Categoría — A palabra limpia – ponencias
¿Qué es la literatura infantil? Un poco de leña al fuego
Joel Franz Rosell
La llama
¿Será la literatura infantil un género literario como lo son la poesía, la novela, el cuento o el ensayo? ¿Acaso libros tan diversos como Struwelpeter, de Hoffmann-Donner; Cuentos de Mamá Oca, de Perrault; La Edad de Oro, de José Martí; Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain; el poemario En aquellos tiempos, de Rabindranath Tagore, o los libros sin texto de Mitsumasa Anno permiten sintetizar un modelo estructural que sirva como “criterio de clasificación y agrupación de textos (atendiendo a las semejanzas de construcción, temática y modalidad de discurso literario) y como marco de referencia y expectativas para escritores y público”? ¿Habrá en libros tan o más variados aún que los citados, pertenecientes a tradiciones nacionales y épocas de las más diversas, algo específico y único, insustituible e intrínseco, sin lo cual, por otra parte, la literatura universal quedaría incompleta y no sería la misma?
Biblioteca. Roberto Gonsalves
Lo cierto es que suele aplicarse muy a la ligera el impreciso concepto de literatura infantil. Para empezar, lo más frecuente es que se cometa la grosera amalgama de homologar la generalidad que constituyen los libros infantiles (literarios, de aprendizaje, lúdicos, de divulgación…) con la literatura infantil, que es sólo una parte de ellos; quizás numéricamente menor, pero definitoria y más prestigiosa.
Aun dentro de la literatura infantil propiamente dicha, la de ficción, ¿hemos de limitarnos a la mayoritaria narrativa? Difícil sería desconocer paradigmáticas obras de teatro como la primera versión de Peter Pan o Jojo el saltimbanqui, de Michael Ende; documentales de la singularidad de El viaje de Nils Holgersson a través de Suecia o El mundo de Sofía; tebeos excepcionales como Little Nemo y algunas de Las aventuras de Tintín; libros ilustrados como los de Harlin Quist o Maurice Sendak, y poemarios como los ofrecidos por Kornei Chukovski o María Elena Walsh (para darnos las antípodas); sin mencionar cartas, diarios, memorias y otras formas menos frecuentadas. En todo esto hay tanta semejanza como entre los calcetines, los bistecs y los detergentes que ocupan estanterías vecinas en un supermercado.
Si yo utilizara términos rigurosamente científicos, me limitaría a definir la literatura infantil con una categoría ahora tan en boga como campo o con un término interesante, pero descartado por coincidir con una noción editorial, como es el de serie literaria.
Toda obra maestra de literatura infantil es el resultado de un descubrimiento, de una invención, de una revelación, de un compromiso del espíritu del autor –inevitablemente un adulto– con las esencias y posibilidades de lo humano que se revelan a través de los niños.
La literatura infantil ha debido luchar a lo largo de su historia, de poco más de tres siglos, contra la instrumentalización, contra su utilización como medio de educación, de armonización social, de trasmisión de una concepción del mundo.
La batalla es más encarnizada puesto que la literatura infantil también se revela como parábola de la complejidad del hombre, que no se forma sin deformarse, que evoluciona continuamente y desbarata todo intento de modelización o simplificación de lo humano.
La llamada literatura infantil, como género literario postaristotélico, carecería de forma fija, asemejándose a un plasma que se adaptara a las motivaciones emocionales y estéticas del autor, a las características de la historia que se desea contar y a una determinada –y probablemente subjetiva– noción de infancia. Asuma la forma del verso o la del diálogo, de la narración con palabras o con dibujos, lo que el autor de niños se saca del alma o de las tripas se parecerá a la mayoría de los “productos editoriales” (¡cuánto libro-kleenex se publica, recórcholis, y a sabiendas!) tanto como la auténtica poesía se parece a una rima de ocasión, o una novela a la narrativa rosa destinada a la alienación de amas de casa que, consecuentemente, se pone a la venta en los hipermercados.
El papel del niño en la literatura infantil no es el de simple destinatario. Ellos (denominémoslos en toda su pluralidad) son el trozo de cristal polifacético, fotosensible y fecundo a través del cual el creador enfoca cuanto le rodea, le rellena… o le falta.
Los niños son la arcilla orgánica y el molde conque y donde las palabras se amasan y crepitan para contar la (su) historia, y le regalan al autor ese tiempo enrarecido que abriga y propicia el estado de trance que es el de la creación (por eso se parece tanto al que viven los niños cuando juegan en pretérito imperfecto: “Yo era el bueno y hacía así…”)
La leña
Pero si la literatura infantil es, como la poesía, un método de interpretación de la realidad y el sueño, en idéntica medida resulta una forma incomparable de acción por vía de la palabra.
Cada día nos asestan nuevos estudios acerca de la representación (de la familia, de la mujer, de los oficios, de las diferencias culturales o de la tercera edad) en los libros para chicos. Son estudios que se realizan sin la menor consideración por las motivaciones estricta e íntimamente personales de los autores, por sus ambiciones estéticas, por su sistema simbólico o por la coherencia interna del universo creado –con palabras que no son intercambiables y con tropos irreprimibles y a veces irrepetibles– por un autor dado, en una circunstancia dada y con unos objetivos no siempre tan dados.
La lectura. Pablo Picasso. 1881-1973
Nadie osa someter a semejante clase de análisis a la literatura para adultos, pero pocos titubean en cometerlos a expensas de la literatura infantil; como si ésta última estuviera abocada al realismo, a la reproducción fiel o programáticamente ideológica de la realidad.
Son demasiados los que parecen incapaces de comprender que si en un libro para niños aparece una familia encabezada por una mujer (pongamos Las brujas o La isla del tesoro), no hay en ello más que una motivación autobiográfica de Road Dahl, o el deseo de Stevenson de complacer al niño particular para el que construía un relato que aún no era literatura (escritura polisémica destinada a hacerse pública). No se les ocurre que los libros del ejemplo puedan ser un testimonio impremeditado de una época en que la mortalidad masculina (por culpa de guerras y oficios peligrosos) era elevada; sólo verán la defensa de un modelo familiar que estiman revolucionario, haciendo una inescrupulosa traspolación de sus propias afiliaciones (y luego hablan de lo “políticamente correcto” como una exótica extravagancia norteamericana).
Es lamentable que en tanta comunicación, congreso o tesis doctoral sólo excepcionalmente se hable del autor, de la particular relación entre el sujeto y su obra, de la imbricación dialéctica entre el creador y los cánones de su época (a los cuales todo escritor se somete o desafía). ¡Qué raramente se tiene en cuenta que la literatura infantil es ante todo creación estética y que las motivaciones del escritor puedan ser otras que didácticas, ejemplarizantes o ilustrativas de la realidad!
Lo infantil es el elemento que modifica, como todo buen adjetivo calificativo, un sector de la literatura (lo substantivo, lo esencial), caracterizándola y haciéndola apta a la lectura de niños y/o adolescentes. Pero lo infantil proporciona a la obra una melodía y un timbre sui géneris, capaces de sonar de una manera especial, y no hay escritor que no viva atento a la música de las palabras y a la creación de un estilo.
Los rasgos que hacen específica a la literatura infantil para el consumo de un lector (determinado por su edad intelectual o afectiva), configuran este género único (por su abordaje y expresión de temas, tramas, ideas, acciones, personajes, ambientes, atmósfera) desde la perspectiva singular que tiene el niño del mundo real e imaginario.
Es en este último sentido que los libros para niños aportan a la literatura universal algo que de otro modo le faltaría, algo que explica por qué muchos adultos pueden apaciguar, alimentar, reconstruir o solazar su espíritu en una obra para chicos. Y ese algo es lo que, precisamente, confirma la fatal necesidad de existencia de la literatura infantil.
Biblioteca. María Helena Vieira da Silva.1908-1992
Son rasgos del niño la experiencia escasa, la maleabilidad de conceptos, la permeabilidad de límites entre realidad y fantasía, y entre presente, pasado y futuro, la ignorancia de las reglas de la gramática, la etimología o la redacción, y la falta de prejuicios, desconfianzas y suspicacias. Todo esto hace del chico no sólo el destinatario ideal para un tipo de obras en que todas las libertades están permitidas, sino una fuente de recursos todavía insuficientemente explorados y explotados para la expresión artística de esos adultos híbridos que somos los autores de libros infantiles.
Lo infantil en la literatura así definida está, insisto, no solamente en el lector, en ese conjunto de rasgos suyos que el autor debe identificar y manejar con soltura. Lo infantil es sobre todo una determinada sensibilidad –característica, pero no exclusiva del niño– que tendrá que ser realmente compartida por el escritor si quiere que su obra no sea un elemental acto de trasmisión de cultura y experiencia, una burda adaptación del discurso literario, sino la colaboración sincera y vinculante de su espíritu con aquellos que mejor capacitados están para comprenderle.
marzo 4, 2012 ningún comentario
La destrucción mercantil de la literatura
Eduardo Subirats, tomado de La Jornada
Guadalupe Rodrigues es una joven profesora de origen guatemalteco que ha terminado un manuscrito de 600 páginas titulado Mito y literatura. Es una investigación de cinco años realizada en una universidad norteamericana, pero es también un estudio poético sobre lo que llama cinco obras clásicas de la literatura latinoamericana del siglo XX. Su análisis literario es expansivo: en lugar de aplicar interinamente modelos interpretativos fabricados a partir de la literatura europea y norteamericana, o filosofemas prediseñados por la máquina académica y el mercado cultural globales, analiza una serie de obras literarias maestras latinoamericanas a partir de sus vínculos lingüísticos, simbólicos y religiosos con las culturas originales de las Américas: Juan Rulfo y José María Arguedas son los modelos hermenéuticos que estudia la profesora Rodrigues.
Pero a partir de estas raíces –que el racismo letrado hispanoamericano ha condenado como indigenismo desde el día cero de la conquista hasta la noche del boom mágicorrealista– Mito y literatura construye un diálogo soberano con la literatura mundial (en el sentido que Weltliteratur tuvo para Goethe, no en el sentido de las ferias internacionales de la industria del libro). Diálogo espiritual, filosófico y estético entre obras literarias maestras como Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos, el Grande sertão, de Guimarães Rosa y, del otro lado de una impuesta frontera académica y comercial, la poesía de los Vedas, la filosofía revolucionaria de Sade, el mito de Fausto o la conciencia escindida en la obra dramática de Shakespeare. Mito y literatura es, además, un análisis literario feminista. Una clase especial de feminismo que tampoco coincide con las semióticas de género de la máquina académica global. Guadalupe Rodrigues es feminista porque establece la continuidad de la memoria religiosa y literaria entre los cultos, los mitos y los símbolos de la Madre Tierra en las religiones populares e indígenas de América, y sus expresiones literarias y artísticas modernas.
El objetivo de Rodrigues es reconstruir la obra literaria como un universo simbólico por derecho propio, en conflicto y contienda con la disolución semiológica de la obra literaria en las redes intertextuales lingüísticamente indiferenciadas de la producción académica e industrial de fiction y creative writing. Esta dimensión crítica de su análisis con respecto al establishment estructuralista de las Humanidades la ha pagado al precio de su censura académica. Su rechazo de la reducción comercial de la literatura ha estigmatizado su perspectiva hermenéutica con otros males.
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Problema poético y político. Dilema de una literatura nacional o regional latinoamericana en conflicto con una lógica corporativa que conlleva la disolución de las expresiones culturales a los lenguajes y formatos de la máquina académica y a una redefinición mercantil y burocrática de la cultura. La posibilidad teórica de una literatura clásica moderna latinoamericana (o de una música y una arquitectura modernas y clásicas, y de una estética clásica y moderna en la pintura, de Villa-Lobos y Niemeyer a la pintura de Francisco Toledo) es anatema para los aparatos globalizados del latinoamericanismo y sus repetidores locales. Pero el ataque es también estético. Ataque de la vanguardia del espectáculo cultural contra la literatura como obra de arte y medio de reflexión y resistencia. Pero antes concluir esta crítica del espectáculo tengo que terminar el relato.
Guadalupe Rodrigues envió el manuscrito de su libro a una editorial española, una de las más agresivas en cuanto a su penetración comercial en América Latina: “La interpretación que propone de esos clásicos de la literatura latinoamericana me ha parecido realmente brillante y llena de tantas intuiciones y sugerencias que sin duda incitan a releer estos libros con otros ojos…” –fue la generosa respuesta de su agente literario. El mensaje seguía más adelante con un veredicto: “Me temo que fuera de los departamentos universitarios, poca gente sabe ya quién es Mário de Andrade o Guimarães Rosa, y empiezo a tener dudas hasta con Juan Rulfo. Por tanto, un extensísimo ensayo dedicado a reinterpretar sus obras nos resulta muy difícil de asumir hoy por hoy…”
La anécdota es reveladora de muchas cosas. Una de ellas me parece urgente: la lógica empresarial de la producción industrial de literatura confluye y coincide con la reducción estructuralista de la obra literaria a una intertextualidad sin conciencia, vaciada y exenta de toda profundidad. Bajo este principio uniformado Mário de Andrade o Juan Rulfo no poseen un valor en sí mismos: ni como soporte comercial, ni como reflexión intelectual. Son textualidades semióticamente interconectadas en redes de signos atravesadas por un valor monetario. Por eso tampoco es necesaria su interpretación. De hecho, ya no se lee hermenéuticamente la literatura en el sistema de administración académica global del conocimiento: se hace sociología y deconstrucción textual. La experiencia poética, el conocimiento mitológico y simbólico, la reflexión existencial y filosófica no tienen lugar en la cultura comercialmente administrada.
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Los titulares que inflamaron la máquina académica global de las décadas recientes invocaban hasta la náusea la letanía de postsujetos y transujetos, de intertextualidades, hipertextos y social-texts. Bajo su signo se ha disuelto la reflexión humana en cualquiera de sus formas artísticas e intelectuales, en provecho de la producción industrial de realidades virtuales globales y la transfiguración hologramática del ser en la trascendencia electrónicamente vigilada del espectáculo. Esta visión entusiasta, que la vanguardia estética postmodernista reivindicaba como el último grito de una libertad prêt-à-porter, es hoy la pesadilla de una destrucción en tiempo y espacio reales de tejidos sociales, tradiciones intelectuales y artísticas, y vínculos humanos de solidaridad.
La liquidación comercial y académica de la literatura es sólo un aspecto del proceso vertiginoso de disolución de la experiencia humana y de la realidad. Una masa global de decenas de millones de humanos es eliminada militar, económica y semióticamente en los campos de exterminio definidos por la racionalidad corporativa, las epistemologías tecnocientíficas, los poderes financieros trasnacionales y los medios globales de comunicación. La trivialización de los lenguajes cotidianos en las retóricas del espectáculo democrático o en la industria literaria, la manipulación gramatológica e iconológica de reflexión humana, y la fragmentación y degradación educativas son precondiciones de este proceso regresivo de la civilización humana. Y uno de los temas por los que deben comenzar la crítica y regulación de este proceso regresivo.
Eduardo Subirats es autor de El continente vacío, La existencia sitiada y Proceso a la civilización, es profesor en New York University
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2012/02/26/opinion/a06a1cul
febrero 29, 2012 ningún comentario
Las ilustraciones en la literatura infantil
Víctor Montoya, tomado de Tinta Invisible
En las últimas décadas se ha incrementado la publicación de libros profusamente ilustrados, en los cuales el texto y la imagen se complementan entre sí para formar un todo y facilitarle al niño la mejor compresión de la lectura, puesto que la ilustración estimula la fantasía en ciernes y es un recurso indispensable para el goce estético de la literatura infantil. De ahí que, mientras el adulto lee un cuento en voz alta, el niño se deleita mirando las ilustraciones. Lo que hace suponer que para el niño, así como es importante el contenido del cuento, es igual de importante la ilustración que acompaña al texto; más todavía, existen libros infantiles cuyas imágenes gráficas no requieren de texto alguno, pues son tan sugerentes que cuentan una historia por sí mismas.
La imagen y su representación idiomática ocupan un lugar central en los cuentos, ya que los símbolos de los cuentos se prestan a la representación gráfica. La imagen y la palabra son dos funciones expresivas, que se reflejan y complementan tanto en el desarrollo de la función idiomática como en la estética. Los niños no sólo se sienten atraídos por el ruido que, al hojear, producen los libros y las revistas, sino también por las imágenes que éstos contienen.
La literatura infantil, en algunos países más que en otros, ha sido una suerte de vertedero ideológico y estético, donde cabía todo lo que estaba mal escrito o impreso; primero, porque se la consideraba un opúsculo al margen de la llamada “buena literatura”; y, segundo, porque se creía que bastaba con darle al niño los subproductos lanzados por el mercantilismo grosero, con letras microscópicas y textos escasos y pobres, con ilustraciones de mala calidad y una encuadernación que se deshacía en las manos del lector antes de cerrar las tapas; cuando en realidad, lo que espera el niño es un libro que le llene de gozo a primera vista y le estimule las inquietudes de su fuero interno.
En los últimos decenios, si en algo se pusieron de acuerdo los psicólogos, pedagogos, ilustradores y escritores, es en la presentación que debe ostentar la literatura infantil, no sólo en cuanto al formato, el tipo de letra y la encuadernación, sino, sobre todo, en cuanto a las ilustraciones que, además de enseñar a diferenciar los tamaños y colores, contribuyen a la comprensión del texto.
Jan Amos Comenius (1592-1670), considerado el padre de la pedagogía moderna, fue el primero que intentó renovar los libros de texto considerando las ilustraciones. La publicación de su libro “Obis Pictus”, en 1658, causó un revuelo entre los educadores de su época, puesto que se trataba de un libro cuyas imágenes transmitían tantos conocimientos como los textos. Es de suponer que en el libro ilustrado, “el niño tendrá su primer encuentro con una fantasía estructurada, reflejada en su propia imaginación y animada por sus propios sentimientos. Es allí donde, a través de la mediación de un lector adulto, descubrirá la relación entre el lenguaje visual y el lenguaje verbal. Luego, cuando esté solo y repase las páginas del libro, una y otra vez, las ilustraciones le harán recordar las palabras del texto” (Lionni, L., 1985, p. 30).
Maestro y niño. Jan Amos Comenio
Los expertos sostienen que cualquier niño, que tiene un libro en sus manos, es inmediatamente cautivado por las láminas a colores, debido a que comprende, antes que ningún otro idioma, las láminas que le transmiten mensajes y le suministran emociones estéticas. Por otro lado, desde la Primera Feria del Libro Infantil y Juvenil, celebrado en 1964, la plástica se ha convertido en un serio competidor de la palabra escrita, pues la ilustración no sólo es un elemento perfectamente válido en cuanto transmisor del contenido narrado, sino como realización estética, válida también por sí misma, y a cuya excelencia el pequeño lector tiene todo el derecho como a la belleza literaria.
Miguel de Unamuno, en su libro “Recuerdos de niñez y de mocedad”, confesó que recordaba más las imágenes gráficas que las primeras letras de su infancia: “Lo que llevamos metido más dentro del alma son aquellos grabados en cuya contemplación aprendimos a ver aquellas viejas ilustraciones. Para el niño no adquiere eficacia y virtud la sentencia sino como leyenda de un grabado, y acaso los más de los preceptos morales que ruedan de boca en boca y de texto en texto sin encarnar en las acciones, se debe a que no han encontrado todavía la figura visible de color y línea a que servir de leyenda” (Unamuno, M., 1942, p. 49).
En Alemania se comenzó con la litografía que, entre 1800 y 1830, tuvo un desarrollo significativo. Pero los libros de imágenes alcanzaron su esplendor en el siglo XX, junto a la litografía que era la clave para reproducir imágenes gráficas. Ya a principios de 1900, los cuentos populares, que fueron paulatinamente adaptados para los niños, contenían excelentes ilustraciones en blanco y negro. Con el transcurso del tiempo, los textos se han combinado con las ilustraciones, que constituyen un excelente recurso didáctico para hacer más ameno un texto extenso y compacto. En la actualidad, en el mundo de la literatura infantil, es abundante la producción de libros en cuyas páginas se complementan el texto y las ilustraciones, en un proceso dinámico que refleja la importancia de cómo se maneja el dibujo y cómo éste influye en la mente humana.
Blemmia, Sciápode y Arimaspo. Ilustración de “El libro de las maravillas”
El complejo mensaje del arte gráfico estuvo siempre vinculado a la literatura infantil y juvenil, basta recordar algunos nombres célebres del siglo XIX y principios del siglo XX: el pintor alemán Ludwig Richter, quien reunió en torno suyo a varios artistas de su época. El danés Lorenz Frolich fue uno de los primeros en ilustrar “Robinson Crusoe”, de Daniel Defoe, y los cuentos populares de los Hermanos Grimm. El francés Gustave Doré ilustró los cuentos de Charles Perrault. El artista Arthur Rackhan, además de ilustrar “Alicia en el país de las maravillas”, de Lewis Carroll, y el famoso “Peter Pan”, de Sir James Barrie, supo crear una atmósfera poética en sus trabajos, que van desde sus ilustraciones de los cuentos de Hans Christian Andersen hasta sus dibujos del mundo caballeresco del Rey Arturo. Libros infantiles y juveniles que hoy constituyen verdaderas joyas de arte.
La relevancia que la ilustración concede a la literatura infantil hizo que en varios países se supere la clásica división entre el escritor y el ilustrador, del mismo modo como se superó la diferencia existente entre el “escritor serio” y el escritor de la literatura infantil. En Estados Unidos y Europa, por ejemplo, el artista de las imágenes gráficas y el artista de la palabra escrita tienen los mismos derechos de autor, y ningún ilustrador tiene ya la necesidad de luchar contra el autor o editor para que su nombre figure en la cubierta de los libros, pues se sobreentiende que la ilustración es una creación artística semejante a la literatura. Además, la fusión entre el escritor y el ilustrador no sólo implica la fusión entre la imagen y el texto, sino la creación de una obra digna de ofrecérsela a los niños, ya que si ambos se aferran a su propio arte, a su propio estilo y a sus propias ideas, lo más probable es que la ilustración no sea una transcripción enriquecedora del texto. Lo importante es que tanto el ilustrador como el escritor creen libros a partir del interés de los niños.
1963. Grasshopper. Ilustrator Ernst Kreidolf
Ningún autor serio podrá referirse a los pequeños lectores con el mismo lenguaje que usa para comunicarse con los adultos, ni ningún ilustrador podrá diseñar imágenes de difícil comprensión, debido a que el sentido perceptivo de los niños es diferente al de los adultos. Es decir, el niño tiene más dificultades que el adulto para reconocer una figura pequeña escondida en una figura mayor, lo mismo que para relacionar los detalles en una totalidad, no sólo porque su cara es más pequeña y sus ojos están más cerca el uno del otro, sino también porque el niño ha vivido menos y, consiguientemente, tiene menos experiencia en la cual basar sus juicios. Asimismo, para reconocer los detalles de un dibujo doble, que teóricamente exige una reorganización de la percepción, el niño de 4 años necesita más información que el niño de 7 años.
Cuando se enseñan dibujos dobles a niños de diferentes edades, se llega a la conclusión de que la comprensión de los dibujos está relacionada con la edad del niño; un experimento que se ajusta a las teorías de Piaget, quien considera que la percepción se mejora con la edad -maduración- y la experiencia cognoscitiva.
En una investigación se mostró imágenes de personas, animales y cosas, compuestas de frutas y verduras. En este experimento, casi todos los niños de 4-5 años vieron sólo las partes; en cambio los niños de 6-7 años vieron tanto las partes como las totalidades. Un niño, por citar un caso, dijo: “Yo veo frutas”, y, después de volver la mirada sobre la imagen, añadió: “yo veo un muñeco hecho de frutas”. Por lo tanto, no cabe duda que los niños, a partir de los 8 años, pueden distinguir tanto los detalles como las totalidades, ya que la percepción está vinculada a la motivación, la motricidad, el desarrollo lingüístico e intelectual.
La esquematización en la percepción tiene que ver con la capacidad para organizar y reorganizar mentalmente las partes y la totalidad de un objeto observado. En el plano lógico se decide las relaciones entre las partes y las totalidades, por medio de una multiplicación lógica. De ahí que no es fácil para el niño ordenar una palabra en una sopa de letras o distinguir la imagen de un muñeco en un dibujo compuesto o complejo.
Los aspectos cualitativos del desarrollo de la percepción se pueden resumir del siguiente modo: la percepción es un proceso a través del cual el organismo se proporciona de información sobre el entorno. No es casual que la percepción visual, que tiene que ver con el sentido de la vista, domine en la investigación sobre el tema de la percepción, incluyendo sus partes psico-evolutivas, puesto que la vista está considerada como el órgano más importante del organismo humano, aunque filogenéticamente la sensibilidad sea más vieja que el sentido de la vista y el oído.
1977 Kornei Chukovsky. Insect. Mucha-Tsokotucha
Korneii Chukovski, en su libro “De los dos a los cinco”, dice: “Todo poema para los niños debe ser gráfico, ya que los versos que los propios niños componen son, por decirlo así, dibujos en verso (…) La precisión gráfica de los versos infantiles debe servir de brújula a los dibujantes que ilustran libros para niños y a los poetas que escriben para ellos”. A lo que agrega el ilustrador holandés Leo Lionni: “Para el autor de libros para niños, es esencial recuperar y expresar los sentimientos y las sensaciones de sus más tempranos encuentros con las cosas y los acontecimientos. Debe retornar a los lugares y a las circunstancias de su niñez en busca de los estados de ánimo y de las imágenes de entonces, y debe inventar maneras de transformarlos en lenguaje. Un libro para niños describe esos momentos remotos cuando nuestra vida todavía no había sido sometida a las imposiciones y a las exigencias del mundo adulto, y cuando cada experiencia personal, no importa cuán específica fuera, adquiría sentido universal” (Lionni, L., 1985, p. 28).
A cualquiera que dedique su arte a la infancia, le será útil observar la creación pictórica del mundo infantil, como quien para filmar un río debe de zambullirse en sus aguas, pues el dibujo del niño tiene una relación íntima con su desarrollo emocional, perceptivo e intelectual. Los niños, sometidos a las tragedias de una guerra, por ejemplo, dibujan un mundo lleno de aviones y tanques, donde las víctimas yacen como soldaditos de plomo; en tanto los niños que viven en un contexto social armónico y pacífico, dibujan un mundo como debería de ser, sin genocidios, tanques ni aviones. Los niños sordos tienden a dibujar orejas desproporcionadas y los niños agresivos exageran el tamaño de las uñas y los dientes (Carlsson, H., 1985, p. 62).
Ahora bien, cuando los niños pasan de la creación personal a la apreciación y el goce estético, prefieren las creaciones de los adultos y, entre ellos, los más estrechamente vinculados a la realidad, desde el punto de vista de la claridad y la minuciosidad en los detalles, aunque algunos sostienen que los niños se sienten atraídos por los libros infantiles en cuyas páginas aparecen animales desproporcionados o personas carentes de simetría, con caras redondas, brazos y piernas cortas, ojos enormes y bocas diminutas.
Todos son conscientes de que el niño, a diferencia del adulto, tiene un pensamiento mágico y la capacidad de poderse imaginar una realidad que se diferencia del pensamiento lógico. En este contexto, lo que para el adulto se manifiesta en conceptos abstractos -en ideas-, para el niño se manifiesta en imágenes, una experiencia que comparte con algunos pintores como Marc Chagall, en cuyos cuadros se ve a una pareja de enamorados levitando en el cuarto o volando sobre los techos de París, a un muchacho tocando violín en el tejado de una cabaña o a los ángeles hablando de igual a igual con los mendigos. Los niños, como los pintores cubistas, observan e imaginan la realidad desde una perspectiva que no se ajusta a la lógica racional, sino a las aventuras de la imaginación, propia de los corazones eternamente infantiles.
El ilustrador debe conocer el desarrollo sensorio-motriz de la infancia, con el fin de entender la actividad creativa propia del niño; es más, debe saber que cuando el niño tiene un lápiz en la mano, lo primero que hace son líneas sin convicción hasta darle una forma redonda, a la cual sólo le falta tres puntitos para que represente el rostro humano, pues los ojos y la boca son órganos a los cuales el niño atribuye muchísima importancia. Luego de los ojos y la boca, dibuja los brazos y las piernas, consistentes en dos rayitas verticales y horizontales. Posteriormente, estas líneas difusas toman forma más estilizada y realista, a pesar de que muchos niños, a la edad de 8 años, siguen haciendo composiciones abstractas y expresionistas que, para un adulto, son de difícil comprensión, o como dijo Pablo Picasso: imitar los seres y las cosas resulta muy sencillo para el pintor, lo difícil es imitar la creatividad de los pequeños pintores.
Hansel y Gretel. Ludwig Richter
Los niños, entre los 9 y 12 años, tienen mayor interés en los dibujos que mejor reflejan la realidad, aunque no con la misma exactitud de una cámara fotográfica que, por varias razones, es menos estimulante que el dibujo. Cuando ingresa en el período crítico de la pubertad, prefiere tanto la imagen realista como el dibujo experimental, sobre todo, la técnica denominada “cartón”, propia de los cómics o las historietas.
Según señalan los expertos, el dibujo tiene una propiedad icónica, debido a que imita la realidad por medios ilusorios. El análisis está basado en principios semióticos. Nos valemos de la semiótica como método para analizar la estructura del dibujo y los diferentes códigos de los símbolos. Esto se usa para caracterizar las diferentes convenciones idiomáticas de la comunicación, y una de esas formas de comunicación es el lenguaje de la imagen visual.
El niño, por medio de sus dibujos, refleja su propio mundo interno, sus pensamientos y sentimientos, todo aquello que no puede expresar por medio de las palabras. El idioma gráfico del individuo nos entrega hilos conductores para analizar sus experiencias y su madurez intelectual.
La fantasía del niño no está divorciada de la realidad. Los niños organizan y estructuran el caos del universo por medio de la palabra y el dibujo. Si el niño se expresa de manera espontánea por medio de los dibujos es porque algo tiene que contar, algo que no lo puede expresar por medio de la palabra oral ni escrita. Una simple expresión gráfica a temprana edad puede revelarnos su fuero interno y su forma de concebir el mundo.
Para Jerónimo Bruner, la temprana creación pictórica ayuda a entrenar las funciones de la memoria y es determinante en el desarrollo idiomático. Bruner concibe la imagen gráfica y el idioma verbal como una evolución ordenada durante el período preescolar y considera el lenguaje escrito como algo único en el desarrollo cognoscitivo. Lo mismo que para L. Vigotski, el dibujo, además de desarrollar la destreza motriz del niño, es el primer paso del lenguaje escrito y una poderosa herramienta para el pensamiento, ya que las letras no son más que una suerte de dibujos en miniatura.
El artista, dedicado a ilustrar libros para niños y jóvenes, está en la obligación de interiorizarse en el mundo que va a pintar, con el fin de desarrollar una labor fecunda, consciente de que la imagen gráfica sirve para motivar y estimular el gusto por la lectura. La conocida ilustradora Monika Deppert, refiriéndose a este tema, apunta: “Para poder dibujar un pedazo de realidad, tengo que vivirla y sentirla. Si se trata de una realidad alejada de la mía, tengo que ir a buscarla y exponerme a la experiencia directa. Esto no puede ser sustituido por medio de mirar fotografías y leer libros” (Doppert, M., 1985, p. 5).
La primera nieve. Ludwig Richter
En efecto, el arte de la ilustración, que se ha incrementado en la literatura infantil, es la puerta que conduce hacia el complejo proceso de aprendizaje de la lectura, o como sostienen Verónica Uribe y Marianne Delon: “Las imágenes y la concepción gráfica son de gran importancia en un libro para niños. En el aprendizaje de la lectura y en la consolidación de hábitos de lectura, las imágenes juegan un papel interesante de apoyo, motivación y apresto a la lectura. No deben ser simples adornos del libro ni debemos considerar que simplemente hacen al libro más bonito. Las imágenes constituyen por sí mismas un lenguaje de fácil aprehensión por parte de los niños, que pueden tener tanta o más importancia que el lenguaje escrito. Por este motivo, es indispensable prestar atención a la calidad gráfica de los libros para niños” (Uribe, V., Delon, M., 1983, p. 27).
Sin embargo, a pesar de estas consideraciones, todavía hay quienes niegan la importancia de las ilustraciones en la literatura infantil, sin considerar que, a veces, para los niños es más relevante el lenguaje visual que el lenguaje hablado o escrito, no sólo porque vivimos en una sociedad dominada por la imagen gráfica, sino también porque la ilustración es un poderoso medio de comunicación y un excelente recurso didáctico en el sistema educativo.
Bibliografía
- Carlsson, Hans: Utvecklings psykologi, Boktryckeri AB., Kristianstad, 1985.
- Doppert, Monika: La ilustración de un relato guajiro, Revista Parapara, No. 11, Caracas, junio de 1985.
- Lionni, Leo: Ante las imágenes, Revista Parapara, No. 11, Caracas, junio de 1985.
- Unamuno, Miguel de: Recuerdos de niñez y de mocedad, Ed. Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1942.
- Uribe, Verónica – Delon, Marianne: La selección de libros para niños: la experiencia del Banco del Libro, Revista Parapara, No. 8, Caracas, diciembre de 1983.
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febrero 20, 2012 ningún comentario
¿En todo el mundo las universidades son para los privilegiados, para las minorías, para las élites……
Pedro Echeverría
1. Entre unos días (25 de febrero) se festejará el 90 aniversario de la “Universidad de Nacional del Sureste”, “de Yucatán” o “Autónoma de Yucatán”. Oficialmente fue fundada en 1922 siendo gobernador del estado Felipe Carrillo Puerto, pero la realidad es que su creación formó parte de la propuesta que en 1921 hizo del secretario de Educación José Vasconcelos de construir tres universidades: la del Norte en Monterrey, la del Centro en Guadalajara y la del Sureste en Mérida. No se resta mérito al gobernador Carrillo Puerto que desde que fue diputado en 1818 –junto al diputado Victoria- apoyó la propuesta del diputado Sales Díaz sobre la fundación de la universidad de Yucatán. Pero quien instrumenta todo para el establecimiento de las tres universidades es José Vasconcelos, quien en esos años jugaba un papel preponderante en la Educación nacional. Carrillo luego fue un mártir “socialista” y Vasconcelos llegó a identificarse con el fascismo.
2. La realidad es que no importa si Carrillo o Vasconcelos fue el fundador, sino lo que ha sido nuestra universidad en lo teórico y en lo práctico en 90 años. (Ingresé a la UADY por concurso de oposición en el área de investigación. Laboré en ella más de 19 años, aunque sólo me fueron reconocidos 17) Habría que preguntar: ¿Ha sido una universidad socialista, igualitaria, sin privilegios, al servicio de los trabajadores del sureste y ha crecido de acuerdo a las necesidades de la región? O, por el contrario, ¿Ha sido una universidad capitalista, proempresarial, aislada de los problemas de la población, con egresados sólo preocupado pos sus intereses particulares en los que no se ha desarrollado la reflexión, el pensamiento laico y crítico? Más que el pensamiento carrillista, es el vasconceliano el que parece que ha predominado. ¡Cuánto deseamos que las universidades tuvieran un pensamiento colectivista!
3. ¿Qué porcentaje de la población en cada país ha estudiado en las universidades o en las instituciones de educación superior? En México quizá el cuatro por ciento ha llegado a ellas y en otros países quizá el 10 en los desarrollados o el dos por ciento en los más pobres; de todas maneras son minorías. En México terminar la escuela primaria es ya un privilegio del 50 por ciento de los habitantes y concluir la secundaria parece ser del 20 por ciento privilegiado de la población. Por donde o como se quiera ver, ser o haber sido universitario, ha sido un privilegio de minorías. La inmensa mayoría de la población –aunque suele ver la escuela como una escala de la vida- no acude a ella porque da prioridad a su trabajo, a la producción y a sus ingresos para conseguir su alimentación. Si bien en los países industrializados y sus ciudades la escuela está muy presente, en los países “atrasados” y pequeñas poblaciones, la escuela es casi ignorada.
4. Pero las universidades no son instituciones sagradas a las que haya que rendir pleitesía; tampoco sus egresados son seres especiales colocados arriba de los demás seres humanos. Son nuestras sociedades extremadamente desiguales y empobrecidas las que han realzado trabajos y profesiones en función de la riqueza que producen y consumen; pero también esas mismas sociedades han sabido diferenciar las profesiones en función del bien que realizan. La inmensa mayoría de la población ha vivido fuera de ellas y no por ello no ha podido resolver sus problemas. Sería otra cosa que las universidades estuvieran directamente al servicio de los sectores mayoritarios y que un alto porcentaje de la población perteneciera a ella. En Yucatán, con dos millones de habitantes –tomando en cuenta sus preparatorias- ni siquiera el uno por ciento pertenece a la universidad. Parece que en lugar de crecer la UADY se hace más selecta.
5. Así que en la universidad que es universalidad, que es libre, gratuita, laica, popular y a punto de decretarla por la demagogia política: obligatoria, no tienen cabida ni el uno por ciento de los alumnos por falta de presupuesto; pero a cambio la instituciones educativas privadas, dedicadas exclusivamente al negocio económico con apoyo gubernamental, son cada vez más gigantescas. Por eso los jóvenes “ninis” (que ni estudian ni trabajan) han crecido de manera exponencial en todo el país, junto al desempleo y el rechazo de que son víctimas en las universidades. ¿Qué hace el 99.9 por ciento de los académicos y estudiantes ante esa terrible realidad? Por falta de conciencia unos, por comodidad otros, y de plano por oportunismo los más, nada. Yucatán es quizá el estado históricamente más pacífico del mundo –tal como fueron los antiguos mayas- donde los movimientos sociales has sido casi inexistentes. ¿Dónde tomar ejemplos?
6. Recuerdo que en 1985, en la primera asamblea sindical de académicos que asistí en Mérida, hice un llamado a organizarse como único camino para solucionar problemas. La respuesta, al parecer mayoritaria que recibí fue: “Los maestros e investigadores de la UADY gozamos casi de los mejores salarios, prestaciones y facilidades en la región (Quintana Roo, Campeche, Tabasco), nuestras demandas son muy mínimas y no tenemos condiciones para solidarizarnos con otros sectores”. Esa idea ha sido predominante en la universidad y al interior de las organizaciones sindicales de trabajadores y de académicos que sólo tienen existencia formal. ¿Y los académicos de “alto nivel” cuya única alternativa es ascender en la pirámide salarial? Pues realizando investigaciones por encargo para instituciones mexicanas y extranjeras privadas, para fundaciones con alta capacidad de pago y para costear viajes de investigación.
7. Sin embargo, a pesar de esa realidad que se vive en casi todas las universidades de los estados, en la ciudad de México –siguiendo también la tradición de movilizaciones- la UNAM, la UAM y la novísima Universidad de la Ciudad de México, aunque en estos años han estado inmovilizadas, siguen siendo el motor que se pondrá en marcha cuando se den las condiciones. La Universidad de Yucatán es de las más pequeñas y menos comprometida con los cambios sociales, pero podrá jugar un papel de retaguardia cuando las cosas se agudicen. En 1968, cuando centenares de miles de estudiantes luchaban en la ciudad de México para ganar espacios de libertad, en Yucatán los estudiantes –como protesta por la toma de la UNAM por el ejército- apenas dieron un paseíllo como protesta –encabezados por su rector- en el aristocrático Paseo de Montejo. ¿Será un mal que durará 100 años? http://pedroecheverriav.wordpress.compedroe@cablered.net.mx
febrero 19, 2012 ningún comentario
Crisis global y colapso civilizatorio
Esteban Mira Caballos, Tomado de Rebelión
Desde 2009 estamos asistiendo a la mayor crisis global del capitalismo en sus varios siglos de existencia. Éste sistema se ha caracterizado siempre por las crisis periódicas, pero todo parece indicar que la actual no es una más, sino la última, es decir, el inicio de la agonía de un enfermo terminal que tiene los días contados. Y es que el capitalismo neoliberal, una especie de totalitarismo económico como afirma Juan Pedro Viñuela, nos está llevando a un callejón sin salida, es decir, a altas cotas de desigualdad en el mundo y al agotamiento de los recursos. Es obvio que las reservas naturales del planeta son limitadas mientras que el capitalismo se basa en el consumo ilimitado, un modelo absolutamente insostenible que nos terminará pasando factura. La subida especulativa de los precios de los alimentos, así como el cambio climático pueden provocar gravísimos daños en un futuro no muy lejano.
La globalización ha provocado que la crisis se haya extendido a nivel planetario, afectando no solo a los países desarrollados sino muy especialmente a los subdesarrollados. Es paradójico que la globalización haya mundializado los males de las economías desarrolladas pero no su estado del bienestar, pues la brecha entre el Norte y el Sur es cada vez mayor. Y como ha advertido Josep Fontana, esto no es fruto de la casualidad sino de la imposición de unas reglas comerciales desventajosas para los segundos. Para colmo la crisis de Occidente está paralizando o disminuyendo las ayudas al desarrollo, a la par que suben peligrosamente los precios de los alimentos. Según la FAO, en el África Subsahariana casi la mitad de la población vive al límite de la subsistencia por lo que, con el encarecimiento del precio de los alimentos básicos, se puede generar un auténtico drama alimentario. Ello justifica la proliferación en los últimos tiempos de motines, revoluciones y protestas populares que amenazan la estabilidad de muchos gobiernos, la mayoría de ellos tiránicos u oligárquicos.
El colapso civilizatorio llegará antes o después, quizás en pocas décadas. Progresivamente se irán agotando los recursos energéticos y minerales, aumentando las luchas por las pocas reservas que vayan quedando. En un ambiente de precariedad económica para cientos de millones de familias de todo el mundo, es posible que los regímenes políticos democráticos desaparezcan para dar lugar a otros totalitarios. Y no sólo en el Tercer Mundo sino también en Occidente. En este sentido, Tzvetan Todorov ha advertido en una reciente entrevista que estamos a pocos lustros del retorno de los totalitarismos a una Europa que erróneamente se cree vacunada frente a ellos.
Y ante todo este problema que se nos avecina, ¿qué soluciones están dando los grandes poderes mundiales? Pues poca cosa, entre otros motivos porque parten de la base de negar que se trate de una crisis sistémica. Y siendo el diagnóstico erróneo, simplemente se limitan a colocar parches para que el sistema siga funcionando, aunque sea defectuosamente. Y lo peor de todo es que el remedio está consistiendo en una restricción progresiva de los gastos en servicios sociales. Es decir, más de lo mismo, más capitalismo y más neoliberalismo. Unas políticas que a corto o medio plazo terminarán desmontando el estado del bienestar que hasta estos momentos había sido uno de los signos de identidad de la vieja Europa.
Yo creo, de acuerdo con Eric Hobsbawn, que es necesario releer al filósofo alemán Karl Marx si no para aplicar su doctrina, al menos para inspirarnos en su filosofía. Todavía en pleno siglo XXI nos puede ofrecer algunas de las claves necesarias para superar la grave situación en la que estamos inmersos. Antes o después, el capitalismo se autodestruirá y, cuando esto ocurra, será necesario tener muy presente sus ideas de justicia social. Sin duda, Marx acertó de pleno cuando destacó las contradicciones del sistema, aunque se equivocó cuando sostuvo que sería la revolución proletaria la responsable directa de su caída. No parece que vaya a ser así; el capitalismo caerá fruto de sus propias contradicciones internas.
Algunos pensadores ya empiezan a hablar de posibles alternativas. Interesante es la propuesta ecosocialista, un sistema aún no ensayado que se basaría, por un lado, en el decrecimiento sostenible y, por el otro, en la redistribución de la riqueza a escala planetaria. Obviamente, en estos momentos el éxito de este proyecto, o de cualquier otro alternativo, es impensable porque debería ir precedido de una revolución ética. Tras la crisis económica subyace un déficit crónico de valores; ya no quedan ideologías, ni vocaciones profesionales, ni soñadores. El mundo esta vacío, lleno de gente desilusionada que, en el mejor de los casos, sólo busca ganar lo suficiente para satisfacer su afán consumista. En estas circunstancias es difícil el cambio, pero, habrá que tener esperanza. Nadie dijo que sería fácil sino todo lo contrario. El camino será extremadamente duro pero, antes o después, nos veremos obligados a recorrerlo, con mayor o menor sufrimiento por parte de la humanidad.
LECTURAS RECOMENDADAS:
Fernández Durán, Ramón: La quiebra del capitalismo global, 2000-2030. Madrid, Virus, 2011.
Fontana, Josep: Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945. Barcelona, Pasado & Presente, 2011.
Hobsbawm, Eric: Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo 1840-2011. Barcelona, Crítica, 2011.
Reinert, Eric S.: La globalización de la pobreza. Barcelona, Crítica, 2007.
Stiglitz, Joseph: Free Fall: Free Markets and the Sinking of the Global Economy . Londres, Allen Lane, 2010.
Viñuela Rodríguez, Juan Pedro: Escritos desde la disidencia. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2011.
febrero 9, 2012 1 comentario
El amor ¿quedó atrás?
Silverio De la Mora 21-01-2012
El comportamiento en el amor no soporta un cercano escrutinio porque siempre ha de buscar la explicación lógica y la discusión racional que la defina, entonces, se deberá buscar el pulso preciso a cada momento del amor para ser tomado éste.
Los tiempos no son a veces exactos, los temperamentos se dan y las locuras momentáneas están presentes todo el tiempo en cada cual de una pareja que se ama entonces, sino respondemos de la manera mas sublime a esa locura seguro que de la manera más elegante caeremos en la locura merced de la ausencia de la inteligencia emocional que deba privar en cada cual, inteligencia que ni el termino se conoce, pero es clave para contrarrestar la “locura” y perder el rumbo del amor.
Por ello, responder de manera no cordial para no decir locura, conlleva a adquirir una relación permanente de extraños, de seres que dejan de conocerse o nunca se conocieron empero, co-habitan sin la concatenación del amor aun el acto de amor que éste se convierte en alienación sea por la falta de intercambio emocional desde la profundidad emocional y afecto de cada cual.
¿Cómo podríamos evitar los egos para permitir el amor? Son muchas horas y años de libros que puedan escudriñar el alma y alimentar el espíritu para llegar a una mediana trascendencia de lo material a lo importante que es lo humano y, a aquel / aquella que habita y comparte contigo “cama y mesa”. Sin libros empero, con un grande corazón que cultiva las cosas del alma y de la madre tierra como montaña y sierra.
“El hombre moderno está enajenado de si mismo, de sus semejantes y de la naturaleza. Se ha transformado en un artículo, experimenta sus fuerzas vitales como una inversión que debe producirle el máximo de beneficios posible en las condiciones imperantes del mercado. Las relaciones humanas son esencialmente de autómatas enajenados, y en las que cada uno basa su seguridad en mantenerse cerca del rebaño y en no diferir de pensamiento, el sentimiento o la acción. Al mismo tiempo todos permanecen tremendamente solos” *, además, otros que buscan la perfección en pos de “las buenas formas y costumbres” fracasan en el intento de amar pues el único requisito que el amor pide para amar es –además de amor- honestidad; desafortunadamente la mayoría miente en los tiempos canallas que nos toca vivir y donde la mentira es una forma de vida y la impunidad el fondo de la conducta humana. Lo vemos característico en aquellos que gobiernan con mentalidad de ese mercado mencionado y con ese estilo de vida, se permea la maldad a la sociedad sin reparar que las cosas no son así, que la mentira destruye a cualquier sociedad y rompe las estructuras éticas que la sostienen, y, es tan devastador la mentira que mata el amor, lo deja atrás, lo entierra. Fidel dice no mentir jamás, eso es revolución.
Padecemos el miedo a la verdad merced de los miedos a exponer la realidad y exponernos como somos cual actitud debería ser transparente y con el corazón en la mano ante aquellos que amo o mi amante (hablando en relación de pareja), y muchas de esas mentiras provienen de la falsa idea de que en cuestiones de amor, “debemos ser perfectos” empero la perfección no es un fin sino sólo un propósito a veces mal entendido. Mentir no funciona, y en el mentir se pierde el tiempo y lo hacemos perder a los demás; nada es más devastador que darnos cuenta que hemos sido engañados por aquellos en quien hemos postrado nuestra confianza entonces, la honestidad siempre será la mejor póliza sin excepción y empezar con uno mismo es el primer paso y termina en el diario preocuparte de aquel que está a tu lado para ofrecer siempre la misma honestidad que deseas sea para ti. Thomas Jefferson dijo que la honestidad es el primer capitulo del libro de la sabiduría ¡amen!
A veces nos hacemos bolas con el amor; yo te amo, tú me amas, y, nos pasamos la vida buscando el amor siendo tan fácil: si no eres capas de amar a tu prójimo, simplemente no eres capas de amar a nadie ni tan sólo a ti mismo mucho menos a tu pareja. Ama la vida y consecuentemente el amor reditúa…
Cuando verdaderamente entendemos la palabra amor y aceptamos la vulnerabilidad interminable que como ser humano poseemos entonces es cuando estamos en posibilidad de hacer uso de la empatía, allí empezaste amar y podrás tener una relación duradera de pareja (o con los que te rodean) y hasta eterna porque el amor significa identificar las imperfecciones y reconocer lo no adecuado, debilidades, miedos y confusiones de nosotros mismos y de otros. Amar lo que no se puede amar a veces es un reto porque hacer a un lado a aquellos que no amas que quedarte a ellos, sólo con sentido de amor se logra. La república amorosa de Andrés Manuel (López Obrador) obedece a ello, a continuar juntos en la esperanza de entender todo el sentido del amor como fin único aun en cuestiones de la República, obedece igualmente a un esquema ideológico pero, éste es otro tema del cual me ocuparé a partir del tres de julio próximo.
Debemos amar a las personas no por el bien que estas hacen para ti sino por el bien que nosotros hacemos para ellos. En la relación de pareja obedece lo mismo; ámala por lo que tú haces por ella, ámalo por lo que tú haces por él y no esperemos a ser amados para amar, la eternidad se acaba y mañana será tarde.
Nuestro primer amor siempre será recordado como algo especial, en él, nos sentimos magníficamente miserables y fuera de control; todo es perfecto y los días son mágicos, llenos de risas, tiernos y sorpresas, de repente se desvanece sin darnos cuenta la magia, la alegría se evapora y tenemos comportamientos acrimoniosos de adulto. El amor fue inmaduro y no floreció sin embargo el amor es alegría y éste debe recuperarse al sitio de tu corazón y por ello sostengo siempre que debemos vivir y cabalgar -con Rocinante- con la ilusión de que un nuevo amor será distinto de los anteriores y cuando seamos capaces de trascender lo predecible y abrazar lo paradójico e ilógico del razonamiento de la parte que le toca al amor y que lo hace esencial, estaremos listo al amor.
Deberemos mantenernos verdaderos y estoicos al ideal de amar con la simple actitud de la risa, el buen humor y la sorpresa, al final, el último amor siempre será igual al primero y aquel primero es el que debemos perseguir descalzos bajo la lluvia…
La pregunta sería; el amor ¿quedó atrás?
Es cuanto.
* Erich Fromm/El Arte de Amar.
febrero 4, 2012 ningún comentario
Miseria de la literatura, miseria de la sociedad
“La cultura sucumbe bajo el volumen de la producción, la avalancha de letras, la locura de la cantidad”.
Milán Kundera.
Para conseguir que la cultura dejase de ser fuente de enriquecimiento colectivo y pasase a convertirse en objeto de negocio, el capitalismo organizó las obras de ficción en tres categorías:
- La Novela Industrial (el superventas, creación suya, que cada vez adquiere mayor auge, importancia y protagonismo),
- La Novela Artesanal (hecha con dignidad y profesionalidad, relegada a un papel de comparsa), y
- La Novela Artística (la clásica de toda la vida, planteada con rigor y exigencia para consigo misma y el lector, que prácticamente ha desaparecido del mapa o se halla en vías de extinción).
La notoria desigualdad de fuerzas ha hecho que el superventas fagocitase sin dificultad alguna a las demás.
La novela industrial reúne toda la vaciedad característica de la vida moderna, proyectando su misma falta de sustancia, de valores y de contenido en sus engendros repletos de lugares comunes, elaborados con fórmulas gastadas destinadas a un consumo rápido que encuentran su mayor rival en los programas de televisión. Libros sin alma, resultado de la degeneración del folletín del siglo XIX, aplicado al consumo de masas, sazonado al gusto contemporáneo, y cuyo único mérito es el número de ejemplares vendidos. Aunque lo popular no tenga porque estar reñido con lo honrado, lo pedestre se ha impuesto por goleada y la mediocridad se ha convertido en norma y garantía de éxito.
A considerable distancia de ella, la novela artesanal, realizada con honradez, personalidad y oficio suficientes como para narrar una historia correctamente, con originalidad y personajes creíbles, ocupa un lugar secundario, subalterno, absolutamente irrelevante.
Por último, la obra artística, residuo de otros tiempos, centrada en captar el espíritu del ser humano, sus conflictos, inquietudes y planteamientos vitales, se encuentra completamente fuera del mercado. Para eso ya están los libros de ayuda. Que para arreglar el mundo basta con ser positivos.
El superventas se ha impuesto urbi et orbi como la manifestación novelística por excelencia de nuestra época, gracias a:
a) Haber convertido la cultura en mercancía, etiquetando indiscriminadamente como novelas a productos que no guardan más relación entre sí que el formato y la apariencia de libro.
b) Machacar al público con toda la artillería mediática a su disposición hasta hacer de ellos objetos imprescindibles que una vez pasado el momento de efervescencia, nadie volverá a leer nunca más.
c) Monopolizando, saturando y copando el mercado para invisibilizar y ningunear al resto de obras en la misma proporción que promociona a los superventas, no dejando sitio para ningún producto diferente a fin de que no se les pueda comparar con ellos en igualdad de condiciones, no sea que les hagan sombra. Control férreo del proceso de producción, difusión y distribución que se extiende a los espacios de venta de las librerías, en cuyas góndolas solo se exponen los libros de las empresas que los tienen alquilados, naturalmente las más fuertes del sector.
Que todo cambie en los mostradores, para que todo siga igual. A mayor número de páginas editadas, menor número de neuronas ocupadas. Y después de los superventas, el diluvio.
No hay márquetin que por bien no venga. La estafa literaria no es menor que la financiera, como prueba el tinglado de entrevistas, reseñas, premios amañados, falsas listas de éxitos, etc., trapicheado por críticos sin vergüenza, académicos de medio pelo y paniaguados de todo pelaje y condición, a los que habría que conceder la misma credibilidad que a las agencias de calificación que certificaron la bondad de las hipotecas basura. Porque mucho más grave que denominar novelas a lo que no son más que deposiciones verbales incontinentes, es la enorme ceremonia de la confusión desplegada con su complicidad para engañar a la gente, legitimar el fraude y venderle gato por liebre.
Así como en el campo culinario a ningún crítico de verdad se le ocurriría otorgar los máximos galardones de gastronomía a establecimientos de comida basura, ni se atrevería a calificar como restaurantes de alta cocina a mesones de comida casera, en el ámbito literario, nuestros comisarios culturales no vacilan en ensalzar a bombo y platillo autores de pacotilla y bodrios venenosos. Saben que el paladar humano se acostumbra a todo, y que si se le habitúa a la bazofia y se embrutece su sensibilidad, termina por no distinguir lo válido de lo inmundo, con la consiguiente indigestión mental, más nociva que la física.
La obra de arte, a diferencia del superventas, no pretende matar el tiempo, sino llenarlo; no distraer y banalizar la existencia, sino profundizar en ella; no fomentar la pasividad sino cultivar y desarrollar una conciencia propia. En una palabra, hacer del individuo, no masa, sino persona. Algo que, por socavar los fundamentos mismos del sistema – que demanda un ciudadano conformista y adocenado, no crítico -, le genera un rechazo visceral que en el superventas ha encontrado el antídoto perfecto para neutralizarla.
Porque más allá de su carácter minoritario, lo que ha abocado a la novela artística a su total indigencia y casi su destrucción, ha sido la política de tierra quemada practicada por los fabricantes de superventas que han logrado que si la mayor parte de las obras clásicas, inmortales, se escribieran hoy, no pasasen la criba del mercado, ni se publicaran, ni el público tuviera oportunidad de conocerlas. Ninguna novela con ambiciones que no sean económicas, tiene futuro. Y solamente en los márgenes del sistema, exiliadas de los circuitos comerciales, sobreviven un puñado de ellas en la clandestinidad, con más pena que gloria, convertidas en un lujo para iniciados.
Lógicamente, del mismo modo que disfrutamos del pensamiento único, no nos podíamos privar de la novela única. En aras a la coherencia, la cultura no podía marchar por mejores derroteros que el resto de la sociedad, y en ese sentido, el superventas, la novela basura, constituye el fiel reflejo de su evolución, el mejor retrato de sus miserias.
diciembre 19, 2011 ningún comentario
Gardel y la Lírica

Julián Barsky, gentileza de http://recuerdosdeorihuela.blogspot.com y del Círculo Homero Manzi. Se ha escrito mucho sobre Carlos Gardel. Su obra artística y su vida han dado elementos para la reflexión a lo largo del tiempo de todo tipo de especialistas. Sin embargo, el presente trabajo pretende desarrollar una faceta poco conocida del artista: la de su afición por la lírica.
El siglo XX despuntaba. Por entonces, Luis Ghiglione -viejo hombre de teatro que tenía en sus espaldas la administración del Buckingham Palace y el San Martín- había comenzado a constituir una “trouppe de alentadores de artistas”: la famosa “claque”.
Carlos, como tantos muchachos, soñaba con triunfar en escena. De este modo conoció a Ghiglione “Patasanta” (apodo que se había ganado literalmente a las patadas, pues tal era el método que empleaba para imponerse entre sus dirigidos).
Ghiglione también era el encargado de seleccionar a los “comparsas” (aquellos que no tenían parlamento en las obras, y cumplían una función de multitud). El pago consistía en dinero para sus tres o cuatro hombres de confianza, y entradas para el resto. De este modo y merced a la gestión de “Patasanta”, Carlos debutó en la zarzuela “Gigantes y Cabezudos” (Fernández Caballero y de Echegaray), título que hacía referencia a una antigua tradición española, en la que parroquianos se disfrazaban con enormes cabezas y perseguían a los niños por las calles, siendo a su vez burlados por aquellos.
Tiempo después el muchacho ingresó al teatro Victoria para trabajar como utilero. Uno de los artistas que escucharía en dicho escenario fue el barítono Emilio Sagi Barba, quien había llegado a la Argentina en 1895 con la intención de triunfar en la ópera, y que por contingencias de la vida se abocaría a la zarzuela.
Carlos aprendería mucho de Sagi, tanto de espectador, como luego en forma más directa cuando el español, enterado de su afición por el canto, le explicó algunos recursos técnicos con respecto a la respiración e impostación.
La ópera cuenta en la Argentina con larga tradición, inaugurada en 1824 con El barbero de Sevilla, de Gioacchino Rossini. Hacia mediados del siglo XIX comenzaría el auge del género, impulsado por la visita de rutilantes artistas europeos y la apertura de varios teatros (el Nacional, el Politeama y el Coliseo Argentino, entre otros). La programación estaba constituida básicamente por repertorio italiano, con algunas inclusiones de ópera francesa y germana.

Gardel lograría ingresar en el Teatro de la Ópera el cual, junto al Teatro Colón, disputaría durante todo ese período el privilegio de ser considerado el ámbito lírico más importante de Buenos Aires.
En el Ópera tendría una nueva oportunidad de estar en un escenario, todavía como comparsa. Su capacidad vocal comenzó, en cambio, a destacarse en bastidores. “Para los muchachos del teatro imitaba a todos, desde el tenor al bajo, desde la soprano a la contralto”, recordó en alguna entrevista. Entre sus imitaciones se destacaban las de Titta Ruffo y Enrico Caruso, dos de los máximos exponentes del arte lírico por entonces.

Varias leyendas se han construido a partir de estas declaraciones, que incluyen desde lecciones de canto hasta dúos improvisados. Lo que sí resulta innegable es que Carlos departió con los dos. A Caruso le conoció en 1915, en un viaje en barco; y Ruffo concurrió en los ´20 a varias presentaciones del dúo Gardel-Razzano.
En los años venideros, las amistades líricas de Gardel serán numerosas: el italiano Tito Schipa sería uno de ellos, así como el tenor uruguayo Di Giuli, el aragonés Miguel Fleta y tantos otros.
Asimismo, su concurrencia a los teatros líricos sería asidua, como recordaba Antonio Sumaje, quien fuera chofer del cantor: «Cuando estaba en Buenos Aires yo solía acompañarlo, y ocupaba siempre un asiento en la tertulia. ¿Que a sus admiradores les extrañará saber que el autor de “El día que me quieras” era devoto de las óperas o los ballets? Posiblemente. Pero no por eso deja de ser cierto. Pero hubiera sido el primer disgustado si eso hubiese sido conocido y comentado, porque podría haberse supuesto que era una pose».
Como conclusión final podemos decir que, si bien Gardel nunca incursionó profesionalmente en la lírica, el amor que profesó por el género le dejó una importante huella. Lejos de quedarse con el artificio lírico que provoca asombro y aplauso, lo que el cantor tomó del “bel canto” fueron los elementos para construir un bagaje interpretativo rico en matices. Sentando, de paso, las bases de la que sería la forma moderna de cantar el tango.
Bibliografía
Barsky, J. y O.: Gardel la biografía, Editorial Taurus, Buenos Aires: 2004.
Del Greco, O.: Gardel y los autores de sus canciones, Akian Ediciones, Buenos Aires: 1990
Tucci, T.: Gardel en Nueva York, Webb Press, Nueva York: 1969
Varela, A.: “La vida de Carlos Gardel contada por su chofer”, en revista Aquí Está, marzo, Buenos Aires: 1944
diciembre 19, 2011 ningún comentario
La ceniza de Alejandría
William Ospina. Tomado de Argenpress Cultural.-

Es seguro que hay en este mundo numerosos seres humanos que sienten frente a las páginas escritas en letras latinas el mismo pasmo ante lo indescifrable que nosotros sentimos viendo libros en chino, en árabe o en coreano.
Es posible que al mirarlos haya quien vea en ellos sólo una tediosa sucesión de líneas tipográficas. Es posible que haya personas para quienes un libro es un objeto más entre los otros, un volumen conformado por una cantidad de planos superpuestos, hechos de materia vegetal, exornados de signos. Pero quien haya leído un libro, y mejor aún, quien alguna vez en su vida haya disfrutado un libro, ya no podrá negar que hay en esos objetos algo misterioso y sagrado.
Para sentir eso no es necesario que se trate del Corán o de la Biblia cristiana. Esos libros míticos resumen, sin duda, el sentido de lo reverente que tienen vastas comunidades en el mundo; sus fieles han llegado a creer divino el origen de sus historias y de sus sentencias; que no hay error en ellos, que no son episodios literarios sino atributos de la divinidad. Han llegado a creer incluso que esos libros no tienen origen, que son eternos como Dios mismo, que en sus páginas cerradas ocurren cosas misteriosas, que en la exploración de sus arcanos el ser humano puede perderse deleitablemente y que hasta el más grande o el más ínfimo enigma del universo está contenido en sus letras.
Y se entiende que quienes piensan así vean en el libro un alto talismán, un objeto mágico, algo que tiene que cuidarse con reverencia, guardarse con delicadeza y que no puede ser profanado por nadie. Se entiende que teman que toda ofensa, todo sacrilegio, toda profanación, pueda acarrear desgracias y maldiciones.
Hay algo milagroso en la idea del libro, y hay muchos milagros guardados en sus páginas. Sin ser cristiano, ni musulmán, yo puedo sentir en las páginas de la Biblia y del Corán el soplo de la sabiduría, el viento de la profecía, la experiencia acumulada de pueblos dolorosos, las palabras del consuelo y de la esperanza. Veo el modo como las generaciones han hallado unas pautas de civilización a las cuales sujetar su conducta, un sistema de ritos, de normas y de cantos que los sosiegan frente al infinito y los serenan frente a lo indescifrable. Me abruma la sola idea de que alguien se proponga ofensivamente destruirlos, aunque no ignoro que muchas veces en la historia, en nombre de esos dos libros, no sólo se han quemado libros sino seres humanos.
Pero no son los libros los que causan todo eso sino la furia de los fanáticos, la intolerancia, la soberbia y la estupidez. Lo mismo Santo Domingo quemando los libros de los albigenses, o Savonarola quemando libros prohibidos, o Dioclesiano quemando los libros alquímicos, o las manos secretas que quemaron los 700.000 manuscritos de la biblioteca de Alejandría el año 48 antes de Cristo o los jueces de la inquisición quemando los códices mayas, o la policía de Buenos Aires quemando un millón de libros en 1980, o los nazis quemando los libros judíos en 1933, o el emperador chino Qui Shi Huang dando la orden en el año 212 antes de nuestra era de quemar todos los libros y con ellos borrar el pasado.
Siempre habrá algún joven poeta sin hogar que escriba nuevos versos a la luz del incendio de la gran biblioteca. Si el emperador chino no pudo acabar con los libros a pesar de quemarlos todos, es porque los libros forman parte de nuestra existencia y renacen con mayor terquedad. Y es grato pensar que si desapareciera toda la literatura, otra vez pasaría por las playas, Homero adivinando el mundo con sus ojos ciegos y otra vez se iría Dante a cruzar el infierno y el purgatorio con tal de volver a encontrar a Beatriz entre las alas de las bestias del Paraíso, y otra vez Shakespeare encontraría a Lear en un viejo loco de las calles de Londres, y al suicida Romeo en cualquier muchacho impaciente, y al príncipe Hamlet en todo joven trastornado, y al elocuente asesino Ricardo en cualquier noble deforme y resentido.

Si la literatura existe es porque infinitamente la necesitamos y don Quijote sigue cabalgando porque es una forma necesaria de nuestro delirio y el ángel sigue dictando a Mahomet las suras del Corán porque algo en la historia sigue haciendo necesarios esos preceptos y la historia de José y sus hermanos sigue conmoviéndonos como el primer día porque siguen existiendo en nosotros la traición y el arrepentimiento, la suerte y la sabiduría, la discordia y la reconciliación.
De su ceniza volverán los libros. Las manos que escribieron esos caracteres volverán a escribirlos, la mente que soñó esas historias volverá a soñarlas. Son parte de nuestro destino, y para acabar con ellos habría que acabar con la humanidad.
noviembre 19, 2011 ningún comentario
El rol del escritor en la época contemporánea
Zenobio Saldivia, tomado del Blog de Hernán Montecinos, Fuente: www.critica.cl (04.10.11) Ponencia leída por el autor en la Sociedad de Escritores de Chile con ocasión de las actividades para celebrar los 14 años de trayectoria de Crítica.cl
Algunos antecedentes
Muy a menudo, y especialmente en períodos de crisis políticas, de desarraigos culturales, o de una manifiesta efervescencia social, nos preguntamos por el papel de los escritores en nuestra época contemporánea. Es como si quisiéramos de ellos su ayuda o sus luces para orientarnos. Algunos plantean sus llamados a los escritores con claros intereses sectoriales, otros con marcados tintes ideológicos, pero todos apuntan a aquellos que mediante la prosa o el verso han dejado un legado, o están construyendo nuevos caminos para el desarrollo del espíritu y para el ejercicio de la razón. Así, desde los esfuerzos de los sumerios aproximadamente desde el año 2.700 a.n.e. en que mediante una escritura cuneiforme sobre tablillas de arcilla, consignan sus riquezas y otros aspectos de la praxis del ser humano, hasta la aparición de los jeroglíficos de los egipcios sobre papiros o en sus propias obras arquitectónicas, en que expresan el quehacer humano y sus ideas sobre la naturaleza y los dioses, hasta que la palabra logró quedar impresa a mediados del siglo XV, gracias a la invención de la imprenta por parte del alemán Johann Gutemberg, el hombre da un salto en su proceso de hominización y adquiere una poderosa herramienta que le permite decantar, consolidar y difundir conocimientos específicos, aludir a eventos, expresar sentimientos personales o dar cuenta de los valores de una persona o grupo. Con este medio logra traer a presencia todo el conocimiento que han alcanzado las generaciones pretéritas y puede dialogar con los que ya no están y/o con los sujetos del presente. Es la aurora del humanismo renacentista y el punto de partida hacia un horizonte infinito de posibilidades de comunicación y de expresión de fantasías. Es una instancia para reconstruir el pasado de los otros o para identificarnos con la fuerza de la pasión que trasuntan la prosa o los versos de uno u otro autor.
La escritura impresa favorece el orden formal y la coherencia lógica de las ideas y facilita la comprensión de los planteamientos de algún autor determinado, toda vez que el verbo queda fijo y estático y está disponible ante los ojos para que el lector lo lea y relea cuantas veces estime conveniente y pueda asentir o discernir en su propio espíritu, en su propio intelecto, sobre los planteamientos del autor. En este sentido la cultura impresa y sus productos materiales, los libros, sea en su formato tradicional o más recientemente en su presentación digital, se transforman en un puente de comunicación entre el autor y los lectores reales y los lectores futuros infinitos que puedan acercarse a tal o cual texto. Y por ello, el libro independientemente de su formato, lleva un mensaje de conocimientos y de humanidad para el presente y para el futuro.
El escritor y sus roles
Muchas son las tareas y roles que cumple el escritor en nuestros tiempos, explicitarlas todas exceden las pretensiones de esta comunicación, pero al menos recordemos las facetas del escritor como mensajero, como en el caso de Paulo Cohelo, que en Septiembre del 2007 es justamente declarado mensajero de la Paz por las N. U., en virtud de los valores expresados en el Alquimista y otras obras de este autor. Otro rol significativo es el del escritor como agente social crítico y portavoz de los marginados, como Alexander Solyenitzin, quien en 1974 recibe el Premio Nobel por criticar los excesos del poder en la antigua Unión Soviética, principalmente en su obra El Archipiélago Gulac. Destaquemos también el rol del escritor como constructor de quimeras, como exponente de la naturaleza y de los hábitos y costumbres de sujetos de lugares ignotos, como el gran Humboldt que con su prosa re-descubre América para los europeos, presentando los cuadros de la naturaleza americana y las costumbres de los nativos, por ejemplo en su obra Viajes a las regiones equinocciales del Nuevo Continente; o como expositor de sentimientos humanos enmarcados en la búsqueda de la belleza, como en el caso de Las Noches Blancas de Dostoievsky, o como sujeto que avista el futuro, como es el caso de Julio Verne en obras tales como la publicada en 1869: 20.000 Leguas de viaje submarino que se adelanta a su tiempo y que luego en el siglo XX, se transforma en realidad con la construcción de los submarinos atómicos. O como reconstructor del pasado de un pueblo o de una cultura, como ideólogo expreso de una doctrina o de un sistema político vigente o deseado, como filósofo que trae nuevas vueltas interpretativas para el eterno problema del ser y el no ser, y se centra en el proceso dialéctico del lenguaje, como sucede con Platón en el siglo v a.n.e. o Heidegger por ejemplo, a fines del siglo XX que se centra en las señales del ser y del habla; o bien como un agente pedagógico o moralizador, como es el caso de los autores de fábulas, tales como las de Esopo en el siglo vi a.n.e, de las cuales recordemos al menos las populares; La zorra y la cigüeña, o El León y el ratón, o las de Felix María de Samaniego que a fines del siglo XVIII, nos ha legado breves relatos como La lechera, La zorra y las uvas y tantas otras. En fin, los papeles son muchos y van emergiendo y superponiéndose unos a otros dentro del dinamismo de nuestra cultura. En todo caso, hay que tener presente que aunque no siempre los escritores se especializan o se agotan en un solo rol; en muchos casos éstos se van especializando ora en un campo o en otro, como en la prosa de Hans Christian Andersen y sus cuentos infantiles, como por ejemplo Las Habichuelas mágicas, o en el verbo poético con visos de ternura como en el caso de Gabriela Mistral, o en el verbo poético preñado de sentimiento de amor y de búsqueda de lo latinoamericano como en el caso de Pablo Neruda, en su poema Alturas de Machu Pichu, o como en un poeta diferente y contestatario que busca nuevos espacios con el verbo poético como el poeta antipoeta Nicanor Parra. O bien se centran en una prosa fantástica o mágica que habla entre líneas de la identidad latinoamericana, de su naturaleza bullente, como es el caso de Cien años de Soledad o El otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez. Empero en otros casos, la palabra escrita de un autor cubre universos distintos y se pasea por esferas diversas de la cultura, como es el caso del insuperable Johann Wolgfang Goethe, quien desde fines del Siglo XVIII y comienzos del XIX, escribió sobre poesía, narrativa, trabajos de historia, filosofía, teatro, geología, química, osteología, óptica y cuyo Fausto aun busca un parangón.
Ahora bien, ante la imposibilidad de abordar en tan breve tiempo todos estos roles, nos concentraremos al menos en los siguientes:
El escritor es un mensajero
Aquí el escritor es un angelus, un sujeto semidivino que lanza por la borda parte de su vida interior para compartirla con los otros desnudando su alma; y en este proceso, sujetos de edades distintas y de horizontes geográficos distintos, se encuentran atravesando el tiempo y el espacio a través del universo escrito de un autor que puede estar o no estar ya entre nosotros; pero basta su mensaje para fomentar la comunión interior de ideas, para abrir nuevos horizontes intelectuales. Es un demiurgo que va insuflando vida y sentimientos a los personajes; poniéndole el alma al mundo, como señala Platón en el Timeo; o personificando a ultranza un ente, un objeto, un elemento rústico que como el espantapájaros de la poesía de Ruiz Zaldívar, se va impregnando de sentimientos de soledad, de tristeza y dejando de ser un simple trozo de tela rústica para convertirse en un ente que despierta nuestra sensibilidad dormida, nuestra humanidad olvidada por la prisa de lo cotidiano. O bien, en una personificación que llega hasta los límites del tiempo, haciendo envejecer a este último en añosos relojes, y adjudicando una lenta y sostenida tristeza en los rieles de los ferrocarriles, como describe Pablo Cassi en uno de sus poemas.
El escritor como articulador de información y conocimientos
Ahora, si en este proceso de comunicación el autor se centra en la entrega exclusiva de información, está cumpliendo otro aspecto no menos relevante que el anterior: está actuando en su condición de difusor, ya sea dando cuenta de informaciones científicas, datos históricos o explicitando las relaciones entre fenómenos determinados del medio natural o social. Este era un rol privilegiado en otros períodos en que los marginados de la sociedad y los infelices desconocedores de la educación, se sentían gozosos cuando podían acceder finalmente a la lectura y asombrados veían que las letras eran la entrada a un mundo nuevo, a una caverna de maravillas, a un horizonte superior. En la actualidad es un rol audaz, porque el conocimiento ya no brota de una psiquis particular, sino de un trabajo colegiado; por ello exige estar a punto en algunas disciplinas para comunicar con propiedad las características, relaciones, formas, colores, dimensiones, nociones, fechas y proyecciones de los objetos de estudio. Este es el caso por ejemplo de Jean Piaget, quien dominando la psicología evolutiva, la lógica, las matemáticas, la historia de las ciencias y la epistemología, nos ha legado más de un centenar de obras y de las cuales, una treintena de las mismas, aluden a la mente infantil y sobre el juicio moral en el niño.
En el Siglo de la Ilustración, los escritores estaban imbuidos de este ideario del enciclopedismo y de la difusión de conocimientos científicos como mecanismo de progreso y de bienestar para extender las luces de la razón y las ideas republicanas a un pueblo que comenzaba a despertar para exigir sus derechos ciudadanos. Era la hora de la aparición de la Grande Enciclopedie, el tiempo de Diderot, de Voltaire, D’Alambert, de Montesquieu y tantos otros preclaros espíritus.
Decíamos hace un momento, que este rol del escritor, de incrementar el nivel cognitivo en un campo específico, en la actualidad es muy osado, toda vez que por un lado se requiere de un conjunto de individuos y no de una sola persona, y porque actualmente está siendo asumido por técnicos que condensan datos y sintetizan hasta la aberración, en listas punteadas y electrónicas, el conocimiento humano como si este se pudiera agotar en un listado general. Así, esta función en las condiciones mencionadas, está siendo mal empleado por los medios tecnológicos que a través de la televisión, la Internet y otros; bombardean al individuo con informaciones sueltas, copiosas e inconexas; así, se ofrece todo acerca de todo, informaciones van y vienen de todas partes, de cualquier servidor, de cualquier medio. De acuerdo, así es el tiempo que nos ha tocado vivir, pero a ese maremagnun de partículas informativas le falta la fase de maduración, el sentido integrador y axiológico que le aporta el filósofo, el escritor o el humanista con su mirada globalizante y sabia. Por tanto, en la actualidad el rol de difusor del escritor es muy necesario, para contribuir a ordenar las expresiones casi sin sentido del caos informativo. En este contexto, el escritor como difusor, actúa hoy como el complemento adecuado y necesario para explicitar en un lenguaje culto pero asequible, los temas complejos de las humanidades, de la ciencia social o la ciencia natural; como por ejemplo, la Teoría de la Evolución o la Teoría de la Relatividad, o términos científicos como inercia, flogisto, paradigma, modelo explicativo o tantos otros. Por tanto, en nuestra época, el escritor actúa como puente que une otros resultados que ha logrado la cultura; v. gr. la ciencia, con el marco social relativamente bien informado. Así, asume un rol de síntesis, de ordenación y de difusión; pero en base a valores comprometidos con su propia persona, para orientarnos en la búsqueda del sentido que nos demandan las producciones tecnológicas cada día más vertiginosas.
El escritor como expositor de imaginería y riqueza psicológica individual
Pero el escritor no se agota en su tarea de difusión cognoscitiva; cubre también la dimensión de la imaginería y aquí lo acompaña el poeta; esto es, que el escritor ofrece en sus trabajos, mundos fantásticos, mundos de ficción, quimeras que pasan a ser nuevos referentes para abrir la propia fantasía del lector y estimular su imaginación. Con cuanta claridad se comprende este rol cuando el padre o la madre lee con suavidad y ternura, algún Papelucho de Marcela Paz a su hija o hijo primogénito, o lee algunas historias de gnomos, de lobitos buenos, de seres extraterrestres amables y simpáticos, de hormiguitas viajeras o de abejas haraganas; con cuya lectora rítmica y segura, lentamente el pequeño o pequeña se va durmiendo con el sonido cálido de la voz querida y con las imágenes que le nacieron a su amaño y que se quedan rondando en su propia y maravillosa psiquis infantil, a veces por meses y años. O cuando Ud. estimado lector, como joven o adulto, lee una novela de García Márquez en que el realismo mágico lo envuelve como saliendo de las palabras impresas y va llenando su habitación del verdor y de la humedad de la selva, de las mariposas amarillas del amor, de los pescaditos de oro y de los avatares de los Buendía y los empresarios bananeros.
Por tanto, otro rol del escritor en la cultura contemporánea, es homologable al de una fuente de la cual fluye imaginería sin cesar; ello, en tanto es capaz de ofrecer un reservorio de ilusiones, mundos soñados, mundos posibles, modelos utópicos; muchos de los cuales logran romper el papel y el tiempo y llegan a transformarse en realidad. Piénsese por ejemplo en las 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne, que ya hemos mencionado. Esa es la maravillosa dimensión en que se mueven los escritores, los novelistas: vivir al límite, vivir en el ámbito flexible de los deslindes de la ficción y la realidad; con razón Cortázar frecuentemente en su vida real se enamoraba de distintas mujeres, o creía que aquellas lo amaban, con la misma fuerza que lo hacían sus personajes en la ficción, y sufría y gozaba con ello. Es que al hombre mediocre como diría José Ingenieros, le cuesta desdoblarse ora para entrar en la fantasía, ora para volver a la realidad; pero el escritor y el poeta siempre es el mismo; para él y para ustedes que buscan ansiosos la producción de ellos; todo es uno y lo mismo, como señalara Parménides, están ahí en los límites de lo real y de lo irreal, de lo fantástico y lo concreto; soñando, ordenando fantasías, saboreando encuentros con musas invisibles. La sociedad, por su parte, pareciera que no viera a los escritores, pero los necesita, la cultura los necesita; no podemos estar sin ellos, no podemos estar sin ustedes que escriben y aman la lectura; porque los escritores y ustedes, son sus seguidores y nos recuerdan los infinitos mundos de ternura y de suavidad, o los millares de enfoques que puede alcanzar el poeta para mirar una rosa, o para contemplar el vientre, el busto o las caderas de su amada y encontrar desde aquí carreteras invisibles hacia el infinito. Por ello, no es extraño que poetisas como Azucena Caballero hablen de mundos suaves y de ternuras de terciopelo o de “juntar nuestra ausencia en un cántaro de niebla o en el hueco de la flauta que lastima las paredes divididas de la tarde”. O que otro preclaro poeta como Reynaldo Lacámara señale delicados versos tales como: “te conoceré en los hondos marfiles/ en la veta que llega a las raíces/ y en un mundo sin fondo/desgarro tras desgarro”, en su obra Esta delgada luz de tierra.
Así, los pueblos necesitan a sus escritores y estos necesitan de su pueblos, de sus vidas, para elevarse de allí a lo sublime, a la búsqueda de metáforas, de encabalgamientos, del sentido y de los conceptos más felices para describir el alma de un pueblo; tal como lo realiza por ejemplo Octavio paz, cuando analiza detenidamente el sentido histórico del pueblo mexicano en el Laberinto de la soledad.
El escritor como impulsor de la crítica y agente de denuncias
Empero, aunque no todas las facetas de la tarea del escritor pueden ser abordadas aquí, en esta comunicación, uno de los papeles más relevantes del escritor, y que se percibe nítido como un trazo, a través de la historia; es el de despertar la crítica, fundamentar una crítica, hacer pensar sobre un estado de cosas o sobre un sistema político o acerca del ejercicio de un poder local, regional o nacional. Vislumbrase esta tarea con miles de nombres para ilustrar, pero recordemos aquí al menos el caso del padre de Las Casas, que defiende en el siglo XVI, la tesis insolente y audaz que postula que los indios de América son seres humanos y que poseen alma y que por lo tanto a ellos les asisten también derechos y no las meras obligaciones. O recordemos en este tópico, el caso de Solyenitzin, que criticó los campos de concentración en la antigua Unión Soviética; o el caso de George Orwell que ironiza las atrocidades del sistema comunista soviético, en su obra: Rebelión en La Granja. O los trabajos de los cientos de modestos escritores que en sus poesías, ensayos sociológicos, novelas y cuentos mostraban la ignominia y el sufrimiento de los prisioneros por razones de conciencia, v. gr. en la Guerra Civil de la República del Salvador, entre 1980 y 1992, o en Argentina durante el Gobierno Militar de los años 1976 a 1983, o en Chile, durante los años de la dictadura encabezada por el General Augusto Pinochet (1973-1990). Eran los años en que corrían clandestinamente en fotocopias borrosas los trabajos de Mario Benedetti y se difundía la poesía social de Neruda.
Hacia una conclusión
El rol del escritor, por tanto, no es uno solo, es múltiple; tiene muchas aristas, y un mismo discurso escrito bien puede incluir todas las facetas o privilegiar algunas. Así, el escritor va de la difusión a la crítica, de la imaginería y de las fantasías de si mismo y de los otros, hasta el de ser el custodio de la imaginación, de la imaginación sin límites que va desde las máximas posibilidades de nuestra sensualidad hasta los puentes del infinito y de la razón. Con razón Heidegger ha sostenido que el lenguaje es la casa del ser, que el ser se recrea en el lenguaje, que vive de él y por él. Luego, el lenguaje escrito es perfectamente homologable a un universo basto, a un reducto privilegiado del ser, a un apartado exclusivo de la imaginación; pues todo lo que se escribe no se agota en un acto informativo o en un a mera descripción de sentimientos; y si bien se desea relatar para informar, o para describir intensos estados de ánimo, también se narra para vivir, pues escribir es una pasión, una forma de vida; escribir es dejar de ser invisible en el entramado social o en el mundo académico, es vivir al alero de las musas absorto en el asombro de la creación. Es acercarse a una creación veleidosa que exige el máximo de constancia, pero que no se agota solo en ella y que se entrecruza con la intuición e inspiración. Inspiración que llega cuando llega, que no conoce la cronología ni los horarios, inspiración que otras veces nos abandona y nos deja la paciencia y la impaciencia. En fin, escribir es crear, crear en griego es poiesis, y poiesis es poesía; es poner en tensión la ratio y el soma para hacer emerger lo que está velado, para asentar un mensaje dicho como ningún otro lo ha dicho, sólo como ustedes sean capaces de vivirlo, confundido con vuestra propia originalidad como ser humano. Gracias, muchas gracias.
octubre 9, 2011 ningún comentario









