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Cultura: romper la soledad

 Jorge Bellina
“Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él …” (César Vallejo)
 
Empieza un Nuevo Año, y este cronista, bloguero, comentarista, chismoso, escritor en ciernes o lo que sea que yo sea, estaba sumido en una seca creativa. Ocupado en mis quehaceres destinados a recuperar algún tipo de equilibrio económico, no encontraba nada que realmente me inspirara ganas de escribir y superara la gris cotidianidad. He seguido leyendo en los pocos momentos que tengo libres. Avanzo mis Crónicas de Lecturas, personalísimo proyecto con algunos visos autobiográficos, con el que espero poder mostrar desvergonzadamente, exponer sin pudor y airear al viento mi jugoso enamoramiento, pasión abrasadora y cuasi erótica relación con los libros y la lectura. Confieso que me da un poco de vergüenza, y lo equiparo a lo que un actor o actriz debe sentir la primera vez que sale desnudos en el teatro o la pantalla. Supongo que todo está, como en muchas otras cosas, en la primera vez. A ver como sale, espero lanzarlo este año, y si es posible este mes. Sin embargo, mi ausencia de ganas quedó superada con la lectura de lo último del Blog de Javier Garvich, El lápiz y el martillo (http://lapizymartillo.blogspot.com/2012/01/los-sociologos-los-tecnicos-y-los.html), donde pergeña una reflexión interesante – si bien un poquitín contradictoria por momentos – sobre la cultura, el rol de los escritores, la lectura, los “técnicos” y los “científicos sociales”. Da para bastante, aunque me deja la impresión, Dios me perdone, que mi tocayo describe la lucha entre encomenderos por repartirse una indiada cada vez más inexistente.
(Paréntesis: Eso de las ganas no tiene nada que ver con la necesidad, el deber o los principios que llevan a uno a expresarse, es simplemente tema de cansancio mental y tiempo disponible para hacer lo que uno quiere. Escribir es una pasión, y hundirse en la desesperación del escritor que no escribe tampoco es renta. Las ganas, como sabe todo aquel que trata de expresarse, dependen del trabajo que uno le ponga. Me siento, pues, delante de la pantalla y trato de compensar la ausencia de inspiración con transpiración, a ver si es verdad lo que cuentan al respecto. Ruego paciencia a mis lectores si este articulito no está a la altura de lo que esperan, pero así es la vida. Vuelvo así a la carga, reloaded. Que los Dioses estén con nosotros.)
El vacilón de las palabras
Saber decir lo que se quiere decir es una virtud lograda a partir de la práctica en una habilidad, y lograrla no es fácil. Algunos habilidosos lo instrumentan para trasladar e imponer con su lenguaje una completa visión del mundo porque necesitan de la imposición para ser felices o sentirse realizados. Eso me parece nauseabundo, y lo combatiré hasta mi último aliento, suponiendo que me quede algo y al final no traicione, cosa siempre posible. Creo que todas las sabidurías son necesarias y ninguna es, por sí misma, tan boba que no contenga algún elemento a considerar e incorporar. Pero no me tiene que agradar que me vendan gato por garduña. Si escribo es porque descubro mis pensamientos y los saco al fresco, y espero que a alguien eso le interese y lo cuestione. El único límite son las normas elementales de convivencia y una racionalidad mínima. Si me insultan, corto la comunicación sin culpa alguna. Si me tergiversan, digo “me tergiversan” y dejo abierto el espacio a la discusión, porque entiendo que puedo estar equivocado, pero a la vez eso no me convierte en un ser acrítico ni en habitante de una torre de cristal. Comparto con mi tocayo Garvich el vacilón de las palabras y su posición respecto a lo que ocurre con los escritores. Admiro en él su solidez y su coraje para decir de lo que es, que es. También creo que la falsa dicotomía entre “científicos sociales” y “técnicos” obedece a temas ideológicos y no a una visión real de la sociedad ni del conocimiento. Y me permito desde ahí decir mis pocas ideas al respecto.
Valores en juego
Toda discusión alrededor del Poder tiene, a la larga, visos éticos y morales. Entran en conflicto escalas de valores que, aunque tengan el mismo nombre, ni significan lo mismo ni son considerados igual. Despojada de toda hojarasca y cortinas de humo, de eso se trata precisamente la discusión política, cuando menos en un plano ideal. El concepto “Cultura” no es unívoco, y cuanto menos se defina más confuso resulta. En la realidad real, la que se arma desde las relaciones sociales, la Cultura tendría importancia si la gente le diera importancia. No es así porque, y esto es discutible, parece haber una suerte de complot para mantener bestia a la gente. Sé que esta explicación es sesgada y un tanto infantil, pero podemos admitirla provisionalmente, más que sea como hipótesis jocosa. Hay, por ende, élites y masas, y nuestras masas, propietarias solo del voto y de su Opinión, van por un lado en tanto que la intelectualidad – supuesta élite -, va por otro. La fuerza de la razón no es la razón de la fuerza, y tener la razón suele ser un consuelo un tanto idiota cuando vas camino a la guillotina, pues no evita el navajazo. Según el viejo Marx, el poder depende de la economía y del reparto de la torta, y si a los que la mueven les importa la Cultura, pues entonces la Cultura importará, y si no les es funcional, pues no importará. Punto. Cuestión de escalas de valores sociales.
Oralidad
Me detengo un poco en estos temas, tratando de combinar ideas. Sin entrar en arrumacos conceptuales y limitándonos a lo estrictamente intuitivo, nuestra “cultura” es mayoritariamente oral, lo que quiere decir que se basa en el empleo de la palabra y el oído, y esto ha sido así desde tiempos inmemoriales, pues que la lectura – proceso intelectual complejo – era limitada a los que la movían hasta hace muy poco tiempo, y era marca de pertenencia a la élite. La Cultura es cosa de ociosos desde la Grecia Clásica. Luego llegaron los Liberales con sus ideas sobre cómo aumentar la producción y su exigencia de que la gente sepa algo más que lo oral para lograrlo. Y luego llegó el Manifiesto Comunista, los socialistas empezaron a agitar más la vaina, y entonces a los que la movían no les quedó más remedio que atracar con esa cosa de los sindicatos, la justicia, la educación masiva y el estado de bienestar. Así como el capitalismo liberal avanzó en el espacio y tiempo, dinamitando la oralidad a su paso – y hay todavía hoy regiones donde por angas o por mangas aún no penetra del todo – era seguido por la contracultura “proleta”, y junto con la fábrica llegaba la escuela, el estado de bienestar y algunas ideas más o menos revolucionarias, tanto liberales como socialistas. Donde las estructuras previas – que pueden tipificarse de feudales, semifeudales, mercantilistas, estamentarias, o lo que corresponda – oponen resistencia tradicionalista, como en nuestro país, se combinan una suerte de aceptación de lo “moderno-técnico” – que después de todo aumenta las ganancias – con las formas tradicionales de llenarse los bolsillos. Si antes te explotaban por la tradicional, ahora te explotan por la tradicional y además por la moderna, y a veces por la postmoderna. Eso si tienes chamba, claro. Y en consecuencia, la Cultura seguirá inscribiéndose en una estructura de exclusión y torres de marfil. Aprenderás lo que tengas que aprender según tu ubicación social, y no más, a no ser que le metas punche. En lo realmente existente, para las mayorías eso es leer un poco y marcar el paso. El cholo barato sigue rindiendo beneficios. Juan Mejía Baca lo decía claro respecto a los libros: “¿Quién compra?” “Quien tiene plata”.
Visualidad
La cultura visual de la modernidad y postmodernidad, como la estructura económica del capitalismo liberal, se superpone sobre la oralidad y reconstruye la expresión cultural de la sociedad produciendo formatos nuevos. Desde que los que la mueven se encontraron otra vez en la situación de no tener que ceder (La Unión Soviética se hizo cisco, se acabó la monserga de la economía social de mercado, y llegó el neoliberalismo), pues dejaron de ceder, y dado que no es necesario que la indiada aprenda, pues que no aprenda, que eso es un sobrecosto intolerable y atenta contra la productividad. Claro que la cosa no es tan fácil, porque la modernidad es contradictoria y exige eficiencia en los procesos productivos, pero de veras. Si eres bestia no eres eficiente y las utilidades bajan. Entonces se te tiene que educar para que seas eficiente. Pero si se les pasa la mano en eso de la eficiencia te pueden entrar ideas raras, no sé, el psicoanálisis, la evolución, la relatividad, la multiculturalidad o la convivencia pacífica. O hasta pueden aparecer indeseables características mentales, como el pensamiento crítico, el análisis o la cultura evaluativa. Horrible, oye. Claro que si tu “cultura” es suficientemente estamentaria, puedes contar con que eso lo harán solamente algunos loquitos nerds convenientemente aislados, y que terminarán emigrando fuera del Perú, y así podremos continuar meciéndonos en nuestra tradicional hamaca, dándole vivas al Perú y a los logros que nuestros connacionales emigrados logran fuera de nuestro país.
Inmediatez perceptiva
Como la visualidad y la oralidad basan sus efectos en la muy comercial inmediatez perceptiva, es simplemente natural que la “cultura” no privilegie las operaciones intelectuales, y poseerlas es artículo de lujo que muestra la pertenencia a la élite, pues ello presupone que tienes plata, como quería Mejía Baca. El consumo de productos culturales que requieran de habilidades complejas para “entenderlos” implica una formación intelectual, y eso explica por qué las películas peruanas son tan poco vistas en el Perú, pues son productos culturosos para gente culturosa, y no tienen el atractivo de la inmediatez hollywoodense – e incluso bollywoodense -, que ha creado un lenguaje visual-auditivo perfectamente funcional comercialmente, que emplea la inmediatez por ser la línea de menor resistencia para ganar plata que da miedo. Salvo una que otra excepción, el cine peruano es para el público de los festivales internacionales, y trata infructuosamente de adaptar al público nacional, en vez de adaptarse a él. Superar individualmente esa situación no es solamente escapar de la estructura educativa, porque no es lo mismo la Universidad de Flor de Agosto que la UPC. Implica algo más fuerte y más profundo, implica que existan los medios para que puedas permitirte pensar por ti mismo, y eso es en estos días extraordinariamente difícil. El más somero análisis de las características de la transmisión de conocimientos – por ejemplo, observando qué hacen los educandos con su tiempo – arroja provisionalmente un resultado bastante lapidario: Oralidad en la escuela y visualidad en el entretenimiento. Es decir, un simple desenvolvimiento de la inmediatez perspectiva, no un desarrollo intelectual. La “cultura”, así, ya no solamente no es lo que solía ser, si es que alguna vez fue algo, sino que es, precisamente, esa inmediatez.
Lectura y Audiovisualidad
La lectura no es un proceso inmediato, sino de sucesión consecutiva de formación de significados. En ese sentido el lenguaje visual cinematográfico y televisivo posee grandes semejanzas, y por ende no existe de facto una oposición entre la lectura y las expresiones audiovisuales, como algunos tradicionalistas refugiados en su torre de marfil parecen creer. El proceso en diversos niveles de estructuración de los textos conforme se van leyendo tiene mucho en común con el proceso de integración de los encuadres en el visionado – palabreja nueva que no me gusta – de una película o serie. El manga japonés, el Cine Negro norteamericano, la Nouvelle Vague francesa, el Cinema Novo brasileño o el Nuevo Cine latinoamericano poseen rasgos análogos a los que presentan las tendencias literarias. No son tan diferentes. Las convenciones audiovisuales pueden ser objeto de aprendizaje tanto como la decodificación de los signos alfabéticos. El chiste de contar una historia está en que el lector pueda representársela en su mente, trabajo que el cine y la televisión le ahorran al espectador. Los que escriben tendrían que considerar este hecho simple y ya viejo de un siglo cuando menos, los que producen películas y series pueden hacer cosas realmente interesantes pensando en el gran público, los artistas y músicos pueden integrarse al sustrato popular, y las escuelas emplearlo y considerar la necesidad de alfabetizar no solamente en la Lectura, sino también en lo Audiovisual, apoyando la una en la otra. Los procesos de aprendizaje de códigos y registros lingüísticos y pre-lingüísticos de todo tipo poseen su sustrato en el sistema nervioso, y el desarrollo de habilidades puede perfectamente vehicularse mirando hacia el futuro, y no hacia el pasado. No hubo nunca paraísos perdidos de la Lectura ni la Comprensión Lectora, solamente inconsciencia de un problema que estamos recién visibilizando. El asunto siempre fue grave, la diferencia es que ahora lo notamos.
Aislamiento
Los grupos sociales viven en ghettos, y en consecuencia las subculturas florecen contrapuestas las unas a las otras, mirándose de lejos, desconociéndose y muchas veces despreciándose. Los compartimentos estancos sociales determinan desarrollos más o menos independientes, así como extinciones generacionales masivas de las subculturas que no alcanzan a adaptarse y reproducirse. A diferencia de este descuartizamiento social, la cultura de masas postmodernista es global, y se impregna en estos ghettos vía medios de comunicación, adoptando formas diversas, aunque con segmentaciones marqueteras más o menos interesadas. El escritor, artista o científico que aspire a ser precisamente eso, puede serlo al interior de su mundito, pero romper el ghetto es tarea ingente, y requerirá pertenecer a la élite. Si los escritores solamente escriben para ellos, les espera el triste destino de los artistas plásticos cuyas exposiciones son monumentos al desperdicio de espacio y al vacío. Las líneas sociales se marcan no solamente por lo económico sino también por lo subcultural, y se necesita un enorme esfuerzo y una gran imaginación para encontrar los medios de trascender a los ghettos y construir sociedad. Es que parece haber algunos que pretenden proteger a la indiada del libre curso de las ideas, no se les ocurra pensar. Le dan a la gente lo que dicen ellos que quiere: Sangre y tripas en las noticias, cortinas de humo y apología de la ignorancia y la barbarie, opiniones predigeridas y poco más. La “cultura” queda reservada a los que se la merecen por derecho de posesión de bienes. Hasta la misma palabra “cultura” está devaluadísima en sus significados mediáticos. Y cuidado con que eventualmente un miembro de la élite sostenga ideas medianamente revolucionarias o reformistas, incluso simplemente liberales. En esto ni Mario Vargas Llosa se salva, aunque su Premio Nobel le dé suficiente caché para que sea a regañadientes integrado al mainstream, puesto que juega en las grandes ligas y puede mirar a sus críticos por encima del hombro y morirse de la risa. Pero él ha escapado fuera del esquema mercantilista y estamentario de nuestro país. A este destierro emocional e intelectual en el exterior, les corresponde a las mayorías culturosas que no pueden financiar la salida una soledad interior análoga, un destierro interior.
Qué Hacer
Según parece habrá que crear algún tipo de programa. Un programa implica organización, juntarse, fugarse de las torres de marfil y empezar a ser realmente creativos. En resumen, hacer la del príncipe Siddhartha, salir del palacio, ir a las calles a ver qué es lo que realmente está pasando, y crear algo a partir de eso. Que hay gente que lo está haciendo, la hay. No sé qué pensará el resto, pero para mí es urgente Romper la Soledad. El que tenga ojos, que lea.
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