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Cine: El Havre, cuento de hadas solitario

 

Pedro Antonio Curto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Hace ya unos años el Festival Internacional de Cine de Xixón ofreció un ciclo del director finlandés Aki Kaurismäki, descubriéndonos una obra, una manera de hacer cine, que si uno penetra en ella, no puede desengancharse. Sus películas tienen algo de esperpento, ofrecen unas geografías desvencijadas, unos decorados buscadamente antiguos, de un añejo que se nos termina haciendo tierno. La narración suele ser lenta, los diálogos son escasos, a pesar de lo cual existe un lenguaje que te envuelve y profundiza a través de las emociones. Esas emociones están creadas por unos personajes que se mueven con una economía de gestos, las escenas casi parecen pictóricas, de hecho a veces la imagen se llega a parar durante unos instantes. Sus protagonistas no son perdedores al uso (de los que tanto se abusa), sino una mezcla de quijotes y sanchopanzas perdidos en desconcertantes selvas urbanas; un niño grande como llega a definir su mujer al escritor bohemio y limpiabotas que protagoniza su última película.
El Havre, traslada la acción del cálido frío finlandés, para llevarnos a una ciudad de la costa francesa, donde el tema social es la trama central frente a otras de sus películas en que ésta aparecía más circunstancial, primando la historia intima u otros aspectos. A pesar de lo cual Kaurismäki no pierde su característica forma de contar historias, que hace inconfundibles sus filmes.
Lo que cuenta esta película es en apariencia sencillo, un antiguo escritor que vive modestamente trabajando de limpiabotas al lado de su mujer en un mísero barrio, se encuentra por causalidad con un niño africano llegado a la ciudad como inmigrante ilegal, decide protegerlo de las autoridades, y para ello, implica a sus amigos, unos peculiares vecinos con los que comparte una geografía tan devastada como humanizada.
La cuestión podría resolverse a través de un sentimentalismo fácil o como lo hace el inglés Ken Loach, recurriendo a un documentalismo realista y crudo. Pero Aki Kaurismäki emplea una poética propia, demostrando que a veces es tan importante como se cuenta una historia, que la historia misma. No existe dramatismo a pesar de que estamos viendo una situación llena tensión y tragedia, de injusticia, el conflicto Norte-Sur magistralmente mostrado cuando los policías descubren a unos inmigrantes africanos en un contenedor. La escena se detiene, un barrido recorre los rostros de africanos y policías; en ese cruce de miradas, está contenido el fondo del problema que se plantea. Pero el desarrollo de ese conflicto, una especie de Fuenteovejuna en el que se convierte la pequeña comunidad, parece estar realizando el juego del escondite. Incluso el inspector que representa la cara del poder al que se enfrentan, es un curioso individuo que parece sacado de otra época, el cual termina colocándose al lado de la comunidad transgresora, haciendo un giro a lo Casablanca.
Pero lo fundamental, a mi juicio, es que este cuento de hadas suburbano tiene un interesante discurso, (aunque sea sutil y poético) para esta época de cainismo donde las sociedades se caen a pedacitos: La fuerza de la comunidad, por empobrecida y marginal que parezca, tiene capacidad de solidarizarse y apoyar a los aún más desposeídos perseguidos por el poder. Algo que no es baladí en una estructura social donde la crisis aumenta el enfrentamiento por espacios mínimos de convivencia, y los foráneos se convierten en enemigos propiciatorios. ¿Es realista el planteamiento de Kaurismäki? ¿Existen esas comunidades solidarias en nuestra sociedad? Quizás no, es más abundante el hobbesiano el hombre es un lobo para el hombre, pero a lo mejor lo que hace el cineasta es añorarlo o reivindicarlo. Por eso realiza un viaje optimista frente a todas las dificultades que se plantean, y cuando los problemas acechan, anunciándose los abismos, termina saliendo la luz. En un momento donde estamos rodeados de noticias negativas, esta pequeña inyección de optimismo pueda ser hasta subversiva. Al final, recurriendo a ese humanismo sencillo, pero que tan difícil parece en esta época, podamos ver lo que dice una de las últimas frases de la película: El cerezo ha florecido.
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