Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

Con la sandía en la cabeza

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

Hay gente a la que no le  hace mella lo que se piense o diga en presencia o por los detrases, gente que no  responde a un código de vestimenta, gente que tiene la libertad de usar boinas o  sombreros, chalecos extemporáneos, colores fuera de catálogo, botines de la  tatarabuela o pulóveres con cuatrocientas noventa y nueve lavadas y  remiendos.      Hay quienes se dan la libertad de saludar  con grandes abrazos que dejan a sus víctimas con sonrisas confusas y los  bracitos pegados al cuerpo. Gentes que se pasean contraviniendo los códigos del  ridículo de su generación, verdaderos subversivos del buen gusto, personas  raras.      Hay quien estaría perfecto en una fotografía  del siglo pasado, en una filmación de la época del mayo francés o un video que  se capture de aquí a cinco años, que para la moda es la eternidad y un  día.      Son personas molestas para presentaciones de  familia, y las sonrisas burlonas acompañan o suceden su presencia. Se hacen  irreflexivamente o con toda intención juzgamientos de carácter, creencias  políticas y sanidad mental a partir del atuendo más o menos correspondiente con  lo que la época, edad y condición social indican como correcto y  necesario.      Ahora bien, por qué entregarse al  escarnio. Alguno lo hará conscientemente por mantener una postura, vistiendo en  el cuerpo su no pertenencia a lo establecido; otros por esnobismo, otros porque  simplemente no se dan cuenta y se ponen lo que les resulta más cómodo o  simpático.      Molestan. Causan un malestar pues rompen  la perfecta monotonía que asegura que todos estamos en la sintonía de lo  aceptable. El rojo combina con los neutros, las rayas jamás jamás con los  lunares, y aros largos nunca para los cuellos  cortos.      Y lo que refiere a la indumentaria se  traslada por declinación a las actitudes y las palabras. Como por necesidad,  como si fuese natural y el orden universal indicase el largo de las faldas.      No es algo simple escamotearse al juego de lo  aceptable, el más estrambótico de los seres verá en alguien más lo ridículo,  señalará desdeñosamente un moñito tonto, un collar ostentoso. El más libre de  los sujetos despreciará gazmoñerías ajenas, comportamientos  objetables.      Hay una línea entre lo excéntrico y la  afrenta voluntaria. Vivimos en sociedad, lo que hacemos públicamente puede  escandalizar o ser realmente desagradable. Hay situaciones, lugares, momentos en  los que alguna cosa puede ser una falta de respeto. Pero quién y con qué manual  en la mano puede marcarla con aerosol en la cancha.       Como esa línea inexistente no se ve pero se siente, muchos decidimos sacarnos la  sandía de la cabeza con la que gozosamente paseábamos resguardándonos del sol,  nos pusimos los zapatitos que están en las vidrieras y nos fuimos resignando a  componernos en el espejo que nos coloca el resto de la humanidad al salir de  casa. Lo hicimos con el deseo de no ser una molestia para los amigos y  familiares, para que no nos miren mucho los transeúntes, es decir, para  volvernos invisibles.      Y desde el momento en que  vestimos la ropa adecuada, empezamos a emitir por declive ciertas opiniones, nos  permeabilizamos a ciertas creencias, por urbanidad enrollamos alguna bandera y  quemamos unos cuantos libros. Es la vida ¿o no? Uno envejece, una se adapta, uno  se convierte en ese que antes le causaba risa o  pena.      Claro que me dirás, querido amigo, que tus  lentes para leer y tu camisa blanca no te quitan fervor por la utopía. Me  asegurarás que la sandía no es el mejor sombrero, que tu libertad no depende de  la tela de bambula que se perdió en el pasado. Y posiblemente sea  cierto.      Los nietos no desean una abuela fantoche,  los hijos se horrorizan de un padre que llama la atención. El adolescente lleno  de piercings y tatuajes detesta a la ridícula profesora de falda  acampanada.      A nosotros (a nosotros, sólo a nosotros)  la libertad.

 

 

 

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