesidades y potencialidades, pone en duda su esencia, su práctica y resultados, busca y potencializa nuevos aportes y significaciones, crea obras, artísticas y materiales, que lo trascienden.

En suma se es en tanto se pertenece a una forma de ser y hacer.

Visto así, la cultura es un todo colectivo, expresado en una individualidad que a la vez que recibe un acumulado, aporta a lo identitario su expresión propia, tanto el colectivo social como las personas en términos individuales que lo conforman son y es influido e influye, es formado y forma, es moldeado y moldea. Con esto queremos decir que la cultura es un todo en constante movimiento y a la vez queremos significar que podemos influir en ella, el pequeño y gran detalle es el camino a seguir para lograr un cometido tal como hecho consciente. La manifestación de lo cultural es en su mayoría un hecho inconsciente. Ya no basta con que analicemos como se manifiesta en su totalidad o en sus variantes, se trata de colocarnos en la necesidad de acelerar la marcha para lograr una convivencia humana basada en la solidaridad, desterrando de la conciencia humana el usufructo personal y el lucro. Los recursos alcanzan para todos, falta que el ser humano se vea como hermano del otro y no como un competidor al cual hay que destruir o ganar sea como sea.

Una cosa es proponer un camino a seguir para construir una cultura desde la necesidad, otra muy distinta es asumir este trabajo como una práctica constante, como una forma de vida. El modo imperante de relacionarnos, no solo nos encasilla en una determinada forma de conducta, también nos da las justificaciones que convierten en moral, aquello que a todas luces es inmoral, como la pobreza en que están sumidos varios miles de millones de seres humanos, el racismo, la contaminación o el pago de servicios, que si de verdad se respetaran los derechos humanos, debiera estar garantizado su usufructo sin costo, hablo del agua, la medicina, la educación, el transporte urbano y otros. Aquí chocamos con la economía, pero antes chocamos con la piedra de que la economía no está al servicio del ser humano, sino que el ser humano está al servicio de la economía y esta es controlado en usufructo privado, por los dueños del capital.

Nos asegura Ariel Petruccelli en su artículo, Batalla cultural: ¿y si nos subimos al tren equivocado?, publicado en Rebelión.org (2 octubre, 2018), que:

los límites entre economía y cultura se van tornando borrosos. La cultura misma tiende a convertirse cada vez más en una industria, en un negocio.”

Más adelante nos recuerda algo ya olvidado como práctica social:

Literalmente: a comienzos del siglo XX un miembro de la SPD podía asesorarse acerca de cualquier problema legal -no necesariamente laboral- en los gabinetes jurídicos del partido, aprender las primeras letras en una escuela socialdemócrata, aprender las segundas y hasta las terceras letras en una universidad popular socialdemócrata, formarse como cuadro político o sindical en una academia socialdemócrata, no leer otra cosa que diarios, revistas y libros salidos de las excelentes imprentas socialdemócratas, discutir esas lecturas comunes con compañeros de partido o sindicato en cualquiera de los locales socialdemócratas, comer comida puntualmente distribuida por una cooperativa socialdemócrata, hacer ejercicio físico en los gimnasios o en las asociaciones ciclistas socialdemócratas, cantar en un coro socialdemócrata, tomar copas y jugar a cartas en una taberna socialdemócrata, cocinar según las recetas regularmente recomendadas en la oportuna sección hogareña de la revista socialdemócrata para mujeres de familias trabajadoras dirigida por Clara Zetkin. Y llegada la postrera hora, ser diligentemente enterrado gracias a los Servicios de la Sociedad Funeraria Socialdemócrata, con la música de la Internacional convenientemente interpretada por alguna banda socialdemócrata.” (Antoni Domenech, El eclipse de la fraternidad, Barcelona, Crítica, 2004, p. 149).

Sin duda se trata de un caso extremo, pero en modo alguno inusual. Sin ir más lejos, en Argentina y Uruguay también el movimiento obrero socialista y anarquista de esa época desarrolló su propio entramado contra-cultural, con grupos de teatro, clubes sociales, picnics recreativos, cooperativas de consumidores, orquestas filarmónicas, mutuales, equipos de fútbol, bibliotecas populares, etc.

Maravilloso, no hay nada nuevo bajo el sol, recurrir a la historia, debiera ser una práctica diaria para enfrentar los retos del presente, para sacar del ayer las lecciones de lo que no ha resultado y animarnos a implementar propuestas que si funcionen. Lo tremendo en contra es que siempre chocamos con el ego de quienes en su momento están conduciendo las luchas, así como también nos enfrentamos al dejar hacer a los otros lo que perfectamente podemos hacer nosotros.

Nos advierte Ariel Petruccelli que:

“A veces el rótulo “batalla cultural” sirve como una tapadera para legitimar una militancia light: la ilusión que podemos militar perfectamente wi fi mediante, conectándonos unos minutos en los ratos libres, sin gran necesidad de tediosas reuniones, polémicas asambleas, agotadoras movilizaciones o peligrosos enfrentamientos con la policía. Es evidente la tentación, dentro de los círculos intelectuales, de emplear la representación “batalla cultural” como legitimación de una práctica en la que se compromete el pensar, pero mucho menos el actuar. En la que poco se “pone el cuerpo”.”

y concluye:

“Resumiendo, una confrontación real en el plano de la cultura implica disputar no sólo en torno a representaciones y sensibilidades, sino también en torno a prácticas sociales, estilos de vida y formas de organización colectiva de diverso tipo. Si hemos de contraponer la solidaridad a la competencia, el diálogo a la descalificación, lo colectivo a lo individual, lo común a lo privado, la auto-realización al consumo, los “fines en sí mismos” a los “medios instrumentales”, etc., deberemos tener presente que estas contraposiciones no son sólo intelectuales, sino muy fuertemente prácticas.”

Pocas palabras, con un aporte de envergadura mayor, uno más sumando su voz a las muchas que intentamos aunar nosotros, para la alta misión de mirar los ojos fríos de la muerta. Los cambios que la sociedad toda necesita, es decir una revolución social a escala de todo el planeta, la democratización total y la defensa de la vida con derechos garantizados para todos, solo serán tal si a la vez logramos construir otra cultura. Se trata de una cultura nueva, para un orden social nuevo.

Nos recuerda Ariel Petruccelli que:

“como totalidad, la hegemonía para Gramsci incluía cuatro componentes: político, cultural, económico y militar.”

A tantos años de la realidad vivida por Gramsci, bien podemos preguntarnos si estos términos significan lo mismo y si no es hora de ver otros componentes que le den nueva vida a la lucha por la hegemonía, entendida esta como la capacidad de conducir la sociedad.

A mi modo de ver creo que prioritario es vernos en nuestra propia individualidad y cual es el papel del individuo en el cambio cultural necesario a la preservación de la vida y la construcción de un orden social basado en las necesidades de todos los seres humanos. Desarrollo pleno del individuo sin alejarnos de lo solidario implica un cambio radical, una revolución cultural, no de palabras sino de hecho, asumiendo como modo de vida lo que pretendemos sea la sociedad, ¿si queremos un modo de vida solidario, podemos pensar en términos de ganancia?, luego viene la acción local, la nacional y más que la internacional, la acción viendo el planeta todo como nuestro único y común hogar.

Veamos brevemente el uso y abuso de los cuatro componentes:

político, ha sido demonizado por el sistema y muchas prácticas de quienes se sitúan a la vanguardia de las acciones de cambio han contribuido a que las mayorías se alejen de lo político y al momento de elegir lo hagan en beneficio de los responsables del descalabro social actual, se impone la necesidad de crear un movimiento político de nuevo tipo, acorde a las posibilidades de las tecnologías actuales; cultural, desde las izquierdas en diversos periodos se ha intentado implementar un trabajo cultural serio, con la pata coja de que se ha entendido lo cultural como la simple manifestación de las artes, para peor casi siempre se ha priorizado una o dos expresiones del arte. En quienes están en la práctica política pareciera que nada, o muy poco, entienden cuando se trata de cultura. Quienes están en lo cultural o no comprenden nada de lo político o se alejan en la creencia de que ambos frentes no pueden mezclarse, como si lo cultural no pudiera a la vez ser un hecho político, como si una expresión del arte no tuviese una interpretación política o un hecho político no pudiera ser a la vez una expresión cultural; económico, cientos de miles de cerebros estudiando estos asuntos, pocos toman en cuenta el tremendo aporte de Carlitos Marx, y no se consigue darle al caos de la economía capitalista una estabilidad, aunque a diario nos dicen que de eso se trata, cuando en verdad la economía es en mucho, asunto de improvisación y teatro virtual, pero el asunto es cómo entendemos nosotros este frente y sobre todo qué sabemos y cómo lo implementamos en el accionar diario, generalmente se deja a especialistas, es decir nos guiamos por la ley del menor esfuerzo;

militar, ¿cómo entender este componente en un mundo en constantes guerras, implementadas por intereses definidos a cientos de miles de kilómetros en las suntuosas oficinas de los poderes imperiales? ¿Qué papel han jugado y juegan nuestros irrisorios ejércitos, aparte de haber asesinado sus propios nacionales y recibir una renta parasitaria? Desde la ignorancia de estas respuestas, me atrevo a insinuar que lo militar hoy en día debiera ser ir de frente a la eliminación de esta institución parásita, que no tiene ningún papel práctico en las sociedades actuales. Lo militar se define en el terreno de la expresión política por otros medios. Cada partido o movimiento en lucha por un cambio social, debiera dotarse de una política militar, que bajo ningún precepto puede ser una copia de lo existente, sí puede y debiera contener estrategias para la defensa de quienes hacen causa contra alguna manifestación del sistema.

Yo agregaría tres componentes más: comunicación, ciencia y conciencia;

comunicación, el sistema ya ha encontrado la forma de apropiarse de las inmensas capacidades de comunicación de las tecnologías modernas entregando contenido disociador y alienante. Desde sus centrales, utilizando algoritmos, tienen la capacidad de poner en circulación preconceptos e inclinar la voluntad de las mayorías a favor de quienes priorizan la ganancia propia. Hay todavía un potencial de comunicación que podemos y debemos disputar priorizando los sistemas operativos libres y entregando contenidos que permitan avanzar en el conocimiento y el ejercicio del pensamiento propio;

ciencia, el conocimiento científico ha avanzado en la última mitad de siglo más que en toda la historia humana y seguirá avanzando, lo funesto es que la apropiación de estos conocimientos se hace acorde con las leyes del mercado, así la ciencia contribuye al enriquecimiento de unos pocos y no a la solución de los problemas de los muchos, pese a esto queda una porción de ciencia que puede implementarse y ser un aporte a la liberación humana, hablamos de conocimiento de la ciencia y la implementación de sus soluciones con sentido solidario;

conciencia, en términos de lucha social se entiende por consciencia la participación en pleno conocimiento de sus causas y efectos, en realidad debiéramos hablar de conciencia como el papel de cada uno en su aporte al cambio, para ello, necesario es vernos en nuestro propio actuar, en lo necesario y en lo que funciona, dejando atrás los afanes protagónicos o la funesta creencia de que siempre tenemos la razón, priorizando encontrar soluciones que representen los intereses e incluyan los aportes de todos.

Ahora veamos algunas perlas que trae la ola:

Primera perla. En una entrevista con el dirigente sindical Venezolano Orlando Chirino, 2 de octubre, 2018, Rebelión.org este asegura: “no hay consigna más democrática y revolucionaria que la defensa del salario y del sindicato”, una mirada somera nos permite argumentar que el salario puede ser democrático solo cuando no hay mucha diferencia entre el más bajo y el más elevado, cuestión que ocurre en muy pocos lugares, lo revolucionario no se puede restringir a la defensa del salario, puede ser parte, pero nunca ha de ser lo fundamental, pues en si mismo una lucha por un salario justo no transforma ningún orden social y sin cambio radical no hay revolución. El sindicato es una herramienta, que en principio pudo ser democrática y hasta revolucionaria, pero hoy en día, en la generalidad de los casos, es más un agrupamiento dirigido por mafias, que un lugar en el cual el trabajador acumule la suficiente fuerza como para negociar condiciones de trabajo a su favor, ni mucho menos se puede pensar que el sindicato contribuya a una formación política sólida, entonces estas palabras del dirigente Chirino se vuelven palabras para defender su propio papel en el juego, en otras palabras es un asunto cultural, se ha corrompido el principio fundamental del sindicato, la defensa de los intereses de clase, y se ha transformado en una tribuna de egos en juego con salarios altos para los que allí se reparten la cotizaciones sindicales.

El sindicato podrá ser una poderosa herramienta de clase, cuando se logre la participación consciente de todos los afiliados y si esta herramienta es empleada no solamente para la lucha por un salario digno, es decir debe existir una voluntad tanto de los dirigentes como de sus miembros de que efectivamente el sindicato sea una herramienta de cambio. Yo vivo en una realidad en que los sindicatos son dirigidos por sindicalistas profesionales, en la mayoría de los casos, funcionarios ajenos completamente a los intereses de los afiliados. Estos personeros tienen nula participación democrática y ninguna noción revolucionaria, los afiliados cuentan cada cierto tiempo al momento de elegir en asamblea a sus dirigentes. Nunca he sabido los porcentajes de participación, salvo del que fue su presidente por un cortísimo periodo: eran tres mil afiliados, en la asamblea eleccionaria, participaban no más de ciento cincuenta personas, es decir los dirigentes en realidad representan el 5%. Todo un fracaso del sindicato y del ejercicio democrático.

Segunda perla. 24 horas después (2 de octubre, 2018) de conocido el fallo de La Haya, contrario a la posición de Bolivia, el actual presidente de Chile Sebastian Piñera, según El Mostrador (periódico digital chileno) habría dicho en referencia a la Presidenta anterior:

Tuvo una actitud firme y clara en defensa de nuestro país”.

Pudiéramos pensar que se trata de una apreciación política, dejando de lado el aspecto cultural y estaríamos parcialmente en lo cierto. Pero además es una afirmación política parcialmente cierta, por decirlo de una manera elegante, sin embargo la verdad va por otro carril. Una actitud clara y forme en defensa del país, hubiera significada durante su gobierno, una propuesta de hermanos a Bolivia, no fue así ni tampoco hubo durante los dos periodos de la Sra. Bachellet la recuperación del cobre, no se impidió la práctica de vender recursos sin procesar a potencias extranjeras (Chile vende el mineral sin procesar, junto a todo lo que le acompaña), ni tampoco hubo una recuperación de la economía basada en la explotación de los recursos de Chile con capitales chilenos: la explotación de las carreteras es propiedad de compañías españolas, lo mismo que la explotación del agua, la electricidad y otros recursos. ¿Cómo entender entonces la defensa de nuestro país? El golpe militar significó un retroceso inconmensurable y los gobiernos “democráticos” no han hecho su parte para recuperar Chile en todos los sentidos. Peor aun, Bolivia aspiraba a disponer soberanamente de una porción ínfima del litoral chileno, algo imposible por la simple razón de que el mar en Chile es propiedad privada de siete familias.

Tercera perla. Una poeta en el último Festival de Val David, donde participamos con Raquel Catalán, mi compañera de vida, se presentó como una activista social, ardiente defensora del agua, En francés suena muy similar la primara parte de una expresión que se usa para pedir socorro au secours y la palabra agua, eau, La poeta participa en el movimiento eau secours, que se ocupa de hacer conciencia sobre la necesidad de salvar el agua. Uno puede pensar que siendo poeta, con una participación activa en un problema sensible, la poeta pudiera tener conciencia. Me interesé en conversar con ella, le expuse a sobresaltos y interrupciones la cercanía de nuestra Campaña Verde esperanza, Parques para la Paz, poemas para la vida y la de salvar el agua, luego comencé a exponerle todo lo relacionado con el Festival Palabra en el mundo, cuando creyó comprender de qué se trataba, su pregunta me dejó helado, ella dijo: ¿qué se gana con este Festival? Mi cara debió expresar tremenda extrañeza, así es que ella misma aventuró una respuesta, ¿se publica un libro de cada participante? Y volvió a la carga con el ¿qué se gana? En los más de dos mil contactados para Palabra en el mundo nunca nadie nos preguntó que ganaba. A partir de esa actitud, nada puedo argumentar, pues ella, en su esencia de buscar ganancia, es parte del problema no de la solución.

Esto es solo una pincelada de lo mucho que hay del discurso del muere en las personas que están en los trabajos culturales. La esencia es que quieren tener una parte del manjar, hermoso sería que se nos pagara un salario justo por nuestro trabajo, pero para ello debemos diseñar una nueva forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza esta nueva forma puede y debiera ser la solidaridad, la relación simbiótica y no la relación parasitaria de la ganancia a toda costa.

La última en sentido múltiple. Los agentes del sistema han encontrado fórmulas nuevas de ejercer su dominio quebrando la lógica de los hechos: demonizar ex presidentes, que tienen un bañito de progresistas, cooptar a otros, que no han sido “tan Progresistas”; montan con éxito golpes blandos, son argucias de fuerza sin necesidad de la fuerza bruta; en otro lados implementan la fórmula de que luchadores sociales, sean suicidados, ni pensar que la justicia ejerza su potestad para demostrar que tales suicidios fueron en verdad asesinatos ni tampoco pensar que las izquierdas levanten su voz; al lado tenemos muertos que contradicen las leyes de la lógica, uno que se suicida, quieren demostrar que fue asesinado, otro que ha sido asesinado nos quieren demostrar que murió de causas “naturales”.

Estas perlas son ilustrativo de lo cultural que debe cambiar para avanzar en la revolución social. En la mayoría de los casos “las izquierdas” montan caballos cojos, no están en lo fundamental; levantar todas las luchas, coordinarlas hacia objetivos de soluciones definitivas, hacer frente común al imperio, implementar políticas centradas en lo importante y dejar de correr por lo urgente. Utilizar las tecnologías modernas para informar, educar, discutir el discurso dominante, demostrar lo necesario, movilizar por soluciones, etc. Nótese que con estas perlas no estamos hablando de hechos políticos, por mucho que el sistema los presente de esa manera. Estamos hablando de como hacemos, vemos y/o justificamos lo que hacemos, estamos hablando de hechos esencialmente culturales, asimismo, el modo de hacer de quienes debieran estar en primera línea por los cambios sociales, han desteñido sus principios y diluido su acción, este es un hecho político y a la vez un hecho cultural, pero de una cultura impuesta subliminalmente por el sistema. El asunto es salir de la olla con agua tibia en proceso de ser agua caliente.

Por Revolución se entiende una amplia gama de movimientos de cambio, aunque no cambie la esencia del sistema social injusto en proceso terminal. También la hegemonía de las ideas del sistema dominante actual impone la representación o la acepción de violencia para una revolución, más de alguna “izquierda” suave, pretendiendo alejarse de la violencia, termina por acomodarse al sistema. Tomemos por caso las recientes elecciones en Quebec, Canadá (1 de octubre, 2018). había cuatro partidos en disputa, tres ambiguamente de derecha y uno ambiguamente de Izquierda, ganó el partido más ambiguo, pero más enemigo de cambios sociales en beneficio de las mayorías, paradoja, ganó esgrimiendo, como en Argentina, la bandera de un cambio. ¿Asistiremos a la quiebra de Quebec, como economía, como sociedad distinta, como identidad otra en el marco de Canadá? La izquierda ha quedado tremendamente contenta, pasaron de tres diputados a diez. Cuando en el fragor de la campaña se les acuso de comunistas, respondieron que no lo eran ni tampoco eran marxistas. En verdad una izquierda dentro del sistema, por más que argumente en favor de las mayorías, por más que ponga en la palestra los problemas reales, siempre será un intento de ponerle una cara dulce al sistema que irremediablemente nos conduce al muere.

El intrincado asunto del significado de la palabra, izquierda, siniestra en italiano, en español siniestra o siniestro es algo retorcido, misterioso que preconiza un horror. El uso devino un abuso. El significado primario se volvió otro, de personas sentadas al lado izquierdo, progresistas, revolucionarios en la asamblea etérea de la llamada revolución francesa, se volvió sinónimo de ser partidario del progreso en términos sociales, entendido el progreso como acercamiento en los hechos a la justicia social, preconizada en las palabras. La historia nos ha demostrado luego que las palabras pierden significado y las prácticas traicionan los postulados. Hilvanado más fino veremos que hay una delgada línea de pertenencia a una determinada clase social, que a la larga juega su rol de clase tanto en la conducta política como en las propuestas y estrategias de lucha.

Los grandes problemas. No siempre identificados por las izquierdas, están camino del punto del no retorno, la contaminación, los cambios climáticos, la gestión de los recursos hídricos, la amenaza constante del hambre (dos mil millones de personas sobreviven con el equivalente a dos dólares diarios), la dependencia casi absoluta de la energía generada con hidrocarburos, etc.

A modo de ejercicio para la redacción de esta conferencia realicé una breve investigación sobre que se piensa son los principales problemas del mundo. Me encontré con toda clase de enumerados.

Desde quienes van a lo fundamental: como el impacto de la contaminación medioambiental y la creciente desigualdad entre ricos y pobres, hasta otros que identifican diez problemas mayores relacionados con: el hambre, el racismo, la contaminación, las guerras, la salud, el VIH/SIDA, la agricultura, la electricidad, el agua potable, la pobreza, otros ponen en su evaluación: cambio climático, seguridad social, envejecimiento de la población, la pesca o la minería, la biodiversidad en retroceso, el colapso económico, el agotamiento del petróleo. Lo cual muestra que efectivamente existen problemas claramente identificables, pero no una sistematización del estudio de los mismos y ello nos remite a que las soluciones no se proponen por inexistentes o son muy disparatadas por un desconocimiento científico de las causas. Esto es la superficie del problema. Ninguno de los analistas estudiados identificó el problema de fondo, las relaciones de producción, que son las causantes de todas las amenazas a la vida en la tierra. Esta falta es a la vez un problema cultural y un problema de incapacidad de análisis, pues con la caída del campo socialista, se ha dejado de lado el marxismo como una herramienta de análisis concreto de la situación concreta.

En resumen, sin un método para analizar las múltiples realidades y como en ellas se mueven las personas y se producen los hechos sociales, sin capacidad para conocer, analizar como la realidad es percibida es su especificidad colectiva e individual, sin asumir que no todas las personas tienen conciencia de su lugar en el mundo, sin proponer soluciones a escala local, nacional y global no habrá otra sociedad posible. El asunto no es cultura y revolución ni revolución y cultura, ahora el mundo avanza hacia un punto del no retorno en que la vida, y con ello la civilización humana, se enfrenta a su mayor desafío, el de la supervivencia o la extinción. No somos seres humanos en una realidad que puede ser modificada a nuestro antojo, somos una ínfima parte de un todo, el cual no puede ser modificado sin consecuencias. Es aquí que la revolución, entendida esta como las personas y movimientos que están por un cambio radical de la sociedad, deben trabajar lo cultural como parte indisoluble del cambio revolucionario y por otro lado quienes trabajan lo cultural deben entender su incidencia en lo político. La cultura sola, sin el elemento político, entendido este no como una simple participación en un partido o movimiento político, sino como una toma de posición frente a cada asunto humano, no influye en la sociedad. La política sin incorporar el elemento cultural a su acción no ha logrado ni logrará afianzar los cambios. Si emprendiéramos la misión que ambos frentes concuerden en múltiples acciones en pro de un ser humano proyectado en lo social, que actué en plena conciencia y conocimiento, estaríamos produciendo una Revolución Cultural. Sus tareas de largo plazo son el desarrollo de todo el potencial creador de cada ser humano, para ello un camino es el pasar de ser espectadores a ser actores, personas con visión crítica y acción que no desdigan sus palabras. Un extraordinario papel juega en este propósito la capacidad de las personas de ver y verse en el movimiento, la capacidad de recurrir a la imaginación, a la inventiva para sobreponerse a las adversidades, dicho así esto pudiera interpretarse que todo es un asunto de manejar la mejor estrategia personal, dejando de lado las leyes sociales, no. Toda respuesta, toda capacidad, todo poder de imaginación personal es a la vez un asunto social, pues estos factores al momento de implementarse se vuelven un hecho social y es la sociedad toda que o mantiene el rumbo del muere o cambia en forma radical, con cada día que pasa este cambio va de lo importante a lo urgente.

La misión humana, cultural y de cambio radical, hacia delante es inmensa, como inmensas son las dificultades a enfrentar. Si seguimos como hasta el presente, lo más probable es que lleguemos al punto del no retorno alrededor del 2035 (16 años pasan volando), estamos hablando de la concentración del capital, del aumento de la desigualdad (ahora mismo el 1% de la población mundial posee el 50% de los recursos), de la desaparición de las especias, (ya se habla que en el 2050 no habrá peces en los océanos), de los negativos efectos de los cambios climáticos, muchos de los cuales nos amenazan en forma creciente cada año.

Para asumir una revolución cultural como parte de todos los esfuerzos por una convivencia humana solidaria, en igualdad de oportunidades y usufructo de los recursos contemplando las necesidades de todos, se requiere una voluntad de cambio dictada sea por el conocimiento, por la necesidad o por la certeza de que así como estamos, vamos definitivamente al muere.

Hacer posible, y hacerlo rápido, todo cuanto parece imposible. El mañana será el que soñemos solamente si contribuimos, desde todos los frentes, a crear una cultura alejada del mercantilismo, de la competitividad o búsqueda de ganancia. Pero también se requiere poner al día nuestras capacidades para sumar a otros, para coordinar acciones, para crear conciencia, para dominar las nuevas tecnologías y deshacernos de los lastres imperantes en la ideología dominante. Ser o no ser era el dilema de Hamlet, personaje ficticio en una Dinamarca oliendo a podrido, también ficticia, pero con muchos visos de realidad. Ahora todo el mundo huele a podrido. En este aquí, en este ahora, más que un dilema de teatro se ha vuelto una necesidad de vida, el detalle funesto es que a la fecha quienes toman las decisiones siguen creyendo que hay todo el tiempo del mundo por delante, entonces no queda otro recurso que nosotros, los desperdigados individuos que aun creen en el ser humano y sus capacidades, pasar a la acción por una cultura nueva, por un movimiento político cultural de nuevo tipo, por una nueva internacional, cuyo objetivo sea el ser humano en su dimensión universal. El detalle que hará la diferencia es la visión y acción que agregue cada uno. En eso estamos.

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