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Cine: A propósito de “Batman”. Cristopher Nolan, un cineasta del Siglo XXI

Jorge Zavaleta Balarezo
Cuando nos entregó “Following”, en 1998, ya percibimos al autor que se iría descubriendo más adelante. Ese aire de misterio en sus historias y ese querer darle la vuelta de tuerca a todo relato parecía estar siempre rondando, a la hora de filmar, por la mente de Christopher Nolan. Este cineasta británico, ahora a los 41 años, quiere demostrarnos que lo mejor está por venir y no se ha ahorrado ningún esfuerzo para que deseemos que el final de la trilogía de Batman, un filme rodado en parte en Pittsburgh, Pennsylvania, ya esté aquí.
En “Memento” Nolan demostraba, cáustico, su “saber hacer”, de pronto Guy Pearce era traicionado por su propia memoria y los retazos de ella componían la película. La tarea, entonces, era doble porque esta vez el espectador por cuenta propia -y por obligación- tenía que detenerse a armar el rompecabezas. A la inversa de la tradición clásica, “Memento” iba permanentemente hacia atrás, simulando un “flashback” total y envolvente. Sólo, al final, sobrevivían los trozos, si se quiere los recuerdos de los recuerdos, como parte de una caja china que nos cautivaba y nos llevaba a entrar cada vez con mayor entusiasmo y sorpresa en el misterio de una cinta que parecía no agotarse y que, sin embargo y al mismo tiempo, no sólo rechazaba fórmulas y estilos sino que estaba imponiendo su propia vigencia.
Aclamado después de este ejercicio de largo aliento y aún con cabos sueltos, Nolan se animó a hacer un casi inmediato “remake” hollywoodense de la sueca “Insomnia”. Quienes hemos visto ambas versiones podemos decir que la original es extremamente fría y calculada pero a la vez podemos afirmar que Nolan supo aprovechar el protagonismo de Al Pacino y Robin Williams (en uno de sus raros papeles de villano) y tal vez también de Hillary Swank. Donde la original sueca asumía y enfrentaba su propia lealtad y tal vez su letargo intrínseco, Nolan aceitaba la maquinaria y al final nos entregaba, despejados los misterios, una obra que quisiéramos ver más de una vez.
Entonces fue que Nolan encontró, quizá no tan casualmente, al superhéroe de Bob Kane, el solitario Batman, hombre murciélago a quien Tim Burton y, en menor medida el insoportable Joel Schumacher, habían catapultado a la cima del imaginario juvenil en los años 80. La primera parte estuvo bastante bien y la elección de Christian Bale para el rol principal no fue obstáculo para desarrollar una dramaturgia colmada, en el mejor estilo de su realizador, de trucos que dejaban a la “batiseñal” sólo como un inocente referente. La segunda parte nos mostró la perversidad y el daño del Jóker, en el que fue casi el último rol de Heath Ledger. Bombas que estallaban, pasajeros heridos por el pánico en un par de barcos, salvaciones de último minuto, cambio de planes y un Batman que al final no podía enfrentar el infierno en que se había convertido Ciudad Gótica: tales fueron los principales elementos o ejes sobre los que se sostuvo la segunda parte dejándonos con ganas para el estreno que viene pronto.
En el camino, Nolan precisó sus intereses y con “The Prestige” dirigió de nuevo a C. Bale, junto a Hugh Jackman. La cinta parecía una bien sazonada historia gótica, incluso con ecos de los libros de Nataniel Hawthorne o Lovecraft. Dos magos en permanente competencia y enfrentados a su propio destino. La escena final, es preciso decirlo, le hace un guiño a ese gusto por el misterio y lo capcioso que nos descubrió, desde un principio, a un Nolan conocedor de artificios y vetas oscuras.
De nuevo en “Inception” este cineasta despliega un imaginario que esta vez, sin duda, le debe demasiado a Borges, e imagina un laberinto, un sueño sobre otro, un infinito. La aventura, así expuesta, no parece terminar y en ella Leonardo Di Caprio y Marion Cotillard parecen escaparse de las coordenadas que les ha propuesto el relato. Muchos críticos acusaron la mezcla de película de acción con el gran referente del 007 y eso es cierto, pero no se puede olvidar, al mismo tiempo, que “Inception”, tan recurrente a la espectacularidad, bebía de su propia y extrema fuente imaginaria. Borges bien leído y cultivado parecía resucitar en los encuadres de esta película que, tal vez sin quererlo, era un gran homenaje para el célebre autor argentino, y que en todo momento esperaba la siguiente escena para seguir llevándonos arrastrados por su vendaval de especulaciones y emociones.
Con todo lo sostenido hasta aquí, ya casi no hace falta presentar a Christopher Nolan ni descubrir qué mágicos mecanismos guían su imaginación a la hora de escribir y dirigir una película. Sin exageraciones, podemos decir que en este siglo, sus trabajos se han situado entre lo más importante que nos ofrece el cine industrial y a gran escala. Tal vez sólo David Fincher, en estos momentos, sea capaz de mostrarnos esa poderosa creación que Nolan ofrece en cada película, donde reviven sus pesadillas, lo oscuro, lo ominoso, lo cruel, lo inesperado, y para lo cual él ya tiene preparado una sabia y elocuente respuesta.
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