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Crónica de un arresto anunciado

 Manuel Teyper

I

Jueves 1º de diciembre de 2011

Distrito de San Miguel – Lima, Perú.

5:00 pm

Acabo de llegar a mi acostumbrado lugar de trabajo, es decir, al centro comercial ‘’Plaza San Miguel’’, donde ofrezco a los visitantes cuentos y relatos de mi autoría.

Por una disposición de la gerencia de Plaza San Miguel, en connivencia con la Municipalidad del Distrito, se acordó, por un tiempo determinado, cerrar las calles internas al tránsito vehicular, e impedir la venta ambulatoria; la medida pone en serios aprietos a quienes viven de la venta de sus productos, lo que parece no importarle a nadie.

Salgo de ahí, y me dirijo al Distrito de Miraflores.

Me subo a una combi, que es un vehículo pequeño, con ventanillas que nadie tiene intensiones de abrir; en el que un viaje puede adquirir dimensiones de fatalidad si alguien deja -por descuido, digamos- escapar una ventosidad, o si olvidó bañarse ese mes, compartiendo su humor con los 33 pasajeros restantes.

Los empresarios, pensando más en sus bolsillos que en la comodidad de los pasajeros –que ni tan pasajeros, dada la enorme cantidad de horas que pasamos subidos en ellos-, han ideado asientos tan pequeños que las personas van muy juntas como si se conocieran de toda la vida. Además entre fila y fila no queda el espacio suficiente para sentarse, haciendo insufrible pero indispensable subirse a uno de estos vehículos, cuyo techo no alcanza el metro treinta.

Ocurre algo peor cuando se incrementa el número de usuarios: Los que no encontraron un asiento vacío, deben viajar de pie. Viajar de pie es un decir. Los afortunados que nunca han tenido que trasladarse así, no lo imaginan: Las personas se agarran de cualquier parte, colocan la espalda al techo de la combi como si fueran contorsionistas, y ponen esa parte del cuerpo que comienza donde termina la espalda, muy cerca de la cara de alguien que va sentado… Pero que no dice nada porque se siente ‘’privilegiado’’. Sólo atina a mirar hacia otro lado como si no ocurriera nada; el maltrato se ha vuelto una costumbre.

II

La combi, en la que iba yo, toma la avenida La Marina y voltea por la avenida Salaverry; a media cuadra de la avenida Salaverry suena un silbato; la policía, pese a tener la tarea de hacer cumplir la ley, tiene también la característica de llegar en el momento menos indicado.

Un representante del orden se acerca a la ventanilla del chofer, y le pide los papeles.

Como presagiando algo feo, me digo para mí mismo: Sólo falta que se les ocurra pedir documentos; un segundo después, cumpliendo mis temores, asoma la cabeza un efectivo policial, y pronuncia la frase fatal:

-Todos los varones, por favor, entreguen su documento de identidad.

Sabiendo lo que se venía, saco mi caduco carnet de extranjería, y se lo entrego.

Sentado en la combi me imagino a otro representante del orden digitando mi nombre, encontrando una mancha que no debiera estar, y ordenando a su colega la detención inmediata del portador de dicho documento.

Veo a través del vidrio de la combi al agente que se acerca con paso decidido; en su interior debe haber saltado una alarma que lo hace estar alerta al menor movimiento mío.

-Acompáñeme- Me ordena.

Bajo con cara de circunstancias; los demás pasajeros deben pensar que la policía acaba de atrapar a un peligroso delincuente; a partir de éste momento tengo la fea sensación de que ya no me pertenezco. Que estoy en manos de las autoridades peruanas, y que mi vida dependerá, en lo sucesivo, de lo que ellos decidan hacer con ella.

En cuestión de segundos he pasado de la combi a una patrulla; no sé qué cosa es peor.

Me preguntan que hice para meterme en líos. Solo contesto que la historia es muy larga; decirles más resultaría inútil.

Cinco minutos después estamos a la puerta de la comisaría que tiene un nombre poético: ‘’Orrantia del Mar’’.

III

Distrito de San Isidro.

Comisaría Orrantia del Mar.

5:30 pm

Antes de ingresar a la comisaría pienso cómo debo obrar: con la verdad, obviamente. Mejor dicho… Con mí verdad.

La tensión crece por momentos haciendo que me ponga a pensar, seriamente, que debo tener en cuenta la peculiar forma de pensar que tiene la policía: Ellos sospechan, yo digo mi verdad; ellos dudan, yo confío; ellos preguntan, yo afirmo; ellos parecen exaltarse, yo permanezco sereno; ellos tratan de encontrar contradicciones, yo sigo diciendo la verdad hasta el final. Hasta que se den cuenta que mi historia es real. Hasta que ya no les quede nada más por preguntar. Hasta que se cansen de preguntar. Hasta que intuyan que no tratan con un delincuente, pese a que mi rostro diga lo contrario. Hasta que intuyan que pierden el tiempo y me lo hacen perder a mí. Hasta que parezca que me deben algo. Hasta que se percaten que lo que han hecho conmigo, es una injusticia. Hasta que comprendan que no debo estar ahí. Hasta que estén a punto de ofrecerme disculpas, y pidan un taxi para regresar a casa… Bueno, no tanto.

IV

Una pequeña araña se asoma por debajo de una silla de metal. A pata izquierda del arácnido se halla un escritorio, y a derecha una papelera de madera. A su costado hay una mesa sobre la cual reposa un televisor apagado, y un teléfono negro. El color del teléfono no es casual… Debe ir acorde con la situación de los que caen en el agujero negro llamado prisión.

Exactamente frente a la araña, que ahora cuelga tranquilamente de su hilo, hay un cómodo sofá gris, y sobre él, un poco tenso por la situación… Estoy yo.

A mi izquierda, de pie, un policía mira constantemente su celular; parece como si su mundo dependiera de él.

A mi derecha, sentado frente a su computadora, un policía me pregunta:

-¿Nombre?

-Jaime Didier Aldana Reyes.

-¿Jaime qué?

-Didier, d-i-d-i-e-r- Le deletreo.

-¿Fecha de nacimiento?

-Quince de mayo de mil novecientos sesenta y cinco.

-¿Edad?

-Cuarenta y seis años.

-¿Nacionalidad?

-Colombiana- ‘’Pero creo que no deben existir las fronteras; ya son demasiadas las cosas que nos separan a los seres humanos, por eso me considero un ciudadano del mundo’’. Claro, esto no se lo digo, creería que estoy loco.

-¿Estado civil?

-Casado- Pienso: ‘’tristemente’’, pero tampoco se lo digo.

-¿Grado de instrucción?

-Secundaria completa- Estuve a punto de responderle: ‘’analfabetismo funcional’’.

-¿Ocupación?- La pregunta me dejó frío. Rondaban algunas respuestas en mi cabeza. ¿Ocupación?… No sabía qué cosa responder. Me ocupo de cosas que a ojos ajenos resultan poco lucrativas, por ejemplo colocar agua y alpiste en el jardín para que algunas aves llenen la panza. Ir al mercado con mi perrito pequinés. Leer. Realizar algunos trabajos en casa -siempre a regañadientes-, y escribir cuentos y relatos.

El policía, al notar mi ensimismamiento, pregunta otra vez:

-¿Profesión?- Entonces no tuve más remedio que mentir:

-Escritor.

-¿Para una editorial?- Ya quisiera, pensé.

-No. Escribo cuentos y luego salgo a venderlos en la Plaza San Miguel y en el teatro Marsano.

-¿Por qué lo han arrestado?- Esa era la pregunta clave.

-Porque tengo impedimento de ingresar al país.

-¿Y entonces por qué ingresó?

-Porque vivo aquí y tengo mi carnet de extranjería que me otorga la residencia por estar -tristemente, ya saben- casado con una peruana.

-¡Explíquese!

-¿Puedo realizar una llamada telefónica primero?

-Más tarde, ahora explíqueme todo.

-En 1990, después de realizar un viaje por América del Sur, pasé por Lima. Me subí a un bus urbano, y ahí alguien robó mi pasaporte, despojándome también del poco dinero que llevaba en su interior. Puse la denuncia correspondiente y fui a mi consulado donde me expidieron un pasaporte provisional, y me dijeron -¡Vaya que error!- que me dirigiera a la prefectura cito en la Avenida España, para que corroboraran que me encontraba dentro de los límites de permanencia. Me hicieron ir en varias oportunidades -tiempo que aproveché para conocer más de cerca a la muchacha limeña que hoy es mi esposa- y en última instancia me dijeron, sin anestesia, que quedaba detenido. Pregunté la razón, pero no supieron qué decir:

-Que bueno…. Que por ser colombiano. Que el terrorismo. Que existían ‘’serias’’ sospechas. Que tal vez vendió su pasaporte. Que cómo no tienes dinero- Y otros argumentos de este temple.

-El policía que llevó mi caso en esa fecha, hizo una llamada telefónica al consulado colombiano, para contarle a la cónsul de turno que en esa dependencia tenían arrestado a un colombiano. Después de colgar, el oficial me dijo que la cónsul no quería entrometerse en mis problemas. Que no sabía quién era yo -y yo no sabía quién era ella- y que él se veía en la ‘’obligación’’ de expedir una resolución para que me expulsaran del país inmediatamente.

-Años después me enteré que dicho oficial ‘’olvidó’’ anotar el motivo de mi expulsión –pues no había motivo- ni colocó su nombre –vaya, qué valiente- como responsable del insólito hecho.

-En Colombia comencé de nuevo a vivir alejado de los problemas del matrimonio, hasta que llegó a Bogotá la peruana insistiendo en malograrme la vida, y con ella me casé un año después.

-Volvimos a Lima por aquello de la luna de miel –que termina cuando uno se da cuenta que no era con ella con quién pensaba casarse-, y en 1995 me otorgaron mi carnet de residencia por estar casado con la ciudadana peruana.

-En el año 2009, después de estar 16 años viviendo en Lima, decidí hacer un viaje a Colombia, y regresé al Perú con un nuevo pasaporte. Al llegar a la frontera me informaron que tenía impedimento de ingresar al país, pero que ingresara de todas formas y solucionara mi problema en Lima.

-Ya en Lima, fui a Migraciones dónde me sugirieron hacer un trámite judicial, y no me recibieron los documentos. Entonces dejé de creer. Y decidí -¡vaya que error!- dejar las cosas así. Luego, cuando pasaba en combi por la avenida Salaverry, ustedes se percataron que tengo impedimento de ingresar al país, y aquí estoy.

-¡Repita todo que no entendí absolutamente nada!- Me ordena el oficial. Respiré hondo y repetí punto por punto lo que acabo de anotar líneas arriba.

V

-¿Ahora si puedo hacer la llamada telefónica?

-Bueno.

-Gracias.

Marqué a casa. Contestó la hija de mi esposa.

-Hola, soy yo. Dile a tu mamá que hoy no podré ir a la casa.

-¿Por qué?

-Porque estoy detenido en la comisaría de Orrantia del Mar, en San Isidro.

-¿Qué pasó?

-Es por los documentos, ya sabes.

-Entonces vamos para allá.

-No creo que sea necesario.

-¿Cómo que no? Nos alistamos y salimos.

-Espera, me están diciendo que me van a llevar a Medicina Legal, y de allí a extranjería, la oficina ubicada en la avenida España. Mejor nos vemos allá.

-Está bien.

Colgué pensativo sin saber lo que iba a ocurrir.

Quince minutos después me subieron en una patrulla, y me condujeron a Medicina Legal. Al llegar, la doctora me ordena quitarme la ropa. Lo hago parsimoniosamente para que se eche atrás con la orden. Me pregunta si me han golpeado:

-Me han tratado mejor que en la casa- Sonríe por mi respuesta, y para mi alivio me dice que no me quite nada.

Llegamos casi a las once de la noche a la prefectura. En la calle ya esperaban mi esposa y su hija. Nos estrechamos la mano; es muy grato saber que se puede contar con ellas.

Entré solo a la dependencia de extranjería.

Una vez adentro, respondí casi las mismas preguntas que me hicieron en la comisaría.

No habían pasado diez minutos cuando sonó el teléfono… También de color negro. Contestó un policía de civil.

-Sí, mi Coronel. Un momento por favor.

-Es el Coronel- Informó a su superior.

-¿El coronel a esta hora?- Preguntó para sí mismo.

No alcancé a escuchar muy bien lo que se decía… Y tampoco quería escuchar, pero a mis oídos llegó la frase:

-Si mi Coronel, entonces al colombiano lo dejamos ir. Sí. Lo citamos para mañana. Bueno mi Coronel. Buenas noches mi Coronel.

-¿Cómo habrá sabido el coronel que se encontraba usted aquí?-Me pregunta el jefe. No le respondo nada… Pese a que conozco la respuesta.

-¿Tiene teléfono en casa?

-Sí, señor.

-¡¿Y si llamo en éste momento y no hay nadie en esa casa?!- Grita súbitamente encolerizado, como si con ello quisiera terminar con todas las patrañas que él cree que inventé.

-Si llama ahora, efectivamente no hay nadie- Con esta afirmación me estoy colocando al filo de la navaja, si percibe que es mi forma de decirle que no me ha gustado su actitud.

-¡¿Cómo que no hay nadie?!- Grita.

-No hay nadie porque mi esposa y su hija están afuera.

-¿Afuera en la calle?- Pregunta bajando el tono de su voz.

-Sí, señor.

-Ramos, ¡haga pasar a la señora del colombiano!

Instantes después aparecieron las dos mujeres que son la única familia que tengo en el país, y luego de largo diálogo pude salir del trance, con la firme intención de solucionar el problema que me tiene en vilo poco más o menos veinte años: El impedimento de ingresar al Perú, pese a vivir aquí, y legalmente, casi la misma cantidad de años.

Al día siguiente fui al consulado colombiano, y hablé con el cónsul para que me hiciera el favor de darme una carta que llevaría a migraciones, como me lo había sugerido el jefe en la prefectura, pero el cónsul me dijo que él no sabía quién era yo -¡Y yo no sé quién es él!-; por eso creo que mi estadía en el país… Peligra.

Manuel Teyper. mteyper@hotmail.com

PROYECTO CULTURAL SUR CALLAO

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