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Crónicas del pan

Silvana Melo (APE)
La harina y el agua mezclados naturalmente. El bollo sobre las piedras, esperando que el sol conceda un calor que cinco mil años después sería de horno y a gas. La masa descansando un par de días y una pancita que creció como por magia y el levado natural del tiempo y la tibieza. Habrá nacido el pan tan simplemente, en los tiempos primeros del hombre. Cuando el hambre era hambre de las entrañas y no del capitalismo que elige quién debe padecerlo y quién no. Habrán inventado el pan de pura casualidad, con el cereal molido a talón y a piedra y el agua de los arroyitos.

El pan, tan simple y llano, pasó de mano en mano desde los confines del tiempo. Fue el símbolo del alimento, la nave insignia contra las hambres más duras del mundo, fue médula y esencia de ser compañero (cum pani, compartir el pan), fue ázimo para los judíos, que en su éxodo eterno no tenían más que la harina y el agua, fue definición cristiana: yo soy el pan de la vida, dijo. Y multiplicó los panes ante la hambruna y dio de comer de su cuerpo en el culto sacramental. Fue corteza crujiente y panza tierna en la comida de los pobres, fue masa de rebelión, vigilante, cañón y genitales sacerdotales cuando los anarquistas le agregaron azúcar, membrillo y pastelera. Fue palabras célebres que acaso ni siquiera dijo la pobre María Antonieta cuando vio a los pobres pidiendo pan. “Si no tienen pan que coman tortas” (S’ils n’ont pas de pain, qu’ils mangent de la brioche), dicen que dijo con la cabeza aún en su lugar.

Mientras el cristianismo dogmatizaba que no sólo del pan vive el hombre, Marx coincidía desde la arrogancia de la rebeldía: el obrero tiene más necesidad de respeto que de pan.

Es que en los banquetes se servía una generosa rebanada de pan sin leudar, que actuaba resignadamente como plato. Algunos se lo devoraban al final de la comida. Otros, los nobles de toda nobleza, se lo daban a un mendigo. Que recibía un pan manoseado, sin sabor y con los rastros de un banquete que siempre, siempre era de otros.

El pan nació y se dispersó por el mundo atravesando culturas y etnias. Fue democrático y revolucionario. Se repartió para que uno solo alcanzara para todos, se entregó al mendigo aun cuando la mesa quedara vacía para conmover al Brahma y que hiciera nacer un árbol de pan, como en la leyenda hindú. Por él se encendieron guerras y cayeron reyes. Y las espigas se diseminaron por la tierra como cabelleras rubias creciendo apasionadamente en la piel negra del planeta.

Crecieron y se hicieron grandes y bellas en una remota tierra de los pies del mundo.

En la Argentina crece el pan en las espigas, la carne pace por los campos inmensos y la leche fluye mansamente. No debería tener lugar el hambre en la tierra donde las semillas brotan en las banquinas y en las macetas.

La riña de poder entre el gobierno y los más poderosos sembradores replegó a las espigas. El gobierno les puso límites a las exportaciones de trigo supuestamente para que el pan estuviera a mano de todos. Pero la producción se mudó masivamente hacia otras semillas. La soja invadió casi el 65% de la tierra cultivada del país. Corrió a las vacas, taló los montes, postergó al trigo.

El negocio estaba en otro lado. En la soja con transgénesis y menos riesgo, en el agrotóxico que la libera de toda posibilidad viviente alrededor (incluidos pájaros y a veces niños), en la semilla modificada que se devora como un pac man los árboles y las nutrientes y vuelve loco al cielo que reparte, desquiciado, inundaciones y sequías.

Pero ya no en el pan.

Nueve millones de toneladas de trigo se cosecharon este año. Hace seis -y parece tan lejos- fue el record histórico de 16 millones. Un 43% menos. La harina se esfumó y el pan, el matador de todas las hambres, el democrático y el revolucionario, se convirtió en una tajada del privilegio. A 18 pesos el kilo, es una quimera en la mesa y un cuento mentiroso en la panza de los pibes.

En el país de los alimentos, el pan ya no es ni democrático ni revolucionario. Se volvió una herramienta más del capitalismo que decide el destino de las hambres y maneja la intemperie a su placer. Se da y se quita, como una sortija.

Pero el pan tiene otra urdimbre. Otra vena, otra entraña.
Sabe que el hambre es criminal.
Y se difunde de a pellizcos por las vecindades de los arrabales. Desgarradas pero tercas en la esperanza.
Porque el pan es cum pani. Se comparte con. Es peleador y clandestino en los hornos de barro.
Es compañero.

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